El Uruguay: ese gran botín Escribe Contanza Moreira
30.Sep.2014
Si hay una constante en política, es el dinamismo, y esta campaña
electoral no es la excepción a la regla. El Frente Amplio (FA), que
semanas atrás, según las encuestas, parecía en retroceso, ahora pisa
fuerte sin detenerse, mientras que el Partido Colorado (PC) aparece
alicaído y con serias dificultades para disputarle votos a un Partido
Nacional (PN) que, a su vez, sufre con cada declaración poco feliz de su
candidato.
Hoy están planteados dos escenarios en movimiento. En primer lugar,
la disputa entre un nuevo gobierno del FA y la vuelta a un gobierno
inestable y precario conducido por blancos y colorados, en una coalición
dominada por fracciones que en el pasado nunca consiguieron
estabilidad, como sucedió con la coalición herrerista-quincista y su
fracasada experiencia durante la administración de Luis Alberto Lacalle.
El segundo escenario que se presenta, es el de la disputa al interior
de las derechas. La caída en intención de voto del PC se debe a un
corrimiento de sus votos hacia el PN, y Bordaberry lo sabe. Por supuesto
que la otra derecha ha elegido a una nueva cara dentro del espectro
político, reemplazando a su antiguo favorito, por un nuevo favorito, y
causando heridas a su paso. Por si fuera poco, al nuevo representante lo
acompaña el aparato recaudador más importante del país: el herrerismo.
Con sus viejas prácticas, su política de clientelas, sus antiguos
liderazgos, y un modo de hacer política que está lejos de ser desterrado
del Uruguay.
Las viejas prácticas de clientela, influencia y
poder que guían todas las inequidades políticas, y que consolidan otras
tantas inequidades sociales, están todavía desplegadas a lo largo y
ancho del país, aún cuando la izquierda haya remado para ordenar la
casa, de acuerdo a normas más universales y equitativas. Para muestra
basta mirar el reclutamiento de los cargos administrativos y directivos
en los gobiernos departamentales.
Cada gobierno departamental se administra en forma autónoma, lo cual
está muy bien. Pero el día que desde el FA impulsamos que los ingresos a
los gobiernos departamentales fueran regidos por las normas universales
de la buena burocracia pública: los concursos de oposición y méritos,
sin restricciones en el acceso, y contemplando las normas de
transparencia y acceso a la información que deben guiar a la
administración central, los votos blancos y colorados no estuvieron. La
autonomía bien entendida no es, de ninguna manera, hacer lo que se
quiere. Porque los gobiernos departamentales no son de los partidos que
los ocupan, sino de toda la ciudadanía, son parte del Estado, y no un
botín de los partidos.
En estos momentos en que las derechas
están en disputa entre ellas, y también el próximo gobierno nacional,
urge una reflexión. Las coaliciones blancas y coloradas de los últimos
cincuenta años en la historia nacional, dejaron al país al borde de la
quiebra. Cuando la crisis de estancamiento se pronunció durante los años
sesenta, los gobiernos de coalición que ya existían, fueron ciegos y
sordos frente a las demandas provenientes desde los sindicatos, desde
los estudiantes, desde las clases medias. Toda esa energía confluyó
luego en la construcción del Frente Amplio, mientras que, ante el avance
de la represión y autoritarismo, la culminación del proceso de
deterioro estuvo dada por la instauración de una cruenta dictadura. Y al
cabo de diez años, el Uruguay estaba exhausto, pobre y sin más proyecto
que su reconstrucción, como si hubiese salido de una invasión.
Tras la recuperación del Estado de Derecho, durante dos décadas, las
coaliciones blancas y colorados ensayaron recetas para fabricar una
torta que no crecía y que cuando creció, lo hizo de forma muy
inequitativa. De nuevo volvieron a desoír a los sindicatos, a la
Universidad, a las clases medias, y a cualquier voz "progresista".
Exceptuando el primer gobierno postdictadura, y posteriormente, salvo la
cooptación de alguna persona que otra, los partidos tradicionales nunca
ofrecieron al FA que se integrara a organismos y a Entes del Estado. El
FA era "el tercero excluido".
Y cuando el tercero creció y
creció, inventaron una reforma constitucional destinada a hacerle tan
exigente la llegada al gobierno como fuera posible. Atrasaron cinco años
el triunfo del FA, y en esos cinco años volvieron a usar antiguas
recetas que en lugar de salir de la crisis, la profundizaron.
Después de diez años de gobiernos frenteamplistas, el Uruguay volvió a
ser próspero: hay trabajo, se gana más, uruguayos que se fueron al
exterior están retornando, se eliminó el latifundio improductivo,
dejaron de verse a los niños mendigando en cada esquina, se
multiplicaron las personas que vienen a invertir en el país, y el viejo
pesimismo uruguayo se transformó en un moderado optimismo. La gente se
volvió un poco más feliz.
Los blancos y colorados dejaron
migajas. Y el Frente Amplio, volvió a hornear la torta, pero con otra
receta. Una que dice que los países no salen con ajustes sino con
inversión pública. Una que dice que lo mejor no es lo hecho afuera, sino
que hay que aprender a hacer bien las cosas en casa. Una que dice que
la gente no se domina con garrotes, sino que responde a zanahorias,
deseos y confianza. Y la receta del nuevo Uruguay dio este pan
abundante, que debemos repartir mejor, pero que le ha llenado la mesa a
cientos de miles de uruguayos y uruguayas.
Ahora, ellos, los que nos dejaron las migajas, vuelven por el pan.
Vuelven por el botín. Vuelven a por un país que duplicó su producto en
sólo diez años, que generó miles y miles de empleos, que construyó
decenas de miles de metros cuadrados y carreteras. Vuelven a por el país
de la fibra óptica y los molinos, a por el país que puede elegir o
rechazar tener actividad minera, seguir creciendo en agricultura del
secano, o desarrollar más su capacidad logística como puerto regional.
Vuelven a por un país no sólo integrado a la región y al mundo, sino
reconocido por un presidente pobre que se volvió un modelo. Vuelven a
por una celeste que no sólo duele, sino que genera identidades y
alegrías. Vuelven a por el botín. Pero no los dejaremos.
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