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domingo, 25 de junio de 2017

Rocha, China y las contradicciones sociales Por Mauro Mego, edil FA-Rocha



La República

Sabido es que, en el marco de una gira encabezada por el Gobierno Nacional, el departamento de Rocha ha estrechado vínculos con algunas regiones de China. Estos vínculos o “hermanamientos” se desarrollan sobre diversas bases, marcados por las reglas de la diplomacia. Esas bases implican el intercambio cultural, los vínculos institucionales, mesas de temas comunes, promoción de nuestro país, departamento, y más. En definitiva, no se trata de nada nuevo ni fuera de los protocolos habituales de las relaciones internacionales del siglo XXI. Mucho menos raro es para un departamento que durante las administraciones blanqui-coloradas (1985-2005) conoció la debacle mientras recibíamos en una fiesta al conocido presentador “Don Francisco”, ofreciéndole hasta pompas cívicas; o que en la peor crisis que conoció Rocha entre 2000 y 2005 oíamos esperanzados la “noticia” de que había por allí “inversores noruegos” interesados en nuestro departamento que traerían la salvación. La cabeza política del “cuento noruego” fue el Dr. Riet Correa, quien hace unos días se fotografió con su nuevo líder nacional, Luis Lacalle Pou. Es decir, las relaciones con China no son ni la increíble parafernalia montada para recibir a “Don Francisco” ni los “mesías” noruegos que no llegaron. Se trata de una de las tantas posibilidades de marcos de relacionamiento entre las diversas naciones del mundo, de las cuales Uruguay depende en buena medida por las limitaciones estructurales de nuestra realidad geopolítica y económica.

En medio de estos “hermanamientos” apareció, entre varios temas, la posibilidad de estrechar vínculos comerciales, propiciando un desarrollo acorde con las condiciones de Uruguay y el departamento. Uruguay, mal que les pese a varios, es un país serio y China es un país inteligente para moverse en el mundo. La pesca es uno de esos vínculos y también la posibilidad de desarrollar de forma más dinámica los dispositivos portuarios con los que contamos. Claro, Rocha no es homogéneo socialmente. Mucho menos lo ha sido desde que alguien impuso la supuesta contradicción “natural-productivo”. Eso se debe a los sitios desde los que formamos opinión en este rincón del país, donde todos nos conocemos. Quiero decir que no debe haber lugar más proclive a las polémicas sobre estos temas que Rocha. Desde un puente hasta normas de ordenamiento, pasando por la habilitación de un boliche en la costa, el venado de campo, los puertos, las rutas, la madera, los barcos, todo es motivo de grietas en la opinión pública. Y allá tiene que salir el Gobierno a frenar bolas de nieve, muchas veces deliberadas, que lejos de informar y formar a la ciudadanía la envenenan, impidiendo llegar al centro de las cosas tal cual son. De ese modo, desde algunos lugares empiezan a emitirse los adjetivos hacia el Gobierno: “depredadores”, “irresponsables”, “vendepatrias”, “acomodaticios”, y todos los que imaginen. Claro, es que Rocha se debate entre intereses y perspectivas diferentes, en las contradicciones propias de los componentes sociales que habitan nuestra generosa tierra. Los hechos del “hermanamiento” con China y las “posibles” formas de inversión pesquera (de lo que todavía no hay nada concreto) han abierto nuevamente esos escenarios de contradicción. Nadie puede creer y querer que Rocha se destruya, que aquello que nos da una visión estratégica de nuestro desarrollo y que hemos construido entre todos lo echemos a la basura porque sí. Pero eso poco importa a algunos. Claro, en Rocha coexisten mentalidades diferentes, y la costa y sus dilemas son la arena donde ello se expresa, aunque está claro que unos hacen más ruido y tienen más eco que otros. Rocha, como el país, necesita diversificar su producción, en armonía con nuestras líneas estratégicas, ampliando los horizontes de mucha gente que hoy necesita oportunidades. Es que aquí hay gente que pretende un ambientalismo que no discuta la civilización capitalista, un ambientalismo que habla poco de economía, de cómo nuestra civilización global capitalista trae consigo elementos positivos para la vida humana, pero también -desde que el ser humano produjo algo en este mundo- trae perjuicios difíciles de frenar si no se cambia la matriz general del sistema.

En algunas zonas de la costa nuestra las contradicciones se expresan entre el intelectualismo ambientalista de una, podríamos llamarle, “clase media ilustrada” cuya visión de la costa es meramente contemplativa, generalmente instalada aquí por una elección de vida o por oportunidades de trabajo generalmente calificado-intelectual, y por otro lado una gran masa de población que vive los azotes de la inestabilidad laboral, la precarización, la falta de empleos directos y rutinarios, que lucha por ingresar a los canales económicos y hacerse parte del ciclo productivo. No hay tipos puros, por lo cual, ante temas como una inversión pesquera posible, ambos polos pueden manejar elementos atendibles. El asunto es que la “forma” en que los primeros “combaten” estos proyectos generalmente es desproporcionada respecto de lo real, lo que está sobre la mesa, y nunca faltan los que encuentran ventanas por donde colarse a golpear al Gobierno y, justo es decirlo, tampoco faltan del otro lado los que plantean “empleo a cualquier costo”. El asunto nos vuelve sobre las bases de una discusión profunda. ¿Qué nos queda? ¿La agenda amplificada de las ONG augurando apocalipsis? ¿El desaliento respecto de brindar hoy respuestas a los que necesitan que la economía los alcance? No procuro responder estas preguntas de raíces profundas, pero busco comprender los campos generados ante éste y otros temas en los cuales se obtendrá una opinión de acuerdo al sitio desde donde se emite, sus intereses, sus valoraciones y aspiraciones. Recuerdo en una de las audiencias públicas en Rocha sobre el Puente de Garzón, un señor barbado en defensa del puente que argumentaba en ese sentido, ya que el puente traería ventajas en la rapidez de las comunicaciones, eventuales ambulancias, traslado a sitios de estudio, etcétera, y por otra parte una Señora aparentemente extranjera sostener que, según ella y su grupo, era mejor mantener una balsa oxidada. Esta es una muestra de esas contradicciones.

En un sitio pequeño y donde todos nos conocemos, el asunto radica en los tonos, las formas y los móviles que nos llevan a opinar, o a organizar el activismo. Somos en definitiva siempre, mal que nos pese, hijos de nuestras circunstancias.