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jueves, 24 de septiembre de 2026

NO TENGA MIEDO *Columna de CARLOS CASTILLOS, Setiembre de 2026



Una vez estaba en la casa de un amigo. En cierto momento se concentró en noticias del informativo central de la televisión y al difundirse una noticia sobre Inteligencia Artificial, este amigo exclamó: -Pah…eso me da miedo!!. No debe ser la única persona que se expresa con miedo respecto de esta nueva tecnología. Pero no hay que irse a ese extremo. Sin temerle ni ser indiferente. Hay que tenerle respeto porque es una nueva tecnología que, por ahora, se va imponiendo. De acuerdo a la etapa de desarrollo en que está no te va a lastimar y tampoco te va a matar. No te va a quitar el trabajo. El trabajo te lo va a sacar quien maneje mejor a la Inteligencia Artificial. Por eso es necesario estudiar cómo funciona esa nueva tecnología y el impacto que tiene en la vida cotidiana de cada uno de nosotros. Porque es una tecnología creada por el ser humano y manejada por el ser humano. Es cierto que puede llegar a un nivel superior, pero para eso falta mucho. Y tal vez antes sea regulada de alguna forma para que no se escape del control humano y pueda hacer algún desastre por ahí. Ante tanta información interesada que circula por el planeta, y que le llega a usted no solamente a través de la televisión, sino por todos los medios, y particularmente las redes, es necesario y conveniente ser mucho más riguroso. Acostúmbrese a dudar, a comparar, a buscar en otros lugares y tener diferentes opiniones sobre un mismo tema. Seguramente se va a sorprender y le permitirá a usted tener mayores elementos de juicio para tomar posición sobre los temas. Tenga en cuenta, además, que la Inteligencia Artificial, es una industria cuyos fines son, principalmente, ganar dinero. Entonces muchas veces, las informaciones que circulan son interesadas. A favor o en contra de la inteligencia artificial. No es fácil detectar cuándo una noticia es una versión interesada y cuándo es real, pero hay que hacer el esfuerzo. Y no ser inocente. Creerse todo lo que nos llega, porque ahí ocurrirá lo del amigo que miraba la televisión en su casa y se asustó. Se da cuenta que una reacción así, sumada a muchas otras parecidas que puedan ocurrirle, es riesgoso, porque hasta la pueden enfermar. O cambiar su modo de ver las cosas. Y de actuar en la vida. Así que acostúmbrese a desconfiar de las informaciones. Pero tampoco pierda la perspectiva de ver que la inteligencia artificial es una herramienta que, bien usada, puede ser muy útil. En política y cuestiones sociales se viene usando con malicia, pero parece que es bastante útil en otras áreas, como la medicina, por ejemplo. Insisto: no le tenga miedo a la Inteligencia artificial. Aprenda a usarla y dele un uso positivo. Es como un martillo: puede ser usado para clavar un clavo, pero también para matar a alguien de golpes en la cabeza. Usted decidirá en su momento el uso que le dará.

domingo, 13 de septiembre de 2026

ROCHANA POÉTICA Por Darío Amaral

  





Orlando Tocce


A José Pereyra


Otrora descubrí desde un alto palco

la escarlata rosa de tu arte escénico,

las cien máscaras del histrión y el aura de Thalía;

el llanto de Melpómene y a Lord Tennesse Williams.

“Tocce” fue tu nombradía, pero también Nólan, Harce

y la declamación sanguínea de Pedro Salinas.

Antaño ceñiste la mano de un crío deslumbrado con tu comedia,

uno que ahora consigna sus jornadas al solitario ejercicio de esculpir

las flamas de su alma en símbolos lesivos a las barbaries del tiempo.

A ultranza, tras una añoranza “Proustiana”, la penumbra punzante y callada

se yergue como lápida tras el perplejo telón de un escenario que reniega

,por igual, de tu destierro como de tu quimera de arlequín con camarín sellado.

Onírica tertulia o bacanal halagüeña, latiendo en un cráneo mefistofélico,

convicción de quien interpreta el papel póstumo de un animado espectro.

Recién, en este intervalo, es cuando comprendo, amigo mío que,

agotado ya, (en tu vida de tablas), el guión del melodrama,

todo lo demás no es sino silencio entre sombras,

rehuyendo de más sombras

y otros tantos silencios…




Milonga de *Hilario Amaral (octosílabos)

(1907-1993)

Sirva un dios en evocar

la dignidad del buen hombre,

sopesando en su renombre

lo que no habré de acallar.


Hilario Amaral, señores,

no fue un alarde ni ruido;

resarcía el coraje quieto

de quien conoce el olvido.


Allá por tierras camperas,

tras clarear el lucero,

eran templadas cuchillas

bajo el sigilo del cielo.


No precisaba la faca

para bruñir su renombre;

existen criollos que llevan

tanto el valor como el nombre.


Se fue una vez de la estancia,

por causa de algún entuerto;

los años borran las voces,

pero no eclipsan al muerto.

Quién sabe qué ley secreta
rige el destino del hombre;
se apartó de aquella tierra
sin renunciar a su nombre.

Anduvo por otros pagos,
con su silencio a la espalda;
quizá una pena lo hiriera,
quizá la pena no hablaba.

Me lo imagino en la noche,
junto a un fogón apagado,
mirando el campo infinito
como quien mira al pasado.

No tuvo el lujo del miedo
ni la soberbia del guapo;
sabía que un hombre se mide
por lo que calla en el trago.

Y los regentes de entonces
tal vez lo dieron por “ido”;
pero el destino es un criollo
que vira el rumbo perdido.

Volvió después a la tierra
con la misma frente alzada;
no hay más valiente retorno
que aquel que no exige nada.

La estancia supo su paso,
le reconoció la huella;
hasta el tubiano, a su modo,
debió acordarse de aquella.

No sé si fueron cuchillos,
ni quién pronunció la afrenta;
la verdad suele ser magra
cuando la narran las lenguas.

Sé acerca de un patio y un hombre,
sobre una querencia y un duelo;
y que la muerte, esa maula,
no pide licencia al cielo.

No hubo guitarras ni aplausos,
ni un relator de renombre;
la muerte eligió una esquina
para llevarse a aquel hombre.

Quizá fue muerte de nadie,
de esas que el tiempo no nombra;
pero en los pagos perdura
el valor junto a la sombra.

Hilario Amaral, señores,
no fue leyenda ni santo;
fue íntegramente un cristiano
que no conoció al espanto.

Yo no lo vi. ¿Qué sabemos
los que llegamos después?
Pero hay recuerdos ajenos
que pesan más que la fe.

Lo veo por el potrero
cuando declina la tarde;
sin más escolta que el cielo
y sin más ley que su sangre.

Veo que vuelve a la estancia,
sereno como quien sabe
que apartarse de la tierra
es otra forma de hallarse.

El nombre Hilario Amaral
queda sonando en la pampa,
como una espuela perdida,
como guitarra en la calma.

Que el coraje no haga ruido
ni se venda por la fama;
un hombre vale por dentro,
como el fuego bajo brasa.

Si Dios conversa con muertos
cosa que ignoran los vivos,
sabrá la ley de aquel hombre,
de su desvelo y sus bríos.

Sólo canto esta milonga,
mi pobre modo de honrarlo;
la guitarra pone el nombre
y el tiempo habrá de velarlo.

Veo al hombre y su querencia
en su mundo contenidos,
que los ayeres vividos
no los desdice la ausencia.

Desde esta milonga sobria
el sol da a una sepultura,
más de un gaucho allí perdura:
Hilario, Cruz, Fierro y Soria…


(*Hilario Amaral: abuelo del autor.)




Singladura al Paso Real (soneto)


A Richard “Pelonga” González


Entre ladrillos guarda su memoria,

la calle que desciende hacia el estero;

y el puente, como un lazo verdadero,

arbitra entre dos márgenes la historia.


Aquí la humilde casa es trayectoria,

su parra en flor, aljibe y limonero

viven en cada patio y cada alero,

y en la voz del vecino hecha de gloria.


Por el arroyo baja la distancia,

mientras el barrio, tácito y tenaz,

conserva entre sus calles su fragancia


de carro permutado por la paz

del puente; donde fulge la sustancia

"rochana" en un gorrión con su trinar.


Viejo Almacén (soneto)


A Carlos Rodriguez


Ya no perfuma el barrio su almacén,

ni cruje el viejo mostrador de pino;

se ha borrado en la cal su antiguo sino,

bajo asfalto yace entero un terraplén.


Quedó mi calle huérfana de aquel bien

que daba al mediodía su destino:

la yerba, el pan, el parloteo, el vino,

y un saludo que hacía sentirse alguien.


Siento al almacenero, grave y lento,

pesando en su balanza la pobreza,

fiando hasta fin de mes el alimento.


Hoy, apenas al borde de la maleza,

la sombra de una puerta contra el viento

hace eco en un botija que regresa…


Darío Amaral



martes, 8 de septiembre de 2026

HISTORIAS MONTEVIDEANAS (narrativa) Por Darío Amaral


                                                          
A Marcelo “Fito” Galli.


LA PARADA INFINITA
La lluvia había dado inicio con una discreción casi diplomática, como solicitando consentimiento para deshacerse en vertical sobre la ciudad. Luego, obedeciendo a una obstinación que parecía muy montevideana, se había aferrado y empoderado sin intención alguna de retirarse. En la parada del 104 —un poste inclinado que sobrevivía más por inercia municipal que por voluntad metalúrgica— se arremolinaban escuetas humanidades, cada una con su gesto propio de resignación; ese ademán tan local que combina paciencia, fastidio y una tenue ironía dirigida al cielo, al Estado o al destino, según convenga.
Germán —funcionario empeñado en llegar puntual a un trabajo que jamás lo recompensaba por ello— se acomodó contra el borde del refugio techado. Tenía la precisa sensación de que la ciudad entera, empapada hasta en sus grietas, se había tornado más flemática, como si estuviera procesando un pensamiento de excesiva densidad colectiva que aplazaba su dinámica o intemperancia habitual.
La primera en hacer sentir su voz fue una señora mayor envuelta en un impermeable color berenjena.
—Esto no es lluvia —declaró—, sino malicia climática en bruto. Y todavía anuncian en la tele que va a mejorar. Yo ya no les creo ni los nombres, ni apellidos ni nada...
Su comentario se dispersó como una filtración inflamable que no induce más que a la charla. Montevideo es una urbe que reacciona abriéndose por fricción; basta apenas una queja o lamentación meteorológica para que las biografías también se abran y propaguen cual esporas al pampero. 
En el extremo opuesto de la parada, un veterano con boina estilo Bob Marley ladeada murmuró:
—Las lluvias de ahora no tienen memoria. Cuando yo era joven hasta llovía con otra dignidad, ¿sabe?, sin esta insana manía de despintar las veredas y ahogar las pobres plantas.
Efectivamente, nadie sabía, a ciencia cierta, qué significaba una “lluvia con dignidad", pero todos asintieron como si aquello se tratara de la exposición     de un concepto prominente y técnicamente verificable.
En ese instante irrumpió en la escena un repartidor en moto, empapado hasta los huesos, que se detuvo para ajustarse la cremallera de la campera fluorescente; pese al agua que le escurría por la nariz, como por una colina aguileña, sonrió.
—Gente, olvídense del 104 —anunció a la comitiva—. La calle está cortada por la movilización gremial. Va a pasar por Avenida del Libertador, si es que pasa. Yo vengo de ahí; tremendo caos para todos.
La noticia cayó con la gravedad de una sentencia mitológica. Las personas en la parada adoptaron de inmediato un aire trágico, como si aquel desvío fuese una afrenta personal meticulosamente orquestada por las deidades del transporte metropolitano. En Montevideo, tanto un embotellamiento como un mero desvío de ómnibus puede desatar, tras un parpadeo, un sucinto pero sincero examen existencial.
Germán, decidido a preservar una compostura que ni él mismo creía, exhaló un suspiro que parecía diseñar un mapa minucioso de frustraciones.
—Capaz que, atrasado y todo, viene igual —arriesgó, sin convicción.
El repartidor soltó una carcajada que retumbó contra los charcos.
—Si llega, me tatúo el recorrido en la espalda como un plano de GPS.
La señora del impermeable berenjena, aferrada a su cartera como si se tratara de un salvavidas en altamar, empezó a enumerar desgracias similares: desvíos por obras eternas, atrasos crónicos, embestidas a peatones, paros espontáneos “porque sí”. Cada anécdota vertida convocaba otra, y así se fue tejiendo una suerte de rosario o coral de quejas armoniosas, una sinfonía doméstica que sólo puede generarse en un país  donde la gente, si no conversa en modo “queja”, tiende a marchitarse cual rosa sin riego. 
Mientras tanto, dos adolescentes refugiados bajo una campera improvisada discutían sobre si valía la pena esperar o si era mejor arriesgarse a caminar empapándose hasta Tres Cruces. Sus voces mezclaban insolencia y ternura; representaban, de algún modo, ese tramo de la existencia en que cualquier decisión parece el prólogo de una gran epopeya.
Fue entonces cuando, de la nada, apareció en la tormenta el cuidacoches. Un hombre enjuto, de una edad indefinible, portando un poncho plástico numerado apenas sostenido por la voluntad más que por un diseño eficiente. Caminó con los zapatos sumergidos en el agua de la calzada hasta el borde del cordón y, sin solicitar permiso, anunció con tono de profeta:
—Yo ya calculé todas las probabilidades del evento. Este ómnibus no viene ni aunque lo reclame el propio intendente.
La frase, lanzada con histriónica solemnidad, produjo una mezcla única de gracia y desasosiego colectivo; pues no dejaba de portar la contundencia de esas verdades que nadie prueba pero la mayoría acepta tácitamente. Después de todo, los cuidacoches albergan un conocimiento preternatural y exclusivo del tránsito, como si la ciudad les dictara en voz baja sus diatribas y derivas escurridizas.
De pronto la lluvia arreció, levantando un rumor que recordaba al de una tribuna distante a punto de bullir. Montevideo, con sus tejados con claraboyas saturados y su arquitectura que nunca acaba de ser moderna ni antigua, parecía una criatura acuática a punto de emerger de sí misma.
Germán observó en torno suyo a sus camaradas circunstanciales con un afecto inesperado; sin querer notó que en ellos residía una especie de fraternidad precaria, hilvanada por la frustración compartida. La señora del impermeable, el viejo de la boina jamaiquina, el par de adolescentes, el delivery motorizado y el cuidacoches constituían, en sí mismo, una comunidad efímera, una especie de coro improvisado sobre el cual se sostenía parte de aquella ciudad. Porque Montevideo —pensó— es, finalmente, una extensa conversación de gente aguardando algo impreciso, pero que se espera sobrevenga en algún tramo del día; sea ello un ómnibus, una mejora, un mate que llegue a tiempo, o hasta un porvenir que no se postergue más de la cuenta.
El viejo de la boina, probablemente impulsado por ese espíritu gregario, se lanzó a contar una historia de la época en que marchaba por la avenida 18 de Julio con una mezcla de ilusión y desconfianza. Su relato tenía un tono ceremonioso, como si las palabras emergieran directamente desde un archivo histórico subterráneo.
—Era otro país —dijo—, o quizá era el mismo con otra ropa y perfume. Uno caminaba sabiendo que la ciudad también caminaba a la par. Ahora cada cual parece esperando su propio ómnibus, y capaz que ese es el gran problema.
La señora replicó con una sentencia contundente:
—El problema es que llueve. Y cuando llueve, Montevideo se pone nostálgica.
Asimismo, nadie se atrevió a contradecirla.
Pasaron minutos o décadas —el tiempo, en las paradas, opera con una lógica alterna insondable— cuando una vibración eléctrica recorrió al grupo: la aparición de un ómnibus en el horizonte, apenas una silueta difusa entre las cortinas de agua.
—¡Allá viene! —anunció uno de los adolescentes, como si, de súbito, descubriese un cometa en el firmamento.
La multitud avanzó unos pasos, conteniendo la respiración conjunta. Pero a medida que el vehículo se aproximaba, la esperanza se resquebrajó por entero. No era el 104, sino un 256 excesivamente abarrotado, que prosiguió de largo con la indiferencia monumental de quienes ya no tienen espacio ni para un suspiro tardío.
Los presentes atinaron a retroceder en un movimiento sincrónico, como si ejecutaran un ritual coreográfico. Algunos rieron; otros maldijeron con delicadeza; el cuidacoches escupió al piso una opinión irreproducible.
La señora sentenció:
—Esto parece tratarse de un test, para evaluar cuántos aguantamos.
Pero entonces, casi como un susurro de la providencia, el ómnibus manifestó su verdadera presencia, inequívoca aunque milagrosamente desviado de su tramo habitual. El 104 avanzaba con la dignidad fatigada de un animal centenario y descolorido que ha sobrevivido a demasiados inviernos. Frenó salpicado frente a la parada con un chirrido que sonó a pura disculpa.
Hubo, asimismo, un instante de duda colectiva, una suerte de vacilación casi filosófica. Después de tanta espera, ¿podría valer la pena subirse? ¿No se había formado ya un pequeño pacto tácito entre aquellas existencias que, por un rato, habían sido más que desconocidos?
Germán dio un paso adelante. Abordó el ómnibus con un gesto que mezclaba alivio y culpa. Miró hacia atrás; la señora, el viejo, los adolescentes, el repartidor y el cuidacoches permanecían impertérritos en la parada, como estatuas momentáneas bajo la lluvia.
—Vayan ustedes —dijo uno de los adolescentes—. Total, ya escampó un poco.
Y no se equivocaba. La lluvia, sin pretexto ni permiso, había comenzado a ceder.
El chofer cerró la puerta. Y el ómnibus arrancó, llevándose a Germán y dejando atrás aquella reducida república de la intemperie. Mientras avanzaba por la calle inundada, Germán sintió, desde su asiento, que algo se deshilachaba en su fuero interno; tal vez la certeza de que, por un instante, había pertenecido a ese coro involuntario; o tal vez la comprensión de que Montevideo es eso, precisamente: estar juntos,(y en ocasiones recíprocamente contenidos), sin reconocerlo; cercenados por la lluvia y unidos por una, a veces, ardua espera gris.
Miró, entonces, por la ventana donde se ubicó, a aquella ciudad gris y luminosa al unísono, que parecía despedirse con una mueca de feligrés  cómplice. Y sin palabras, sin épica, ni nada que pudiera dilucidarse del todo, entendió que aquella parada infinita permanecería almacenada por siempre en su memoria como un retrato minúsculo y perfecto de lo que significa vivir, al menos, por lo pronto, en Montevideo; algo semejante a una obstinada, íntima y melancólica modalidad de proseguir aguardando aquello venidero que esto fuera y significara. 
GRAFFITI NOIR
Sobre los muros de La Aguada, entre carteles descoloridos y sombras, cada mañana aparecían estampadas las polícromas y enigmáticas firmas de “Kairós"; un nombre imposible, escrito con el pulso de quien tiende a desobedecer al tiempo. Nadie de la zona lo había visto ejecutar su arte, pero todos se referían a éste como si en verdad lo conocieran. El artista clandestino que, en boca de todos generaba desconcierto, era capaz de dibujar, en el más escueto lapso de tiempo, considerables relojes de bolsillos derretidos, cuerpos sin rostro o sin miembros y grafías que se deshacían en la humedad del amanecer citadino.
Omar —porque así se llamaba antes de ser “Kairós”— era un joven hospedado hace mucho en una pensión que olía a sopa vieja y melancolía. Durante el día trabajaba en un taller de serigrafía de un amigo y, al caer la noche, salía con su mochila cargada de aerosoles, mascarillas con filtro   y un fervor que lindaba con la herejía misma. “El muro es la piel del alma pública”, murmuraba para sí, como si el grafiti fuera otra modalidad de exorcismo.
En una de sus noches de insomnio decidió intensificar su nivel de adrenalina planeando intervenir el muro más prohibido de la ciudad: el del Ministerio del Interior. Para el día elegido había pensado y repensado el diseño concebible al cabo de semanas; consistiría en un desproporcionado ojo azul que lloraría pájaros, o una flor nativa germinando del asfalto aledaño a un semáforo,  o bien un cráneo cuyos vestigios de carne eran devorados por voraces larvas de rostro humanoides... Su arte, creía, debía esencialmente contender y situar en tela de juicio las homogeneizadoras redes del poder, aunque el intento apenas alcanzara a perdurar hasta la primera luz del crepúsculo. 
Aquella madrugada, la primera en que una pintura suya lo había demorado más de lo usual, el sonido perenne de la ciudad se tornó sereno y paulatinamente tan irreal, que acabó por hundirlo, entre la niebla, en el portento de una abstracción tan intensa como en un submarino a la deriva en las aguas abiertas. Un móvil policial dobló entonces la esquina. Omar no corrió esta vez; sino que siguió trazando las circunvalaciones de su obra con una apacibilidad de condenado. Tras detenerlo sin violencia, uno de los policías más jóvenes, antes de esposarlo le preguntó con sincera curiosidad y deslumbramiento:
—¿Por qué lo hacés?
Omar levantó la mirada.
—Porque, para resplandecer, el silencio necesita además  del matiz de un color, mi amigo.
Transcurrieron los meses y la prensa capitalina someramente olvidó la historia. Sin preámbulos, el muro fue cubierto por una capa de pintura gris y, más tarde, demolido para construir un funcional estacionamiento. Sin embargo, una mañana, los obreros asignados descubrieron algo que consideraron llamativo o sugerente: sobre la superficie recién hormigonada, antes de fraguar, había reaparecido, en relieve leve y luminoso, la misma figura del ojo azul y aquellos pájaros multicolores aflorando de sus párpados.
Ninguno de los presentes pudo explicar el episodio. Algunos lo llamaron prodigio, otros usual sabotaje. Un periodista de un popular matutino escribió al respecto en su página que el arte, cuando es auténtico, no puede ser borrado de un manotazo porque, indefectiblemente, acaba impregnándose en la materia misma del mundo al que complementa enriqueciéndolo.
Esa misma noche, en algún reducto penumbroso de Montevideo, (quizás en Reducto mismo), un reluciente aerosol siseó con la resiliencia de una respiración pretérita; hasta que sobre la pared de cal, una rúbrica emergió estampada con tinta de neón: “Kairós”. 
Otra mañana, y Montevideo, volvía a amanecer mirando hacia sus mágicos muros.

FLORES DE KADUPUL 
“La flor de Kadupul florece sólo una vez, en la noche, para morir antes del amanecer dejando un almizcle celestial en el aire y la memoria de una belleza inalcanzable...”(Anónimo)
Montevideo tiende a oscilar sus decibeles. Repele del reposo o la modorra intransigente, bostezando en sordina, supurando en los intersticios de su herrumbre y hormigón cual herida abierta; desangrándose por hel alcantarillado donde las ratas, como oráculos ciegos, presienten la convulsión de la carne consuetudinariamente ofrendada entre sus moradores. Esta infalible lógica hace de los luneros rayos del Cerro capitalino, testigos de sempiternas noches blancas, semejantes a un cadáver embalsamado con neón; donde alguna masónica o esotérica alquimia basta para transmutar aquellas avenidas húmedas y arboladas, en arterias abiertas por donde circula el limo de cuanto paria o fauna errante las fagocitan para subsistir. Allí, entre la respiración sofocante del puerto y los arrumacos inmundos del pampero, timonea con mano de hierro forjado la secular cofradía de las obreras del deseo, milicianas de la luna llena o bien prostitutas a secas. Estas mundanas ninfas desventuradas, vestales sin templo, sobreviven ofreciendo el fervor de su piel, como moneda de cambio, en un rito sin altar ni más oscuro testimonio que el de sus pares con rímel, de algún proxeneta abusivo u otro juez o policía corrupto. Auspiciando ese infierno de asfalto oxidado sostenía su “reinado de flores de Kadupul" María del Carmen Mena; aunque nadie recordara, en ninguna circunstancia, semejante apelativo. Le llamaban “La Chata", a secas, debido a sus reducidos pechos y a una grotesca fractura de nariz, souvenir del primer cliente que, una perdida madrugada, tras sus primeros quince años, se le antojó reclamarla como un trofeo para su surtido escaparate privado. “La Chata” sostenía también el resto de su timorato cuerpo, devastado por ginebras baratas, partos interrumpidos y la intemperie de cien inviernos al igual que un libro de cicatrices que nadie sabía leer con acierto.
Caminaba con la dignidad marchita de quien conoce demasiado bien la topografía del hambre y la mundanal miseria.
A su lado solía escoltarla como una sombra, Rosalinda: morocha espigada, tatuada con calaveras y flores mustias, que disimulaba tras su maquillaje corrido los rescoldos de una profesión imposible y la fragilidad de una campesina del interior arrancada de raíz por una mano hosca. Para afincarse en la capital había despachado, de acuerdo al criterio impuesto por cada comprador, todas sus posesiones personales. Prendas de vestir, electrodomésticos, adornos, muebles y hasta libros, se fugaron en un santiamén, como pétalos deshojados por usureros.
Cuando le nacía reírse de alguna cosa en particular, el mundo parecía por un instante olvidar su cundida podredumbre; cuando Rosalinda recurría al llanto, llovía de modo copioso en todas las esquinas del Sur. Como las perlas engarzadas de un collar, de ella dependía su hija Lucerito, una niña de once años con ojos implacablemente mayúsculos, a quien alimentaba con cuentos de sirenas extraviadas y boliches casi familiares donde supuestamente solía cantar y servir tragos por las noches. La niña creía en esa fábula al igual que en una pujante plegaria, ignorando por completo que su madre pertenecía a una profana hueste de carne viva en oferta.
El tríptico era rematado por “La Gitana”, matriarca y verdugo, mujer corpulenta de cabellera azabache y mirada afilada como un vidrio roto. Guiada por su temple de acero, se había hecho cargo de mediar en persona con bribones y rufianes; era quien sobornaba a policías con favores nocturnos y quien distribuía, con idéntica parsimonia, los billetes ganados y los silencios perdidos. Siguiendo los pasos de su progenitora, no creía en el afecto ni tampoco en la bondad: había aprendido que en el subsuelo de una ciudad como Montevideo, la única ética posible era la de la supervivencia, ante cualquier descalabro y a como diera lugar.
I. Montevideo: invertebrado
En la noche, la ciudad es un organismo supurante que respira a trompicones y no deja de apestar a un gasoil que fermenta los ya lesionados pulmones de los transeúntes. En el Cordón, los bares vomitan tangos torcidos; mientras que en el puerto, los camiones rugen cuales dragones herrumbrosos junto al río que lame la podredumbre de los muelles. En los conventillos, la humedad rezuma por las paredes como lepra de una deidad invisible. Montevideo es una animada necrópolis que se yergue moteada por faroles amarillentos, y sus guardianas acaban siendo, de todas todas, estas noctámbulas y cancerberas “flores de Kadupul" que deambulan sin redención posible, a riesgo del deshojamiento.
“La Chata”, Rosalinda y “La Gitana” eran entonces trinidad apócrifa, combinación sacrílega y creciente de iracundia, frustración y miseria al unísono. Deambulaban cuales espectros que hubieran concretado un pacto aciago con su propia condena, y en las madrugadas más atroces se refugiaban en un cuarto alquilado en Maldonado y Minas con paredes descascaradas, un catre cojo y botellas vacías semejantes a reliquias de un culto desesperado. Allí, como almas depauperadas, soñaban entre sollozos y arrumacos mutuos, con lo indecible: soleadas panaderías tibias, escuelas con pizarrones limpios, peluquerías con espejos intactos y música funcional. Dormidas o despiertas, fantaseaban con mundos y hogares con jardines, donde no les era vedado representar el rol de verdaderas mujeres y no de vicarias o pedestres presas de la calle.
II. Guantes como piel
Fue en el espesor de otro junio que dolía como clavo oxidado, cuando el hombre de los guantes,(así se le recordaría), surgió cojeando de entre la niebla. Traía un flamante traje oscuro, sombrero oblicuo, y su voz pausada como quien recita letanías en un idioma extinto. Los guantes de cuero, jamás removidos, parecían una exacta prolongación de su carne, o tal vez su verdadera piel.
Aquella noche, sin vacilar, eligió a Rosalinda, y “La Gitana”, aunque olfateó peligro, aceptó los billetes de alta denominación sin convicción tajante. Asimismo, volvieron a verla a la mañana, aunque más silenciosa y con un temblor en su cuerpo que no se apaciguaba ni con ginebra. Luego de un rato de ensimismamiento, entre susurros y sollozos, cobró el valor necesario para confesarlo: —En realidad, nunca tuvimos sexo, ni siquiera me llegué a desnudar. Me hizo rezar como una monja y arrepentirme de mis últimos pecados. Después de observarme en silencio y acicalarme el pelo como un mannequin, me ordenó recostarme en la cama y quedarme quietecita; entonces, encimándoseme, me rodeó la garganta con sus asquerosos guantes y comenzó a apretar como quien mide un sacrificio. Todavía no sé, mientras me sofocaba y maldecía a su padre, cómo no perdí la conciencia ni, más tarde, salí huyendo de allí. Estaba completamente paralizada por el espanto. El “friki” volvió a costear el servicio y se las tomó sin decir “bye".
El impasible hombre reapareció cojeando algunas otras noches: a veces solicitaba otra mujer, otras ocasiones simplemente se dedicaba a observar desde un coche de alta gama estacionado en la esquina con la meticulosidad de un cazador de mariposas que estudia aquellas coloridas alas antes de clavarlas en alfiler. Una noche, “La Gitana", fastidiada de todo, intentó seguirlo por los pasajes del Cerrito, pero tras unas cuadras la ciudad lo tragó con apetito como se traga a una antigua sombra.
III. Evanescencia
El invierno se volvió un verdugo desalmado. Una gélida noche de tormenta, Rosalinda subió con su nuevo abrigo al coche del hombre de los guantes como piel, y ya nunca regresó.
“La Chata” y “La Gitana” removieron la ciudad de norte a sur y de este a oeste: licorerías, comisarías, hospitales, morgues. Nada. La noticia de su súbita desaparición no atrajo ni ocupó a ningún medio de prensa. La policía, por su parte, apenas bostezó: “esas chicas desaparecen todos los días y a cada hora reaparecen”. Pero, en su fuero interno, “La Chata” albergaba la peculiar certeza de que Rosalinda no se había evaporado, así nada más, por su voluntad. Esta vez no se trataba de Montevideo asimilando a otra joven prostituta arrepentida que deserta, ni tampoco de un caso semejante al estupro o de trata de blancas.
Subrepticiamente, cavilaba la madama, Rosalinda podría haber participado, desde el comienzo, de una meticulosa selección, orquestada para que, ante el primer lapsus de confianza, acabara por requerir a la chica al margen de su servicio, en cuerpo y alma. Fundamentalmente, con la mirada puesta en su alma benigna.
Lucerito soñó con su madre desnuda y toda cubierta de sangre en una pieza helada, frente a una ventana que no se abría. La niña lo dijo una tarde con la gravedad de una profecía, y “La Chata” sintió como nunca que las pesadillas se asemejan demasiado a impalpables mapas trazados para unos pocos...
IV. Descenso
A cambio de algunos pesos, promesas y amenazas, un soplón de cuarta mencionó al final un galpón en las afueras del Cerro. “La Gitana” y “La Chata” lo irrumpieron armadas de madrugada. Como lo temían, el interior era una suerte de caverna ritual: velas negras consumidas, pentagramas invertidos en las paredes, restos de diversos animales abiertos en canal. En el centro de todo, una mesa con correas y sangre seca.
Allí encontraron un pañuelo y una manga del abrigo de Rosalinda, manchados de lodo. El silencio sólo olía, en todas direcciones, a huesos secos. Entonces supieron, o acabaron por reconocer, que no estaban plantadas ante a otro cliente excéntrico, sino ante una cofradía tan invisible como poderosa que operaba devorando mujeres sin dejar huellas. Montevideo venía siendo, sin fecha precisa, apenas la máscara o la cáscara: debajo latía un subsuelo de cultos y desapariciones diseminadas al igual que una plaga urgida a ser nutrida y prosperar.
V. Efervescencia
La ausencia de Rosalinda finalmente encendió un insospechado hervor en la cofradía de meretrices. “La Chata” y “La Gitana" decidieron convocar sin rodeo alguno a las demás : “La Flaca”, Mercedes “la Tuerta”, Nené, Margarita “la Lunga”.
Se congregaban en las madrugadas en patios enmohecidos, compartiendo tabaco, caña y el más puro resentimiento; urdiendo una insurrección que era mucho más instinto que estrategia a aplicarse.
—Si no nos defendemos entre nosotras, nos van a seguir cazando y degollando como a gallinas ciegas, sin que a nadie le importe un carajo —escupía “La Gitana", con sus pupilas enrojecidas.
Un sábado, a medianoche, el hombre de los guantes volvió a hacerse presente en la zona. Lo aguardaban desde hace tiempo. “La Chata” fingió acercarse tan despreocupada como dócil. Cuando abrió la puerta del coche, el enjambre lo acometió en un tris . Botellas rotas, uñas, navajas. La Gitana sintió placer en hundirle hasta el mango un acero templado en la pierna que lo hizo vomitar de dolor.
—Rengueá con ganas, ahora, malnacido.
Después de surtirlo a bofetadas y escupitajos, concordaron en arrastrarlo hasta un descampado. Allí le exigieron nombres, direcciones o cuerpos. Él apenas deliraba:“ofrenda... purificación... elegidas...” Entre ruegos profirió contados vocablos como “cenizas sacras”, “conciliábulo negro” u “oblación", pero no entendieron, o no quisieron entender, ninguna de aquellas singulares referencias. Cuando se sintieron satisfechas lo abandonaron sobre los despojos de lo que una vez fue un perro. Al amanecer la policía lo descubrió flotando bocabajo en el río; aún traía los guantes puestos.
VI. Epílogo
No se supo más nada sobre Rosalinda. Su ausencia no hacía sino reconstruir al más nefasto tatuaje, a una llaga impura y a una lámpara eternamente apagada.
Mientras tanto, la ciudad prosiguió rugiendo incólume,con su indeclinable apatía y su esencia a gasoil montaraz. Por su parte, las prostitutas volvieron a su trabajo corporal, a sobrevivir y, en ocasiones, a desaparecer durante las noches más tormentosas, tras subir, con un nuevo abrigo, a un coche de alta gama.
Lucerito creció convencida de que su madre había sido una cantante de excepción.
En las noches aún soñaba con ella; la revivía rozagante, interpretando melodías que parecían arrancadas de un idioma foráneo, tan foráneo como las flores de Kadupul.

                                                                                                         Darío Amaral

lunes, 31 de agosto de 2026

VINDICACIÓN DE LOS “HAIKUS” Por Darío Amaral




In memoriam *Mariana Saldain Pioli y **Enrique Lorenzo.

Nuestra contemporaneidad se rige por la celeridad, la sobreabundancia discursiva y una suerte de diáspora atencional que, sin pretenderlo, acaba posicionando al haiku, con su ascética arquitectura verbal, (de 5-7-5 sílabas),  en el más  inesperado pero conveniente sincronismo. Más que una supervivencia de la tradición nipona, el haiku encarna hoy una verosimilitud poética: restituir cierta profundidad al instante mediante la máxima concentración del lenguaje. En un orbe global jactancioso de haberlo revelado todo, la mayor virtud de esta estructura poética acaso consista, en recordar que todavía perviven “elementos” o circunstancias que sólo pueden ser insinuados mediante esa enunciación formal y no otra. Tal resistencia estética propone, además, ante el exceso verbal,(ruido), y la saturación de imágenes de los “mass media”,  la suspensión ecuánime del “instante”; generando que tres versos, por otra parte, actúen como una mínima cámara o cápsula de silencio donde la experiencia, despojada de explicación, recupera el rigor originario de la percepción y posiciona al poema dentro de un tiempo natural en el que el lector acaba por completar aquello que el texto deliberadamente omite.
A partir de este pormenor aflora una paradoja esencial; el haiku registra un acontecimiento insignificante, (una rana, la lluvia, un insecto, la caída de una hoja) y, mediante esa minúscula circunstancia insinúa una metafísica que no explica el universo, sino que lo deja comparecer. En ello reside su afinidad con ciertas intuiciones del budismo zen, aunque sería reductivo concebirlo como una mera doctrina poética del zen, ya que el haiku no necesita proclamar la “iluminación” porque le basta con sugerir que, al cabo de un instante, contemplar y comprender pueden representar el mismo acto. Por consiguiente, su naturaleza es más ontológica que descriptiva; el poeta no inventa necesariamente un objeto, más bien devela una relación ignota entre las cosas; así la roca, el petirrojo y el silencio dejan de ser elementos exteriores y se convierten en términos de una correspondencia que el lenguaje apenas alcanza a precisar. Quizá por ello el haiku constituya una de las formas más rigurosas de la poesía ya que exige renunciar a la explicación, al ornamento innecesario, a la ampulosa retórica que pretende sustituir la inherente experiencia perceptiva. Su ambición no consiste en decirlo todo, sino en conseguir que tres líneas sobrevivan a la extinción de quien las escribió. Por lo que, en última instancia, el haiku no es, ni más ni menos, que otra insistente maquinación humana contra el olvido, dotada de aquella sospechosa dignidad de lo eterno, que tiñe lo efímero con polícromas pinceladas de absoluto. 


James Joyce
Dublín se sueña;
y aquella palabra abre
todos los mares.

Francisco de Goya
Negra la noche;
bajo el sueño del mundo
ríe Saturno.

 Sebastian Bach
Orden celeste:
cada “fuga” contiene
un Dios sin rostro.

Joaquín Torres García
El sur del cielo
ordena sus símbolos:
todo es medida.

Marcel Proust
La magdalena…
el tiempo, súbitamente,
vuelve a ser nadie.

Jesucristo
Clavo y silencio;
la eternidad expira
entre ladrones.

Buda
Cae aquella hoja.
Nadie pregunta al viento
quién fue primero.

 Dostoievski
Bajo la nieve,
Dios interroga al hombre
desde su abismo.

Harold Bloom
Shakespeare…
un muerto engendrando otro
en un lector.

Louis Stevenson  
La isla dormita;
en la cruz tesoro
tiembla la infancia.

Mario Levrero
Un sueño escribe;
el hombre que lo sueña
borra su nombre.

Georges Perec
Falta una letra.
El mundo, minucioso,
cede a callar.

Scott Fitzgerald
Brilla el verano;
y el oro de Gatsby
oxida el tiempo.

Severo Sarduy
Barroca la luz;
luna multiplicada
hasta abolirse.

 Lovecraft
Noche de estrellas,
un dios oscuro ve
cuánto lo soñamos.

Thomas Mann
Mustia montaña;
el tiempo enferma al hombre
con lenta nieve.

Camus
El sol persiste;
Sísifo, con su piedra,
inventa sentido.

 Lezama Lima
Fruta de sombra;
la imagen se desborda
sobre la noche.

Silvina Ocampo
La niña mira
su muñeca y descubre
que está soñando.

Virginia Woolf
Una ola esgrime
la conciencia dispersa,
como una lámpara.

Truman Capote
La voz se enfría;
en la callada nieve 
arde un cuchillo.
 
Charles Bukowski
Bar sucio y luna;
un vaso bebe al hombre
que no se rinde.

Oscar Wilde
Bello el pecado;
un espejo envejece
detrás del rostro.

Henry Miller
Arde la carne;
Nueva York amanece
con piel desnuda.

Astor Piazzolla
Bandoneón;
Buenos Aires desgarra
su propio pulso.

Palas Atenea
Magno intelecto
con ojos de lechuza:
cesa la espada.

Saki 
Sonríe el zorro;
la cortesía esconde
dientes de seda.

Pablo Neruda
Crece la noche;
una dicción de amor
pesa entre el mar.

Octavio Paz
Entre silencios
el instante descubre
su doble rostro.

Juan Rulfo
Arde Comala;
cada muerto me nombra
desde la cal.

Umberto Eco
Entre anaqueles
un laberinto lee
a quien lo busca.

Juan Goytisolo
Idioma en ruina;
cada frontera deja
un despatriado.

Walt Whitman
Canto mi cuerpo;
bajo infinitas hojas
respira el mundo.

Friedrich Nietzsche
Dios ha callado;
un abismo contempla
al que lo nombra.

 Kafka
La puerta abierta;
nadie entra porque aguarda
que lo autoricen.

John Keats
Tiembla la rosa;
su belleza ya conoce
la eternidad.

 Flaubert
Frase perfecta;
una palabra más
inmola al mundo.

Byron
Arde el océano;
un héroe sin sombra,
ni alguna dama.

Páez Vilaró
Tonal tambor;
tiñe el sol Casapueblo
y a su memoria.

Camilo José Cela
Camino y polvo;
España es en su voz
sus cicatrices.

Alfonsina Storni
El mar que llama;
nombre hundido en la arena
sin dueño alguno.
                                       


*Mariana Saldain Pioli: (Rocha, 1937-2009) maestra, docente de idioma español en secundaria,(donde dictó clases al autor), destacada investigadora, autora y gremialista rochense. 

**Enrique Lorenzo: (Salto, 1962-2002); lingüista, autor y docente de Lingüística en el Instituto de Profesores de Artigas,(IPA), (donde dictó clases al autor).  


                                                                                                                   Dario Amaral

domingo, 16 de agosto de 2026

BREVIARIO (microcuentos) POR DARÍO AMARAL






CARTOGRAFÍA

Acabando de trazar el último mapa del reino, descubrió que todos los caminos conducían a

la misma tumba. Tardó menos en percatarse que no había cartografiado un área de la

tierra, sino levantado el plano de su propia memoria.

HERENCIA

El anciano distribuyó relojes de bolsillo entre sus progenitores, ninguno de ellos funcionaba

en verdad. “El tiempo ya está adentro”, emitió antes de expirar. Desde entonces, en aquella

morada las agujas envejecen más lento que las mismas personas.

ARQUEOLOGÍA

Bastó retirar una pared para encontrar otra casa idéntica detrás; luego otra, y otra más…

Cuando llegaron hasta la última habitación, allí estaba, un niño en shorts terminando,

recién, de construir la primera.

GRAMÁTICA

El verbo “perdonar” nació una mañana, entre el bullicio, conjugado en pasado. Desde

entonces nadie volvió a pronunciarlo en presente. Asimismo, los diccionarios prosiguieron

llamándolo “verbo"; en tanto que los altos magistrados, “sustantivo"; dependiendo de la

“locación”.

INSOMNIO

Cada noche dormía sus ocho horas enteras; era durante la vigilia cuando soñaba. Por ello

nadie creyó en su cansancio cuando amaneció transfigurado en el recuerdo de otro hombre.

TESTAMENTO

«Todo cuanto poseo cabe en una palabra», escribió con pulso firme. Los herederos

permanecieron años indagándola entre los papeles. La vinieron a encontrar en el margen

de una página en blanco donde, palmariamente, podía leerse: “Todavía”.

INFIERNO

Dante circunvaló las nueve “regiones” buscando a los condenados. Al arribar al último

círculo, halló una monumental biblioteca. Cada libro narraba, con minuciosa exactitud, la

vida del hombre que lo abría . El poeta florentino debió cerrar el suyo antes de llegar al

primer canto.

DESPERTAR

La mañana en que Gregorio Samsa despertó en su lecho, convertido nuevamente en un

hombre, sintió en la sangre la viva desazón tras percatarse, entre otras cosas, que los

insectos nunca habían inventado la vergüenza.

ORÁCULO

La pitonisa jamás anunciaba el futuro; revelaba sucintamente los recuerdos que aún no

habían tenido lugar; aquella, y no otra, era la exégesis de por qué sus profecías siempre se

cumplían demasiado tarde.
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CATEDRAL

Los albañiles tardaron alrededor de unos cien años en levantar los cimientos y el mármol

de las columnas que sostenían aquellas cúpulas de aquel templo nórdico. Un eco, venido

del monte, tardó menos de tres segundos en derribarlo. Desde la catástrofe, los arquitectos

europeos, secundados por algunos lingüistas, no han cesado de examinar la gravitación de

una palabra.

CEGUERA

El anciano perdió la vista, subiendo los escalones de su casa, una tarde de lluvia otoñal. Al

otro día comenzó a describir pormenorizadamente los colores del viento. Tras abordar su

caso, los peritos médicos diagnosticaron imaginación avanzada en fase cuatro.

AJEDREZ

El rey llevaba siglos evadiendo, con denuedo, la muerte. Una noche, en un sueño,

vislumbró que el tablero era cuadrado porque ninguna huida podía parecer infinita. No dudó

en dejarse capturar; sus piezas prosiguieron batallando sin él.

APOCALIPSIS

Cuando expiró el último mortal, los relojes siguieron su mecánico avance con disciplina

inquebrantable. El tiempo nunca se había ocupado en nosotros; apenas si toleraba nuestro

vano hábito de medir o tabularlo todo.

DRÁCULA

Siglos de lunas carmines timando la sangre de los someros hombres, sopesando lo que

aquellos denominan “eternidad”. No sospechó jamás que acaso lo inmortal se refería,

únicamente, al postrero horror con que los hijos de dios emitían su nombre.

SHERLOCK HOLMES

Tras dilucidar el último acertijo de aquella habitación vacía, sobre un vetusto escritorio de

caoba encontró una lupa, una pipa y una nota escrita con su propia caligrafía: “El culpable

fue quien, desde el inicio, necesitó comprenderlo todo.”

FRANKENSTEIN

Cuando “la criatura” volvió sobre sus huellas para saber de su padre, el científico sólo atinó

a señalar la luna de un espejo. Desde esa fecha ambos envejecieron con un único rostro.

ROBINSON CRUSOE

Tantos años en austero diálogo con aquella isla remota que, tras apersonarse Viernes, el

náufrago había olvidado por completo la lengua de los hombres, entendía apenas el de las

oscilantes mareas.

PETER PAN

Tiempo más tarde retornó con la ilusión de llevarse consigo a otro niño. Ninguno accedió a

seguirlo. Sin más, entendió que la infancia no culmina cuando crecemos, sino cuando deja

de esperarnos.

HOMBRE LOBO
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No era la pálida luna quien lo volvía la consabida bestia; nada más le restituía el rostro

oculto a la luz del día. De esta forma, los aldeanos llamaban “maldición" aquello que, sin

tapujos, él llamaba “naturalidad”.

BORGES

Antes de alcanzar la ceguera, se apersonó, como acostumbraba, en la biblioteca en pos de

un libro imposible; no tardó en dar con sus páginas y percatarse que el volumen lo estaba

descifrando a él desde mucho antes de que aprendiera a abrir una página.

ONETTI

Fundó una ciudad para esconderse de la realidad... Quienes habitaban en ella creían

fielmente haber nacido allí. Sólo el viento, proveniente desde más afuera, insistía en

llamarla por el nombre de su melancolía.

SÁBATO

Descendió al túnel en pos de alguna salida. Cuanto más avanzaba, más reconocía las

prominentes paredes; no tardó demasiado en percatarse que la penumbra nunca había

estado “bajo tierra".

CORTÁZAR

La rayuela contaba con un casillero más, señalado apenas con tiza invisible. Quienes

conseguían alcanzarlo no llegaban al cielo; en un santiamén resurgían en el primer salto

con la acentuada sospecha de haber vivido otra vida entre un pie y el otro.

NERUDA

Esgrimió una oda para una piedra. Al concluir, la piedra comenzó a recordar que alguna vez

había sido montaña. Algunos ancianos llamaron poesía a esa secreta modalidad de

devolverles el pasado a las cosas.

HEMINGWAY

El viejo volvió a aquel mar sin redes, sin anzuelos, ni esperanza. Con sus rugosas manos

vacías, fue la primera ocasión que el océano no consiguió arrebatarle nada.

HOMERO

El aedo cesó su canto tras concluir la guerra y los héroes debieron desaparecer al instante.

Desde entonces, cada poema se desvive en pos de un combate para seguir existiendo.

NICANOR PARRA

Al “chileno terco” le dio por colgar un poema al revés para que nadie pudiera leerlo

solemnemente. Los críticos lo enderezaron, (diariamente), durante años. El poema,

entretanto, aprendió a caminar de cabeza.

ALEJANDRA PIZARNIK

Germinó una palabra tan minúscula que hasta el silencio no se contuvo en habitarla. Desde

entonces, cada vez que alguien intenta pronunciarla, únicamente consigue escuchar el eco

de una infancia que jamás tuvo lugar.

KENZABURŌ ŌE
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Aquel bosque conservaba intacta la memoria de los vencidos. Los hombres entraban para

olvidar; los árboles, en cambio, les regurgitaban cada nombre caído con la paciencia de la

lluvia. Solo quien aceptaba cargar tamaña memoria encontraba, al salir, un porvenir menos

ciego.

OCTAVIO PAZ

Procuró el centro del laberinto convencido de que allí le aguardaba, al menos, el silencio. Al

arribar y descubrir allí un espejo, supo que toda soledad no puede ser más que un diálogo

pronunciado en voz baja.

CHARLES BUKOWSKI

Apuró el último trago antes del amanecer. El alcohol no había vencido a la tristeza; apenas

la había vuelto legible. El grotesco cantinero cobró la cuenta. La noche pagó el resto.

DOSTOIEVSKI

Confesó un crimen que jamás cometió. El juez lo absolvió. Fue entonces cuando comenzó

el verdadero castigo: demostrar cada día su inocencia ante su propia conciencia.

LOVECRAFT

Abrió un libro oscuro cuya última página estaba escrita antes de la primera; no describía

cosmogonías malévolas, ni monstruos; sí explicaba, con intolerable lucidez, por qué a los

hombres les urgía darles vida.

EDGAR ALLAN POE

El cuervo regresó muchos años después.Pero no emitió su «Nunca más», sino el nombre

del poeta. Bastó ese único apelativo para que la habitación se abarrotara de sombras.

ALFREDO ZITARROSA

Cantó con un “son” tan hondo que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y

empezaron a regresar a la infancia. Desde entonces, cada milonga recuerda una patria que

aún entonces busca a sus hijos.

MARLON BRANDO

Interpretó tantos nombres que terminó olvidando el suyo. Una noche, ante el espejo,

descubrió, sin asombro, que el único personaje imposible de representar era, en efecto,

quien lo observaba desde el otro lado.

ULISES

Ulises retornó cuando Ítaca ya había aprendido a vivir sin él. Nadie discutió el peso de su

nombre ni de sus cicatrices. Sólo cuando, al alba, el mar insistía en golpear la costa como

un perro abandonado, vislumbró que los viajes no concluyen al arribo, sino cuando dejan de

esperarnos.

CAPITÁN NEMO

Sumergió su nave al punto que el océano empezó a asemejársele al cielo. Allí descubrió

peces transparentes, montañas dormidas y ciudades que jamás aprendieron la palabra

patria. Comprendió que el verdadero naufragio tiene cita en la superficie de las aguas, sobre

la tierra; allí donde los hombres respiran y aun así se ahogan con facilidad extrema.
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LA BALLENA DE AHAB

Ahab dió finalmente con su ballena. La escrutó en silencio por horas sin levantar el arpón.

Moby Dick mostraba en sus ojos el mismo cansancio que él. Acaso, en ese ínterin, ambos

prefiguraron que la venganza siempre forja dos o más monstruos, pero ninguna victoria.

MARTÍN AQUINO

Aquino conocía mejor los caminos del monte que los de la ley. Cada árbol recordaba su

nombre; cosa que ningún expediente pudo hacer. Cuando, revólver en mano, pereció ante

las descargas de las carabinas, con suma indolencia los jueces cerraron y archivaron el

caso. Los pájaros, en cambio, siguieron declarando su gesta todas las mañanas venideras.

CHARLES CHAPLIN

Pese a perder su bastón, nadie notó, en el vagabundo, tal ausencia; este se mantuvo

caminando con la misma obstinada elegancia. Así, varios percibieron que la dignidad no

reside en un atavío u objeto, como en la forma de sostener una sonrisa en tanto el mundo

delibera y ensaya su crueldad.

WOODY ALLEN

Woody pasó una tarde entera buscando el sentido de la existencia; lo encontró, antes de la

merienda, en un bolsillo del saco, junto a un boleto de cine vencido. Lo devolvió

inmediatamente, entendiendo que algunas respuestas envejecen más rápido que aquellas

interrogantes que las gestan.

HARRY POTTER

Y llegó el día en que nuestro bueno de Harry hizo añicos, en un pasillo de Hogwarts, su

portentosa varita. Luego explicó que no llevaba a cabo aquel acto por desánimo a la magia

en sí, sino tras razonar que el hechizo más difícil consistía en aceptar un mundo incapaz de

obedecer nuestros deseos. Desde aquel día los milagros no dejan de suscitarse sin hacer

ruido.

AKIRA KUROSAWA

El cineasta filmó una tormenta. Cuando concluyó la escena, los actores regresaron a sus

respectivos hogares, pero la lluvia insistió en quedarse dentro de la película. Ahora sucede

que, cada vez que el filme es exhibido en una sala de cine,no hay espectador que no

abandone el cine con un poco de barro en sus zapatos.

HAYAO MIYAZAKI

Desde que dibujó una grulla que, al final, se negó a vivir sobre el papel, los niños

comenzaron a mirar el cielo con una sospecha feliz. Algunos adultos aseveraron que era

pura imaginación; los árboles y las nubes nunca estuvieron de acuerdo.

MARILYN MONROE

En la escena apagó todas las luces para apreciarse sin reflejos y constatar que la belleza

también proyecta sombras, así como los aplausos nacen de un idioma incapaz de

pronunciar la palabra compañía. Al despuntar el sol volvió a sonreír. Hollywood jamás notó

la diferencia.
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HERMAN HESSE

Sembró un árbol en medio de una biblioteca. Algunos lectores protestaron por las raíces

que levantaban el piso, sin concebir, jamás,que los libros también necesitan tierra para

crecer hacia adentro.

TORRES GARCÍA

Reacomodó el mundo al revés al punto de hacer protestar a los mapas y enmudecer a las

brújulas. Nadie más que los niños reconocieron que el norte nunca fue un emplazamiento,

sino una recurrente costumbre excesivamente orgullosa para admitirlo.

CHÉJOV

Dejó un fusil sobre la pared y abandonó la habitación. Durante toda la historia los mismos

personajes aguardaron, impacientes, un disparo que nunca llegó. Tarde descubrieron que la

verdadera tragedia residia en aguardar un improbable destino que tal vez nadie escribió.

JOKER

Clausó su risa una sola tarde. Gotham creyó haber vencido. Pero el silencio resultó más

contagioso que cualquier carcajada. Desde aquella variación no hubo quien no desconfiara

de su propia felicidad.

ORSON WELLS

Orquestó un colosal ardid radial con tanta belleza y sutileza que el mundo prefirió llamarla

verdad. Pese a confesar el engaño, años después, era demasiado tarde: las mejores

ficciones no necesitan ninguna clase de permiso para convertirse en memoria.

EL RETRATO (Oscar Wilde)

Tras perecer el último hombre verdaderamente hermoso, todos los espejos amanecieron

empañados. Al cabo de semanas nadie consiguió verse el suyo en ninguno, por grande o

diminuto que este fuera. Al limpiar, una vez más, la luna en uno de ellos una joven notó que

no la reflejaba como debiera, sino como aquello que había resguardado con mayor esmero.

Desde entonces comprendieron que el retrato siempre había estado del lado del cristal.

LA CAVERNA (Platón)

El prisionero escapó de la caverna y contempló el sol. Regresó e intentó describir la luz

descubierta. Los del interior lo asesinaron con piedras cuidadosamente pulidas. Siglos

posteriores, aquellas mismas piedras acabaron siendo exhibidas en un museo bajo el

encumbrado rótulo: «Génesis de la filosofía».

EL LABIAL (Manuel Puig)

Ella nunca escribió, precisamente, cartas de amor; prefería dejar la marca del lápiz labial en

las tazas de café que bebía. Décadas después, cuando demolieron la casa, los obreros

hallaron cientos de besos fosilizados en la loza, sin que nadie encontrara una sola palabra

que pudiera explicarlos.

EL CISNE (Rubén Darío)

El último cisne abandonó su lago porque el agua había aprendido a reflejar únicamente

suertes de panfletos o bien anuncios publicitarios. Alzó entonces, su majestuoso vuelo,
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hacia un cielo sin metáforas. Aquella misma tarde la poesía inauguró su escritura en prosa

para sobrevivir a cualquier otro embiste o embuste esnobista.

EL ARMARIO (Stephen King)

Al oscurecer el armario respiraba lo mismo que un ser vivo. Nunca salía nada de él;

tampoco entraba nadie. El verdadero horror consistía en que cada amanecer, tras abrir mis

ojos, conservaba un recuerdo menos de mi infancia. Cuando por fin me anime a abrir la

puerta, descubrí sentado al niño que había sido una vez, sentado y envejeciendo en mi

lugar.

LOS HETERÓNIMOS (Fernando Pessoa)

Durante años convivieron sin discutir. Cada uno despertaba con un nombre distinto y una

biografía irreprochable. El contratiempo surgió cuando el cuerpo pereció. Ninguno de ellos

quiso asistir al sepelio de los otros.

LA ISLA (Reinaldo Arenas)

Fugó de la isla surcando el mar nocturno sobre un precario gomón. Al arribar al continente

descubrió que la aduana registraba también los sueños de los visitantes. Pensó, con

perspicacia, que el océano nunca rodeó la tierra, como a la memoria.

EL INVENTOR (Roberto Arlt)

Construyó una compleja máquina destinada a fabricar esperanza barata. Contra cualquier

pronóstico,funcionó tan bien que quebraron todos los vendedores de ilusiones. De pura

casualidad, una noche descubrió que la máquina consumía, como combustible, el futuro de

quien hacía uso de ella.

MACONDO (Gabriel García Márquez)

Cuando desapareció el último habitante de Macondo, las mariposas amarillas siguieron

llegando puntualmente cada primavera. Revoloteaban sobre casas y jardines inexistentes,

saludaban fantasmas meticulosos y regresaban al horizonte. La memoria, supimos junto al

prodigio, también posee instinto migratorio.

EL TESTIGO (Truman Capote)

Toda la ciudad aseguraba conocer al asesino. Asimismo, nadie pronunciaba su nombre

porque todos dependían de él para recordar quiénes eran. El juicio terminó sin culpables y

lo que llaman “verdad” abandonó la sala escoltada por el silencio.

EL JARDÍN (Lezama Lima)

Plantó una palabra en el centro del patio, donde brotaron árboles de sintaxis exuberante,

pájaros con plumaje barroco y frutos imposibles de pronunciar con una sola lengua y

paladar. Los vecinos perjuraban que aquello era una “selva”. Pitando su habano, él insistía

en tildarlo de “diccionario".

EL ASCENSOR (Mario Levrero)

El viejo ascensor se detenía, no por viejo, siempre en un piso inexistente. Nadie descendía,

ni nadie subía. Una madrugada reuní valor y crucé aquella puerta. Mi apartamento estaba

allí, esperándome, pero habitado por aquella persona que habría sido si jamás hubiera

sentido miedo.
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LA MAGDALENA (Marcel Proust)

Probó un trozo de pan endurecido y no recordó la infancia, sino todos los futuros que había

desperdiciado. Esa fue la forma en que descubrió que la nostalgia no siempre viaja hacia

atrás.

LA BIBLIOTECA

El avezado bibliotecario clasificaba aquellos libros de acuerdo al número de lectores que

habían llorado sobre ellos. Existían estantes enteros dedicados a lágrimas discretas. Los

volúmenes completamente secos permanecían cerrados con llave, pues, se sabía, eran los

más peligrosos.

EL RELOJERO

El anciano reparaba únicamente relojes detenidos a la hora de una despedida. Decía que el

tiempo roto hacía menos ruido. Cuando murió, encontraron sobre su mesa un reloj sin

agujas. Era el único que seguía funcionando.

Darío Amaral
BREVIARIO