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viernes, 16 de diciembre de 2016

Raúl Legnani, “el chancho” Por Roger Rodriguez·


Lo conocí tiempo después de que volviera del exilio en México, donde ejerció su profesión de Maestro (eran hermosas sus historias sobre los alumnos pobres de DF). Yo me había ido de La Hora y él había llegado desde El Popular. Era un tiempo de conflicto entre generaciones (la del 58, la del 68 y la del 83), entre las vertientes (los del exilio, la resistencia, la cárcel y la nueva generación), las organizaciones sociales (los de Pit-Asceep-Fucvam vs. los de Cnt-Feuu-Sunca), y en las estructuras políticas (los bolches, los latas, los ultras, los socialdemócratas, etc.). Un tiempo en el que todo el que no era compañero-camarada, era un aliado con potencialidad de adversario (o sencillamente de enemigo) hasta que se demostrara lo contrario. Una crisis de crecimiento de la izquierda y las organizaciones sociales que se pagaron con derrotas electorales y frustraciones plebiscitarias. No fue fácil aceptar las diferencias de los otros.
Ambos teníamos fama de locos y difícilmente se pudiera encontrar a dos personas que desde la misma intensión de fortalecer la institucionalidad democrática actuáramos tan diferente en lo personal, lo político y lo profesional. Él se definía bolche y se enorgullecía de la aplanadora del Tercer Congreso de la central obrera. Yo era un lata no encuadrado y rebelde que no debería hablar con un “traidor” de la fracción de mayo de 1973, a la que “el Chancho” (mote que le puso José Díaz) había pertenecido siendo dirigente de la JSU. Se proclamaba como un “operador político” y se reía de mi visión del periodismo, que comparaba con la de quienes se definían independientes y en realidad eran operadores del sistema.
Firmamos la tregua ya entrado el nuevo milenio, cuando volví a La República: lo que un día comenzó con la mutua advertencia de partirnos una silla en la cabeza si volvíamos a putearnos a las espaldas, terminó en el respeto, que llevó a la aceptación, al compañerismo y finalmente a la amistad. “Lo que pasa es que vos no entendés ni sabés nada de política”, me decía cada vez que no estábamos de acuerdo en algo... es decir, todas las veces. Ser bolsilludos, era casi el único punto de coincidencia y aun así discrepábamos sobre el fútbol que él vio durante sus diez años de ventaja y el que se perdió cuando estaba en el exterior, sobre el que yo podía exagerar descripciones de goles o jugadas que no pudo presenciar. De básquetbol no hablábamos, porque él había jugado en Canelones y yo no.
Aunque había pasado por la escuelita socialista y se había formado en la acción comunista, Raúl (nunca me gustó decirle Chancho) jamás dejó de ser batllista y sobretodo republicano. También discrepaba con lo que llamaba mi “interpretación blanca” de la historia, aunque el Partido Nacional hubiese sido su aliado en Convergencia Democrática, que integró en el exterior. Era una de las personas que seguía diciéndole “Mi Presidente” a Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle y Jorge Batlle o Tabaré Vázquez, aunque habían terminado sus mandatos. Tenía la capacidad de entretejer por teléfono y conspirar contra la realidad en el mejor sentido (si lo hay), y estaba de mal humor cuando no había un tema que lo tuviera entretenido. En eso podía ser un niño caprichoso.
Aunque tenía una excelente pluma (habría que enmarcar su crónica “El pulso del pescador” en una contratapa de La República) y era extraordinario en los trabajos más pesados de la prensa (leer, desgrabar, editar), sentía una gran libertad en la radio (donde podía sintetizar la noticia como pocos y comprometer a los entrevistados con sus repreguntas al aire), incluso llegó a hacer televisión, delante y detrás de cámaras. Recuerdo de los noventa un programa con Jorge Arellano, donde no pudo terminar de desarrollar un fantástico personaje de periodista que caracterizaba con comentarios rotundos, lentes gruesos y gabardina clara. “¿No me parezco a Michael Caine?”, impostaba la voz con coquetería.
Lo que más le gustaba hacer eran los editoriales. Decía que podía pensar como medio de comunicación, como Partido, o como organización en vez de individualmente (aunque en realidad hacía pensar como él al medio, el Partido o la organización). “No nos une el amor, sino el estaño y será por eso que bebemos tanto”, parafraseábamos a Borges... Cuando no eran los temas políticos, las permanentes crisis de La República y luego de AMlibre y TVlibre, eran siempre motivo para ir al bar a tomar una y discutir. El vale que no pagaban un viernes, la nota que no publicaron o que censuraron, el título que pusieron o que me cambiaron, el hijo de puta de aquel o el sorete del otro, quiénes integraríamos la próxima lista de envíos al seguro de paro, entre otros, podían ser la excusa para quedarnos hasta que el boliche cerrara.
En los últimos 15 años, nos juntábamos en el Bar Las Flores de Emilio Raña y Garibaldi, donde el dueño, Juan Carlos, era el árbitro de las reuniones del Club de Toby (hasta un cartel de madera grabado tiene el boliche). Cuando el tono de discusión subía demasiado, el alcohol excedía la capacidad o la temperatura ambiente podía pasar de las palabras, Juan Carlos terminaba el partido. Por allí pasaron todos los protagonistas del ambiente político: presidentes, intendentes, ministros, senadores, diputados, dirigentes, periodistas, militares, activistas, fuentes, conspiradores, etc. Una gran secta cuyo punto de encuentro se llamaba Raúl Legnani. Era su oficina. A varios les escribió los discursos, les hizo operativos comunicaciones, les dio espacio en prensa, siempre desde las sombras. Fueron muchas horas, días y meses acumulados de un cotidiano mano a mano, doble a doble con hielo, en una mesa donde discutimos, argumentamos, confesamos, acusamos, discrepamos, puteamos, aceptamos, operamos, perdonamos y, casi sin buscarlo, fuimos confirmando afecto, más allá de que nos separaran la teoría y las acciones.
En la penúltima crisis del 2011, La República nos mandó a los dos al seguro de paro rotativo en una medida ejemplarizante de la que no escapaban sus “periodistas estrellas”. Legnani volvió, yo no. Cuando lo vendieron, el diario ya no fue lo mismo: “Los porteños saben de prensa y de política menos que vos”, me decía Raúl. Y aunque después nos seguimos viendo, llamando o encontrando los sábados en las reuniones matinales de El Valerio, los caminos se fueron separando. Ya compartíamos más las pacíficas y hasta tiernas anécdotas de abuelos que otras pasiones de guerra... Este también había sido para él un año duro, en el que partieron Daniel Mañana y Gerónimo Cardozo, con quienes compartía almuerzo en Las Flores un par de veces a la semana. Lo jubilaron, se quedó sin micrófono ni teclado, solo seguía con La Onda Digital en la web, lo operaron de la vesícula y no llegó a acceder a un contrato que le daban en Sepredi. “Nunca llegaré a funcionario público que es el sueño de todos los uruguayos”, me criticaba por mi empleo en la Intendencia.
Fui a despedirlo a Abbate, puse mi mano sobre su cajón y le prometí que en el próximo encuentro yo pagaría la vuelta (aunque él casi nunca aceptaba un trago, ni lo pagaba). Estaban los que siempre fueron y no fueron varios de los que estuvieron cuando lo necesitaron... Creo que con Raúl Legnani, de algún modo, se termina un tipo de periodismo político, en toda la dimensión del término. Un periodismo que podía sintetizar la concepción de propaganda leninista, la superestructura gramsciana, las garantías liberales y la independencia al opinar. Un periodismo de compromiso, táctico y literario, de noticia y crónica, con el que se podía contextualizar subjetivamente la objetiva información... Pero, es claro, yo de política no sé nada. Chau, Raúl.
Roger Rodríguez
(Periodista y su Amigo)