In memoriam *Mariana Saldain Pioli y **Enrique Lorenzo.
Nuestra contemporaneidad se rige por la celeridad, la sobreabundancia discursiva y una suerte de diáspora atencional que, sin pretenderlo, acaba posicionando al haiku, con su ascética arquitectura verbal, (de 5-7-5 sílabas), en el más inesperado pero conveniente sincronismo. Más que una supervivencia de la tradición nipona, el haiku encarna hoy una verosimilitud poética: restituir cierta profundidad al instante mediante la máxima concentración del lenguaje. En un orbe global jactancioso de haberlo revelado todo, la mayor virtud de esta estructura poética acaso consista, en recordar que todavía perviven “elementos” o circunstancias que sólo pueden ser insinuados mediante esa enunciación formal y no otra. Tal resistencia estética propone, además, ante el exceso verbal,(ruido), y la saturación de imágenes de los “mass media”, la suspensión ecuánime del “instante”; generando que tres versos, por otra parte, actúen como una mínima cámara o cápsula de silencio donde la experiencia, despojada de explicación, recupera el rigor originario de la percepción y posiciona al poema dentro de un tiempo natural en el que el lector acaba por completar aquello que el texto deliberadamente omite.
A partir de este pormenor aflora una paradoja esencial; el haiku registra un acontecimiento insignificante, (una rana, la lluvia, un insecto, la caída de una hoja) y, mediante esa minúscula circunstancia insinúa una metafísica que no explica el universo, sino que lo deja comparecer. En ello reside su afinidad con ciertas intuiciones del budismo zen, aunque sería reductivo concebirlo como una mera doctrina poética del zen, ya que el haiku no necesita proclamar la “iluminación” porque le basta con sugerir que, al cabo de un instante, contemplar y comprender pueden representar el mismo acto. Por consiguiente, su naturaleza es más ontológica que descriptiva; el poeta no inventa necesariamente un objeto, más bien devela una relación ignota entre las cosas; así la roca, el petirrojo y el silencio dejan de ser elementos exteriores y se convierten en términos de una correspondencia que el lenguaje apenas alcanza a precisar. Quizá por ello el haiku constituya una de las formas más rigurosas de la poesía ya que exige renunciar a la explicación, al ornamento innecesario, a la ampulosa retórica que pretende sustituir la inherente experiencia perceptiva. Su ambición no consiste en decirlo todo, sino en conseguir que tres líneas sobrevivan a la extinción de quien las escribió. Por lo que, en última instancia, el haiku no es, ni más ni menos, que otra insistente maquinación humana contra el olvido, dotada de aquella sospechosa dignidad de lo eterno, que tiñe lo efímero con polícromas pinceladas de absoluto.
James Joyce
Dublín se sueña;
y aquella palabra abre
todos los mares.
Francisco de Goya
Negra la noche;
bajo el sueño del mundo
ríe Saturno.
Sebastian Bach
Orden celeste:
cada “fuga” contiene
un Dios sin rostro.
Joaquín Torres García
El sur del cielo
ordena sus símbolos:
todo es medida.
Marcel Proust
La magdalena…
el tiempo, súbitamente,
vuelve a ser nadie.
Jesucristo
Clavo y silencio;
la eternidad expira
entre ladrones.
Buda
Cae aquella hoja.
Nadie pregunta al viento
quién fue primero.
Dostoievski
Bajo la nieve,
Dios interroga al hombre
desde su abismo.
Harold Bloom
Shakespeare…
un muerto engendrando otro
en un lector.
Louis Stevenson
La isla dormita;
en la cruz tesoro
tiembla la infancia.
Mario Levrero
Un sueño escribe;
el hombre que lo sueña
borra su nombre.
Georges Perec
Falta una letra.
El mundo, minucioso,
cede a callar.
Scott Fitzgerald
Brilla el verano;
y el oro de Gatsby
oxida el tiempo.
Severo Sarduy
Barroca la luz;
luna multiplicada
hasta abolirse.
Lovecraft
Noche de estrellas,
un dios oscuro ve
cuánto lo soñamos.
Thomas Mann
Mustia montaña;
el tiempo enferma al hombre
con lenta nieve.
Camus
El sol persiste;
Sísifo, con su piedra,
inventa sentido.
Lezama Lima
Fruta de sombra;
la imagen se desborda
sobre la noche.
Silvina Ocampo
La niña mira
su muñeca y descubre
que está soñando.
Virginia Woolf
Una ola esgrime
la conciencia dispersa,
como una lámpara.
Truman Capote
La voz se enfría;
en la callada nieve
arde un cuchillo.
Charles Bukowski
Bar sucio y luna;
un vaso bebe al hombre
que no se rinde.
Oscar Wilde
Bello el pecado;
un espejo envejece
detrás del rostro.
Henry Miller
Arde la carne;
Nueva York amanece
con piel desnuda.
Astor Piazzolla
Bandoneón;
Buenos Aires desgarra
su propio pulso.
Palas Atenea
Magno intelecto
con ojos de lechuza:
cesa la espada.
Saki
Sonríe el zorro;
la cortesía esconde
dientes de seda.
Pablo Neruda
Crece la noche;
una dicción de amor
pesa entre el mar.
Octavio Paz
Entre silencios
el instante descubre
su doble rostro.
Juan Rulfo
Arde Comala;
cada muerto me nombra
desde la cal.
Umberto Eco
Entre anaqueles
un laberinto lee
a quien lo busca.
Juan Goytisolo
Idioma en ruina;
cada frontera deja
un despatriado.
Walt Whitman
Canto mi cuerpo;
bajo infinitas hojas
respira el mundo.
Friedrich Nietzsche
Dios ha callado;
un abismo contempla
al que lo nombra.
Kafka
La puerta abierta;
nadie entra porque aguarda
que lo autoricen.
John Keats
Tiembla la rosa;
su belleza ya conoce
la eternidad.
Flaubert
Frase perfecta;
una palabra más
inmola al mundo.
Byron
Arde el océano;
un héroe sin sombra,
ni alguna dama.
Páez Vilaró
Tonal tambor;
tiñe el sol Casapueblo
y a su memoria.
Camilo José Cela
Camino y polvo;
España es en su voz
sus cicatrices.
Alfonsina Storni
El mar que llama;
nombre hundido en la arena
sin dueño alguno.
*Mariana Saldain Pioli: (Rocha, 1937-2009) maestra, docente de idioma español en secundaria,(donde dictó clases al autor), destacada investigadora, autora y gremialista rochense.
**Enrique Lorenzo: (Salto, 1962-2002); lingüista, autor y docente de Lingüística en el Instituto de Profesores de Artigas,(IPA), (donde dictó clases al autor).
Dario Amaral
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lunes, 31 de agosto de 2026
VINDICACIÓN DE LOS “HAIKUS” Por Darío Amaral
domingo, 16 de agosto de 2026
BREVIARIO (microcuentos) POR DARÍO AMARAL
CARTOGRAFÍA
Acabando de trazar el último mapa del reino, descubrió que todos los caminos conducían a
la misma tumba. Tardó menos en percatarse que no había cartografiado un área de la
tierra, sino levantado el plano de su propia memoria.
HERENCIA
El anciano distribuyó relojes de bolsillo entre sus progenitores, ninguno de ellos funcionaba
en verdad. “El tiempo ya está adentro”, emitió antes de expirar. Desde entonces, en aquella
morada las agujas envejecen más lento que las mismas personas.
ARQUEOLOGÍA
Bastó retirar una pared para encontrar otra casa idéntica detrás; luego otra, y otra más…
Cuando llegaron hasta la última habitación, allí estaba, un niño en shorts terminando,
recién, de construir la primera.
GRAMÁTICA
El verbo “perdonar” nació una mañana, entre el bullicio, conjugado en pasado. Desde
entonces nadie volvió a pronunciarlo en presente. Asimismo, los diccionarios prosiguieron
llamándolo “verbo"; en tanto que los altos magistrados, “sustantivo"; dependiendo de la
“locación”.
INSOMNIO
Cada noche dormía sus ocho horas enteras; era durante la vigilia cuando soñaba. Por ello
nadie creyó en su cansancio cuando amaneció transfigurado en el recuerdo de otro hombre.
TESTAMENTO
«Todo cuanto poseo cabe en una palabra», escribió con pulso firme. Los herederos
permanecieron años indagándola entre los papeles. La vinieron a encontrar en el margen
de una página en blanco donde, palmariamente, podía leerse: “Todavía”.
INFIERNO
Dante circunvaló las nueve “regiones” buscando a los condenados. Al arribar al último
círculo, halló una monumental biblioteca. Cada libro narraba, con minuciosa exactitud, la
vida del hombre que lo abría . El poeta florentino debió cerrar el suyo antes de llegar al
primer canto.
DESPERTAR
La mañana en que Gregorio Samsa despertó en su lecho, convertido nuevamente en un
hombre, sintió en la sangre la viva desazón tras percatarse, entre otras cosas, que los
insectos nunca habían inventado la vergüenza.
ORÁCULO
La pitonisa jamás anunciaba el futuro; revelaba sucintamente los recuerdos que aún no
habían tenido lugar; aquella, y no otra, era la exégesis de por qué sus profecías siempre se
cumplían demasiado tarde.
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CATEDRAL
Los albañiles tardaron alrededor de unos cien años en levantar los cimientos y el mármol
de las columnas que sostenían aquellas cúpulas de aquel templo nórdico. Un eco, venido
del monte, tardó menos de tres segundos en derribarlo. Desde la catástrofe, los arquitectos
europeos, secundados por algunos lingüistas, no han cesado de examinar la gravitación de
una palabra.
CEGUERA
El anciano perdió la vista, subiendo los escalones de su casa, una tarde de lluvia otoñal. Al
otro día comenzó a describir pormenorizadamente los colores del viento. Tras abordar su
caso, los peritos médicos diagnosticaron imaginación avanzada en fase cuatro.
AJEDREZ
El rey llevaba siglos evadiendo, con denuedo, la muerte. Una noche, en un sueño,
vislumbró que el tablero era cuadrado porque ninguna huida podía parecer infinita. No dudó
en dejarse capturar; sus piezas prosiguieron batallando sin él.
APOCALIPSIS
Cuando expiró el último mortal, los relojes siguieron su mecánico avance con disciplina
inquebrantable. El tiempo nunca se había ocupado en nosotros; apenas si toleraba nuestro
vano hábito de medir o tabularlo todo.
DRÁCULA
Siglos de lunas carmines timando la sangre de los someros hombres, sopesando lo que
aquellos denominan “eternidad”. No sospechó jamás que acaso lo inmortal se refería,
únicamente, al postrero horror con que los hijos de dios emitían su nombre.
SHERLOCK HOLMES
Tras dilucidar el último acertijo de aquella habitación vacía, sobre un vetusto escritorio de
caoba encontró una lupa, una pipa y una nota escrita con su propia caligrafía: “El culpable
fue quien, desde el inicio, necesitó comprenderlo todo.”
FRANKENSTEIN
Cuando “la criatura” volvió sobre sus huellas para saber de su padre, el científico sólo atinó
a señalar la luna de un espejo. Desde esa fecha ambos envejecieron con un único rostro.
ROBINSON CRUSOE
Tantos años en austero diálogo con aquella isla remota que, tras apersonarse Viernes, el
náufrago había olvidado por completo la lengua de los hombres, entendía apenas el de las
oscilantes mareas.
PETER PAN
Tiempo más tarde retornó con la ilusión de llevarse consigo a otro niño. Ninguno accedió a
seguirlo. Sin más, entendió que la infancia no culmina cuando crecemos, sino cuando deja
de esperarnos.
HOMBRE LOBO
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No era la pálida luna quien lo volvía la consabida bestia; nada más le restituía el rostro
oculto a la luz del día. De esta forma, los aldeanos llamaban “maldición" aquello que, sin
tapujos, él llamaba “naturalidad”.
BORGES
Antes de alcanzar la ceguera, se apersonó, como acostumbraba, en la biblioteca en pos de
un libro imposible; no tardó en dar con sus páginas y percatarse que el volumen lo estaba
descifrando a él desde mucho antes de que aprendiera a abrir una página.
ONETTI
Fundó una ciudad para esconderse de la realidad... Quienes habitaban en ella creían
fielmente haber nacido allí. Sólo el viento, proveniente desde más afuera, insistía en
llamarla por el nombre de su melancolía.
SÁBATO
Descendió al túnel en pos de alguna salida. Cuanto más avanzaba, más reconocía las
prominentes paredes; no tardó demasiado en percatarse que la penumbra nunca había
estado “bajo tierra".
CORTÁZAR
La rayuela contaba con un casillero más, señalado apenas con tiza invisible. Quienes
conseguían alcanzarlo no llegaban al cielo; en un santiamén resurgían en el primer salto
con la acentuada sospecha de haber vivido otra vida entre un pie y el otro.
NERUDA
Esgrimió una oda para una piedra. Al concluir, la piedra comenzó a recordar que alguna vez
había sido montaña. Algunos ancianos llamaron poesía a esa secreta modalidad de
devolverles el pasado a las cosas.
HEMINGWAY
El viejo volvió a aquel mar sin redes, sin anzuelos, ni esperanza. Con sus rugosas manos
vacías, fue la primera ocasión que el océano no consiguió arrebatarle nada.
HOMERO
El aedo cesó su canto tras concluir la guerra y los héroes debieron desaparecer al instante.
Desde entonces, cada poema se desvive en pos de un combate para seguir existiendo.
NICANOR PARRA
Al “chileno terco” le dio por colgar un poema al revés para que nadie pudiera leerlo
solemnemente. Los críticos lo enderezaron, (diariamente), durante años. El poema,
entretanto, aprendió a caminar de cabeza.
ALEJANDRA PIZARNIK
Germinó una palabra tan minúscula que hasta el silencio no se contuvo en habitarla. Desde
entonces, cada vez que alguien intenta pronunciarla, únicamente consigue escuchar el eco
de una infancia que jamás tuvo lugar.
KENZABURŌ ŌE
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Aquel bosque conservaba intacta la memoria de los vencidos. Los hombres entraban para
olvidar; los árboles, en cambio, les regurgitaban cada nombre caído con la paciencia de la
lluvia. Solo quien aceptaba cargar tamaña memoria encontraba, al salir, un porvenir menos
ciego.
OCTAVIO PAZ
Procuró el centro del laberinto convencido de que allí le aguardaba, al menos, el silencio. Al
arribar y descubrir allí un espejo, supo que toda soledad no puede ser más que un diálogo
pronunciado en voz baja.
CHARLES BUKOWSKI
Apuró el último trago antes del amanecer. El alcohol no había vencido a la tristeza; apenas
la había vuelto legible. El grotesco cantinero cobró la cuenta. La noche pagó el resto.
DOSTOIEVSKI
Confesó un crimen que jamás cometió. El juez lo absolvió. Fue entonces cuando comenzó
el verdadero castigo: demostrar cada día su inocencia ante su propia conciencia.
LOVECRAFT
Abrió un libro oscuro cuya última página estaba escrita antes de la primera; no describía
cosmogonías malévolas, ni monstruos; sí explicaba, con intolerable lucidez, por qué a los
hombres les urgía darles vida.
EDGAR ALLAN POE
El cuervo regresó muchos años después.Pero no emitió su «Nunca más», sino el nombre
del poeta. Bastó ese único apelativo para que la habitación se abarrotara de sombras.
ALFREDO ZITARROSA
Cantó con un “son” tan hondo que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y
empezaron a regresar a la infancia. Desde entonces, cada milonga recuerda una patria que
aún entonces busca a sus hijos.
MARLON BRANDO
Interpretó tantos nombres que terminó olvidando el suyo. Una noche, ante el espejo,
descubrió, sin asombro, que el único personaje imposible de representar era, en efecto,
quien lo observaba desde el otro lado.
ULISES
Ulises retornó cuando Ítaca ya había aprendido a vivir sin él. Nadie discutió el peso de su
nombre ni de sus cicatrices. Sólo cuando, al alba, el mar insistía en golpear la costa como
un perro abandonado, vislumbró que los viajes no concluyen al arribo, sino cuando dejan de
esperarnos.
CAPITÁN NEMO
Sumergió su nave al punto que el océano empezó a asemejársele al cielo. Allí descubrió
peces transparentes, montañas dormidas y ciudades que jamás aprendieron la palabra
patria. Comprendió que el verdadero naufragio tiene cita en la superficie de las aguas, sobre
la tierra; allí donde los hombres respiran y aun así se ahogan con facilidad extrema.
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LA BALLENA DE AHAB
Ahab dió finalmente con su ballena. La escrutó en silencio por horas sin levantar el arpón.
Moby Dick mostraba en sus ojos el mismo cansancio que él. Acaso, en ese ínterin, ambos
prefiguraron que la venganza siempre forja dos o más monstruos, pero ninguna victoria.
MARTÍN AQUINO
Aquino conocía mejor los caminos del monte que los de la ley. Cada árbol recordaba su
nombre; cosa que ningún expediente pudo hacer. Cuando, revólver en mano, pereció ante
las descargas de las carabinas, con suma indolencia los jueces cerraron y archivaron el
caso. Los pájaros, en cambio, siguieron declarando su gesta todas las mañanas venideras.
CHARLES CHAPLIN
Pese a perder su bastón, nadie notó, en el vagabundo, tal ausencia; este se mantuvo
caminando con la misma obstinada elegancia. Así, varios percibieron que la dignidad no
reside en un atavío u objeto, como en la forma de sostener una sonrisa en tanto el mundo
delibera y ensaya su crueldad.
WOODY ALLEN
Woody pasó una tarde entera buscando el sentido de la existencia; lo encontró, antes de la
merienda, en un bolsillo del saco, junto a un boleto de cine vencido. Lo devolvió
inmediatamente, entendiendo que algunas respuestas envejecen más rápido que aquellas
interrogantes que las gestan.
HARRY POTTER
Y llegó el día en que nuestro bueno de Harry hizo añicos, en un pasillo de Hogwarts, su
portentosa varita. Luego explicó que no llevaba a cabo aquel acto por desánimo a la magia
en sí, sino tras razonar que el hechizo más difícil consistía en aceptar un mundo incapaz de
obedecer nuestros deseos. Desde aquel día los milagros no dejan de suscitarse sin hacer
ruido.
AKIRA KUROSAWA
El cineasta filmó una tormenta. Cuando concluyó la escena, los actores regresaron a sus
respectivos hogares, pero la lluvia insistió en quedarse dentro de la película. Ahora sucede
que, cada vez que el filme es exhibido en una sala de cine,no hay espectador que no
abandone el cine con un poco de barro en sus zapatos.
HAYAO MIYAZAKI
Desde que dibujó una grulla que, al final, se negó a vivir sobre el papel, los niños
comenzaron a mirar el cielo con una sospecha feliz. Algunos adultos aseveraron que era
pura imaginación; los árboles y las nubes nunca estuvieron de acuerdo.
MARILYN MONROE
En la escena apagó todas las luces para apreciarse sin reflejos y constatar que la belleza
también proyecta sombras, así como los aplausos nacen de un idioma incapaz de
pronunciar la palabra compañía. Al despuntar el sol volvió a sonreír. Hollywood jamás notó
la diferencia.
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HERMAN HESSE
Sembró un árbol en medio de una biblioteca. Algunos lectores protestaron por las raíces
que levantaban el piso, sin concebir, jamás,que los libros también necesitan tierra para
crecer hacia adentro.
TORRES GARCÍA
Reacomodó el mundo al revés al punto de hacer protestar a los mapas y enmudecer a las
brújulas. Nadie más que los niños reconocieron que el norte nunca fue un emplazamiento,
sino una recurrente costumbre excesivamente orgullosa para admitirlo.
CHÉJOV
Dejó un fusil sobre la pared y abandonó la habitación. Durante toda la historia los mismos
personajes aguardaron, impacientes, un disparo que nunca llegó. Tarde descubrieron que la
verdadera tragedia residia en aguardar un improbable destino que tal vez nadie escribió.
JOKER
Clausó su risa una sola tarde. Gotham creyó haber vencido. Pero el silencio resultó más
contagioso que cualquier carcajada. Desde aquella variación no hubo quien no desconfiara
de su propia felicidad.
ORSON WELLS
Orquestó un colosal ardid radial con tanta belleza y sutileza que el mundo prefirió llamarla
verdad. Pese a confesar el engaño, años después, era demasiado tarde: las mejores
ficciones no necesitan ninguna clase de permiso para convertirse en memoria.
EL RETRATO (Oscar Wilde)
Tras perecer el último hombre verdaderamente hermoso, todos los espejos amanecieron
empañados. Al cabo de semanas nadie consiguió verse el suyo en ninguno, por grande o
diminuto que este fuera. Al limpiar, una vez más, la luna en uno de ellos una joven notó que
no la reflejaba como debiera, sino como aquello que había resguardado con mayor esmero.
Desde entonces comprendieron que el retrato siempre había estado del lado del cristal.
LA CAVERNA (Platón)
El prisionero escapó de la caverna y contempló el sol. Regresó e intentó describir la luz
descubierta. Los del interior lo asesinaron con piedras cuidadosamente pulidas. Siglos
posteriores, aquellas mismas piedras acabaron siendo exhibidas en un museo bajo el
encumbrado rótulo: «Génesis de la filosofía».
EL LABIAL (Manuel Puig)
Ella nunca escribió, precisamente, cartas de amor; prefería dejar la marca del lápiz labial en
las tazas de café que bebía. Décadas después, cuando demolieron la casa, los obreros
hallaron cientos de besos fosilizados en la loza, sin que nadie encontrara una sola palabra
que pudiera explicarlos.
EL CISNE (Rubén Darío)
El último cisne abandonó su lago porque el agua había aprendido a reflejar únicamente
suertes de panfletos o bien anuncios publicitarios. Alzó entonces, su majestuoso vuelo,
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hacia un cielo sin metáforas. Aquella misma tarde la poesía inauguró su escritura en prosa
para sobrevivir a cualquier otro embiste o embuste esnobista.
EL ARMARIO (Stephen King)
Al oscurecer el armario respiraba lo mismo que un ser vivo. Nunca salía nada de él;
tampoco entraba nadie. El verdadero horror consistía en que cada amanecer, tras abrir mis
ojos, conservaba un recuerdo menos de mi infancia. Cuando por fin me anime a abrir la
puerta, descubrí sentado al niño que había sido una vez, sentado y envejeciendo en mi
lugar.
LOS HETERÓNIMOS (Fernando Pessoa)
Durante años convivieron sin discutir. Cada uno despertaba con un nombre distinto y una
biografía irreprochable. El contratiempo surgió cuando el cuerpo pereció. Ninguno de ellos
quiso asistir al sepelio de los otros.
LA ISLA (Reinaldo Arenas)
Fugó de la isla surcando el mar nocturno sobre un precario gomón. Al arribar al continente
descubrió que la aduana registraba también los sueños de los visitantes. Pensó, con
perspicacia, que el océano nunca rodeó la tierra, como a la memoria.
EL INVENTOR (Roberto Arlt)
Construyó una compleja máquina destinada a fabricar esperanza barata. Contra cualquier
pronóstico,funcionó tan bien que quebraron todos los vendedores de ilusiones. De pura
casualidad, una noche descubrió que la máquina consumía, como combustible, el futuro de
quien hacía uso de ella.
MACONDO (Gabriel García Márquez)
Cuando desapareció el último habitante de Macondo, las mariposas amarillas siguieron
llegando puntualmente cada primavera. Revoloteaban sobre casas y jardines inexistentes,
saludaban fantasmas meticulosos y regresaban al horizonte. La memoria, supimos junto al
prodigio, también posee instinto migratorio.
EL TESTIGO (Truman Capote)
Toda la ciudad aseguraba conocer al asesino. Asimismo, nadie pronunciaba su nombre
porque todos dependían de él para recordar quiénes eran. El juicio terminó sin culpables y
lo que llaman “verdad” abandonó la sala escoltada por el silencio.
EL JARDÍN (Lezama Lima)
Plantó una palabra en el centro del patio, donde brotaron árboles de sintaxis exuberante,
pájaros con plumaje barroco y frutos imposibles de pronunciar con una sola lengua y
paladar. Los vecinos perjuraban que aquello era una “selva”. Pitando su habano, él insistía
en tildarlo de “diccionario".
EL ASCENSOR (Mario Levrero)
El viejo ascensor se detenía, no por viejo, siempre en un piso inexistente. Nadie descendía,
ni nadie subía. Una madrugada reuní valor y crucé aquella puerta. Mi apartamento estaba
allí, esperándome, pero habitado por aquella persona que habría sido si jamás hubiera
sentido miedo.
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LA MAGDALENA (Marcel Proust)
Probó un trozo de pan endurecido y no recordó la infancia, sino todos los futuros que había
desperdiciado. Esa fue la forma en que descubrió que la nostalgia no siempre viaja hacia
atrás.
LA BIBLIOTECA
El avezado bibliotecario clasificaba aquellos libros de acuerdo al número de lectores que
habían llorado sobre ellos. Existían estantes enteros dedicados a lágrimas discretas. Los
volúmenes completamente secos permanecían cerrados con llave, pues, se sabía, eran los
más peligrosos.
EL RELOJERO
El anciano reparaba únicamente relojes detenidos a la hora de una despedida. Decía que el
tiempo roto hacía menos ruido. Cuando murió, encontraron sobre su mesa un reloj sin
agujas. Era el único que seguía funcionando.
Darío Amaral
BREVIARIO
sábado, 1 de agosto de 2026
SERENDIPIA DE UNA ETERNIDAD INMEDIATA
In memoriam Jesús Perdomo.
El Marco de los Reyes.
En una plaza céntrica se yergue una desgastada piedra cuasiprismática que, aunque atípica, no parece reclamar la atención de nadie. Rumbo a la escuela los escolares la rodean, esporádicamente, sin verla; en tanto los gorriones la emplean como una suerte de árbol abreviado y los ancianos, cuando la sombra declina, se apoyan sobre sus bastones próximos a ella ignorando que acaso descansan junto a una de las más pretéritas ficciones del mundo. La trajeron hombres que obedecían a otros hombres foráneos; éstos, a su vez, comulgaban con empoderados mapas, coronas y tratados políticos-bélicos. Informan que fue el “Marco de los Reyes", divisorio entre España y Portugal, que desde entonces para en Rocha un tanto apartado del sitio primario para el que fue concebido, pero que asimismo continúa ejerciendo, con la obstinación mineral de aquellos elementos fidedignos, el oficio de segregar.
Empero, no se trata de un mero bloque labrado ni tampoco de una reliquia para el caprichoso fisgoneo de los turistas; los hombres lo imaginaron para fijar un límite territorial y, sin proponérselo, con los siglos, este acabó antes entendiendo que ningún límite, por preciso que sea, resulta perenne. Sus aristas accidentadas han contemplado imperios desbaratarse con mayor fluidez que una nube de verano, banderas trocar sus colores, lenguas confundirse con la respiración de las fronteras y milicias que, creyéndose imbatibles, apenas devinieron en el óxido de algún sable perdido y olvidado bajo la tierra de alguna pradera. La piedra, en cambio, persiste impertérrita, ignorando en silencio los esplendores de la patria, pero recordando las vecinas manos que se han deslizado, como en una caricia, sobre el relieve áspero de su superficie.
Aún hay quienes creen que divide dos reinos; sospecho que, sin profuso afán, divide otra cosa. Acaso, deslinda el territorio visible del etéreo, lo mismo que el espiral del tiempo que creen conocer los hombres, que suele arder y consumirse como una hebra de lana en la flama, y no en el de la cronología de las piedras, tiempo, ese, que apenas se digna transcurrir. Quien se detiene ante ella advierte, sin saberlo, una vacilación, (o probable lapsus), del universo: al cabo de un instante no sabe si contempla un monumento o si es él quien contempla al visitante por una memoria infinitamente más vasta que la suya.
En la plaza de Rocha, rayano a la sombra de los plátanos, pláticas coloquiales y tardes dilatadas, aquel “Marco de los Reyes" persevera en su esquinera y discreta vigilia, sin aguardar beneméritos emisarios de Lisboa ni de Madrid. Sólo parece demorar algo tan antiguo e improbable como que, al menos un mortal, comprenda que toda frontera es también una suerte de metáfora, que todo reino acaba por ser un apelativo en un libro y que al fin la piedra, modesta y paciente, persiste soñando aquel idéntico sueño de límites difusos, en tanto el mundo que la circunda no cesa de mutar incesantemente de mapa y habitantes.
La chimenea.
En las afueras de una ciudad se divisa una chimenea apagada, erigida desde sus cimientos por manos que ya son polvo. Cada ladrillo suyo fue dispuesto, en un inicio, con la secreta esperanza de durar más que el hombre que lo asentaba. Al cabo de décadas dirigió al cielo el humo de los hornos de “La Rochense", con un fuego austero ascendiendo por su cilindrica cavidad y los atardeceres de Rocha aprendieron entonces, con su población, a calibrar
el tiempo por aquella columna densa y oscura que parecía rubricar, sobre el aire, una caligrafía destinada a las aves, o a nadie.
Quienes a la fecha se dignan a contemplarla, tras las ventanillas eléctricas de sus automóviles, apenas advierten en ella algo semejante a la ruindad; asimismo están los que sospechan que las grietas que la recorren no son obra exclusiva de las lluvias ni de los pamperos. La ha desgastado otro tanto el olvido, que es un diseño más lento y más rebuscado de la intemperie o el desamparo. Si bien el ladrillo recuerda el incendio que le dio origen; los hombres, por su parte, olvidan presto el fuego que los fabricó.
En esa orfandad, otra cosa pretende la chimenea, que no parece anhelar el humo ni el antiguo estrépito de las extintas máquinas de su interior; tampoco reclama obreros eficientes, ni puntuales silbatos de fábrica o carretas desbordadas de arcilla. Sueña con aquello para lo cual fue erigida: elevar. Al igual que Babel toda torre imagina el cielo abierto, aunque ese mismo cielo la ignore. Persisten en ella la obstinación vertical de las plegarias y la soberbia de los obeliscos; porque su naturaleza fue la de encauzar el humo; acabó encauzando el tiempo, que entalega la crueldad.
No es complicado pensarla ajena a Rocha; incluso adivinarla o equipararla a una estirpe más remota: la de las construcciones que subsisten a su utilidad. Como los faros apagados, los puentes hacia ríos desaparecidos o las fortalezas cuyos habitantes y enemigos se extinguieron hace siglos, la chimenea insiste estar en pie porque ha comprendido un secreto que los hombres rara vez alcanzan. Todo destino concluye convirtiéndose en memoria, y toda memoria necesita un ladrillo o cimiento que la sostenga.
Cuando el crepúsculo de verano la recorta contra el cielo del este, la chimenea parece más alta que nunca. No desafía al horizonte; dialoga con él. En su silencio de mineral cocido todavía asciende un humo que muy pocos perciben, hecho de jornadas sofocantes, voces y nombres ya extraviados. Quizá las fábricas desaparecen, los obreros expiran y las ciudades se ensanchan; pero la vieja chimenea persevera en una tarea infinitamente más ardua que la de expulsar humo: custodia, contra la desmemoria de los años, la efímera eternidad de los hombres.
Un retrato
En un marco de madera habita un joven rostro.
No es, desde luego, la mujer que allí vemos. María Elena, (mi madre), ha conocido días que el óleo no conoció, ha olvidado nombres que el pincel no pudo prever y ha sobrevivido a la muchacha que la pintura insiste en preservar. No obstante, tampoco hablamos de una mera representación; existe en ese semblante una obstinación que desafía el desgaste de los calendarios. Como la luna en los espejos antiguos, el retrato no devuelve una imagen sino, creo, posterga un destino.
Martha Nieves, la pintora, no se conformó con disponer pigmentos sobre una tela; sino que, acaso sin formularlo, comprendió que el verdadero retrato nunca reproduce un rostro, como el instante irrepetible en que un alma condesciende a ser escrutada. Los trazos, severos y misericordiosos, renuncian al detalle inútil para perseguir una certeza más ardua y esencial, que pertenece, antes que a una anatomía precisa, al insoslayable devenir.
Ello nos inclina a cavilar respecto a un tradicional equívoco, al parecer, atribuible a los retratos.
Aunque se cree que conservan el pasado, quizá también lo hagan con lo que denominamos “porvenir", puesto que cada dispar mirada futura, al fin de cuentas, consuma o completa la obra que la primeriza artista insinuó al inicio con su pincel. Así, la pintura no fija una identidad; la diversifica y multiplica. Entonces cada observador concluye imaginando una mujer distinta y, sin advertirlo, incorpora algo de su propia identidad a ese rostro. Respecto a ese modus operandi, a medida que el cuadro cambia sin modificarse, también se eterniza…
A principios de los 90 conocí a Martha Nieves, arraigada en cuerpo y alma al balneario La Paloma, al igual que al Atlántico en que hundía sus pies, y que sigue desgastando las piedras sin conseguir abolirlas. En aquella circunstancia agradecí por su pintura y que esta albergara además la misma condición marina de una serenidad sutil que oculta “honduras” aún más sutiles. Lo dije porque, antes que tantos, Nieves entendía que el arte no consiste en sobreponerse al olvido, (empresa vana además), sino en dotarlo de un diseño,(o suerte de albur), tan infinitamente “abierto” como perdurable. Probablemente, toda gran pintura albergue en la policromía de sus trazos ese pacto tácito entre el tiempo y todo cuanto invoque “permanencia"; ya que en definitiva, entretanto nuestros cuerpos ceden vencidos al desgaste y la atribulada memoria se torna incierta, el lienzo persevera; custodio de una lozanía ajena a la carne pero más hermanada con los ojos de quien contempla un cuadro. Sólo el arte desafía a la muerte. Así lo entendió Oscar Wilde en su “Retrato de Dorian Gray”, donde la eternidad nunca fue un atributo propio a los hombres, sino a aquellas imágenes o representaciones idóneas siempre en sobrevivirlos. Allí, donde la vida concluye, la pintura apenas comienza.
L
a
Tuna.
Mi abuelo se refirió cierta tarde, entre mates, a aquellas ruinas en medio de los campos. Arguyó que las piedras que la sostienen ya no recuerdan el nombre de quien las asentó en cal, pero conservan, con una fidelidad que los contemporáneos ignoran, el sempiterno peso de cada jornada campera. Las paredes de la antigua Estancia La Tuna, en la misma modalidad, han sobrevivido a los techos, a los muebles, a las voces y aun a las generaciones que desfilaron por ellas. Permanecen como permanecen algunas sonoras acepciones latinas, despojadas de aplicabilidad inmediata, pero investidas de una autoridad que las épocas estacionales, en vez de disminuir, terminaron por acrecentar.
Con ello y todo, mi abuelo, (que fue carrero en Villa Velázquez), aseguró que aquella construcción no ambiciona restauraciones piadosas ni tampoco el tránsito distraído de los viajantes. Sus paredes, levantadas en un principio para albergar una familia en la época artiguista; terminaron custodiando una memoria y aceptando, antes que los hombres, que toda arquitectura, por estratégica que sea, aspira secretamente a convertirse en leyenda o historia, que viene siendo lo mismo. Sus grietas no son heridas secas, sino más bien una escritura con que los años han corregido la ilusión de permanencia.
Bajo esa techumbre vivió Francisco De los Santos, compadre del General Rivera, padre riograndense de doce hijos y alcalde, por el 1809, de la región de Rocha.
Aunque hoy ese nombre apenas frecuenta algunos documentos y la silenciosa erudición de los archivos, vindica de un tiempo en que gravitar sobre estas tierras equivalía a decidir el destino de toda una comarca en días en que el porvenir de la Banda Oriental aún vacilaba entre magnos imperios. De los Santos apadrinó el impulso artiguista cuando la libertad era menos una palabra que una incertidumbre; verificó la elección del diputado destinado al Congreso de Mercedes y recibió, del Cabildo de Montevideo, la investidura de Juez de la Villa y Capitán de sus Milicias Cívicas. Esos honores, que parecieron definitivos, hoy sobreviven sucintamente en la obstinación de las paredes de aquella tapera.
No es intrincado sospechar que La Tuna no fue tanto una estancia rural, como una bifurcación de tiempos. En el ínterin en que Francisco de los Santos deliberaba sobre cabildos, milicias y congresos, el entorno pastoril, junto con las piedras, aprendían el señero oficio de templar la espera. Desde antes, sabían que los gobiernos de turno acabarían reemplazados por otros gobiernos, que los mapas y planos alterarían los trazos de sus contornos y que los nombres ilustres acabarían inapelablemente refugiándose en notas al pie de la historia local. Ellas, en cambio, proseguirían allí, una sobre otra, impasibles a la gloria y al olvido que todo lo daña.
Mi abuelo, Hilario Amaral Velázquez, no llegó asimismo a conferirme que cuando una corriente de aire atraviesa aquellas antiguas ventanas, recorriendo como un espectro aquellas habitaciones que hace mucho dejaron de existir, tal vez no se trate, ni se tenga fe, de que acaso ello sea la más natural y desprovista manifestación del viento. Y entonces, asistamos a la respiración soterrada de otro siglo que, con lo que le resta, resiste a desvanecerse por entero. Aquí, en La Tuna, tampoco los héroes consiguen sostener la memoria de un pueblo; en su lugar, lo hacen las piedras humildes y liquenadas que les sobrevivieron. En ellas, los evos han descubierto un lenguaje, que aunque con inferior lustre, es más perdurable y perspicaz que el mismo bronce. Con semejante pretensión, Francisco de los Santos, sin espada ni magistratura, al unísono ejerce hoy el más arduo de los cargos comunitarios: permanecer en la conciencia secreta de la tierra que él mismo contribuyó a fundar.
E
l
Cristo de “Lucho”.
Hay estatuas cuya razón de ser se agota en la celebración de una efeméride, y otras, aún más enigmáticas, que parecen haber sido concebidas para insinuar una interrogante cuya respuesta ningún hombre develaría sucintamente. El Cristo de Lucho Maurente, en la playa “Los Botes” de La Paloma, pertenece, creo, a esa segunda estirpe. No es improbable que su verdadera sustancia no sea el cemento en sí, sino la insistencia de una memoria anónima obstinada en demarcar la gravitación de su presencia insoslayable. Pienso, a veces, en su distante y dispar análogo, el Cristo Redentor del Corcovado, suspendido a unos 700 metros sobre Río de Janeiro como una vasta alegoría de la clemencia. Pienso que en tanto aquel “Coloso" domina una ciudad innumerable, éste se resigna a custodiar el límite más incierto; el instante en que la tierra abdica de sí misma y acepta el inapelable argumento del Atlántico.
Toda geografía es, soterradamente, una forma del tiempo. Entre las fajas de nubes, el Redentor contempla avenidas, multitudes y el rumor incesante de una civilización que no hace más que multiplicarse; el Cristo de La Paloma, en cambio, asiste a una liturgia más remota. Sus fieles no arriban hasta él por pródigas escalinatas, sino sobre parcas embarcaciones cuya derrota el mar esgrime y anula con idéntica indiferencia. Quizá por ello sus brazos abiertos evocan menos al Gólgota que a la figura invisible de los vientos, el dibujo efímero de las velas y las redes que al amanecer parecen plegarias tejidas con sal y esperanza.
La intemperie, asimismo, ha ejercido sobre esa imagen una paciente exégesis. La lluvia, el viento austral y la respiración mineral del océano han ido corrigiendo o retocando la obra del escultor “locatario” con una dilación que sólo el universo conoce. Cada grieta es una glosa; cada desgaste, una refutación del artificio humano. Sospecho que Maurente conjeturó a su tiempo, que ninguna escultura, (por más que esta contenga la fisonomía de su autor), concluye el día en que abandona el taller; empieza entonces una colaboración silenciosa entre la materia y los siglos, entre la voluntad del artista y la obstinación de los elementos.
Si se medita más, acaso la disparidad esencial entre ambos Cristos no radique en sus dimensiones ni en la celebridad que los rodea; el Redentor ha sido incorporado al vasto repertorio de las imágenes planetarias, cuando el de “Lucho” permanece, con una modestia casi oriental, al margen de esa gloria. Sin embargo, ambos participan de una paradoja que la teología y la literatura apenas entrevén: cuanto más inmóviles parecen, con mayor vehemencia traspasan el incesante fluir del tiempo.
Porque, puede que el verdadero milagro no consista en prometer o garantizar la eternidad, sino en impugnar, (aunque sea desde una muda cruz), al olvido. Los nombres de los pescadores se pierden con ellos, las embarcaciones cambian de color y de dueño, las generaciones olvidan aquellos cuarteados rostros que las precedieron; pero aquel crucificado interroga, entre los dos crepúsculos, al horizonte con la obstinación de un centinela. Puede, también, el mismo horizonte resultar ser un error ocular que nos veda descubrir que este no divide, como se cree, el cielo del océano; separa, como intuyó Borges en más de un laberinto, la breve duración de los mortales de esa otra eternidad que acaso sólo conocen el mar, la piedra y el silencio.
U
n
cine inolvidable.
Ignoro si las ciudades desaparecen del todo cuando claudican sus edificios o cuando perecen los hombres que todavía podían nombrarlos. Sospecho lo segundo. Si bien las piedras parecen obedecer a la historia; la memoria, en cambio, pertenece a otro reino, cuyo orbe apenas entrevemos en ciertos “estados de gracia” privilegiados. El antiguo Cine Primero de Agosto constituyó una de esas provincias etéreas.
Por años creímos que su noble misión no consistía más que en proyectar filmes en las matinée y los días de socios. Hoy entiendo que las películas eran apenas un pretexto y que el verdadero espectáculo ocurría entre los espectadores. Sin saberlo, (u obviándolo), cada uno contemplaba una obra distinta, aunque la pantalla ofreciera la misma sucesión de imágenes. El niño aprendía, antes o después del intervalo fílmico, acerca del coraje en los gestos de un héroe imaginario; el enamorado descubría que el roce de una mano podía abarcar al universo entero, en tanto el anciano volvía a constatar que el pasado no retrocede, sino que, con sigilo, aguarda.
No deja de maravillarme esa antigua ceremonia. Una sala oscura congregaba a desconocidos que aceptaban creer, durante algunas horas pagas, en una falacia luminosa rioplatense o subtitulada. Nunca he sabido si esa credulidad era una forma de ingenuidad pormenorizada o de sabiduría; quizá los hombres necesiten de las ficciones para reconocer las únicas verdades que les son accesibles.
Entre tantas, recuerdo una película en la que un muchacho comprendía demasiado tarde que el verdadero protagonista de su vida no había sido él, sino un viejo cine de pueblo condenado a desaparecer. Al marcharse creyó despedirse de un edificio; ignorando que se despedía de una manera de mirar el mundo. Años después descubriría que las películas también podían olvidarse, pero no el haz de luz que las hacía posibles sobre una pantalla. Quizá toda educación sentimental consista o se resuma en aprender tal diferencia.
Acaso Alfredo, el viejo proyeccionista de aquella fascinante historia italiana conociera una verdad semejante a la que entrevió el vate Giambattista Marino en sus postrimería ante la rosa amarilla inserta en una copa: así como los versos no eran la rosa, tampocos las cintas de celuloide eran el cine. El milagro, con su magnificencia, residía en esa misteriosa facultad por la cual un objeto finito revela, por un instante, una realidad infinita. Recién ahí es cuando comprendemos que el celuloide era apenas un instrumento y que el edificio mismo era apenas un accidente. Lo esencial se inscribía en aquella comunidad efímera de hombres y mujeres que compartían una misma oscuridad para recibir la misma magnánima luz; donde ninguno salió siendo exactamente el mismo que había entrado a aquella vieja sala.
Hoy el Cine Primero de Agosto no existe; otra arquitectura ocupa su lugar, como otras generaciones ocupan las ciudades. Nada hay de extraordinario en ello; también Troya y la Torre de Babel desaparecieron y seguimos pronunciando sus nombres.
La excepción radica en que en tanto alguien recuerde el silencio que antecedía al encendido del proyector sobre las inquietas cabezas y una vieja melodía despierte el rumor de las butacas o una fotografía restituya el perfume del celuloide, el cine de ayer y hoy proseguirán convida. No será asimismo en la piedra ni en el cemento, sino en esa región donde sobreviven las cosas que el tiempo no consigue destruir porque nunca fueron del todo materiales. A lo mejor ése sea el destino de todos los cines.
C
asos
y cosas, hechos y hombres.
Existe un libro que parece una crónica, cuyo título promete episodios, objetos y personas. Tras hacerse de él, el lector supone que encontrará la paciente enumeración de un pasado provincial; se equivoca. Su autor, Rosalío A. Pereira, lo concibió convencido de que toda historia local es, en esencia, una versión abreviada de la historia del universo. Ningún hecho es pequeño cuando el tiempo decide conservarlo. Otra cosa quiso el libro, puesto que no se limitó a registrar nombres destinados al archivo y acabó por descubrir que cada hombre, más allá de su intención, arrastra consigo una época entera y cada objeto cotidiano puede llegar a ser el resumen de innumerables vidas. En este volumen los sucesos de Rocha, las anécdotas, los personajes y los gestos cotidianos dejan de ser circunstancias para convertirse en símbolos. Lo particular adquiere, sin proponérselo, la dignidad de lo universal.
He pensado que la memoria se asemeja a una biblioteca: en sus anaqueles conviven emperadores y paisanos, guerras memorables y pláticas barriales olvidadas. La diferencia no reside en los acontecimientos en sí, sino en cómo y quién los rememora. Rosalío A. Pereira ejerció con maestría un oficio que pocos comprenden, salvó del anonimato aquello que la historia solemne suele desdeñar; advirtió que un pueblo también se construye con anécdotas cotidianas y pequeñas hazañas entrelazadas, con hombres cuya celebridad jamás rebasó los límites de su propia comarca.
Cuando el libro se cierra, sus páginas continúan respirando y cada lector termina añadiendo un recuerdo que el autor nunca escribió y confirma una antigua sospecha: las comunidades no sobreviven por sus monumentos ni por sus decretos, sino por quienes conservan el relato de sus días. “Casos y cosas, hechos y hombres” es mucho más que un libro sobre Rocha; es la constatación de que una tierra alcanza su verdadera permanencia cuando alguien convierte su memoria en literatura.
P
or
Setiembres
En una biblioteca céntrica se descubre un poemario cuyo lomo envejecido no reclama la atención de los distraídos. El polvo, que suele ser la dermis patente del tiempo, ha depositado sobre sus páginas una dignidad que los volúmenes recientes aún desconocen. Al abrirlo, el lector distraído cree buscar poemas y canciones; ignorando que ha penetrado en una comarca donde las estaciones no obedecen al calendario, sino a la pura memoria.
Con él, Enrique Silva no procuró ordenar someramente una poética estacional, sino conferir que la poesía no nace de las palabras, como del intervalo que las separa. Cada composición parece recordar un peculiar paisaje de Rocha; sin embargo, los campos, los árboles y los cielos que allí comparecen ya no pertenecen en exclusiva a su localidad natal, sino a ese territorio más incierto donde habitan y levitan las nostalgias. El autor que escribió sobre un septiembre, sin excepción, al final terminó escribiendo sobre todos ellos.
Sospecho que libros como el suyo albergan la secreta vocación de aspirar a que no sólo se los lea ceremonialmente; aspiran a ser rememorados cuando ya han sido cerrados y abandonados en un anaquel. Tras ese aparente acto somero comienza entonces su fidedigna existencia. Así, cuando las páginas de “Por Setiembres” permanecen inmóviles; es el lector quien muta, como una estación viviente, con cada lectura. Los versos son los mismos; quien regresa a ellos nunca lo es. Acaso esa sea la más humilde definición de un clásico regional: un libro que envejece menos que quienes lo leen.
Enrique Silva legó a Rocha algo más durable que una obra literaria; cedió un peculiar espejo donde el departamento puede reconocer no su apariencia, sino su espíritu. En conclusión, en tanto exista un lector dispuesto a demorarse y distraerse en semejantes páginas, septiembre proseguirá floreciendo, no en los árboles ni en las flores, sino en la lengua.
“El
Butiasero” y Perdomo
“El Gringo Butiasero”, de Jesús Perdomo, libro sin aspiraciones de inmortalidad arraiga sus raíces en la memoria-erial colectiva de un pueblo. Su materia aparente es un hombre, pero su verdadera sustancia, es la suma de un territorio. En sus páginas, Rocha deja de ser una delimitación geográfica para
transmutarse en una cifra moral y un antiguo espejo en cuya luna el tiempo contempla su propio desgaste.
Como obra perdurable, el volumen no se limita a narrar un mero destino, lo torna llanamente arquetipo. El gringo es, al unísono, un hombre singular y también todos los hombres que hicieron del monte, del butiá castillense y del horizonte una modalidad de discernir la vasta complejidad del mundo y sus habitantes. Sin ánimos de ponderar, cuando la literatura alcanza esa condición, deja de ser documento para convertirse en mito.
El deceso de Jesús Perdomo no mengua ni extingue su voz; apenas la traslada a esa región donde habitan los autores cuya obra prosigue dialogando con los vivos. Profesor por vocación y escritor por íntima necesidad , comprendió que la identidad de un pueblo también se edifica sobre palabras. Quien rescata una memoria del olvido modifica el porvenir tanto como quien funda una ciudad.
Quizá los departamentos, como los hombres, estén hechos menos de tierra que de relatos. Si esa conjetura es en parte veraz, probablemente Rocha le deba a Perdomo una porción de su conciencia más viva; una que incluso se sobrepone al tiempo convirtiendo la vida en literatura y la literatura en memoria.
Dario Amaral
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