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lunes, 8 de septiembre de 2014

APARICIO SARAVIA: “NO ES UN HOMBRE, ES UN SÍMBOLO. NO ES UNA IDEA ES UN SENTIMIENTO”. (Javier de Viana) Por Julio Dornel.

                                                   Escritor y periodista Julio Dornel


El 10 de setiembre de 1904, moría en Brasil el caudillo blanco Aparicio Saravia, que se había dado de frente con las balas enemigas en los campos de Masoller, tras una agonía de 9 días. Esta batalla había terminado con una época y con un estilo muy especial de los orientales, donde las guerras civiles habían marcado a fuego las divisas tradicionales.

 
Esa muerte del caudillo blanco tuvo una significación muy especial por tratarse de un personaje que nuestra historia no puede soslayar por la gravitación que tuvo en aquellos años tan cruciales para nuestro país. La vida o quizás la muerte de Aparicio, es el mejor ejemplo que puede ofrecer el Uruguay, para desmentir a Sarmiento sobre los juicios erróneos que emitió sobre los caudillos orientales.
EL AGUILA BLANCA como le llamaban antepuso siempre los intereses nacionales a los personales y se le vio luchando siempre por el derecho de las “masas incultas” de la campaña. Había nacido el 16 de agosto del año 1856, siendo uno de los 13 hijos de don Francisco Saraiva, un gaucho riograndense que había emigrado en 1849.
 Tenía solamente 14 años cuando se incorporó a la revolución que encabezaba Timoteo Aparicio y que fuera el debut para ir templando su carácter en los fogones campesinos. Allá por 1893 acompaña a su hermano Gumersindo en la patriada revolucionaria de Río Grande del Sur, junto a 500 hombres para recorrer miles de kilómetros y sostener cruentos combates antes de regresar al país en 1895.
Durante esos años en territorio brasileño completó el aprendizaje necesario para ingresar de lleno al movimiento revolucionario entre blancos y colorados. Fue así que el 5 de marzo de 1897 colocó en su sombrero de ala ancha la divisa que rezaba POR LA PATRIA, integrándose definitivamente a conseguir las metas de sus afanes, cimentados en la dignidad desde arriba hacia abajo y la igualdad de oportunidades para los blancos y los colorados. Más de 100 años de porfía criolla estaban en retirada cuando el “Remington” daba lugar a los cañones proporcionados por don José Batlle y Ordóñez. Los heroicos entreveros que habían teñido de sangre los campos orientales, llegaban a su fin con el presagio del último capítulo que se estaba por escribir para clausurar el ciclo más brillante de nuestra historia revolucionaria en los campos de Masoller.

 
Para Guillermo Vázquez los cambios experimentados en el 900 “habían triplicado el valor de tierras y rodeos, mientras los terratenientes seguían detentando de hecho y de derecho de la prosperidad de la principal riqueza del país. Considerando el latifundio y la estructura capitalista del mundo circundante, solamente los gauchos llegaban al ocaso con su dignidad intacta.
Y es allí, en el centro de esa cuenca ganadera junto a los suyos, donde se encontraba Aparicio Saravia que había regresado de Brasil, tras galopar durante muchos meses junto a Gumersindo, capitalizando coraje para depositarlo en Masoller.
Cuando cayó Gumersindo lo sucedió en el mando dirigiendo las últimas cargas de la caballería.  De esta manera el hijo de doña Pulpicia se estableció en Cerro Largo para ir modelando su personalidad de caudillo indiscutido que lo llevaría a la muerte. La pulseada final fue con Batlle y Ordóñez- ciudad y campo- y la supremacía natural del hombre sobre los hombres. Cuando comenzaron los rumores de una guerra, Aparicio bajó a Montevideo para entregar a sus correligionarios los títulos de sus campos para financiar el futuro movimiento, sin saber que junto a los campos estaba hipotecando la vida. Sin embargo el ilustre directorio no quiso confiar en el caudillo gaucho. Rechazó el ofrecimiento, pero le negó su apoyo.
Sin embargo se las ingenió para reunir una multitud de paisanos armados con fusiles, lanzas y boleadoras. Primero fue en Arbolito, Cerro Colorado y Cerros Blancos, Aceguá y Cuñapirú. Galope, divisa y lanza para animar el movimiento de los montoneros que morían cumpliendo las órdenes del estanciero que los había convocado. Desapareció en esa oportunidad una figura descollante de la política nacional y llegaba a su fin el trágico ciclo de las guerras civiles, mientras Aparicio ingresaba a la Historia, rodeado de la veneración de sus correligionarios blancos. Le correspondió a Javier de Viana definir magistralmente a Saravia: “No es un hombre, es un símbolo; no es una idea, es un sentimiento.”
(Datos ofrecidos por la prensa nacional)