El productor sueña, anhela y espera que aparezcan medicamentos mágicos que no provoquen resistencia.
Parasitaria ni microbiana.
Que aunque estén mal usados, no provoquen resistencia .
Usándolo al más o menos, sin control estricto de la dosis y de los días entre tratamiento, con sol o con tormenta o lluvia, nos dé igual un buen resultado .
Que sustituya a los buenos alambres, a los medio piques, a los bajadores, a los buenos zarzos.
A no pasar sin limpiar ni refregar las manos y las patas de cada caballo al pasar de un campo sucio o de la calle, al entrar en un campo limpio de garrapatas.
A ir a buscar en los campos sucios y en los montes a los animales chúcaros que no vinieron en la juntada , para traerlos al corral.
Para no dejar ninguno sin dosificar.
Al orden, al método, a la planificación .
Al planillado estricto. Al control del número de identificación de cada animal.
A llevar una ficha por cada animal donde se tenga registrado todo su desempeño productivo y su historia clínica.
Orden o desorden.
No ya solo del establecimiento sino de toda la zona .
Porque con linderos en desorden es muy difícil a la larga mantenernos libres de infecciones y de infestaciones.
Yo sigo viendo en todos los caminos vecinales, más allá o más acá, animales sueltos en los caminos.
" La primer medida sanitaria es el aislamiento del predio".
Lo más posible.
Y para terminar digamos que el medicamento por sí solo no es mágico.
Es muy importante sí.
Pero no es todo.
Es solo un eslabón de todas las acciones de la cadena sanitaria.
Y como decimos nosotros
"El tiento se corta por lo más fino".
Y si tenemos y dejamos en nuestras acciones varios " eslabones jodidos" difícil que la "cadena sanitaria" no se corte y la garrapata no termine haciendo pata ancha y adueñándose de las vacas y del campo...
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lunes, 15 de junio de 2026
ORDEN O DESORDEN. Por Dr Leiza De Los Santos.
EL AHORRO EN TERAPÉUTICA COMO CAUSA DE LA RESISTENCIA. Reflexión. Por Dr Leiza De Los Santos.
Estuve 32 años tratando animales y aplicando medicamentos en el campo.
Hace 16 años que me retiré.
Pero veo que el problema de cómo se genera la resistencia es siempre el mismo.
Decían los antiguos romanos :
" AD IMPOSIBILIA NEMO TENETUR "
A nadie se le puede pedir y exigir que haga lo que no puede. Lo que no está al alcance de sus posibilidades. Lo que para él es un imposible.
Que el productor pueda sustituir al Médico Veterinario.
Un disparate mayúsculo.
Veamos las hechos y las consecuencias :
El parásito, al igual que cualquier organismo vivo, grande o pequeño, microbio o elefante, aplica una máxima fundamental en Biología:
" Lo que no me mata me fortalece ".
Cuando usamos un producto nuevo, un antiparasitario, un antibiótico, lo que sea, y vemos que funciona, que mata, no debemos reducir la dosis.
Por ahorrar unos pesos no debemos ahorrar producto.
Al contrario, debemos usarlo bien recargado.
Si por ahorrar unos pesos, le damos una dosis baja menor a la indicada, y creemos que igual lo debilitamos y lo matamos al parásito o al microbio nos equivocamos.
Profundamente.
Y aquí entran a jugar cosas que el productor no conoce y por lo tanto no maneja.
El mecanismo de adaptación y la mutación.
Todo ser vivo rápidamente se adapta.
Se hace resistente.
Y echamos a perder el producto.
Que hay pocos.
Que cuesta mucho crear.
Que aparece uno nuevo cada tanto.
Y así, por usar dosis bajas creyendo que ahorramos, vamos eliminando productos .
Y al final nos quedamos sin balas.
No perdimos una batalla solamente.
Perdimos la guerra.
El ahorro nos salió caro.
Qué conclusión sacamos?
Que el productor no está capacitado para hacer tratamientos farmacológicos .
No puede evaluar ni ponderar para tener una Estrategia de Sanidad adaptada a su establecimiento.
Y por lo tanto si no puede, tampoco debe entonces usar medicamentos.
No tiene criterio clínico.
Cada establecimiento debe tener un Médico Veterinario a cargo de la Sanidad.
Sí.
Sanidad con mayúscula.
Porque si no hay un Médico Veterinario responsable que se ocupe de la Salud y de la prevención y el tratamiento de las enfermedades, la Sanidad de los animales se convierte en un problema mayúsculo.
Como ahora.
miércoles, 10 de junio de 2026
Gitanías Por Darío Amaral
*A Sebastian Rivero
"Los caminos recuerdan cuanto los hombres olvidan."(Canción romaní)
Sobrevinieron con el inadvertido mutismo de la bruma crepuscular, fumando sus toscos habanos, arrellanados y envueltos en unos mantones de pieles sobre los pescantes de sus carromatos circense tirados, cada uno, por un par de tubianos espectrales.
Lo recuerdo bien, porque tras su aparición, (la oscura hora de los grillos y luciérnagas), el cimarrón de mi vecino aulló sórdidamente hasta hincharse como un globo y perecer con su lengua azulada; además el cielo se tiñó de súbito de un color raro, una especie de gris amarillento que parecía anunciar una tormenta que asimismo jamás llegó.
No tardaron en izar las raídas lonas de las carpas estaqueadas en el baldío detrás del viejo frigorífico; las acondicionaron a la perfección sin que nadie los viera o escuchara hacerlo. Al otro día, el terreno que había permanecido por años desolado, amanecía instalado y moteado por una o dos fogatas demarcadas con piedras blancas, caballos y ropas colgadas entre postes improvisados.
Su fortuita presencia en el paisaje pueblerino, como se preveía, no tardó en azuzar algunos rumores chapuceros entre los residentes.
Entretanto mi abuela Estela, que estaba un poco senil, me requería a cada rato para asegurarme que cualquiera de aquellos foráneos sabía leer el destino de los mortales impreso en las lineas de las manos; el almacenero Luis aseguraba que no eran más que unos “ladinos embusteros” y “soberanos malvivientes” de quienes debíamos cuidarnos.
Por su parte, Anselmo, que era el único camionero del pueblo, juraba y perjuraba haber visto a una de las mujeres gitanas platicar buenamente con alguien muerto que levitaba al costado de la ruta de ingreso al pueblo, la noche previa a su arribo.
Yo no creía demasiado en esa suerte de habladurías; pero también era innegable mi boyante curiosidad por la condición peregrina y extravagante de los recién venidos.
Decidí, en primera instancia, empezar a espiarlos sigilosamente; a escucharlos hablar en su dialecto y cantar con sus címbalos y guitarras flamencas desde la segunda noche.
Sus cánticos, que no eran ni animados ni taciturnos, se
colaban por las aberturas de mi casa, entre las cortinas, arrastrados por el viento, dando la sólida impresión de haber sido interpretados en tantas veladas, que se percibían anacrónicos o provenientes de un sitio remoto, anterior, incluso, a la memoria.
El decurso monótono de los días en el campamento gitano, me alentó a estrechar mi distancia observacional y detenerme en una de las mujeres que, con su floreado vestido entallado y su turbante negro, seguía la rutina inveterada de sentarse junto al fuego y replicarle, a su crepitar, inteligibles reprobaciones.
La gitana era mayor, aunque no de esa modalidad habitual en que envejece la gente promedio; más bien parecía consumida por alguna otra cuestión inaccesible al ojo vulgar.
Su piel tenía la tonalidad de la hojarasca mojada y sus ojos eran tan ennegrecidos como un par de grutas insondables.
La vez que logré hablarle dijo, primero ella, con toda llaneza:
—Llegué a creer que no llegarías nunca.
Sentí, entonces, una incomodidad instintiva.
—¿Usted, acaso me conoce?
—Todavía no. Pero sentate para intentarlo.
Me señaló un tronco reseco junto a ella. Cedí a su proposición porque, en aquel instante, tuve la impresión de que negarme podía resultar, de alguna forma, el más contraproducente contacto inicial.
Permanecimos allí durante unos minutos que se me figuraron eternos, sin otra compañía y sin dirigirnos la palabra; viendo y escuchando únicamente al fuego arder y los relinchos de los tubianos pastando en el extremo opuesto del campamento.
De un momento a otro no tuve cómo no advertir lo novedoso en la eventual apariencia de las danzantes flamas que tenía por delante.
Su luz intensa proyectaba sombras sobre la tierra, sobre las carpas, los caballos, las ropas colgadas y hasta sobre las ruedas de los carros varados; pero no sobre la figura de aquella gitana.
Debí mirar dos o tres veces aun para convencerme que no había nada detrás de ella; ni siquiera oscuridad. Sólo suelo desnudo, como si careciera de un cuerpo sólido, capaz de generar una sombra natural.
Un tanto inquieto, pretendí comentarlo; pero cuando levanté la vista ella sonreía, con unos enormes dientes recubiertos de oro, tal como si hubiera sondeado el calibre de mis pensamientos.
Me despedí con un superfluo “adiós” y no volví al campamento durante varios días.
Acabé convenciéndome de que el incidente había sido una ilusión, un efecto de la luz y hasta una tontería sin mayor alcance.
Pero las canciones gitanas no cesaron de arribar desde el campamento. Y con ellas sobrevinieron aquella serie de sugerentes sueños nocturnos. Al principio consistían en difusas impresiones referentes a fogatas desmedidas y a caballos tubianos huyendo despavoridos por senderos flanqueados con árboles exóticos. Después se tornaron en algo más preciso e inquietante. Y en ellos, casi siempre, descubría una mano infantil escurriendo un pañuelo ensangrentado sobre unas brasas que, antes de apagarse, emitían gemidos de humanos. Escuchaba también voces rezando plegarias incomprensibles. Descubría una variedad de rostros deformados por curiosas cicatrices, que luego se reiteraban sobre otras epidermis como en un desfile de máscaras medievales.
Al despertar la sensación de repulsión se negaba a abandonarme, como si, en algún tramo, hubiera omitido algo relevante o imperdonable.
Una madrugada soñé con la marcha de una caravana, encabezada por un carromato que cargaba un enorme espejo cubierto, hasta la mitad, por una tela negra que el viento zarandeaba. Aquella luna oval de cristal no devolvía otra cosa que la humareda de un fuego inexistente.
Desperté empapado en sudor y gimoteando sin saber la verdadera razón o sentido de lo soñado.
Por ello, aquella misma tarde, me sentí impelido a regresar al campamento en busca de alguna respuesta, al menos, un tanto más persuasiva.
Junto al fogón, la mujer parecía estar hace rato aguardándome, como al principio .
—Ya empezó, muchacho —dijo.
—¿Qué es lo que empezó?— le repliqué.
—Pues, la memoria, mi amigo.
Al igual que las otras ocasiones, no entendí. Nunca entendía lo que aquella gitana expresaba, aunque con cada regreso presentía, al unísono, estar acercándome a algo esencial; como quien se dirige hacia una habitación en penumbras donde es aguardado desde hace décadas por algún motivo puntual, aunque nunca develado, más que tácitamente.
Por otra parte, y aunque mis dudas prevalecieron, el resto de los gitanos aceptó o se resignó a mi presencia, sin mayor protocolo, con humana naturalidad.
No intentaron pesquisar quién era, ni por qué solía aparecerme con frecuencia en el campamento como quien por su casa; simplemente me dejaban ser yo mismo y merodear por los alrededores, sin cuestionar el motivo.
En mi intromisión fisgonee en sus tradiciones más patentes, como las suculentas comidas de olla compartidas sobre un gran pelego oscuro previamente santiguado; las consuetudinarias celebraciones donde modificaban su indumentaria y las mujeres se abarrotaban de alhajas y se soltaban el cabello que ahumaban junto a las fogatas antes de “tirar” las cartas. Pero, sin buscarlo, también presencié aquellas discusiones familiares, generalmente vinculadas a la administración de los víveres y el efectivo que, sin embargo, nunca parecía escasearles. Inclusive asistí a las interminables y fastuosas celebraciones de bodas donde la consigna parecía consistir en no mantenerse sobrio, ni en pie hasta la hora crepuscular.
Otra cosa eran los funerales. Presenciar uno rozaba, en todo sentido, lo supraterrenal; la estrecha experimentación de un viaje en bucle a la extrañeza.
En el que estuve empezaron las exequias con la incineración de la mayoría de las pertenencias del difunto; su ropa, fotografías sepias, cartas y enseres personales.
Al preguntar sobre la quema, un hombre de luto y barba blanca con sombrero respondió sin preámbulo:
—Se entiende, mi amigo, que es para que el agasajado se tarde en descubrir el camino de retorno.
No supe, entonces, si reírme; por lo que, tras ensayar un afectado saludo a los deudos me retiré, desconcertado, de la improvisada carpa velatoria.
Aquella noche soñé con mi padre, que había muerto hacía como unos diez años atrás de un paro cardíaco mientras dormía.
El hombre, que en nada se asemejaba a un espectro, se dejaba ver sentado apacible, en una silla de la cocina, con los ojos cerrados y las manos rugosas, cubiertas de anillos y pulseras de oro, apoyadas sobre la mesa de madera.
—No vuelvas a ese lugar, muchacho —bramó de pronto destrabando los dedos, con tal gravedad que consiguió arrancarme del sueño sobresaltado.
El reloj marcaba apenas las tres y diecisiete de la madrugada, por lo que volví a dormirme sin dificultad.
Al cabo de tres noches consecutivas, proseguí soñando exactamente lo mismo, sin la más nimia variación.
La cuarta noche dejó de aparecer la imagen de mi padre; sustituida por el enorme espejo oval, esta ocasión en el centro de una habitación familiar sin la tela y reflejando, en lugar de humo sin fuego, el rostro compungido de un niño con mis idénticas facciones.
Me arranqué de la pesadilla gritando, cual náufrago en una inundación plagada de broza flotante.
A la mañana siguiente fui directamente al campamento.
Como supuse, la gitana me estaba aguardando sentada en su tronco junto al fuego.
—Quiero ver el espejo— me nació decirle sin más digresión.
Entonces, por primera vez, vi su sonrisa inicial desdibujándose poco a poco hasta alcanzar un rostro apesadumbrado.
—Nadie quiere verlo de verdad.
—Yo sí quiero.
La gitana contuvo sus palabras bajo su halo de extravagancia. Después se levantó y decidido seguí sus pasos.
Atravesamos las carpas, los caballos y los carromatos.
Llegamos hasta un colorido carromato apartado del resto, que no había visto antes.
La puerta trasera estaba cerrada con una cadena oxidada, aunque sin candado.
La gitana subió con lentitud los peldaños y la abrió.
Ingresé sigilosamente tras ella.
Encontramos el espejo ocupando casi toda la pared del fondo del carruaje.
Al constatar que se trataba del espejo de mis sueños sentí que el aire se me fugaba del pecho.
—Acércate.
Así lo hice.
Aguardé, entonces, ver mi reflejo en la luna oval, pero nunca apareció.
En su lugar vi surgir a aquel niño, corriendo por entre las carpas y riendo mientras jugaba a dar saltos como un canguro.
Detrás de él caminaba una mujer joven; más atrás un hombre.
Después otros rostros. Decenas de ellos; todos familiares y desconocidos a la vez.
De pronto, algo se movilizó en mis adentros; un recuerdo. Después otro.Y otro más.
Allí mismo comencé a temblar y la imagen terminó por mutar soberanamente.
Ahora contemplaba el advenimiento imponderable de una epidemia.
Gente enferma por doquier; cadáveres tendidos en fila y una seguidilla de entierros.
Al fijarme en una mujer que lloraba desconsolada, comprendí de quién se trataba. Era mi madre; pero no la misma dama que me había criado todos estos años.
Reconocí que aquella mujer, que creía no haber visto antes, compartía una misma sangre.
Retrocedí un paso y el espejo continuó develándome más escenas de esa infancia alterna en la que me veía corriendo y saltando sobre las estacas que afirmaban las carpas del campamento gitano y sorteando las ennegrecidas ollas colgadas sobre las fogatas. En un momento, recordé cada una de aquellas canciones romaníes, al igual que las manos y rostros de sus ejecutores.
Las imágenes resurgian como en una germinación de la voluntad y se concertaban, en una secuencia incomparable, como en el plano de una pantalla.
Allí se vio el desencadenamiento de una enfermedad y la blasfemia de su peso impiadoso desprendido sobre un clan gitano.
Luego la enrevesada decisión de entregar al huérfano sobreviviente a alguna proba familia del pueblo; seguido del ritual de la despedida y la voz serena de alguien emitiendo palabras al viento, que recién ahora adquirían sentido y podía entender íntegramente.
Palabras bienintencionadas, aunque destinadas a cercenar y a enmendar una contrariedad con nombre y apellido, pero sin cepa inmediata sobre la tierra.
Todo aquello que yo había sido y, como fuera, no volvería a ser…
Caí de rodillas cuando percibí que algo remoto y oscuro se abría dentro de mi cabeza, al igual que una herida a las constelaciones estelares.
Entonces irrumpieron las voces. Primero una, luego dos; después cientos de ellas, horadando mis tímpanos.
No eran gritos; tampoco lamentos. Sino recuerdos; historias, fragmentos de existencias con nombres propios, pronunciados con insistencia.
La mujer observaba junto a mi, en silencio.
—¿Qué es lo que me está ocurriendo?
—Te están encontrando.
—¿Quiénes?
—Todos ellos.
De nuevo, no la entendí. O quizás sí lo hice; porque una parte de mí ya lo sabía.
La parte que había permanecido somnolienta o latente durante años, y que en aquel momento acababa de despertar, al igual que un amanecer.
Cuando recuperé la conciencia me descubrí tendido sobre la tierra húmeda.
Miré a mi alrededor y el campamento gitano, junto con sus carpas, carromatos, caballos y fogatas, había desaparecido.
No había registros de huellas, ni una nimia ceniza en el baldío.
Corrí descalzo hasta el pueblo y atiné a preguntar por ellos.
Nadie recordaba haber escuchado nada; ni siquiera aquellos pobladores que habían hablado durante semanas acerca de su venida y acampada detrás del frigorífico.
Era como si jamás hubieran existido.
Durante años intenté convencerme de que, posiblemente, había sufrido algún tipo de episodio mental, alucinatorio o amnésico, o algún tipo de colapso nervioso. Cualquier explicación parecía servirme de momento, excepto la verdadera. Porque esa nunca dejó de acompañarme en mi fuero más interno.
Allí, Las voces persistieron instaladas o grabadas, junto con los rostros y nombres.
Al principio fueron murmullos. Después se tornaron más inteligibles, hasta llegar a escucharlos, como ahora, con pasmosa nitidez.
Puedo expresar, incluso, quiénes son, dónde nacieron, qué cosas amaron y cuáles el destino les vedó en tanto los mantuvo convida.
Los llevo a todos dentro y me arden tanto como las llagas provocadas por el roce de una de sus fogatas.
Otras noches, sucede, que sueño con la mujer sentada junto al fuego, escrutándome en silencio o aguardando tal como si supiera efectivamente cuanto yo ignoro.
Quizás eso sea cierto, o tenga cabida, considerando lo ocurrido anoche mismo.
Mientras escribía estas páginas sucedió que, en un momento dado, escuché la emisión de un nombre entre tantos otros.
Uno solo. El mío. No el mío actual, sino otro; mucho más antiguo.
Lo escuché reiteradas veces, al igual que un eco, hasta comprender que aquella mujer gitana tampoco había sido la primera; así como yo tampoco sería el último.
Porque, al fin y al cabo, no somos sino los frágiles eslabones de una compartida e inacabable cadena vital.
Una especie de memoria que transita de un cuerpo a otro, con un archivo palpitante condenado a recordar lo que el mundo olvida.
Ahora las voces ganan en intensidad.
Y aunque no les temo, sí temo empezar a olvidar mi rostro y más;
porque esta misma mañana, ciertamente, no reconocí mis manos a la luz del sol.
Porque anoche soñé de nuevo con una carretera y una ciudad que no conozco, y porque, mientras esgrimo estas últimas líneas, ya ni siquiera albergo la certeza de llamarme, acaso, como creo que me llamo. Y ello, acaso, sea lo menos importante.
Darío Amaral
(*Sebastian Rivero: Nacido en Colonia del Sacramento en 1978. Docente, poeta, investigador y miembro de la Academia Nacional de Letras; Premio Nacional de Literatura en poesía inédita 2023.)
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura
en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en
diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile,
México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y
radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por
el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la
Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo
en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol
Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-
TROTEA. Por Dr Leiza De Los Santos
Los indios nuestros nunca iban al paso, al tranco.
Siempre iban en un galopón. Al trote chasquero.
Así iban entrenando continuamente a sus caballos.
" Vaca de taba insegura, muerte segura " "Vaca entumida y blanda, se cae y no se levanta ..."
"Vaca movida, encanillada, no se cae en las aguadas..."
Dichos de nuestros Troperos
Indios, Gauchos....
Sabiduría ancestral.
Nosotros podemos copiar la idea.
No andar caminando despacio. Al paso. Trotar siempre cuando nos trasladamos dentro de nuestra casa.
Y si estamos parados, trotar en el lugar.
Si siente frío, trotea !!!
Hasta que se nos haga una costumbre.
En invierno calentaremos el cuerpo de forma natural .
Mejoraremos todo.
El metabolismo, la circulación, los músculos, todo el cuerpo.
Sin necesitar calefacción de hoguera ni aire acondicionado.
Solo calefacción interna.
Nuestro cuerpo caliente será nuestra propia estufa.
La mejor.
COMO UNA ESPADA . Por Dr Leiza De Los Santos
Alinear la respiración con la vista y con la mente.
La mente concentrada en una idea. En un concepto.
Los ojos concentrados en un punto.
La respiración concentrada en el aire que pasa lentamente rozando las narinas .
El chakra de la punta de la nariz alineado con el chakra entre las cejas y con el chakra del centro de la frente.
Una línea vertical vibrando.
Filosa como una espada.
POBRES y RICOS. Por Dr Leiza De Los Santos
Decía muy bien Confucio: Antes de hablar debemos definir los términos, para que las palabras signifiquen lo mismo para los dos para así poder entendernos.
Se asocia el concepto de pobreza a la falta de dinero.
Pero se puede ser pobre de muchas maneras .
Y se puede ser rico de muchas maneras diferentes
Se puede ser un " pobre hombre rico" que en su pobreza humana de virtudes y valores solamente ostenta su posesión de dinero .
Casi seguro que heredado de sus mayores. Mérito ajeno.
" Hijo de padre guapo nace cansado " decían con sorna antes.
Si este haragán pierde su dinero, su pobreza será absoluta. Su vida en adelante será una simulación.
Creerse que aún sigue siendo Don Fulano.
Pero será un ser imaginario.
Mental y físicamente. Porque no sabe hacer nada. Será una persona desnuda. Desnuda de todo . Interior y exteriormente.
Gente que camina con la nariz respingada, estirada artificialmente, como haciendo una " higiene de columna vertebral" para poder soportar el peso autoimpuesto de tanta pedantería.
Que compran un reloj de oro para ostentar.
Una moto ruidosa, un auto brillante y andan a velocidad para intentar decir Aquí estoy yo.
O tienen la suerte de heredar una fortuna o de sacar el 5 de oro.
El tiempo dirá a manos de quién fue a parar tanta riqueza.
Si a Ostentación y Presunción que va camino corto a la Dilapidación o a un ser auténtico, precavido y mantenedor.
El dinero no es todo.
He visto señores en alpargatas y bichicomes en autos poderosos y grandes mansiones.
Don viene de doño que significa " dueño, dueño de " .
Algunos saben cuánto tienen.
Otros no tiene idea de adentro de sí cuánta riqueza atesoran.
Mis grandes Maestros fueron todos gente que se imponía y se obligaba conciente y voluntariamente a sí mismo a ser sencillo y que hacían de la Sobriedad una Manera de Ser.
Se puede ser dueño circunstancial de dinero o dueño eterno de virtudes y méritos que nos conviertan en un Señor. Cada uno elige.
lunes, 8 de junio de 2026
Pare de Sufrir Milton Romani Gerner
La Iglesia Universal del Reino de Dios (Pare de Sufrir) cuenta con una vasta red
internacional en 134 países. En Uruguay, posee 48 sedes en todo el país en 30 años de
actividad 1 Reúnen miles de fieles. No sabemos si el marketing y televisación sobre las
sanaciones milagrosas es efectivo. Se sabe, si, que tienen una excelente recaudación con
el diezmo que aportan sus fieles. Y de las inversiones lucrativas que hacen con mucha fe.
Son investigadas por lavado de dinero. Al igual que Misión Vida, Beracca.
¿El opio de los pueblos?
Si. Para calmar los dolores del cuerpo y del alma. Claro que si. Los opiáceos en principio,
estan excluidos de la prohibición de las Convenciones sobre Drogas. Pensar que los que
buscan refugio allí son todos ignorantes y analfabetos es ceguera dogmática.
Buscan, efectivamente, parar de sufrir. Le sirve a todos? Algunos si, a otro no.
La temeridad de signo contrario de afirmar que las religiones resuelven mejor el problema
de adicciones es un gesto político que no se adecua ni a la evidencia científica ni a la
pragmatica. Es un bolazo.
Nancy Cardoso, obispa metodista feminista, expresaba: “La gente va a buscar elementos
por los que expresarse, porque no ve condiciones creativas de participación en los
procesos sociales de cambio. (...) Las iglesias son una respuesta a esto. Opio, paraíso,
analgésicos. Después está lo que queda en los territorios, que es la milicia, la policía y el
tráfico de drogas. Todo eso es contra los pobres en los territorios”
Es de celebrar que la Junta Nacional de Drogas haya convocado nuevamente a todas las
iglesias y credos serios que trabajan en territorio y en comunidad. Desde los esfuerzos
que hicimos desde el 2005 para garantizar el derecho a la salud desde un Estado
presente, realizamos en el 2008 una convocatoria similar con gran afluencia. Realizamos
formación combinando a las iglesias con los equipos barriales. En el exclente local cedido
por el Centro Soka Gakkai. Es el diseño de Terapia de Base Comunitaria con los
dispositivos ALEROS y que es un modelo que sirve a mucha gente. A otros no.
Conversando en la calle. El mal trato.
Nélida, 59 años, víctima de violencia de género. Casada durante muchos años, nunca
pudo, nunca supo, eludir el yugo patriarcal que la negaba su ser individual.
Lo vive con culpa. Doble culpa. No tiene experiencia laboral. Hace limpiezas. Cuida
niños/as. Se cansa. Tuvo un ataque de pánico. Depresión. Acudió a una sala de
emergencia. Como solución de choque, la médica de guardia, le tiró un vaso de agua en
la cara. La entrevista fue un tanto escueta. No le hicieron ECG para descartar infarto (está
en todos los protocolos) ni le preguntaron si tenía ideas de muerte o había pensado en
sucidarse. Pase urgente a psiquiatría
A los dos días la consulta: ¨Solo debe tomar el antidepresivo. No tome ni clonazepam, ni
el somit para dormir¨ Nélida insiste: ¨solo tomo un cuarto de clonazepan cuando siento
que puedo repetir el ataque de pánico¨ Respuesta insólitamente naturista ¨Si Ud. siente
que puede repetir el ataque, toma una bolsa de papel, respira dentro de ella y se pone al
sol. Tiene que aprender a manejar esos ataques¨ No le dijo que hacer en caso que
estuviese nublado. Tampoco la interrogó sobre ideas de muerte o de auto eliminación.
Menos aún si lo había planificado, si vivía en pisos altos, si estaba sola, si tenia armas de
fuego. Si había algún antecedente familiar o lo había intentado en alguna otra
oportunidad. Nada. Rapidito y afuera. Sacar numero para otra consulta o cambiar de
psiquiatra tiempo de espera: dos meses. Para psicoterapia primero debe pasar por un
Comité de Recepcion. Salud mental y autoeliminación ¿prioridades nacionales?….¿Asi?
Nélida, encontró apoyo y buen trato en Comuna Mujer.
Por el camino del señor
Con el Apex Cerro en el 2002 participamos de la construcción comunitaria de una red de
48 merenderos. Con una movilización social que contó con heroínas, si heroínas. Se
destacaron las mujeres. La Dra. Teresa Briozzo, directora de la Policlínica Municipal La
Paloma, la Maestra Alicia Viotti al frente de la escuela Ana Frank, Pelusa de Cerro Norte,
la Pastora Marta Galeano, Raquel Falero (con Jorge Bentancor) del Movimiento de
Usuarios de la Salud del Cerro. Era una colación de esfuerzos. Estaba la Intendencia de
Montevideo, la comunidad organizada, la Universidad con docentes y estudiantes y los
grupos de la Parroquia Fátima, la Casa de la Amistad de la Iglesia Metodista del Pastor
Cardozo.
En esa epoca, conversando en la calle, con una piba de 23 años, 4 hijos, en el Barrio 1o
de Mayo en Santin Carlos Rossi frente al Tróccoli, un purrete con pañales, que no tenía
mas de dos años, empezó a caminar solito y se alejaba. Le dije a la mamá: mirá que el
botija se te está yendo. La respuesta: ¨ahh si, es Daniel, va para el merendero. Ahora que
sabe ir solito, ya puede manejarse en la vida.¨ Hoy debe tener 26 años. Si no lo mataron,
si no está preso, o quizas zafó y entrega pedidos con una motito. O no, o se labró su vida,
porque no? Son inescrutables los caminos del señor. Una generación mas que creció en
la desigualdad.
Problema drogas compromiso de todos y todas.
A pesar de las indicaciones de la psiquiatra de Nélida, no hay tantas demandas de bolsas
de papel como si de ansiolíticos. ¨La Administración de Servicios Públicos del Estado
(ASSE) indica que se dispensaron 1.042.840 recetas de benzodiacepinas en 2021.
Son más de 2.800 prescripciones por día sobre una población de 1.493.531 usuarios 2
En las reiteradas encuestas del Observatorio Uruguayo de Drogas donde se aplica un el
AUDIT (Prueba de Identificación de Trastornos por Consumo de Alcohol) desarrollado por
la OMS se insiste en que es la primera drogas de abuso. Hay “ tres de cada diez
consumidores de alcohol del último año presentan uso problemático, ya sea por el abuso
en ingestas, consumo de riesgo, consumo perjudicial o dependencia. En términos
absolutos esto representa a 373.000 personas. Nadie puede negarlo esto forma parte de
un sufrimiento social que circula con mucho silencio y vergënza. Por otra parte son muy
pocos los dispositivos de atención integral en abuso de alcohol en el sistema de salud.
Sin dudas Alcholicos Anónimos es un recurso válido. Muy útiles para algunas personas,
para otras no.
Hay muchos profesionales médicos y no médicos, psicólogos/as, trabajadores sociales,
con sensibilidad, empatía y dialogo con sus pacientes. Atienden arrodillados en la calle 3 o
en diferentes sitios de salud publica, comunitaria o mutualistas.
Pero hay otros que no. Los ha ganado el mercantilismo y el desapego total. Construimos
un Sistema Nacional Integrado de Salud que sigue siendo un logro social de alto valor.
Siempre atacado, de afuera y de adentro. Hay perversiones en la salud que pueden tener
la gravedad de una septicemia generalizada. Usar el sistema para favorecer las
prestaciones privadas o promover los servicio VIP, las derivaciones para operar cataratas
u otras intervenciones hacia el mismo profesional que te atiende, pero en privado. Sino,
esperar tres o cuatro meses en su mutualista.
Unos mucho y otros nada, y no es casualidad
¿Faltan recursos? ¿Seguiremmos ajustando para abajo?. ¿Hasta donde? ¿No es siquiera
discutible la iniciativa de gravar con el 1% a los mas ricos? ¿Será como dijo Bergara, que
eso no resuelve nada? Puede haber otros ajustes que sumen a un Fondo de Emergencia
para la Pobreza. Porque es una emergencia. Hay que convocar a todos los actores.
Uruguay está entre los regímenes más generosos porque las empresas usuarias de
zonas francas (ZF) están exentas de IRAE, IVA, Impuesto al Patrimonio, IMESI y casi
todos los tributos nacionales, sin límite de tiempo mientras dure el contrato de usuario.
También están exentos los bienes y servicios que ingresan o salen de la zona franca.
El agro tiene varias exoneraciones y regímenes especiales: sustitución del IRAE por
IMEBA, exoneración del Impuesto al Patrimonio para personas físicas y productores
medianos. Insumos, bienes de capital y maquinaria agropecuaria que están exonerados
de IVA. Exoneraciones en contribución rural. Tienen regímenes promocionales
adicionales, incluyendo exoneraciones de impuestos a la importación de maquinaria,
deducciones por inversión y otros beneficios, en emergecias. La pobreza también es una
emergencia. Aporten. Algún día tendrá efectos, si ya no los tiene, en sus negocios.
Otros costos sociales
La Directora del INR Dra Mg Ana Juanche, dijo rotundamente ¨El costo de la reincidencia
penitenciaria asciende a 132 millones de dólares por año. Hace 40 años que no
resolvemos ni el tema de los reclusos, ni el de su reinserción. . Si ya gastamos un
presupuesto exorbitante para un resultado pésimo, necesitamos hacer cosas distintas”
¨Hay que aumentar y endurecer las penas¨ reclama una parte de la sociedad que recogen
varios políticos insensatos. No es nuevo. La Ley N° 16.707 de Seguridad
Ciudadana de 1995 modificó el Código Penal y de Procedimiento Penal para endurecer
penas. Introdujo cambios en la asociación para delinquir, elevó penas para rapiña,
homicidio y violación. El Pais de España, en abril de 2023, publicaba: ¨Uruguay triplica su
cantidad de presos en 20 años y ya tiene la tasa más alta de Sudamérica. Cuatro de cada
1.000 uruguayos están en la cárcel.¨
El modelo bukele genera tentaciones. Sin analizar nada. Ir por el camino de luchar por
nuestra esclavitud como si lo hicieramos por nuestra emancipación.
En 1972 Juan María Bordaberry envió al Parlamento la Ley de Estado Interno. Recortó
garantías constitucionales y habilitó la Justicia Militar para civiles. Fue la antesala del
golpe. Años despues, Wilson Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereyra dijeron:No fue un
pecado votar esa Ley. Fue un grave error. Era doloroso pera para el uruguayo medio la
tranquilida se había transformado en algo mas importante que la libertad¨
Nadie se salva solo
Vivir, sufrir, no es solo un problema de existencia económica. Lo económico es básico.
Pero vivir, es sentir. Ver y compartir ideas y afectos. Ser y estar en sociedad. Se sufre por
la carencia de ello. El amor y los sentimientos. Nos afectan de manera intensa y ocupan
lugares relevantes. Los vínculos son esenciales. El problema con las drogas es también
un tema vincular. La construcción de subjetividad es un debe de la izquierda. Siempre lo
pensó con rigidez economicista. Nunca lo registramos en términos políticos. Es hora de
integrarlos.
1 Tomado de Portal Montevideo
2 ¨Adicción silenciosa a ansiolíticos: más de un millón de recetas¨ de Delfina Midler en Que Pasa El Pais.
Publicado en la pagina web de la Facultad de Psicologia https://psico.edu.uy/presencias-en-
medios/adiccion-silenciosa-ansioliticos-mas-de-un-millon-de-recetas-en-2021-mercado
3 El Dr. Esteban Acosta es un psiquiatra que se ha destacado por brindar atención enfocada en el perfil
social y la vulnerabilidad de las personas en situación de calle como el dice, arrodillado al lado del sufriente
https://ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2023/4/el-amor-y-los-afectos-son-parte-del-programa/
domingo, 24 de mayo de 2026
EL RARÍSIMO SENTIDO COMÚN. Por Dr Leiza De Los Santos
Lei una vez algo que decía así:
Dale a un hombre todo lo que desea y siempre será infeliz por no haber pedido más.Solo una tortuga que dormita sobre una roca soleada conoce la felicidad y la plenitud.
No sé por qué pienso que estoy durmiendo la siesta en la playa , en una hamaca paraguaya enganchada entre los pinos.
Y solo el ruido del mar. ...
Nada más...
O mirando a mi gato barcino estirado al sol .
Mi maestro de Yoga.
Adecuar los deseos a las posibilidades.
Ese es el secreto de la vida tranquila.
Que de secreto no tiene nada.
Es solo una regla del sentido común.
Nada más.
No ir en contra de la Naturaleza de las cosas
¿Qué es el orden natural de las cosas ?
No plantar el árbol con la raíz para arriba.
Y después pretender que te dé frutos.
No pretender que una vaca nos dé cuatro terneros al año.
Como decía Von Clausewitz , las cosas más importantes son las más sencillas.
Pero, para el ser humano que siempre se está obligando a sí mismo a ir contra la realidad y a vivir queriendo lograr lo imposible , son las más difíciles de lograr.
Y paradójicamente, si un día se colman sus deseos y puede por fin vivir tranquilo, se aburre con la vida sencilla y en la tranquilidad.
Sr volvió dependiente, y no puede vivir sin las turbulencias , por no decir enviciado con y por ellas.
LA LUZ NO TIENE SOMBRAS. Por Dr Leiza De Los Santos
Cuando escribas sé parco y sintético para expresar la idea.
Que sea una joya sobre la hoja de loto .
Que resplandezca la idea !!!
No hagas un laberinto.
Un enredo.
Un entrevero.
Donde la idea quede oculta y se ahogue.
Ganarás en pureza y en calidad expresiva.
Si no, todo lo tuyo va a parecerse a una mujer bonita que queriendo lucirse, se llenó de colgantes y joyas baratas y echó a perder toda su hermosura.
ACTITUD. ESCUCHA A TUS ENEMIGOS. Por Dr Leiza De Los Santos
El aplauso es un veneno.
Pero la envidia es una excelente consejera.
Si quieres halagos escucha a tus amigos .
Todos van a ser amablemente mentirosos.
Si quieres sinceridad escucha a tus enemigos.
Todos van a ser cruelmente sinceros.
Con unos crecerá tu EGO.
Con la ayuda involuntaria de los otros obtendrás una guía cierta para superarte hasta en los más mínimos detalles.
SÉ LIVIANO. Por Dr Leiza De Los Santos
Sé un árbol grande.
Con mucha raíz, que te dé firmeza y sustancia.
Con un tronco fuerte, vencedor del viento.
Y mucho, mucho ramaje, siempre verde, nutritivo.
Pero sé útil.
Solamente útil.
No hagas sombra sobre los demás.
No seas una carga para la espalda, los ojos y los oídos de los demás.
Esconde tu dolor.
Donde no se note.
Y sé un alero para cobijar.
Para abrigar .
Para proteger.
Para consolar.
Del dolor ajeno.
Si no puedes...
Inténtalo.
Aunque no puedas.
CUMBRES y ABISMOS PLATEADOS. Por Dr Leiza De Los Santos
Si a veces miras hacia atrás , extrañando tu perdida juventud, pero intentas seguir adelante y envejecer con elegancia, a los ojos de los demás solo serás un veterano activo y un poco nostálgico.
Pero si corres desesperado tras una mujer joven que te domina y te manipula a su antojo, sin saberte dar tu lugar de señor con dignidad y aplomo , solo serás un viejo ridículo.
POBRES y RICOS. Por Dr Leiza De Los Santos
Decía muy bien Confucio: Antes de hablar debemos definir los términos, para que las palabras signifiquen lo mismo para los dos para así poder entendernos.
Se asocia el concepto de pobreza a la falta de dinero.
Pero se puede ser pobre de muchas maneras .
Y se puede ser rico de muchas maneras diferentes
Se puede ser un " pobre hombre rico" que en su pobreza humana de virtudes y valores solamente ostenta su posesión de dinero .
Casi seguro que heredado de sus mayores. Mérito ajeno.
" Hijo de padre guapo nace cansado " decían con sorna antes.
Si este haragán pierde su dinero, su pobreza será absoluta. Su vida en adelante será una simulación.
Creerse que aún sigue siendo Don Fulano.
Pero será un ser imaginario.
Mental y físicamente. Porque no sabe hacer nada. Será una persona desnuda. Desnuda de todo . Interior y exteriormente.
Gente que camina con la nariz respingada, estirada artificialmente, como haciendo una " higiene de columna vertebral" para poder soportar el peso autoimpuesto de tanta pedantería.
Que compran un reloj de oro para ostentar.
Una moto ruidosa, un auto brillante y andan a velocidad para intentar decir Aquí estoy yo.
O tienen la suerte de heredar una fortuna o de sacar el 5 de oro.
El tiempo dirá a manos de quién fue a parar tanta riqueza.
Si a Ostentación y Presunción que va camino corto a la Dilapidación o a un ser auténtico, precavido y mantenedor.
El dinero no es todo.
He visto señores en alpargatas y bichicomes en autos poderosos y grandes mansiones.
Don viene de doño que significa
" dueño, dueño de " .
Algunos saben cuánto tienen.
Otros no tiene idea de adentro de sí cuánta riqueza atesoran.
Mis grandes Maestros fueron todos gente que se imponía y se obligaba conciente y voluntariamente a sí mismo a ser sencillo y que hacían de la Sobriedad una Manera de Ser.
Se puede ser dueño circunstancial de dinero o dueño eterno de virtudes y méritos que nos conviertan en un Señor. Cada uno elige.
domingo, 17 de mayo de 2026
HIJO DE MÍ MISMO Por Dr Leiza De Los Santos
Vivo mi vida a mi manera .
Siendo yo.
Absoluto.
Auténtico.
Hijo de mí mismo.
De mis costumbres.
Elegidas libremente por mí.
Y de mis tradiciones
Heredadas y vividas por sangre y por crianza.
Venidas de la raíz de mi tierra.
Las costumbres milenarias de mi gente.
Gauchos mestizos de a caballo y de pata en el suelo.
Hacedores de su historia y de su tiempo .
Historia viva de mi gente.
De nuestra Historia.
Símbolos de Gloria .
Siempre.
LA ELUSIVA TRANQUILIDAD Por Dr Leiza De Los Santos
No desde mi escritorio.
Desde mi mundo escribo.
Al sol y al viento. Pisando pasto.
De botas, bombachas y poncho, medito y escribo .
Dice un dicho paisano: " Yo pago por la tranquilidad." .
No es que pague con plata, como puede pensar un ignorante de nuestro lenguaje. Paga en sentido práctico, dejando de lado muchas cosas de su vida y de su comodidad para mantener su serenidad interna y externa tan esencial a nuestra manera de ser.
No somos seres extraños .
Somos gente de campo.
Somos seres en equilibrio con su mundo y su ambiente tradicional.
Todo animal para poder vivir y desarrollar en plenitud todas sus capacidades, todo su potencial, necesita tres cosas básicas.
Comida, espacio y tranquilidad.
En situaciones de alteración de su ambiente restringe comida y espacio vital para priorizar, mantener y aún defender la tranquilidad.
" Cuando comas , no hagas ruido, come en silencio, trata de no llamar la atención a nadie porque " el que come en silencio come dos veces.".
" Nunca escapa el cimarrón si dispara por la loma " dice en el inmortal Martín Fierro .
En estos tiempos en que la gente vive más de la morbosa curiosidad e intromisión en lo ajeno que de ocuparse de lo propio, lograr vivir alejado del ojo ajeno sin perder calidad de vida, sin encerrarse tras las murallas es todo un desafío, casi una aventura .
Lograr vivir en el mundo sin que te vean y sin que te sientan. Es lograr algo casi imposible. Pasar desapercibido.
Para que no te molesten.
Nada más.
Paradójicamente, el hombre que quiera ser independiente, a pesar de tener todo para vivir tranquilo, está en la misma situación que el animal en la naturaleza.
En el campo abierto.
En el monte
Que si logra sobrevivir es gracias a su poder de difuminación. A su capacidad de mimetización.
Sin molestar a nadie, solamente para poder hacer su vida tranquilo, debe vivir huyendo del ojo y de la voracidad ajena.
Especialmente la humana.
Que no es un animal más.
Es el peor de todos los seres.
El asesino de todos.
Es la Bestia humana.
Destructor de todo.
De su mundo.
De su ambiente
Del Mundo entero.
Que para lograr, en su demencia absoluta, la victoria pírrica de destrucción del enemigo destruye el Mundo aunque se destruya a sí mismo.
En especial a sí mismo.
Cómo pretender entonces nosotros los paisanos luchar para tener y mantener un espacio y un ambiente propio para vivir eternamente en paz si estamos rodeados de la locura asesina de los seres humanos.
Como dicen los quechuas " el runa uturunco está entre nosotros " .
El Hombre asesino está entre nosotros.
O como dijo nuestro gran Clemente Estable, al dar una conferencia en el Teatro 25 de Mayo en Rocha, después de la Segunda Guerra Mundial:
" Vengo de Europa, la cuna de nuestra civilización, donde están las inteligencias más estúpidas ".
martes, 12 de mayo de 2026
MEDITACIONES . EL ENEMIGO EXTERNO COMO NECESIDAD. Por Dr Leiza De Los Santos
Alguien me dijo un día:
" No hay enemigo más cruel que la realidad" .
Con los años, estudiando lo absurdo, pude entrar en su alterado proceso mental y entender su pensamiento...
Encontrar un enemigo externo para echarle la culpa de todos sus fracasos.
Del fracaso de su vida.
De su vida perdida !!!
Para que su mundo de excusas se mantenga en pie.
Para que sus ideas sigan teniendo sentido.
Aunque estén fracasadas. Muertas.
No importa.
Las tiene que mantener vivas para darle sentido a su vida.
Necesita hallar un enemigo.
Lo necesita como el pan.
Y si no existe lo tiene que crear, inventar uno !!!
En eso le va la vida.
Lo otro es tener que enfrentarse al peor de sus demonios.
Tener que reconocer la propia verdad.
Tener que reconocer su propia incapacidad .
Tener que echarse la culpa de sus fracasos a sí mismo !!!
Es demasiado.
Preferible el enemigo externo.
Mil veces.
No te le mueras nunca , odiado enemigo imaginario.
Del fracasado. Del incapaz.
No le faltes nunca.
Porque de ti depende su mundo .
Su autoestima.
Hasta su vida.
Porque eres, paradójicamente, lo que le da sentido a su vida ... "
MEDITACIONES. LA MÁSCARA COMO RECLAMO Por Dr Leiza De Los Santos
Como Médico Veterinario soy un puente entre los humanos y los animales.
Y desde mi conocimiento y experiencia observo y medito.
Identificarse con un animal no está malo.
Encontrar que un animal nos simboliza y representa no está mal.
Es el antiguo Nahual de nuestros indios.
¿Qué Gaucho no se pega a su caballo, a su perro ?
Y laicamente los adora.
Pero de ahí a autopercibirse animal hay un rato.
Usan máscara .
Algo externo.
Se exponen para que los vean.
Se exhiben.
Tratan de llamar la atención.
No se van al campo o al monte.
A vivir como animal .
Van donde hay gente reunida para que los vean.
Buscan la aceptación y la validación humana.
Si fuera algo realmente interno no necesitarían nada externo.
¿Cuál es la razón entonces?
¿Por qué lo hacen?
Estamos en la época de las mascotas, de los " perrhijos ".
Queridos.
Amados.
Como sus padres les prestan tanta atención a las mascotas quieren convertirse en mascotas.
Ocupar el lugar de las mascotas .
Están pidiendo atención a gritos.
Pero cuidado.
Del reclamo al delirio hay un paso.....
Basta cualquier sustancia que altere la realidad....
domingo, 10 de mayo de 2026
LA CONJURA DE LAS MARIPOSAS PERENNES (poesía- sonetos) Darío Amaral
A Elena, mi madre; a Clara, mi hija.
(*1) PIZARNIK, O LA NOCTÁMBULA
Me habité en la penumbra de un espejo
donde el insomnio ungía mi osamenta;
cada reloj, vorágine violenta,
cedió un lirio mortal sobre mi cejo.
Fui huésped del abismo y su cortejo,
sacerdotisa de la sed hambrienta;
mi voz, ceniza lúbrica, y "dolienta"
ardió como un salterio contra el rejo.
¡Oh noche! que bebí de tus cátedras
el ácido fulgor de la locura,
y hallé en cada silencio una agonía.
Mi infancia aún desangra sus violetas;
yo fui la exiliada de mi hondura,
la que murió de sí, mientras vivía…
(*2) IDEA, O LA CONJURADA
He mendigado sombras en la bruma,
no de un Montevideo exhausto y amarillo;
mi corazón, gastado campanillo,
tañó su sed en cárceles de espuma.
Amé como quien cava y bien rezuma
en la feroz liturgia del cuchillo;
cada beso dejó oscuro su anillo
sobre la pobre carne que se abruma.
Yo conocí la fiebre de la espera,
el lento luto de los calendarios,
la sal que deja el tiempo en la ternura.
Y aunque mi voz parezca pasajera,
arden aún mis huesos solitarios
bajo el hollín mortal de la escritura.
(*3) MAROSA, O LA DESHOJADA
Yo desnudé magnolias en la noche
y oí crujir los lirios en mi sangre;
cada jardín, voraz, sacrílego, exangüe,
mordía con su polen mi derroche.
Fui cierva, vid, relámpago y fantoche
del húmedo esplendor que todo gangre;
mi corazón, noctívago y "melambre",
ardió bajo las uvas del reproche.
¡Oh madre tierra!; yo dormí en tus musgos
con un temblor de bestia enamorada,
sorbiendo el vino negro de las rosas.
Y aún llevo entre mis párpados augustos
la lenta desnudez alucinada
de los frutos que gimen en las cosas.
(*4) CIRCE, O LA LUMBRE
He conversado a solas con la tarde
mientras el mundo cruje en sus exilios;
sobre la humilde piel de los ladrillos
mi sombra cede un resplandor que arde.
Yo vi la historia alzar su dios cobarde
y hundir la sal mortal en los sencillos;
cada ausencia pobló mis labrantíos
con un silencio que en la sangre arde.
Pero te hablo, ¿me oyes?, desde el fondo
de esta materia frágil y encendida
donde el dolor aprende su ternura.
Y en el pequeño fulgor del mundo hondo,
mi voz, apenas lámpara vencida,
te busca para salvarse en tu figura.
(*5) LISPECTOR, O LA ALADA
Yo descendí al reverso de mi entraña
como quien abre un pájaro en la sombra;
cada palabra, ciega y que te nombra,
cedió un fulgor de fiebre en mi maraña.
Fui extranjera en mí, perpetua y huraña,
vi cómo el ser se quiebra y se desombra;
mi pensamiento, lóbrega alfombra,
cubrió de sal la noche que me daña.
¡Oh conciencia!; vorágine y desvelo,
yo te escuché crujir bajo la carne
igual que un dios oculto en la locura.
Y así viví, ardiéndome en el hielo,
buscando en cada abismo descarnarme,
para esgrimir mi oscura quemadura.
(*1)PIZARNIK: Alejandra Pizarnik, (1936-1972), poetisa, ensayista y traductora argentina.)
(*2)IDEA: Idea Vilariño, (1909-2009), poetisa, ensayista y crítica literaria uruguaya.)
(*3)MAROSA: Marosa di Giorgio, (1932-2004), poetisa y narradora uruguaya.)
(*4)CIRCE: Circe Maia, (1932), poetisa, docente y traductora uruguaya.)
(*5)LISPECTOR: Clarice Lispector, (1920-1977), escritora, periodista y traductora ucraniana-brasileña.)
PA(T)RIA DE BIBLIOTECA (hexadecasílabos)
“Concebí al paraíso como una suerte de biblioteca.” (Borges)
Haz de polvo conjugando verbos del saber silente,
anaqueles ponderando glifos que un olvido augura;
códices que murmuran ecos de un latín omnisciente.
Penitencia de encumbradas páginas y arquitectura
de altas cúpulas amparando un arca sin testamento.
Polillas del hastío adoctrinan acerca la carcoma,
lámpara átona que asoma su iris al ángelus frío;
índices y pergaminos, bríos de un escriba en coma
que exhuma un aroma a ruina, cuero, lignina y desvío
a pixeles y silicio de un neotestamento...
Biblioteca paria, ultrajada por la aurora efímera
de sintaxis donde el bit impera y la red no se acalla;
fé sin espera, cartógrafo sin más atlas, metralla
de salva alelada, zumo turbio y virtual del sediento.
Mas, quien arriesga colar el alma por tu leve hendidura,
ágora de fervores y un alma mater sin censura;
donde quietud y logos pulsan musas de ruiseñores:
cánticos que perdurarán sobre la cima del viento.
Junto al imperio fatuo de ese otro tiempo inadvertido,
Ovidio y Virgilio sueñan postrados en la penumbra,
ansían, como encumbran, para sí, un más alto cometido
en el sinsentido de hombre de hojalata que se herrumbra,
bajo una lluvia de algoritmos y astros sin firmamento.
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).
Darío Amaral
CREAR DESOBEDIENCIA *Columna de CARLOS CASTILLOS, Mayo de 2026
Nawal El Saadawi fue una doctora egipcia que nació en 1931 y murió en el 2021. Fue una activista importante, aunque poco conocida en estas latitudes. Seguramente su pensamiento y su acción fueron ocultadas deliberadamente para nosotros, los de esta parte del mundo, como tantas otras cosas que nos vedan y desplazan.
La primera carta que Nawal el Saadawi escribió en su vida se la dirigió a dios. Nawal no entendía por qué, si ella sacaba buenas notas en la escuela y trabajaba duro en la casa mientras que sus hermanos varones tenían dificultades en el colegio y no se hacían ni la cama, ellos podían salir cuando querían y recibían más comida y dulces. “Son chicos y eso es lo que dios quiere”, le respondieron sus padres. Nawal no estaba convencida. Así que la niña, en su pequeño pueblo en el delta del Nilo, agarró lápiz y papel y se puso a escribir una misiva que empezaba más o menos así: “Querido Dios, se supone que eres la Justicia. Entonces, ¿cómo puedes discriminar entre mi hermano y yo? Es injusto. Así que, si no eres justo, no estoy lista para creer en ti”. Luego tuve miedo y quemé la carta. Tampoco sabía la dirección adonde mandarla, contó en una entrevista hace algunos años.
La doctora Nawal también fijó posiciones muy claras y audaces respecto de los sistemas educativos en general.
“Cada sistema político tiene un cierto sistema de educación para controlar la mente de la gente. Sin el control de la mente de las personas, no puedes gobernarlos, no puedes dominarlos. Y esto es universal. Mi mente estaba velada cuando me gradué en la escuela de medicina. Era una cirujana muy buena, muy buena médica, pero era ignorante de lo que pasaba en el mundo. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué la sociedad está dividida en clases, pobres y ricos? ¿Por qué los hombres oprimen a la mujeres? ¿Por qué se restringe a los niños? Se nos impiden estas preguntas durante la educación. Nos volvemos obedientes al sistema, a los profesores, a la universidad. ¿Y qué es la disidencia? La disidencia es decir no a un sistema que es muy injusto. Si la ley es injusta tengo que romperla. Es mi derecho. Esto es sentido común. La creatividad es sentido común”.
Una vez más recurro a los aportes de los amigos del espacio educativo “ojo de agua” de España, quienes ante estos conceptos de la médica egipcia sugieren que “una buena educación significa ‘crear desobediencia’. “La educación puede ser un instrumento de emancipación. La escolarización, tal como está planteada en nuestras sociedades actuales, es -al contrario- un instrumento de sumisión estandarizada. Pero, ¿cómo “crear desobediencia” si resulta que somos, como progenitores y/o docentes, al mismo tiempo, una figura de autoridad? A juzgar por la experiencia, la creación de ámbitos de diálogo abiertos y honestos que se abren a acercar las condiciones entre quienes poseen el poder y los sin-poder puede abrir ese camino. Si bien, este abrirse a equilibrar las condiciones de expresión y de poder ha de acompasarse a las distintas etapas de desarrollo evolutivo de ser humano en crecimiento. Pero el diálogo franco y sincero no es suficiente. Si no hay posibilidad real de compartir de manera real las decisiones y, por tanto, el ejercicio del poder, quienes están condenados a la obediencia, más pronto que tarde se darán cuenta, por jóvenes que sean, de que el diálogo no es sino una mascarada, una farsa que pretende disfrazar de participación el ejercicio unilateral del poder. Y se desencantarán. Lo que no es muy distinto de nuestro actual sistema de gobernanza social (). Claro que no es sencillo “crear desobediencia”. Pero quien ha tenido el derecho a participar en las decisiones de la comunidad y ha vivido de forma sistemática la experiencia de que su voz sea escuchada y sus propuestas e ideas valoradas por la comunidad, tiene sin duda un fuerte sentido de su derecho a expresarse, siente como normal participar en la cosa común. Con el tiempo, esa experiencia que ha sido cotidiana a lo largo de décadas, se convierte en parte de uno mismo. Una persona con capacidad para decir “no”. Un aprendizaje que en absoluto es banal. Más bien uno de los más importantes en la vida”.
Claro que para nuestra mentalidad, nuestras costumbres y nuestro sistema, puede resultar complejo. Y lo es. Pero algún día habrá que intentarlo.
sábado, 25 de abril de 2026
MEDITACIONES. LA ILUSION DE SABER Por Dr Leiza De Los SANTOS
El saber es absolutamente rígido.
Único. Estático. Dogmático. Inamovible.
La verdad revelada.
Para algunos.
Que no desean seguir investigando.
La mayoría.
O absolutamente dinámico. Inestable. Elusivo.
Como un eterno problema.
Lleno de incógnitas.
Que exige volver a planteárselo a cada instante.
Para otros.
Los curiosos.
Los menos.
Depende de lo que estemos dispuestos a investigar .
A buscar la verdad.
Esa verdad en movimiento.
Que siempre está más allá...
Por eso el conocimiento que tenemos en este instante no es la verdad absoluta.
No es tampoco una parte que ya sabemos sobre el Todo.
De lo cual no tenemos ni siquiera una idea
De cuánto
De cómo
De hasta dónde
Del porqué
Qué vamos a saber el por qué...
Si ni siquiera sabemos nada
De nada ...
Del Saber final.
Del tema en conjunto.
Total.
Englobado.
Y actuando dinámicamente y en armonía con el Universo Infinito.
Por eso lo que pensamos saber es un autoengaño.
Es apenas lo que " creemos saber" en este instante de nuestra etapa de conocimiento.
En ese nuestro eterno camino de búsqueda.
Hacia las cumbres.
O hacia la profundidad .
Como se quiera.
UN GAUCHO Escribe EL Dr Leiza De Los Santos.
Un Gaucho
Un espíritu libre.
Dueño y Señor de sí mismo.
Que vive bajo las leyes que él mismo se impone.
Y que si alguien lo quiere mandar :
Váyase a la ...
O un poco más suave:
No me rompa los guevos.
Su sistema:
A la mayoría , si no lo molestan , los ignora.
Con otros convive en armonía .
A otros los tolera, para evitar problemas .
Y a otros los soporta, para no ir preso.
O por necesidad de trabajo
O ya en la vejez, por problemas de salud.
Ese es nuestro espíritu .
Pa los que quieran saber...
PREGUNTAS Y RESPUESTAS *Columna de CARLOS CASTILLOS, Abril de 2026
El portugués José Saramago subraya en su libro “Historia del cerco de Lisboa” que el corrector de una editorial introdujo en el texto que estaba revisando un error voluntario, una partícula pequeñísima, un “no”. Y anotó: los cruzados ‘no’ ayudaron a los portugueses a conquistar Lisboa. Ese “no” subvierte la historia (). Un acto de insubordinación del corrector que significó la rebelión contra lo que se define como verdad absoluta y no censurable. () Y lo que está cercado, entonces, es la propia Historia.
Ese libro de Saramago se publicó en 1999. Diez años antes había caído el llamado campo socialista con el derrumbe del Muro de Berlín y las profundas transformaciones en la entonces Unión Soviética (URSS). Se producían otros “remezones” en el panorama mundial.
Recuerdo que por aquellos años, en una pared de Montevideo apareció una “pintada” que decía: “Cuando teníamos algunas respuestas nos cambiaron la preguntas”. Claro que debieron ser respuestas disfrazadas o deformadas en su momento, pero junto con aquellas “caídas” de muros y de sistemas, se fueron derribando también las respuestas engañosas.
Actualmente sigue habiendo muchas preguntas, tal vez las mismas de siempre, con la diferencia que no hay respuestas o seguimos recibiendo las mismas, como si la experiencia de tantos años no tuviera ninguna incidencia, ninguna significación.
Para tomar algún ejemplo “doméstico”, bien cerca de nosotros, los uruguayos. Los jóvenes y la gente en situación de calle. Por estos días del otoño uruguayo del 2026 existe un estado de alarma pública por la aparición de leyendas en centros de enseñanza de varias ciudades del país que advierten sobre posibles “tiroteos” que generarían una matanza de estudiantes y docentes.
Las respuestas apuntan al ambiente de “inseguridad” y a la sucesión de comunicados de organismos de la enseñanza y el Ministerio del Interior advirtiendo los riesgos a los que se exponen los responsables de los mensajes que se han escrito en las paredes de los centros educativos.
Se realizó una denuncia penal y se flexibilizó la asistencia de los alumnos a clase, se suspendieron algunos exámenes y hasta se ha dicho que podría tratarse de “bromas de mal gusto”.
Las “pintadas” también han aparecido en partes de Argentina. Y las respuestas han sido parecidas, con matices claro.
De hecho, algún estudiante uruguayo que confesó ser responsable de alguna de esas “pintadas” ha declarado que no quería ir a clases.
Entonces, ¿a nadie se le ha ocurrido pensar que podría tratarse de un hartazgo de estudiantes a quienes el sistema educativo ya no les ofrece nada de atractivo para sus vidas?.
Las reacciones que está teniendo el sistema no encaran el tema en uno de sus ejes. Se van por las ramas. Igual que en el caso de la gente en situación de calle. Las respuestas apuntan a “tapar agujeros”. Resolver un refugio para cuando lleguen los fríos, cuando el tema está en tratar de reducir y, en lo posible, eliminar los índices de pobreza e indigencia.
De paso recuerdo que los últimos datos oficiales del Instituto de Estadística de Uruguay indican que la pobreza llegó al 17,7 por ciento en el 2025. Son muchos hombres y mujeres que no tienen sus necesidades básicas satisfechas.
En fin…las respuestas nos tientan a actuar como aquel corrector de una editorial portuguesa y ponerle un “no” en alguna parte, como una rebelión a esa sucesión de respuestas evasivas, que enmascaran la realidad y no resuelven los problemas de fondo. En el país y en el mundo.
sábado, 18 de abril de 2026
EL RUMOR DE UN MAR DE FONDO “...si estuvieras en el mar, te buscaría en la profundidad donde todo se pierde.” (Juan Gelman)
Este mar, más que cualquier otra entidad, persevera en su austera letanía, como si, en efecto, se tratara de un aparato con tecnología de punta, ultra procesador de memorias. Por más que lo intente, en su rumor salino y fluctuante, no se descubre siquiera el son de alguna melodía leve que invoque al consuelo; porque, en lo hondo, consiste en una respiración vasta y despersonalizada, como una suerte áurica de persistencia, negada a empatizar con aquellos reclamos de los hombres, ni mucho menos tranzar con sus pérdidas, por penosas que estas resulten. Desciendo por unos vencidos y desparejos escalones de madera hasta sentarme en la planicie de arena gruesa y húmeda, sin quitarme los zapatos de gamuza que paulatinamente se hunden como si la tierra demandara, con una paciencia mineral, aquello que el tiempo, con su dinámica diplomacia, ya ha comenzado a labrar y deshacer desde el primerizo abrir de nuestros párpados.
La verdad es que, si he venido hasta aquí, es porque no tengo, ni supe, adónde más ir.
Desde el inesperado deceso de mi padre, todo mi entorno debió reconfigurarse y mutar hasta adquirir una consistencia equívoca; tal como si la realidad, tras estallar en mil esquirlas, de una parte hasta aquí, hubiera sido mal ensamblada y ahora, de plano, reaccionase crujiendo con cada gesto o palabra pronunciada sin demasiada convicción; al igual que los frágiles cristales de una ventana mal orientada, presionados a no volverse añicos por la ventisca marina y autumnal.
Hace algunos años dicto clases de literatura en secundaria—o al menos en eso me ocupaba antes de atenerme a una licencia por duelo familiar—, y aunque nunca, en la práctica, aparté mi alma de esas afables herramientas de trabajo que son los libros, tales nobles extensiones del alma humana, que desde un principio me prodigaron un equilibrio eventual y una perspectiva alterna-balsámica del mundo; tras el deceso de mi progenitor, han acabado afectándome del modo más singular, al punto de comenzar a resultarme presencias, más que sospechosas,invasivas. Al escrutarlos en sus anaqueles sospecho de la intencionalidad de sus tramas, del sentido de sus desenlaces y también de esa peculiar manera en que parecen insinuar que el padecimiento humano carga, en su esencia, un propósito puntual o que la existencia, incluso en su crudeza, puede ser organizada en otra clase de estructura inteligible.
Pues, en el fondo me cuesta naturalizar el hecho de que sea así; porque, desde mi perspectiva, no lo ha sido nunca.
Mi padre murió solo, postrado en una cama de hospital que emanaba olor a desinfectante y abandono, con su pobre hígado devastado tras años de ingesta de alcohol barato y una obstinación casi épica por oponerse a cualquier forma accesible de atención paliativa y redentora. En su agonía no hubieron austeras palabras finales, ni pujantes revelaciones; tampoco sobrevino ese instante de lucidez póstuma que la ficción literaria suele conceder a algunos moribundos como una forma de justicia tardía. Pero, bajo el roce de aquellas sábanas blanquecinas, sí hubo una respiración irregular, un esporádico temblor en las venosas manos, y hasta una mirada exhaustiva que evitaba la mía como si ese gesto postrero persistiera en la incapacidad de reconocer una equivocación insalvable, donde su servidor acababa representando solícitamente el rol de vástago “descaminado”.
Nunca llegamos a ser amigos. Nunca fui, para él, otra cosa más que una presencia lateral o una especie de malentendido eventual; de última, un testigo constante e impertinente de sus desbordes consuetudinarios. Evoco sin demora su taller automotriz, un tipo de galpón de ennegrecida madera curada levantado con sus propias manos, anclado en el corazón del balneario, con su baranda de zinc reciclado y una alfombra de conchillas semimolidas al ingreso; el penetrante olor a aceite quemado y las herramientas dispuestas en el tablero con una precisión que contrastaba brutalmente con el consolidado caos de su vida doméstica. Bajo una llovizna veraniega, y entre los pliegues de mi cerebro afiebrado, mantengo grabado a fuego los enormes motores diesel abiertos como animales despanzurrados, sobre unas mesas de planchas de metal, en espera de una plausible resurrección mecánica. Allí, entre esos engranajes, grasa y juegos de llaves de trinquete esparcidas, a la hora del trabajo, como bisturís por los escalones de la fosa automotriz, aquel mecánico barbado parecía dar con una forma de orden que le era vedada en todas las bisectrices que sesgaban su vida al igual que tajos de cuchillos. Pero, se entendía, que ese orden no era lo suficientemente prolífico como para extenderse y llegar hasta nosotros.
Mi madre —peluquera, de manos gráciles y ocupadas en la tarea minuciosa de embellecer a otras mujeres— solía ser el blanco recurrente de sus estallidos anímicos, exacerbados hasta el límite de lo tolerable, por la desmedida ingesta etílica. No eran agravios constantes, pero sí lo fatídicamente frecuentes como para que la casa adquiriera una tensión perpetua, semejante a un estado de alerta corrosiva que se filtraba como una humedad incluso en los momentos de aparente serenidad. Desde muy temprano, aprendí a leer aquellos signos, en la intemperancia con que él cerraba la puerta de ingreso, en la cadencia y peso de sus pasos al avanzar, pero sobre todo en el tono exasperante de su voz desencajada al llamar o recriminar por cualquier asunto insignificante con el que tuviéramos que ver: fueran algunos platos y cubiertos sucios en el fregadero, la comida fría que mi madre había dispuesto, tras su demora, en la heladera, o también un tramo del piso de la cocina mal barrido.
Con el tiempo, (y sin haber leído aún “El hombre invisible” de Wells), aprendí los beneficios de desaparecerme. Resulta curioso cómo el cuerpo se adapta a la invisibilidad y cómo uno consigue, sin esfuerzo demasiado consciente, atenuar su “presencia” hasta volverse un elemento más del mobiliario. Así, bajo esa modalidad, solía refugiarme, encogido en un rincón, en las líneas gráficas de las páginas de los libros, no tanto por apego en sí a la lectura —aunque ese apego sobrevendría más tarde, con un ímpetu que rozaría lo patológico— sino por la misma necesidad, o instinto, de pretender habitar otros universos donde la violencia, aunque estuviera presente, se manifestara o respondiera a una lógica veraz o a una causalidad al menos comprensible.
Y es que mi padre, a medida que yo crecía, acababa resultándome un fenómeno sin explicación concluyente, o al menos , en esa idea del ente virulento, llegué a instalarme, respecto a él, al cabo de varios años de inercia afectiva…
Ahora, sentado una vez más frente al mar, con el viento removiendo mi pensamiento y la arena infiltrándose en cada pliegue de la ropa, me descubro con asombro intentando reconstruirlo. Asimismo, sé que no lo hago para absolverlo de su conducta, (eso sería una empresa tan inútil como obscena), sino para comprender esa magna carencia de sentido que parece haber despotricado el rumbo de su vida oscilante y que, de manera insidiosa o colateral, llegó a propagarse e infiltrarse en la mía.
Porque lo que más me perturba no es su deceso en sí mismo, sino aquello que, en vida, nunca fue y que, supongo que con un roce de clarividencia, pudo haber sido.
Nunca se suscitó, entre nosotros, siquiera una espontánea ni ligera conversación que mínimamente excediera el límite de lo funcional. Tampoco, era evidente, se hizo tiempo de enseñarme nada que pudiera ser reconocido, sin ironía, como una lección de vida; ni siquiera en el ámbito que le era propio, (como la mecánica), se permitió el modesto gesto de transmitirme algún saber elemental o una experiencia personal concreta. En ocasiones, lo observaba de pie y en silencio desde la puerta del taller, aguardando quizás el indicio de que, al descubrirme, tal vez me invitara a acercarme o me integrara con algún simple ademán o palabra a aquel, su universo de piezas y engranajes relucientes de grasa. Pero él no se apartaba de su labor y se secaba, al igual que siempre, el sudor con una estopa engrasada como si mi existencia no fuera otra cosa distinta a un súbito e irrelevante accidente, el big bang de una galaxia vecina y minúscula.
Y pese a todo, aquí estoy, aunque apesadumbrado, buscándolo como en “las escondidas” por cada y ningún rincón, al unísono.
No pretendo encontrarlo en un sentido físico, (su cuerpo ya ha sido reducido a un cúmulo de cenizas), tanto como en una de esos márgenes o confines difusos donde, de acuerdo a mi abuela, los muertos prosiguen operando, no como presencias, sino como suertes de huecos. Lo digo sin rodeos, porque en eso, verdaderamente, se ha convertido ahora mi padre: un hueco. Hueco o vacío profuso y furibundo que, asimismo, y por igual, consigue desorganizar o desestabilizar mi pensamiento y zanjearme el ánimo.
Mi madre, por su parte, tras una finta de existencia sin tregua ni templanza, ha dejado de ser competente siquiera para nombrarlo. La demencia senil que la asola, ha ido erosionando su memoria con una ácida contundencia que, en ocasiones, envidio. La visito semanalmente en la casa de salud, un edificio espacioso y aséptico, atravesado por un antiguo silencio que no es paz sino resignación, y en el que ella me recibe, sentada en una mecedora, con una sonrisa que no le pertenece. A veces me confunde con algún perdido cliente de su peluquería, otras con un pariente lejano, y en raras ocasiones, en esos breves destellos de lucidez que el deterioro mental aún concede, me llama por mi nombre con una ternura que me resulta intolerable.
Ya no recuerda los vituperios, los golpes ocasionales, ni el miedo nocturno. Ha extraviado, en definitiva, la trama de su propio sufrimiento y, muy próximo, el mío. Ya lo decía Borges: “...no nos une el amor, sino el espanto…”
Aunque, no falta noche en la que no me cuestione, a mí mismo, si tal omisión no remite, en el fondo, a una forma de redención tan única como personal, un instinto o pulsión latente que la anima a aguardar, aún, por un mañana más piadoso de cuantos amaneceres quedaron perdidos atrás.
Y allí, en la misma locación, sólo un ápice más anegado, se encuentra el mar de fondo; insistiendo, al igual que mamá, y perviviendo marejada tras marejada.
Hay, en su repetición, algo que roza la obscenidad; como si el mundo, en su conjunto, se opusiera a reconocer la singularidad de un drama familiar como el nuestro. Sé que nada en la tierra se pausa ni modifica con ello. Lo percibo en los veraneantes, (los escasos, en esta época del año), cuando se deslizan por la orilla de la costa con esa despreocupación que sólo es posible en el tiempo que la vida aún no ha consolidado ni compartido su costado más árido. Los chiquillos corren por la planicie salina hasta caerse y levantarse para construir castillos que la marea deshará sin contemplaciones; y en ese gesto involuntario acaban por reproducir, sin saberlo, la precisa lógica de nuestra existencia.
Construir para perder. Amar para perder. Vivir para perder.
Recuerdo una clase que di, hace ya varios años, sobre el tema del absurdo. En un momento hablé entonces de la imposibilidad de abordar un sentido último, y de la tensión existente entre una perentoria necesidad humana de significado y la implacable respuesta del universo, en forma de inconmensurable silencio. Recurría, con entusiasmo, a citas de autores; trazaba paralelismos y proponía disímiles lecturas. Mis estudiantes escuchaban ensimismados, con una mezcla entre interés y desconcierto; como si se tratara de otro ejercicio intelectual o una curiosidad académica que no afectaba de manera directa sus vidas. Para ser franco, en aquella instancia, yo tampoco creía del todo lo que decía.
Ahora, en cambio, aquellas mismas palabras se aglomeran en mi mente con una gravedad brumosa que alberga algo más. No son ya aforismos filosóficos ni conceptos, sino experiencias reales; no son ideas, sino estados sensoriales del cuerpo. El sinsentido, (en el que a veces me extravío), no es una teoría, como un modo de estar en el mundo.
Vuelvo a pensar entonces en mi padre y en su incapacidad para habitar cualquier forma asequible de coherencia. ¿Era, acaso, consciente de tamaño vacío? ¿O su violencia, con su alcoholismo, correspondían a intentos frustrados e insidiosos de llenarlo? Ciertamente brama en mí una oposición o resistencia vital a concederle cualquier tipo de justificada profundidad; como si hacerlo implicara, antes que todo, ultrajar el sufrimiento de mi madre, al desdichado niño que fui y a aquella casa barrenada por el odio y el espanto. (“...será por eso que la quiero tanto…”)
Asimismo, con todo, también levita un remanente de compasión que no cesa de respirar e incomodarme. Porque reconocer en él a un hombre desbordado por algo que no supo nombrar, ni mucho menos enfrentar, es, entre otros dilemas, reconocerme también a mí mismo. Yo, que he dedicado mi existencia a la recurrencia de las palabras para no dejar de ser quien soy, me descubro y declaro igualmente inepto en atribuirle una forma a este vacío, (o hueco), que me habita, desconcierta y acucia. La diferencia es apenas de grado, no de naturaleza; y acaso, esa sea la única certeza.
El viento, en tanto, arrecia y remueve la arena. Trae consigo un hálito salino que se confunde con algo más; algo indefinible que asocio, sin saber por qué, con el taller automotriz de mi padre. Tal vez se trate de una asociación arbitraria, o un intento desesperado del cerebro por establecer algunas sinapsis mínimas donde ya no las hay. Quizás subsista en todos los olores una clase de memoria secreta o una forma de persistencia que elude a la lógica, tal como la concebimos.
Entonces, simplemente, atino a cerrar los ojos y a respirar; por un instante, lo llego a ver. No al padre que murió, reducido a una sombra de sí mismo, sino al hombre en plena actividad, inclinado sobre un grasoso motor, con las manos firmes sujetando su herramienta, concentrado en una tarea que parecía otorgarle el beneplácito de un sentido transitorio, pero superior. En ese recuerdo, si acaso eso es lo que es, no hay espacio ni tiempo para la violencia; tampoco hay un vaso desbordado de alcohol, sino una especie de apacibilidad que me resulta ajena o foránea.
Quisiera haber conocido en verdad a ese hombre y haber sido capaz de admirarlo. Pero eso no tuvo lugar ni fecha y ahora es demasiado tarde para algo distinto.
En este momento es cuando me doy cuenta de lo profundamente injusto en el diseño o mecánica en que el tiempo estructura y dispone nuestras experiencias vitales, aquello que nos conduce a una comprensión insuficiente, por cuanto, arribamos a ella cuando ya no hay nada que hacer con tal comprensión. Es decir, alcanzamos ciertas verdades justo cuando su aplicación se ha vuelto imposible u obsoleta; como si la vida estuviera diseñada para frustrar cualquier intento de coherencia retrospectiva...
No me queda más que abrir los ojos y ver cómo el mar permanece ahí, indiferente, inundándome los pulmones de salitre.
Me levanto con cierta dificultad, como si mi cuerpo hubiera decidido, por su cuenta, adoptar el peso de todo aquello que mi alma no puede resolver o gestionar para estar en paz con el pasado. Camino hacia la orilla; el agua está helada, aunque no lo suficiente como para provocar una reacción inmediata. Me interno unos pasos más, dejando que las olas golpeen contra mis piernas y la espuma dibuje formas efímeras alrededor de mis tobillos entumecidos.
Medito, fugazmente, en la posibilidad de avanzar otro tanto, caminando hasta que el agua cubra mi cuerpo por completo y la respiración se vuelva, entonces, imposible y estos pensamientos de afiebrada ponzoña, finalmente, se pausen. Pero no lo hago; no por valentía, ni por esperanza, sino por una inercia que tampoco consigo explicar.
Con el corazón palpitante, vuelvo a la arena suelta, empapado hasta las rodillas, y me dejo caer nuevamente en el mismo lugar de mis huellas corporales. Paulatinamente el sol inicia su descenso, tiñendo el horizonte de un anaranjado que, en otras circunstancias, habría encontrado majestuoso. Ahora, en cambio, me parece un exceso, una concesión estética que no se corresponde con la crudeza de lo padecido.
Sin embargo, hay algo que reside en esa luz que me obliga a permanecer estático y deslumbrado. No es consuelo; no es sentido. Tal vez sea una forma elemental o mínima de terquedad; como el mar o la memoria, incluso en su deformación. Tan semejante a este intento mío, torpe y necesariamente insuficiente, de escribir, aunque sea en la mente, una historia que no tiene resolución, que no ofrece redención, ni, mucho menos, alcanza a justificar todo el dolor que tampoco niega.
De pronto, pienso en mis estudiantes de secundaria; en la leve posibilidad de regresar de nuevo al aula y hablarles, no ya desde la seguridad del análisis letrado, sino, de pie, sobre esta absoluta intemperie; para conferirles que es tan cierto que los libros no salvan, como que no existen mejores y tan nobles camaradas. Que el sentido último y esencial de aquellas respuestas que buscamos y necesitamos no está garantizado, pero la búsqueda, aun en su fracaso, es lo único que nos diferencia de la inercia más elemental.
Pienso, una vez más, en mi padre y en la imposibilidad de reconciliarnos; en la imposibilidad, incluso, de odiarlo con la lucidez y el vigor que el odio requiere.
Y en medio de esa imposibilidad, de ese territorio ambiguo donde el dolor y la compasión se entrelazan sin resolverse, percibo algo que no había visto antes.
No es paz, ni perdón; sino apenas una suspensión del juicio. Una tregua leve y momentánea en la que renuncio a exigirle a la vida —y a sus difuntos— todo aquello que nunca estuvieron en condiciones de darme.
El mar entero persiste con su respiración inconmensurable; y entonces yo, por primera vez desde aquella muerte, me animo a llorar y respirar con él.
DARIO AMARAL


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