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miércoles, 22 de julio de 2015

Opinión COLUMNA ADOLFÓ GARCÉ El fantasma de Maracaná


Qué lecciones de aquellos años de prosperidad deberíamos tener presentes ahora. Análisis
 
 Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar. Contacto: adolfogarce@gmail.com.
 El Observador

 
Alcides Ghiggia, desde el jueves de la semana pasada, es más leyenda que nunca. Si su vida conmovió tribunas, su muerte agitó fantasmas, en especial, el de Maracaná. Se ha dicho muchas veces, y se sigue diciendo, que ese triunfo terminó siendo una maldición. Según este argumento, la asombrosa historia de la selección uruguaya de fútbol remando contra la corriente y derrotando a la de Brasil en su propia casa, habría contribuido a debilitar la “conciencia crítica”, y adormecido las, de por sí, bajísimas defensas contra el conformismo que caracterizaban la sociedad uruguaya de la época. No me quiero detener en este debate, por apasionante que sea. En cambio, ya que se suele comparar aquellos años de prosperidad con los que nos están tocando vivir desde un tiempo a esta parte, me gustaría analizar qué lecciones de aquellos años deberíamos tener presentes ahora.
A comienzos de los cincuenta la economía uruguaya todavía crecía, gracias al impulso combinado de la demanda externa (Europa recién iniciaba su proceso de reconstrucción, Plan Marshall mediante) y de la sustitución de importaciones (iniciada, como en otras partes, en la década de 1930, como consecuencia de la crisis del 29). Aunque ni a Luis Batlle ni a su equipo de gobierno se les escapaba que la prosperidad podía ser efímera, les resultó extraordinariamente difícil que el Partido Colorado, que se iba convirtiendo en una gran máquina clientelar, aceptara restricciones y tomara precauciones. La economía se frenó, los precios crecieron, la caja del Estado se vació. Se inició, de este modo, un largo proceso de estanflación que, a comienzos de los años 60, sería definido por la CIDE con un concepto que hizo carrera: “crisis estructural”.
También ahora la economía crece impulsada por la combinación de un entorno todavía favorable y un mercado interno dinámico. En todo el sistema político existe, por suerte, una clara conciencia del peligro. El elenco de gobierno, en particular, sabe muy bien que la prosperidad puede ser efímera. Las distintas fracciones dan señales de querer tomar precauciones. Los astoristas, por ejemplo, se inclinan sin vacilaciones hacia la prudencia fiscal, la protección de la competitividad de las empresas y la estabilidad en las reglas de juego. Los desarrollistas también se muestran alarmados, pero tienen una visión distinta al equipo económico respecto a cómo prevenir la crisis. No será, dicen, recortando la inversión pública ni ajustando salarios que se evitará la caída del producto. Según ellos, por el contrario, el cambio en el entorno económico regional y mundial debe conducir a ampliar el papel del Estado y potenciar el mercado interno.
No me considero un experto en desarrollo económico. No me atrevo a pronunciarme sobre qué enfoque es el más apropiado. Además, no creo que me corresponda. En todo caso, soy de los que piensa que no hay un único camino hacia la prosperidad. Existe, en verdad, una creciente acumulación teórica y empírica en economía política que muestra que las naciones pueden prosperar siguiendo trayectorias muy diversas. De hecho, conviven, como han argumentado persuasivamente Peter Hall y David Soskice, diferentes “variedades de capitalismo”. La principal diferencia entre ellas deriva del papel del Estado en la economía. En las “economías coordinadas de mercado” (como Alemania, Japón, Suecia o Austria), el Estado tiene un papel francamente más activo que en las “economías liberales de mercado” (como EEUU, Gran Bretaña, Australia o Nueva Zelandia). Pero tanto Alemania, el arquetipo del “capitalismo coordinado”, como EEUU, el paradigma del “capitalismo liberal”, son economías dinámicas y potencias mundiales. ¿O no?
 Desde mi punto de vista el problema de Uruguay, hoy por hoy, no es que no exista conciencia del peligro. Hoy por hoy, lo que obviamente falta en el partido de gobierno es unidad de acción. Es evidente que si la mayoría del gabinete, con el ministro de Economía y Finanzas a la cabeza, empuja para un lado, y la mayoría del Parlamento, con José Mujica y Raúl Sendic como principales referentes, empuja para el otro, el resultado más probable será el empate y el statu quo. Lo más preocupante es que la falta de unidad de acción se origina en profundas diferencias teóricas que, por definición, no son fáciles de conciliar. El presidente Tabaré Vázquez, por su parte, no termina de dejar claro cuál de los dos proyectos es su preferido. A veces envía señales para un lado, otras veces para el otro. Hasta el momento parece priorizar conformar un poco a todos, como si tratara de evitar que las diferencias tomen estado público y afecten negativamente la imagen de su segunda presidencia.

Como argumentara Gabriel Oddone, el declive uruguayo a lo largo del siglo XX tiene un patrón peculiar: combina breves ciclos de crecimiento económico relativamente rápido seguidos de crisis igualmente intensas. Antes del Mundial de Brasil, se hizo muy popular una pieza publicitaria en la que el “fantasma de Maracaná” se ocupaba de espantar a los brasileros. Ojalá le pegue un buen susto al partido de gobierno y haga posible que, finalmente, elija uno de los rumbos en disputa. Si lo hace, podremos evitar que la historia vuelva a repetirse.

sábado, 18 de julio de 2015

Maracaná, Samuel y Walter Gómez Por Julio Dornel.



                           Escritor y periodista Julio Dornel

El desprevenido lector se preguntara que vinculación puede existir entre el histórico triunfo del Mundial de Maracaná, Samuel Priliac el conocido comerciante rumano y el indiscutido crack del fútbol uruguayo Walter Gómez, que con berretines de “centrojas” había debutado en las inferiores de Central con 16 años. En agosto de 1945 se viste por primera vez la camiseta celeste para enfrentar al seleccionado argentino en la cancha de San Lorenzo. Al año siguiente pasa a Nacional donde alcanza la consagración junto al “Príncipe” Ciocca y Atilio Garcia. Campeón con los tricolores en el 46 y 47, llegan al clásico del 49 donde un penal sancionado por el árbitro Horacio Bochetti, contra Nacional genera una batalla, donde Walter Gómez le pega una trompada al árbitro. Sobreviene la expulsión, Nacional se retira de la cancha y Walter Gómez es suspendido por el término de un año. La proximidad del mundial genera una campaña en todo el país para reunir 100.000 firmas pidiendo que la sanción fuera levantada. En tales circunstancias y basado fundamentalmente en la amistad que los unía, Samuel asumió la responsabilidad de organizar la recolección de firmas en esta frontera. Si bien se alcanzo el número establecido, y cuando todo hacía pensar que sería rehabilitado, Nacional anunciaba su transferencia a River argentino donde debuta cuando comenzaba el Mundial de Maracaná, obteniendo los campeonatos de 1952, 1953 y 1955, transformándose en ídolo indiscutido del futbol argentino. Figura entre los mejores uruguayos que pasaron por el equipo argentino. Sin embargo la “histórica” trompada le quitó la posibilidad de ser Campeón del Mundo en Maracaná. Cabe señalar finalmente que Samuel le había regalado un terreno en la zona céntrica (hoy) de Chuy para que construyera su casa veraniega lo que finalmente no se concretó.
WALTER GOMEZ Y SAMUEL PRILIAC.

viernes, 17 de julio de 2015

M A R A C A N A: EL ULTIMO CAPITULO.. SOLAMENTE LOS DIOSES ELIGEN EL DIA DE SU MUERTE. Por Julio Dornel




La muerte sorpresiva de Alcides Ghiggia, ha sido un duro golpe para el deporte en general, cerrando definitivamente el último capítulo de la mayor hazaña del fútbol uruguayo. Fue sin ninguna duda la figura rutilante del mundial del 50 y autor de inolvidables actuaciones en las canchas del mundo, ganándose el reconocimiento y el aplauso de las multitudes. En estos momentos los portales de la prensa mundial nos ametrallan con crónicas, editoriales y datos biográficos sobre su trayectoria, destacando fundamentalmente y al margen de sus condiciones futbolísticas, su hombría de bien que lo hizo merecedor del elogio franco y sincero de sus adversarios. Para no ser reiterativos, les vamos a ofrecer la crónica motivada con otro aniversario (60) pretendiendo que la misma sirva para rendir tributo a un amigo de Chuy, donde pasaba sus temporadas veraniegas y donde ha dejado muchas amistades.

CHUY ERA UNA FIESTA.

Mientras una pelota siga rodando por las canchas del mundo, surgirán historias fantásticas otorgando un dejo de nostalgia a quienes tuvieron la suerte de vivirlas o quizás de haber visto jugar a los mejores equipos del fútbol mundial. Si bien no estamos entre ese núcleo privilegiado, tuvimos la suerte de asistir a varios partidos disputados en la década del 50 donde alternaban varios jugadores del equipo uruguayo que se adjudicara el Mundial de Maracaná.
De la misma forma que los soldados veteranos recuerdan las batallas en que tomaron parte, los periodistas solemos decir que “estábamos allí” cuando se registraron algunos acontecimientos que por su importancia han resistido el paso de los años. Tal lo que nos sucediera aquella tarde fronteriza del 16 de julio de 1950, cuando integramos la caravana de la victoria para festejar la mayor hazaña del fútbol uruguayo, conocida como EL MARACANAZO. Han pasado muchos años del histórico acontecimiento y cuando todos los medios evocan la mayor derrota del fútbol brasileño, van desfilando por la memoria las imágenes imborrables de un reducido grupo de vecinos QUE al grito de URUGUAY CAMPEON…URUGUAY CAMPEON recorrieron las calles fronterizas. Pocos autos y algunas bicicletas abrieron el camino por las calles de tierra, estirando los festejos hasta altas horas de la noche. Varias generaciones se mezclaron aquel 16 de julio para festejar el último triunfo mundial del fútbol uruguayo. Nada nos hacía pensar en aquella oportunidad que años más tarde (18) nos encontraríamos en el mismo escenario de aquellos festejos, con dos de los principales protagonistas de esa consagración. Durante varias horas tuvimos la oportunidad de acompañar al capitán de Maracaná, Obdulio Jacinto Varela y al endiablado Julio Pérez, durante su visita a esta frontera y comprobar además el caluroso recibimiento que le ofrecieron del “otro lado” de la avenida Internacional. No era una visita accidental. Gambetta y Julio Pérez jugaban en el equipo de Santa Teresa que integraba la Liga de La Coronilla y Obdulio solía acompañarlos hasta la frontera para disfrutar los asados que les ofrecía un anfitrión de lujo; el Dr. Fulvio Cabrera Ayala. Un reducido grupo de deportistas integraban aquella “comitiva” que recorrió las calles del pueblo para recibir el saludo agradecido de quienes habían integrado la caravana de la victoria en el 50. Fueron gritos, aplausos, abrazos, admiración y una euforia delirante que se grabó para siempre en nuestras retinas. Habían pasado muchos años y estábamos junto a los campeones compartiendo el vino del “Gordo Paraguayo”. El viejo grabador GELOSO (comprado en Casa Ávila) fue registrando durante varias horas un concierto de voces inaudibles que solamente sirvieron para recuperar frases entrecortadas sobre la hazaña de MARACANA. El paso de los años y las derrotas sufridas desde entonces por el fútbol uruguayo, han dimensionado la conquista y la figura de quienes integraron el equipo ante la poderosa selección brasileña. Dejaremos de lado la dimensión de esta lejana conquista, para detenernos en pequeños detalles de los hechos ocurridos en aquel estadio que no se había construido para que Obdulio recibiera la Copa de manos de Jules Rimet. Tan es así que cuando el arbitro Mr. Reeder hizo sonar el silbato dando por finalizado el partido, el Presidente de la FIFA tuvo que guardar el discurso ya escrito, puesto que la entrega de la Copa al “Negro Jefe” no estaba en sus cálculos.

OBDULIO: “A BRASIL NO LE GANABAMOS OTRO PARTIDO”

Al margen de su grandeza dentro de la cancha donde fue siempre un guerreo hasta caer herido en el 54 y tener que colgar los zapatos, conocimos en esa oportunidad al “Negro Jefe” al viejo caudillo en su condición humana al reconocer que al cuadro brasileño del 50, si volvíamos a jugar 10 partidos no le ganábamos ninguno”. Solamente el temperamento, la fuerza, la vergüenza, el coraje y el amor propio pudieron vencer al mejor equipo que había tenido el fútbol brasileño. Hay pocas cosas en la vida que tienen el poder de mantenerse vivas en nuestra memoria. El recuerdo de MARACANA en nuestros 13 años y el encuentro con Obdulio y Julio Pérez quedarán para siempre montando guardia, como celoso centinela de nuestros mejores recuerdos. Esta crónica evocativa se las estábamos debiendo a los campeones, no para reiterar conceptos ya vertidos durante tantos años, sino para servir de ejemplo a las generaciones juveniles que se están iniciando en el maravilloso mundo del fútbol. Durante tantas horas de charlas informales, el tema central giraba inevitablemente en torno a la conquista, porque todos queríamos conocer de primera mano algunos detalles relacionados con la misma. Primero y como sigue sucediendo se concurrió en malas condiciones y una falta total de organización. El técnico se designó a un mes del primer compromiso y cuando llegaron a Brasil no tenían alojamiento reservado, ni las condiciones elementales que requiere una delegación deportiva. Entre muchas cosas que rodearon aquella patriada que sigue siendo uno de los grandes milagros del fútbol uruguayo, nos enteramos que Julio Pérez estuvo practicando en el arco, ante la eventualidad de que no se pudiera utilizar a Maspoli ni Paz, puesto que solamente habían concurrido dos arqueros. Obdulio nos manifestaba que su primer sorpresa fue el triunfo de Estado Unidos ante Inglaterra, “no entendimos como fue posible que estos japoneses sin figuras importantes, pudieran derrotar a los inventores del fútbol.” Julio Pérez por su parte destacaba la presencia de Matucho Fígoli que “siempre estaba dispuesto a colaborar con el grupo, sin desatender su especialidad de masajista.” Refiriéndose a los compañeros Julio no quiso destacar a ninguno señalando que el “Ñato” Ghiggia, que había comenzado como uno más del plantes, se fue transformando en una de las piezas fundamentales del equipo.” También señaló Julio que cuando iban para el Estadio Ghiggia les dijo estar seguro que ganarían y que él haría el gol del triunfo como finalmente sucedió. “Cuando terminó el partido nos quedamos con Obdulio en el medio del campo esperando el trofeo y como la cosa estaba demorando demasiado nos dijo en tono amenazante:”Si este japonés no me entrega la copa, nos vamos y chau, no estamos aquí para esperar a nadie.” También nos enteramos que cuando llegaron al hotel no hubo festejos porque los dirigentes no estaban. Dijo finalmente Julio que se fue con el “canario” Rijo a comprar unas cervezas y algo para picar, pero antes se sacaron el equipo deportivo que podía identificarlos ante la parcialidad brasileña. Sin embargo esto no sirvió de mucho y la gente del boliche los reconoció de inmediato invitándolos con algunas cervezas y pidiéndoles autógrafos. Los Campeones del Mundo de 1950 tuvieron que festejar solos, compartiendo algunas copas con amigos circunstanciales en un boliche de Río.