*A Sebastian Rivero
"Los caminos recuerdan cuanto los hombres olvidan."(Canción romaní)
Sobrevinieron con el inadvertido mutismo de la bruma crepuscular, fumando sus toscos habanos, arrellanados y envueltos en unos mantones de pieles sobre los pescantes de sus carromatos circense tirados, cada uno, por un par de tubianos espectrales.
Lo recuerdo bien, porque tras su aparición, (la oscura hora de los grillos y luciérnagas), el cimarrón de mi vecino aulló sórdidamente hasta hincharse como un globo y perecer con su lengua azulada; además el cielo se tiñó de súbito de un color raro, una especie de gris amarillento que parecía anunciar una tormenta que asimismo jamás llegó.
No tardaron en izar las raídas lonas de las carpas estaqueadas en el baldío detrás del viejo frigorífico; las acondicionaron a la perfección sin que nadie los viera o escuchara hacerlo. Al otro día, el terreno que había permanecido por años desolado, amanecía instalado y moteado por una o dos fogatas demarcadas con piedras blancas, caballos y ropas colgadas entre postes improvisados.
Su fortuita presencia en el paisaje pueblerino, como se preveía, no tardó en azuzar algunos rumores chapuceros entre los residentes.
Entretanto mi abuela Estela, que estaba un poco senil, me requería a cada rato para asegurarme que cualquiera de aquellos foráneos sabía leer el destino de los mortales impreso en las lineas de las manos; el almacenero Luis aseguraba que no eran más que unos “ladinos embusteros” y “soberanos malvivientes” de quienes debíamos cuidarnos.
Por su parte, Anselmo, que era el único camionero del pueblo, juraba y perjuraba haber visto a una de las mujeres gitanas platicar buenamente con alguien muerto que levitaba al costado de la ruta de ingreso al pueblo, la noche previa a su arribo.
Yo no creía demasiado en esa suerte de habladurías; pero también era innegable mi boyante curiosidad por la condición peregrina y extravagante de los recién venidos.
Decidí, en primera instancia, empezar a espiarlos sigilosamente; a escucharlos hablar en su dialecto y cantar con sus címbalos y guitarras flamencas desde la segunda noche.
Sus cánticos, que no eran ni animados ni taciturnos, se
colaban por las aberturas de mi casa, entre las cortinas, arrastrados por el viento, dando la sólida impresión de haber sido interpretados en tantas veladas, que se percibían anacrónicos o provenientes de un sitio remoto, anterior, incluso, a la memoria.
El decurso monótono de los días en el campamento gitano, me alentó a estrechar mi distancia observacional y detenerme en una de las mujeres que, con su floreado vestido entallado y su turbante negro, seguía la rutina inveterada de sentarse junto al fuego y replicarle, a su crepitar, inteligibles reprobaciones.
La gitana era mayor, aunque no de esa modalidad habitual en que envejece la gente promedio; más bien parecía consumida por alguna otra cuestión inaccesible al ojo vulgar.
Su piel tenía la tonalidad de la hojarasca mojada y sus ojos eran tan ennegrecidos como un par de grutas insondables.
La vez que logré hablarle dijo, primero ella, con toda llaneza:
—Llegué a creer que no llegarías nunca.
Sentí, entonces, una incomodidad instintiva.
—¿Usted, acaso me conoce?
—Todavía no. Pero sentate para intentarlo.
Me señaló un tronco reseco junto a ella. Cedí a su proposición porque, en aquel instante, tuve la impresión de que negarme podía resultar, de alguna forma, el más contraproducente contacto inicial.
Permanecimos allí durante unos minutos que se me figuraron eternos, sin otra compañía y sin dirigirnos la palabra; viendo y escuchando únicamente al fuego arder y los relinchos de los tubianos pastando en el extremo opuesto del campamento.
De un momento a otro no tuve cómo no advertir lo novedoso en la eventual apariencia de las danzantes flamas que tenía por delante.
Su luz intensa proyectaba sombras sobre la tierra, sobre las carpas, los caballos, las ropas colgadas y hasta sobre las ruedas de los carros varados; pero no sobre la figura de aquella gitana.
Debí mirar dos o tres veces aun para convencerme que no había nada detrás de ella; ni siquiera oscuridad. Sólo suelo desnudo, como si careciera de un cuerpo sólido, capaz de generar una sombra natural.
Un tanto inquieto, pretendí comentarlo; pero cuando levanté la vista ella sonreía, con unos enormes dientes recubiertos de oro, tal como si hubiera sondeado el calibre de mis pensamientos.
Me despedí con un superfluo “adiós” y no volví al campamento durante varios días.
Acabé convenciéndome de que el incidente había sido una ilusión, un efecto de la luz y hasta una tontería sin mayor alcance.
Pero las canciones gitanas no cesaron de arribar desde el campamento. Y con ellas sobrevinieron aquella serie de sugerentes sueños nocturnos. Al principio consistían en difusas impresiones referentes a fogatas desmedidas y a caballos tubianos huyendo despavoridos por senderos flanqueados con árboles exóticos. Después se tornaron en algo más preciso e inquietante. Y en ellos, casi siempre, descubría una mano infantil escurriendo un pañuelo ensangrentado sobre unas brasas que, antes de apagarse, emitían gemidos de humanos. Escuchaba también voces rezando plegarias incomprensibles. Descubría una variedad de rostros deformados por curiosas cicatrices, que luego se reiteraban sobre otras epidermis como en un desfile de máscaras medievales.
Al despertar la sensación de repulsión se negaba a abandonarme, como si, en algún tramo, hubiera omitido algo relevante o imperdonable.
Una madrugada soñé con la marcha de una caravana, encabezada por un carromato que cargaba un enorme espejo cubierto, hasta la mitad, por una tela negra que el viento zarandeaba. Aquella luna oval de cristal no devolvía otra cosa que la humareda de un fuego inexistente.
Desperté empapado en sudor y gimoteando sin saber la verdadera razón o sentido de lo soñado.
Por ello, aquella misma tarde, me sentí impelido a regresar al campamento en busca de alguna respuesta, al menos, un tanto más persuasiva.
Junto al fogón, la mujer parecía estar hace rato aguardándome, como al principio .
—Ya empezó, muchacho —dijo.
—¿Qué es lo que empezó?— le repliqué.
—Pues, la memoria, mi amigo.
Al igual que las otras ocasiones, no entendí. Nunca entendía lo que aquella gitana expresaba, aunque con cada regreso presentía, al unísono, estar acercándome a algo esencial; como quien se dirige hacia una habitación en penumbras donde es aguardado desde hace décadas por algún motivo puntual, aunque nunca develado, más que tácitamente.
Por otra parte, y aunque mis dudas prevalecieron, el resto de los gitanos aceptó o se resignó a mi presencia, sin mayor protocolo, con humana naturalidad.
No intentaron pesquisar quién era, ni por qué solía aparecerme con frecuencia en el campamento como quien por su casa; simplemente me dejaban ser yo mismo y merodear por los alrededores, sin cuestionar el motivo.
En mi intromisión fisgonee en sus tradiciones más patentes, como las suculentas comidas de olla compartidas sobre un gran pelego oscuro previamente santiguado; las consuetudinarias celebraciones donde modificaban su indumentaria y las mujeres se abarrotaban de alhajas y se soltaban el cabello que ahumaban junto a las fogatas antes de “tirar” las cartas. Pero, sin buscarlo, también presencié aquellas discusiones familiares, generalmente vinculadas a la administración de los víveres y el efectivo que, sin embargo, nunca parecía escasearles. Inclusive asistí a las interminables y fastuosas celebraciones de bodas donde la consigna parecía consistir en no mantenerse sobrio, ni en pie hasta la hora crepuscular.
Otra cosa eran los funerales. Presenciar uno rozaba, en todo sentido, lo supraterrenal; la estrecha experimentación de un viaje en bucle a la extrañeza.
En el que estuve empezaron las exequias con la incineración de la mayoría de las pertenencias del difunto; su ropa, fotografías sepias, cartas y enseres personales.
Al preguntar sobre la quema, un hombre de luto y barba blanca con sombrero respondió sin preámbulo:
—Se entiende, mi amigo, que es para que el agasajado se tarde en descubrir el camino de retorno.
No supe, entonces, si reírme; por lo que, tras ensayar un afectado saludo a los deudos me retiré, desconcertado, de la improvisada carpa velatoria.
Aquella noche soñé con mi padre, que había muerto hacía como unos diez años atrás de un paro cardíaco mientras dormía.
El hombre, que en nada se asemejaba a un espectro, se dejaba ver sentado apacible, en una silla de la cocina, con los ojos cerrados y las manos rugosas, cubiertas de anillos y pulseras de oro, apoyadas sobre la mesa de madera.
—No vuelvas a ese lugar, muchacho —bramó de pronto destrabando los dedos, con tal gravedad que consiguió arrancarme del sueño sobresaltado.
El reloj marcaba apenas las tres y diecisiete de la madrugada, por lo que volví a dormirme sin dificultad.
Al cabo de tres noches consecutivas, proseguí soñando exactamente lo mismo, sin la más nimia variación.
La cuarta noche dejó de aparecer la imagen de mi padre; sustituida por el enorme espejo oval, esta ocasión en el centro de una habitación familiar sin la tela y reflejando, en lugar de humo sin fuego, el rostro compungido de un niño con mis idénticas facciones.
Me arranqué de la pesadilla gritando, cual náufrago en una inundación plagada de broza flotante.
A la mañana siguiente fui directamente al campamento.
Como supuse, la gitana me estaba aguardando sentada en su tronco junto al fuego.
—Quiero ver el espejo— me nació decirle sin más digresión.
Entonces, por primera vez, vi su sonrisa inicial desdibujándose poco a poco hasta alcanzar un rostro apesadumbrado.
—Nadie quiere verlo de verdad.
—Yo sí quiero.
La gitana contuvo sus palabras bajo su halo de extravagancia. Después se levantó y decidido seguí sus pasos.
Atravesamos las carpas, los caballos y los carromatos.
Llegamos hasta un colorido carromato apartado del resto, que no había visto antes.
La puerta trasera estaba cerrada con una cadena oxidada, aunque sin candado.
La gitana subió con lentitud los peldaños y la abrió.
Ingresé sigilosamente tras ella.
Encontramos el espejo ocupando casi toda la pared del fondo del carruaje.
Al constatar que se trataba del espejo de mis sueños sentí que el aire se me fugaba del pecho.
—Acércate.
Así lo hice.
Aguardé, entonces, ver mi reflejo en la luna oval, pero nunca apareció.
En su lugar vi surgir a aquel niño, corriendo por entre las carpas y riendo mientras jugaba a dar saltos como un canguro.
Detrás de él caminaba una mujer joven; más atrás un hombre.
Después otros rostros. Decenas de ellos; todos familiares y desconocidos a la vez.
De pronto, algo se movilizó en mis adentros; un recuerdo. Después otro.Y otro más.
Allí mismo comencé a temblar y la imagen terminó por mutar soberanamente.
Ahora contemplaba el advenimiento imponderable de una epidemia.
Gente enferma por doquier; cadáveres tendidos en fila y una seguidilla de entierros.
Al fijarme en una mujer que lloraba desconsolada, comprendí de quién se trataba. Era mi madre; pero no la misma dama que me había criado todos estos años.
Reconocí que aquella mujer, que creía no haber visto antes, compartía una misma sangre.
Retrocedí un paso y el espejo continuó develándome más escenas de esa infancia alterna en la que me veía corriendo y saltando sobre las estacas que afirmaban las carpas del campamento gitano y sorteando las ennegrecidas ollas colgadas sobre las fogatas. En un momento, recordé cada una de aquellas canciones romaníes, al igual que las manos y rostros de sus ejecutores.
Las imágenes resurgian como en una germinación de la voluntad y se concertaban, en una secuencia incomparable, como en el plano de una pantalla.
Allí se vio el desencadenamiento de una enfermedad y la blasfemia de su peso impiadoso desprendido sobre un clan gitano.
Luego la enrevesada decisión de entregar al huérfano sobreviviente a alguna proba familia del pueblo; seguido del ritual de la despedida y la voz serena de alguien emitiendo palabras al viento, que recién ahora adquirían sentido y podía entender íntegramente.
Palabras bienintencionadas, aunque destinadas a cercenar y a enmendar una contrariedad con nombre y apellido, pero sin cepa inmediata sobre la tierra.
Todo aquello que yo había sido y, como fuera, no volvería a ser…
Caí de rodillas cuando percibí que algo remoto y oscuro se abría dentro de mi cabeza, al igual que una herida a las constelaciones estelares.
Entonces irrumpieron las voces. Primero una, luego dos; después cientos de ellas, horadando mis tímpanos.
No eran gritos; tampoco lamentos. Sino recuerdos; historias, fragmentos de existencias con nombres propios, pronunciados con insistencia.
La mujer observaba junto a mi, en silencio.
—¿Qué es lo que me está ocurriendo?
—Te están encontrando.
—¿Quiénes?
—Todos ellos.
De nuevo, no la entendí. O quizás sí lo hice; porque una parte de mí ya lo sabía.
La parte que había permanecido somnolienta o latente durante años, y que en aquel momento acababa de despertar, al igual que un amanecer.
Cuando recuperé la conciencia me descubrí tendido sobre la tierra húmeda.
Miré a mi alrededor y el campamento gitano, junto con sus carpas, carromatos, caballos y fogatas, había desaparecido.
No había registros de huellas, ni una nimia ceniza en el baldío.
Corrí descalzo hasta el pueblo y atiné a preguntar por ellos.
Nadie recordaba haber escuchado nada; ni siquiera aquellos pobladores que habían hablado durante semanas acerca de su venida y acampada detrás del frigorífico.
Era como si jamás hubieran existido.
Durante años intenté convencerme de que, posiblemente, había sufrido algún tipo de episodio mental, alucinatorio o amnésico, o algún tipo de colapso nervioso. Cualquier explicación parecía servirme de momento, excepto la verdadera. Porque esa nunca dejó de acompañarme en mi fuero más interno.
Allí, Las voces persistieron instaladas o grabadas, junto con los rostros y nombres.
Al principio fueron murmullos. Después se tornaron más inteligibles, hasta llegar a escucharlos, como ahora, con pasmosa nitidez.
Puedo expresar, incluso, quiénes son, dónde nacieron, qué cosas amaron y cuáles el destino les vedó en tanto los mantuvo convida.
Los llevo a todos dentro y me arden tanto como las llagas provocadas por el roce de una de sus fogatas.
Otras noches, sucede, que sueño con la mujer sentada junto al fuego, escrutándome en silencio o aguardando tal como si supiera efectivamente cuanto yo ignoro.
Quizás eso sea cierto, o tenga cabida, considerando lo ocurrido anoche mismo.
Mientras escribía estas páginas sucedió que, en un momento dado, escuché la emisión de un nombre entre tantos otros.
Uno solo. El mío. No el mío actual, sino otro; mucho más antiguo.
Lo escuché reiteradas veces, al igual que un eco, hasta comprender que aquella mujer gitana tampoco había sido la primera; así como yo tampoco sería el último.
Porque, al fin y al cabo, no somos sino los frágiles eslabones de una compartida e inacabable cadena vital.
Una especie de memoria que transita de un cuerpo a otro, con un archivo palpitante condenado a recordar lo que el mundo olvida.
Ahora las voces ganan en intensidad.
Y aunque no les temo, sí temo empezar a olvidar mi rostro y más;
porque esta misma mañana, ciertamente, no reconocí mis manos a la luz del sol.
Porque anoche soñé de nuevo con una carretera y una ciudad que no conozco, y porque, mientras esgrimo estas últimas líneas, ya ni siquiera albergo la certeza de llamarme, acaso, como creo que me llamo. Y ello, acaso, sea lo menos importante.
Darío Amaral
(*Sebastian Rivero: Nacido en Colonia del Sacramento en 1978. Docente, poeta, investigador y miembro de la Academia Nacional de Letras; Premio Nacional de Literatura en poesía inédita 2023.)
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura
en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en
diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile,
México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y
radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por
el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la
Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo
en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol
Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-
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miércoles, 10 de junio de 2026
Gitanías Por Darío Amaral
TROTEA. Por Dr Leiza De Los Santos
Los indios nuestros nunca iban al paso, al tranco.
Siempre iban en un galopón. Al trote chasquero.
Así iban entrenando continuamente a sus caballos.
" Vaca de taba insegura, muerte segura " "Vaca entumida y blanda, se cae y no se levanta ..."
"Vaca movida, encanillada, no se cae en las aguadas..."
Dichos de nuestros Troperos
Indios, Gauchos....
Sabiduría ancestral.
Nosotros podemos copiar la idea.
No andar caminando despacio. Al paso. Trotar siempre cuando nos trasladamos dentro de nuestra casa.
Y si estamos parados, trotar en el lugar.
Si siente frío, trotea !!!
Hasta que se nos haga una costumbre.
En invierno calentaremos el cuerpo de forma natural .
Mejoraremos todo.
El metabolismo, la circulación, los músculos, todo el cuerpo.
Sin necesitar calefacción de hoguera ni aire acondicionado.
Solo calefacción interna.
Nuestro cuerpo caliente será nuestra propia estufa.
La mejor.
COMO UNA ESPADA . Por Dr Leiza De Los Santos
Alinear la respiración con la vista y con la mente.
La mente concentrada en una idea. En un concepto.
Los ojos concentrados en un punto.
La respiración concentrada en el aire que pasa lentamente rozando las narinas .
El chakra de la punta de la nariz alineado con el chakra entre las cejas y con el chakra del centro de la frente.
Una línea vertical vibrando.
Filosa como una espada.
POBRES y RICOS. Por Dr Leiza De Los Santos
Decía muy bien Confucio: Antes de hablar debemos definir los términos, para que las palabras signifiquen lo mismo para los dos para así poder entendernos.
Se asocia el concepto de pobreza a la falta de dinero.
Pero se puede ser pobre de muchas maneras .
Y se puede ser rico de muchas maneras diferentes
Se puede ser un " pobre hombre rico" que en su pobreza humana de virtudes y valores solamente ostenta su posesión de dinero .
Casi seguro que heredado de sus mayores. Mérito ajeno.
" Hijo de padre guapo nace cansado " decían con sorna antes.
Si este haragán pierde su dinero, su pobreza será absoluta. Su vida en adelante será una simulación.
Creerse que aún sigue siendo Don Fulano.
Pero será un ser imaginario.
Mental y físicamente. Porque no sabe hacer nada. Será una persona desnuda. Desnuda de todo . Interior y exteriormente.
Gente que camina con la nariz respingada, estirada artificialmente, como haciendo una " higiene de columna vertebral" para poder soportar el peso autoimpuesto de tanta pedantería.
Que compran un reloj de oro para ostentar.
Una moto ruidosa, un auto brillante y andan a velocidad para intentar decir Aquí estoy yo.
O tienen la suerte de heredar una fortuna o de sacar el 5 de oro.
El tiempo dirá a manos de quién fue a parar tanta riqueza.
Si a Ostentación y Presunción que va camino corto a la Dilapidación o a un ser auténtico, precavido y mantenedor.
El dinero no es todo.
He visto señores en alpargatas y bichicomes en autos poderosos y grandes mansiones.
Don viene de doño que significa " dueño, dueño de " .
Algunos saben cuánto tienen.
Otros no tiene idea de adentro de sí cuánta riqueza atesoran.
Mis grandes Maestros fueron todos gente que se imponía y se obligaba conciente y voluntariamente a sí mismo a ser sencillo y que hacían de la Sobriedad una Manera de Ser.
Se puede ser dueño circunstancial de dinero o dueño eterno de virtudes y méritos que nos conviertan en un Señor. Cada uno elige.
lunes, 8 de junio de 2026
Pare de Sufrir Milton Romani Gerner
La Iglesia Universal del Reino de Dios (Pare de Sufrir) cuenta con una vasta red
internacional en 134 países. En Uruguay, posee 48 sedes en todo el país en 30 años de
actividad 1 Reúnen miles de fieles. No sabemos si el marketing y televisación sobre las
sanaciones milagrosas es efectivo. Se sabe, si, que tienen una excelente recaudación con
el diezmo que aportan sus fieles. Y de las inversiones lucrativas que hacen con mucha fe.
Son investigadas por lavado de dinero. Al igual que Misión Vida, Beracca.
¿El opio de los pueblos?
Si. Para calmar los dolores del cuerpo y del alma. Claro que si. Los opiáceos en principio,
estan excluidos de la prohibición de las Convenciones sobre Drogas. Pensar que los que
buscan refugio allí son todos ignorantes y analfabetos es ceguera dogmática.
Buscan, efectivamente, parar de sufrir. Le sirve a todos? Algunos si, a otro no.
La temeridad de signo contrario de afirmar que las religiones resuelven mejor el problema
de adicciones es un gesto político que no se adecua ni a la evidencia científica ni a la
pragmatica. Es un bolazo.
Nancy Cardoso, obispa metodista feminista, expresaba: “La gente va a buscar elementos
por los que expresarse, porque no ve condiciones creativas de participación en los
procesos sociales de cambio. (...) Las iglesias son una respuesta a esto. Opio, paraíso,
analgésicos. Después está lo que queda en los territorios, que es la milicia, la policía y el
tráfico de drogas. Todo eso es contra los pobres en los territorios”
Es de celebrar que la Junta Nacional de Drogas haya convocado nuevamente a todas las
iglesias y credos serios que trabajan en territorio y en comunidad. Desde los esfuerzos
que hicimos desde el 2005 para garantizar el derecho a la salud desde un Estado
presente, realizamos en el 2008 una convocatoria similar con gran afluencia. Realizamos
formación combinando a las iglesias con los equipos barriales. En el exclente local cedido
por el Centro Soka Gakkai. Es el diseño de Terapia de Base Comunitaria con los
dispositivos ALEROS y que es un modelo que sirve a mucha gente. A otros no.
Conversando en la calle. El mal trato.
Nélida, 59 años, víctima de violencia de género. Casada durante muchos años, nunca
pudo, nunca supo, eludir el yugo patriarcal que la negaba su ser individual.
Lo vive con culpa. Doble culpa. No tiene experiencia laboral. Hace limpiezas. Cuida
niños/as. Se cansa. Tuvo un ataque de pánico. Depresión. Acudió a una sala de
emergencia. Como solución de choque, la médica de guardia, le tiró un vaso de agua en
la cara. La entrevista fue un tanto escueta. No le hicieron ECG para descartar infarto (está
en todos los protocolos) ni le preguntaron si tenía ideas de muerte o había pensado en
sucidarse. Pase urgente a psiquiatría
A los dos días la consulta: ¨Solo debe tomar el antidepresivo. No tome ni clonazepam, ni
el somit para dormir¨ Nélida insiste: ¨solo tomo un cuarto de clonazepan cuando siento
que puedo repetir el ataque de pánico¨ Respuesta insólitamente naturista ¨Si Ud. siente
que puede repetir el ataque, toma una bolsa de papel, respira dentro de ella y se pone al
sol. Tiene que aprender a manejar esos ataques¨ No le dijo que hacer en caso que
estuviese nublado. Tampoco la interrogó sobre ideas de muerte o de auto eliminación.
Menos aún si lo había planificado, si vivía en pisos altos, si estaba sola, si tenia armas de
fuego. Si había algún antecedente familiar o lo había intentado en alguna otra
oportunidad. Nada. Rapidito y afuera. Sacar numero para otra consulta o cambiar de
psiquiatra tiempo de espera: dos meses. Para psicoterapia primero debe pasar por un
Comité de Recepcion. Salud mental y autoeliminación ¿prioridades nacionales?….¿Asi?
Nélida, encontró apoyo y buen trato en Comuna Mujer.
Por el camino del señor
Con el Apex Cerro en el 2002 participamos de la construcción comunitaria de una red de
48 merenderos. Con una movilización social que contó con heroínas, si heroínas. Se
destacaron las mujeres. La Dra. Teresa Briozzo, directora de la Policlínica Municipal La
Paloma, la Maestra Alicia Viotti al frente de la escuela Ana Frank, Pelusa de Cerro Norte,
la Pastora Marta Galeano, Raquel Falero (con Jorge Bentancor) del Movimiento de
Usuarios de la Salud del Cerro. Era una colación de esfuerzos. Estaba la Intendencia de
Montevideo, la comunidad organizada, la Universidad con docentes y estudiantes y los
grupos de la Parroquia Fátima, la Casa de la Amistad de la Iglesia Metodista del Pastor
Cardozo.
En esa epoca, conversando en la calle, con una piba de 23 años, 4 hijos, en el Barrio 1o
de Mayo en Santin Carlos Rossi frente al Tróccoli, un purrete con pañales, que no tenía
mas de dos años, empezó a caminar solito y se alejaba. Le dije a la mamá: mirá que el
botija se te está yendo. La respuesta: ¨ahh si, es Daniel, va para el merendero. Ahora que
sabe ir solito, ya puede manejarse en la vida.¨ Hoy debe tener 26 años. Si no lo mataron,
si no está preso, o quizas zafó y entrega pedidos con una motito. O no, o se labró su vida,
porque no? Son inescrutables los caminos del señor. Una generación mas que creció en
la desigualdad.
Problema drogas compromiso de todos y todas.
A pesar de las indicaciones de la psiquiatra de Nélida, no hay tantas demandas de bolsas
de papel como si de ansiolíticos. ¨La Administración de Servicios Públicos del Estado
(ASSE) indica que se dispensaron 1.042.840 recetas de benzodiacepinas en 2021.
Son más de 2.800 prescripciones por día sobre una población de 1.493.531 usuarios 2
En las reiteradas encuestas del Observatorio Uruguayo de Drogas donde se aplica un el
AUDIT (Prueba de Identificación de Trastornos por Consumo de Alcohol) desarrollado por
la OMS se insiste en que es la primera drogas de abuso. Hay “ tres de cada diez
consumidores de alcohol del último año presentan uso problemático, ya sea por el abuso
en ingestas, consumo de riesgo, consumo perjudicial o dependencia. En términos
absolutos esto representa a 373.000 personas. Nadie puede negarlo esto forma parte de
un sufrimiento social que circula con mucho silencio y vergënza. Por otra parte son muy
pocos los dispositivos de atención integral en abuso de alcohol en el sistema de salud.
Sin dudas Alcholicos Anónimos es un recurso válido. Muy útiles para algunas personas,
para otras no.
Hay muchos profesionales médicos y no médicos, psicólogos/as, trabajadores sociales,
con sensibilidad, empatía y dialogo con sus pacientes. Atienden arrodillados en la calle 3 o
en diferentes sitios de salud publica, comunitaria o mutualistas.
Pero hay otros que no. Los ha ganado el mercantilismo y el desapego total. Construimos
un Sistema Nacional Integrado de Salud que sigue siendo un logro social de alto valor.
Siempre atacado, de afuera y de adentro. Hay perversiones en la salud que pueden tener
la gravedad de una septicemia generalizada. Usar el sistema para favorecer las
prestaciones privadas o promover los servicio VIP, las derivaciones para operar cataratas
u otras intervenciones hacia el mismo profesional que te atiende, pero en privado. Sino,
esperar tres o cuatro meses en su mutualista.
Unos mucho y otros nada, y no es casualidad
¿Faltan recursos? ¿Seguiremmos ajustando para abajo?. ¿Hasta donde? ¿No es siquiera
discutible la iniciativa de gravar con el 1% a los mas ricos? ¿Será como dijo Bergara, que
eso no resuelve nada? Puede haber otros ajustes que sumen a un Fondo de Emergencia
para la Pobreza. Porque es una emergencia. Hay que convocar a todos los actores.
Uruguay está entre los regímenes más generosos porque las empresas usuarias de
zonas francas (ZF) están exentas de IRAE, IVA, Impuesto al Patrimonio, IMESI y casi
todos los tributos nacionales, sin límite de tiempo mientras dure el contrato de usuario.
También están exentos los bienes y servicios que ingresan o salen de la zona franca.
El agro tiene varias exoneraciones y regímenes especiales: sustitución del IRAE por
IMEBA, exoneración del Impuesto al Patrimonio para personas físicas y productores
medianos. Insumos, bienes de capital y maquinaria agropecuaria que están exonerados
de IVA. Exoneraciones en contribución rural. Tienen regímenes promocionales
adicionales, incluyendo exoneraciones de impuestos a la importación de maquinaria,
deducciones por inversión y otros beneficios, en emergecias. La pobreza también es una
emergencia. Aporten. Algún día tendrá efectos, si ya no los tiene, en sus negocios.
Otros costos sociales
La Directora del INR Dra Mg Ana Juanche, dijo rotundamente ¨El costo de la reincidencia
penitenciaria asciende a 132 millones de dólares por año. Hace 40 años que no
resolvemos ni el tema de los reclusos, ni el de su reinserción. . Si ya gastamos un
presupuesto exorbitante para un resultado pésimo, necesitamos hacer cosas distintas”
¨Hay que aumentar y endurecer las penas¨ reclama una parte de la sociedad que recogen
varios políticos insensatos. No es nuevo. La Ley N° 16.707 de Seguridad
Ciudadana de 1995 modificó el Código Penal y de Procedimiento Penal para endurecer
penas. Introdujo cambios en la asociación para delinquir, elevó penas para rapiña,
homicidio y violación. El Pais de España, en abril de 2023, publicaba: ¨Uruguay triplica su
cantidad de presos en 20 años y ya tiene la tasa más alta de Sudamérica. Cuatro de cada
1.000 uruguayos están en la cárcel.¨
El modelo bukele genera tentaciones. Sin analizar nada. Ir por el camino de luchar por
nuestra esclavitud como si lo hicieramos por nuestra emancipación.
En 1972 Juan María Bordaberry envió al Parlamento la Ley de Estado Interno. Recortó
garantías constitucionales y habilitó la Justicia Militar para civiles. Fue la antesala del
golpe. Años despues, Wilson Ferreira Aldunate y Carlos Julio Pereyra dijeron:No fue un
pecado votar esa Ley. Fue un grave error. Era doloroso pera para el uruguayo medio la
tranquilida se había transformado en algo mas importante que la libertad¨
Nadie se salva solo
Vivir, sufrir, no es solo un problema de existencia económica. Lo económico es básico.
Pero vivir, es sentir. Ver y compartir ideas y afectos. Ser y estar en sociedad. Se sufre por
la carencia de ello. El amor y los sentimientos. Nos afectan de manera intensa y ocupan
lugares relevantes. Los vínculos son esenciales. El problema con las drogas es también
un tema vincular. La construcción de subjetividad es un debe de la izquierda. Siempre lo
pensó con rigidez economicista. Nunca lo registramos en términos políticos. Es hora de
integrarlos.
1 Tomado de Portal Montevideo
2 ¨Adicción silenciosa a ansiolíticos: más de un millón de recetas¨ de Delfina Midler en Que Pasa El Pais.
Publicado en la pagina web de la Facultad de Psicologia https://psico.edu.uy/presencias-en-
medios/adiccion-silenciosa-ansioliticos-mas-de-un-millon-de-recetas-en-2021-mercado
3 El Dr. Esteban Acosta es un psiquiatra que se ha destacado por brindar atención enfocada en el perfil
social y la vulnerabilidad de las personas en situación de calle como el dice, arrodillado al lado del sufriente
https://ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2023/4/el-amor-y-los-afectos-son-parte-del-programa/
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