*A Sebastian Rivero
"Los caminos recuerdan cuanto los hombres olvidan."(Canción romaní)
Sobrevinieron con el inadvertido mutismo de la bruma crepuscular, fumando sus toscos habanos, arrellanados y envueltos en unos mantones de pieles sobre los pescantes de sus carromatos circense tirados, cada uno, por un par de tubianos espectrales.
Lo recuerdo bien, porque tras su aparición, (la oscura hora de los grillos y luciérnagas), el cimarrón de mi vecino aulló sórdidamente hasta hincharse como un globo y perecer con su lengua azulada; además el cielo se tiñó de súbito de un color raro, una especie de gris amarillento que parecía anunciar una tormenta que asimismo jamás llegó.
No tardaron en izar las raídas lonas de las carpas estaqueadas en el baldío detrás del viejo frigorífico; las acondicionaron a la perfección sin que nadie los viera o escuchara hacerlo. Al otro día, el terreno que había permanecido por años desolado, amanecía instalado y moteado por una o dos fogatas demarcadas con piedras blancas, caballos y ropas colgadas entre postes improvisados.
Su fortuita presencia en el paisaje pueblerino, como se preveía, no tardó en azuzar algunos rumores chapuceros entre los residentes.
Entretanto mi abuela Estela, que estaba un poco senil, me requería a cada rato para asegurarme que cualquiera de aquellos foráneos sabía leer el destino de los mortales impreso en las lineas de las manos; el almacenero Luis aseguraba que no eran más que unos “ladinos embusteros” y “soberanos malvivientes” de quienes debíamos cuidarnos.
Por su parte, Anselmo, que era el único camionero del pueblo, juraba y perjuraba haber visto a una de las mujeres gitanas platicar buenamente con alguien muerto que levitaba al costado de la ruta de ingreso al pueblo, la noche previa a su arribo.
Yo no creía demasiado en esa suerte de habladurías; pero también era innegable mi boyante curiosidad por la condición peregrina y extravagante de los recién venidos.
Decidí, en primera instancia, empezar a espiarlos sigilosamente; a escucharlos hablar en su dialecto y cantar con sus címbalos y guitarras flamencas desde la segunda noche.
Sus cánticos, que no eran ni animados ni taciturnos, se
colaban por las aberturas de mi casa, entre las cortinas, arrastrados por el viento, dando la sólida impresión de haber sido interpretados en tantas veladas, que se percibían anacrónicos o provenientes de un sitio remoto, anterior, incluso, a la memoria.
El decurso monótono de los días en el campamento gitano, me alentó a estrechar mi distancia observacional y detenerme en una de las mujeres que, con su floreado vestido entallado y su turbante negro, seguía la rutina inveterada de sentarse junto al fuego y replicarle, a su crepitar, inteligibles reprobaciones.
La gitana era mayor, aunque no de esa modalidad habitual en que envejece la gente promedio; más bien parecía consumida por alguna otra cuestión inaccesible al ojo vulgar.
Su piel tenía la tonalidad de la hojarasca mojada y sus ojos eran tan ennegrecidos como un par de grutas insondables.
La vez que logré hablarle dijo, primero ella, con toda llaneza:
—Llegué a creer que no llegarías nunca.
Sentí, entonces, una incomodidad instintiva.
—¿Usted, acaso me conoce?
—Todavía no. Pero sentate para intentarlo.
Me señaló un tronco reseco junto a ella. Cedí a su proposición porque, en aquel instante, tuve la impresión de que negarme podía resultar, de alguna forma, el más contraproducente contacto inicial.
Permanecimos allí durante unos minutos que se me figuraron eternos, sin otra compañía y sin dirigirnos la palabra; viendo y escuchando únicamente al fuego arder y los relinchos de los tubianos pastando en el extremo opuesto del campamento.
De un momento a otro no tuve cómo no advertir lo novedoso en la eventual apariencia de las danzantes flamas que tenía por delante.
Su luz intensa proyectaba sombras sobre la tierra, sobre las carpas, los caballos, las ropas colgadas y hasta sobre las ruedas de los carros varados; pero no sobre la figura de aquella gitana.
Debí mirar dos o tres veces aun para convencerme que no había nada detrás de ella; ni siquiera oscuridad. Sólo suelo desnudo, como si careciera de un cuerpo sólido, capaz de generar una sombra natural.
Un tanto inquieto, pretendí comentarlo; pero cuando levanté la vista ella sonreía, con unos enormes dientes recubiertos de oro, tal como si hubiera sondeado el calibre de mis pensamientos.
Me despedí con un superfluo “adiós” y no volví al campamento durante varios días.
Acabé convenciéndome de que el incidente había sido una ilusión, un efecto de la luz y hasta una tontería sin mayor alcance.
Pero las canciones gitanas no cesaron de arribar desde el campamento. Y con ellas sobrevinieron aquella serie de sugerentes sueños nocturnos. Al principio consistían en difusas impresiones referentes a fogatas desmedidas y a caballos tubianos huyendo despavoridos por senderos flanqueados con árboles exóticos. Después se tornaron en algo más preciso e inquietante. Y en ellos, casi siempre, descubría una mano infantil escurriendo un pañuelo ensangrentado sobre unas brasas que, antes de apagarse, emitían gemidos de humanos. Escuchaba también voces rezando plegarias incomprensibles. Descubría una variedad de rostros deformados por curiosas cicatrices, que luego se reiteraban sobre otras epidermis como en un desfile de máscaras medievales.
Al despertar la sensación de repulsión se negaba a abandonarme, como si, en algún tramo, hubiera omitido algo relevante o imperdonable.
Una madrugada soñé con la marcha de una caravana, encabezada por un carromato que cargaba un enorme espejo cubierto, hasta la mitad, por una tela negra que el viento zarandeaba. Aquella luna oval de cristal no devolvía otra cosa que la humareda de un fuego inexistente.
Desperté empapado en sudor y gimoteando sin saber la verdadera razón o sentido de lo soñado.
Por ello, aquella misma tarde, me sentí impelido a regresar al campamento en busca de alguna respuesta, al menos, un tanto más persuasiva.
Junto al fogón, la mujer parecía estar hace rato aguardándome, como al principio .
—Ya empezó, muchacho —dijo.
—¿Qué es lo que empezó?— le repliqué.
—Pues, la memoria, mi amigo.
Al igual que las otras ocasiones, no entendí. Nunca entendía lo que aquella gitana expresaba, aunque con cada regreso presentía, al unísono, estar acercándome a algo esencial; como quien se dirige hacia una habitación en penumbras donde es aguardado desde hace décadas por algún motivo puntual, aunque nunca develado, más que tácitamente.
Por otra parte, y aunque mis dudas prevalecieron, el resto de los gitanos aceptó o se resignó a mi presencia, sin mayor protocolo, con humana naturalidad.
No intentaron pesquisar quién era, ni por qué solía aparecerme con frecuencia en el campamento como quien por su casa; simplemente me dejaban ser yo mismo y merodear por los alrededores, sin cuestionar el motivo.
En mi intromisión fisgonee en sus tradiciones más patentes, como las suculentas comidas de olla compartidas sobre un gran pelego oscuro previamente santiguado; las consuetudinarias celebraciones donde modificaban su indumentaria y las mujeres se abarrotaban de alhajas y se soltaban el cabello que ahumaban junto a las fogatas antes de “tirar” las cartas. Pero, sin buscarlo, también presencié aquellas discusiones familiares, generalmente vinculadas a la administración de los víveres y el efectivo que, sin embargo, nunca parecía escasearles. Inclusive asistí a las interminables y fastuosas celebraciones de bodas donde la consigna parecía consistir en no mantenerse sobrio, ni en pie hasta la hora crepuscular.
Otra cosa eran los funerales. Presenciar uno rozaba, en todo sentido, lo supraterrenal; la estrecha experimentación de un viaje en bucle a la extrañeza.
En el que estuve empezaron las exequias con la incineración de la mayoría de las pertenencias del difunto; su ropa, fotografías sepias, cartas y enseres personales.
Al preguntar sobre la quema, un hombre de luto y barba blanca con sombrero respondió sin preámbulo:
—Se entiende, mi amigo, que es para que el agasajado se tarde en descubrir el camino de retorno.
No supe, entonces, si reírme; por lo que, tras ensayar un afectado saludo a los deudos me retiré, desconcertado, de la improvisada carpa velatoria.
Aquella noche soñé con mi padre, que había muerto hacía como unos diez años atrás de un paro cardíaco mientras dormía.
El hombre, que en nada se asemejaba a un espectro, se dejaba ver sentado apacible, en una silla de la cocina, con los ojos cerrados y las manos rugosas, cubiertas de anillos y pulseras de oro, apoyadas sobre la mesa de madera.
—No vuelvas a ese lugar, muchacho —bramó de pronto destrabando los dedos, con tal gravedad que consiguió arrancarme del sueño sobresaltado.
El reloj marcaba apenas las tres y diecisiete de la madrugada, por lo que volví a dormirme sin dificultad.
Al cabo de tres noches consecutivas, proseguí soñando exactamente lo mismo, sin la más nimia variación.
La cuarta noche dejó de aparecer la imagen de mi padre; sustituida por el enorme espejo oval, esta ocasión en el centro de una habitación familiar sin la tela y reflejando, en lugar de humo sin fuego, el rostro compungido de un niño con mis idénticas facciones.
Me arranqué de la pesadilla gritando, cual náufrago en una inundación plagada de broza flotante.
A la mañana siguiente fui directamente al campamento.
Como supuse, la gitana me estaba aguardando sentada en su tronco junto al fuego.
—Quiero ver el espejo— me nació decirle sin más digresión.
Entonces, por primera vez, vi su sonrisa inicial desdibujándose poco a poco hasta alcanzar un rostro apesadumbrado.
—Nadie quiere verlo de verdad.
—Yo sí quiero.
La gitana contuvo sus palabras bajo su halo de extravagancia. Después se levantó y decidido seguí sus pasos.
Atravesamos las carpas, los caballos y los carromatos.
Llegamos hasta un colorido carromato apartado del resto, que no había visto antes.
La puerta trasera estaba cerrada con una cadena oxidada, aunque sin candado.
La gitana subió con lentitud los peldaños y la abrió.
Ingresé sigilosamente tras ella.
Encontramos el espejo ocupando casi toda la pared del fondo del carruaje.
Al constatar que se trataba del espejo de mis sueños sentí que el aire se me fugaba del pecho.
—Acércate.
Así lo hice.
Aguardé, entonces, ver mi reflejo en la luna oval, pero nunca apareció.
En su lugar vi surgir a aquel niño, corriendo por entre las carpas y riendo mientras jugaba a dar saltos como un canguro.
Detrás de él caminaba una mujer joven; más atrás un hombre.
Después otros rostros. Decenas de ellos; todos familiares y desconocidos a la vez.
De pronto, algo se movilizó en mis adentros; un recuerdo. Después otro.Y otro más.
Allí mismo comencé a temblar y la imagen terminó por mutar soberanamente.
Ahora contemplaba el advenimiento imponderable de una epidemia.
Gente enferma por doquier; cadáveres tendidos en fila y una seguidilla de entierros.
Al fijarme en una mujer que lloraba desconsolada, comprendí de quién se trataba. Era mi madre; pero no la misma dama que me había criado todos estos años.
Reconocí que aquella mujer, que creía no haber visto antes, compartía una misma sangre.
Retrocedí un paso y el espejo continuó develándome más escenas de esa infancia alterna en la que me veía corriendo y saltando sobre las estacas que afirmaban las carpas del campamento gitano y sorteando las ennegrecidas ollas colgadas sobre las fogatas. En un momento, recordé cada una de aquellas canciones romaníes, al igual que las manos y rostros de sus ejecutores.
Las imágenes resurgian como en una germinación de la voluntad y se concertaban, en una secuencia incomparable, como en el plano de una pantalla.
Allí se vio el desencadenamiento de una enfermedad y la blasfemia de su peso impiadoso desprendido sobre un clan gitano.
Luego la enrevesada decisión de entregar al huérfano sobreviviente a alguna proba familia del pueblo; seguido del ritual de la despedida y la voz serena de alguien emitiendo palabras al viento, que recién ahora adquirían sentido y podía entender íntegramente.
Palabras bienintencionadas, aunque destinadas a cercenar y a enmendar una contrariedad con nombre y apellido, pero sin cepa inmediata sobre la tierra.
Todo aquello que yo había sido y, como fuera, no volvería a ser…
Caí de rodillas cuando percibí que algo remoto y oscuro se abría dentro de mi cabeza, al igual que una herida a las constelaciones estelares.
Entonces irrumpieron las voces. Primero una, luego dos; después cientos de ellas, horadando mis tímpanos.
No eran gritos; tampoco lamentos. Sino recuerdos; historias, fragmentos de existencias con nombres propios, pronunciados con insistencia.
La mujer observaba junto a mi, en silencio.
—¿Qué es lo que me está ocurriendo?
—Te están encontrando.
—¿Quiénes?
—Todos ellos.
De nuevo, no la entendí. O quizás sí lo hice; porque una parte de mí ya lo sabía.
La parte que había permanecido somnolienta o latente durante años, y que en aquel momento acababa de despertar, al igual que un amanecer.
Cuando recuperé la conciencia me descubrí tendido sobre la tierra húmeda.
Miré a mi alrededor y el campamento gitano, junto con sus carpas, carromatos, caballos y fogatas, había desaparecido.
No había registros de huellas, ni una nimia ceniza en el baldío.
Corrí descalzo hasta el pueblo y atiné a preguntar por ellos.
Nadie recordaba haber escuchado nada; ni siquiera aquellos pobladores que habían hablado durante semanas acerca de su venida y acampada detrás del frigorífico.
Era como si jamás hubieran existido.
Durante años intenté convencerme de que, posiblemente, había sufrido algún tipo de episodio mental, alucinatorio o amnésico, o algún tipo de colapso nervioso. Cualquier explicación parecía servirme de momento, excepto la verdadera. Porque esa nunca dejó de acompañarme en mi fuero más interno.
Allí, Las voces persistieron instaladas o grabadas, junto con los rostros y nombres.
Al principio fueron murmullos. Después se tornaron más inteligibles, hasta llegar a escucharlos, como ahora, con pasmosa nitidez.
Puedo expresar, incluso, quiénes son, dónde nacieron, qué cosas amaron y cuáles el destino les vedó en tanto los mantuvo convida.
Los llevo a todos dentro y me arden tanto como las llagas provocadas por el roce de una de sus fogatas.
Otras noches, sucede, que sueño con la mujer sentada junto al fuego, escrutándome en silencio o aguardando tal como si supiera efectivamente cuanto yo ignoro.
Quizás eso sea cierto, o tenga cabida, considerando lo ocurrido anoche mismo.
Mientras escribía estas páginas sucedió que, en un momento dado, escuché la emisión de un nombre entre tantos otros.
Uno solo. El mío. No el mío actual, sino otro; mucho más antiguo.
Lo escuché reiteradas veces, al igual que un eco, hasta comprender que aquella mujer gitana tampoco había sido la primera; así como yo tampoco sería el último.
Porque, al fin y al cabo, no somos sino los frágiles eslabones de una compartida e inacabable cadena vital.
Una especie de memoria que transita de un cuerpo a otro, con un archivo palpitante condenado a recordar lo que el mundo olvida.
Ahora las voces ganan en intensidad.
Y aunque no les temo, sí temo empezar a olvidar mi rostro y más;
porque esta misma mañana, ciertamente, no reconocí mis manos a la luz del sol.
Porque anoche soñé de nuevo con una carretera y una ciudad que no conozco, y porque, mientras esgrimo estas últimas líneas, ya ni siquiera albergo la certeza de llamarme, acaso, como creo que me llamo. Y ello, acaso, sea lo menos importante.
Darío Amaral
(*Sebastian Rivero: Nacido en Colonia del Sacramento en 1978. Docente, poeta, investigador y miembro de la Academia Nacional de Letras; Premio Nacional de Literatura en poesía inédita 2023.)
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura
en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en
diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile,
México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y
radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por
el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la
Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo
en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol
Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-
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