Un académico latinoamericano, radicado en California, (no recuerdo su nombre ni el tiempo transcurrido), anticipó antes de la asunción de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, que se avecina el declive de la supremacía de ese país respecto del resto del mundo. No es el único que ve eso.
El acceso de Trump por segunda vez a la Casa Blanca y su primer discurso al asumir, es una señal de ese deterioro, pero no es la única. Desde el lunes 20 de enero, cuando sucedió a Joe Biden, han venido pasando cosas, hechos que parecen confirmar esa tendencia.
Ese gobernante, siempre con cara de enojado y hablándole a todos con prepotencia no exenta de bravuconadas, no ha dejado de “pelearse” con algunos gobernantes europeos, con algunos asiáticos, con algunos latinoamericanos (a quienes confesó que no necesita) y hasta con Canadá, México y Groenlandia.
Se quiere apropiar de ese territorio helado del norte, quiere cambiarle el nombre al Golfo de México para que se llame “Golfo de América” y coquetea con Rusia y China, en un juego que por momentos parece duro y en otros momentos conciliador.
Es un hecho que estas dos potencias, más otras emergentes como la India, Sudáfrica y Brasil, que conforman el Grupo llamado BRICS, son consideradas por Estados Unidos como “la gran amenaza” a su hegemonía mundial, básicamente en lo económico y comercial, eje sobre el cual todo gira.
Porque también hay cortocircuitos en lo militar, tecnológico y otras áreas claves que hacen tambalear lo que hasta ahora ha sido el imperio estadounidense.
Esta “declinación o decadencia, como se prefiera, vino de la mano entre otros factores domésticos por el lento crecimiento de su economía, la pérdida de competitividad en los mercados globales y el gigantesco endeudamiento del gobierno federal”, escribió estos días el catedrático argentino Atilio Borón.
Un dato poco difundido indica que “Si en 1980 la relación entre la deuda de la Casa Blanca y el Producto Interno Bruto (PIB) era de 34.54 por ciento, en la actualidad se ubica en un nivel astronómico: 122.55 por ciento” agregó Borón.
Internacionalmente, expertos y organismos especializados sostienen que una deuda es manejable siempre que no pasa el 40 por ciento del PIB de un país. Pero Estados Unidos está sobregirado y ahí radica casi que el principal problema de su situación actual, que el presidente Trump busca disimular o disfrazar, con discursos agresivos y prepotentes.
“No debería sorprendernos que atentos a estos amenazantes cambios puestos en evidencia desde los comienzos del frustrado ‘nuevo siglo americano’ algunos académicos y asesores gubernamentales hicieran enfáticos llamados a la dirigencia estadounidense a ejercer el poder desnudo, dejando de lado todo convencionalismo o apego a la legalidad internacional”.
Hay que estar atentos y seguir de cerca estos acontecimientos. Tan importantes como los dramas domésticos que nos afligen también.
Porque aquel académico latinoamericano advirtió también que la debacle de Estados Unidos puede definirse sin mayores sobresaltos, o sea se puede caer como un castillo de arena, o de naipes
Pero también puede suceder que ese coloso, acostumbrado a manejarse como el dueño del mundo y el “sheriff” del planeta reaccione como un gato acorralado. Y en esa caso todo puede suceder.