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miércoles, 12 de abril de 2017

La muerte de Matías Galíndez, el malabarista uruguayo: la mirada normalizada del arte. Profesora Marisol Cabrera Sosa



Fallece Matías asesinado por otro joven en Brasil y la familia debe trasladar sus restos para proceder a darle sepultura en el territorio uruguayo. En primer término nos enteramos que ninguno de los dos estados se hace responsable: ni el que cometió el delito de darle muerte a un trabajador, ni el estado de donde es originario el asesinado. De acuerdo a lo que publica La Diaria “el asesino recriminó a Matías que lo que hacía no era arte y le dijo “gringo aquí não tem vez”, que sería algo así como “aquí no hay lugar para gringos”.1 Matías era un artista callejero, con un espectáculo itinerante de arte circense. Su espacio de trabajo era la calle, cerca de los semáforos, en las plazas públicas, con un lenguaje corporal y experiencias identitarias que son concebidas como peligrosas para el Estado. La concepción de un cuerpo dócil, que debe convertirse en máquina para adecuarse al estado moderno es interpelado y cuestionado- por estos artistas que trabajan cerca de los semáforos- a través de su corporeidad y gestualidad. El placer y la felicidad que podemos observar en videos que nos recuerdan a Matías vivo, nos hacen reflexionar sobre el ser humano apresado en una oficina, una fábrica, un call center, con prácticas que subordinan el deseo, a una línea de domesticación. Cómo ve el estado en la representación mortal de ese joven brasileño que asesina de forma “impensable” a otro joven uruguayo? Matías representa al extranjero, al enemigo, al lumpen, al delincuente que puede asaltarte en los semáforos, el que no trabaja, el que no cumple las horas dispuestas por el estado y el sistema capitalista - las ocho horas- el vago que no produce, el marginado al que hay que eliminar y cuanto antes, mejor. Hechos de esta dimensión se reproducen en diversos sitios de América Latina y muchos transeúntes observan al artista callejero como el enemigo del sistema al que hay que “enderezar” porque se lo vincula en su mirada al NINI “ni estudia, ni trabaja”, en una suerte de destino que no es productivo ni deseable para ningún joven de la República. Esa mirada recoge la concepción de modelización del cuerpo y también de la resistencia de muchos que no desean el corset de la normalización. “Si bien los antecedentes de las artes circenses comicidad, destreza corporal, desafío y riesgo calan hondo en la historia, el circo como espectáculo artístico surge en la década de 1770 en Londres, adjudicándosele su creación a un jinete, Philip Astley, que sumó a sus destrezas ecuestres elementos característicos de la cultura cómica popular de la Edad Media” (Bajtín, 1985 en Infantino, 2010)2. La historicidad que recogía Matías con su arte callejero como expuse anteriormente estaba en las antípodas de lo que el estado moderno considerable deseable, en la concepción que representa “Thiago Fernandes, un joven de 19 años, empresario e hijo de dos autoridades de la ciudad”3. La xenofobia se conjuga con el desprecio al arte no normalizado ni legitimado por el estado. Thiago en su acción no es solo un delincuente más, o un loco, representa la visión de una sociedad que en todas partes del mundo concibe la necesidad de un cuerpo homogeneizado, apresado en prácticas legitimadas e instituyentes por el Estado como institución. Representa además la mirada del empresario que es interpelado por el arte callejero. Aparecen en la ecuación el empresario, el artista pobre y callejero, el estado y la posibilidad de asesinar al que no tiene sitio en esa ciudad por ser extranjero. Ni Matías es un muerto más- hoy su pueblo, Empalme Olmos en estos momentos está recordándolo con arte circense para recaudar fondos para la familia, ni Thiago es un asesino más. Representan formas de concebir a los seres humanos, en sus prácticas de arte y homicidas.