A Gerardo Beyhaut.
Moebius
La noche se escurría en una sustancia mineral como la luz lunar sobre el bosque oriental, e inducía a los frondosos árboles invocar añejos e impronunciables apelativos acallados desde hacía tiempo. La brisa reptaba benévola entre los ceibos y coronillas en flor y, tras un crujido a rama seca, los grillos y ranas enmudecían conteniendo el pulso, mimetizándose con el exuberante paisaje.
Anahí, guerrero charrúa de andar sigiloso y mirada endurecida por innumerables lunas y contiendas, hizo un alto en su caza para ajustar el arco sobre el hombro izquierdo y acariciar el asta de una flecha emplumada con plumas de carancho. Al igual que los murciélagos en el desprovisto llano del mediodía, todo cazador sabe o presiente el riesgo de adentrarse solo con sus armas en la oscuridad del bosque; en un santiamén las zarpas del destino pueden emplazarlo en presa de aquello que no posee nombre premeditado.
Tras abrazarlo, su mujer se mantuvo en pie orando al dios y viendo cómo la penumbra devoraba lentamente al padre de su hijo. Pese al frecuente temor, ni esta ni las otras ocasiones intentó disuadirlo, porque las esposas de los cazadores charrúas saben que existen travesías cuya verdadera distancia resiste medirse en leguas o súplicas.
Anahí avanzó con instinto de yaguareté franqueando la maleza y siguiendo senderos invisibles. Cada raíz que pisaba parecía reconocer la planta callosa de sus pies; cada rama se inclinaba con una reverencia apenas perceptible y le disponía un claro con huellas frescas.
Recorriendo con las yemas de sus dedos el contorno de las marcas en el barro, la respiración del indio se fue tornando, como en otras incursiones, profunda e incontenible. El bosque, que también respiraba, lo hacía al ritmo propio de una criatura exorbitante e indolente bajo la tierra.
—Esto es bueno—se prodigó a sí mismo y al incorporarse no tuvo cómo no verlo unos metros por delante de unos arrayanes. Su instinto lo mantuvo pétreo sobre el barro y le señaló, ipso facto, que la sombra no era la del animal que aguardaba toparse aquella noche.
Al encogerse, para no ser detectado y escudriñarlo mejor, Anahí constató que se trataba de una aglomeración erguida de sombras más compactas y definidas que las demás, desprendidas del tronco de un viejo ibirapitá. Aunque carecía de rostro, el indio sintió en su sangre la fastidiosa convicción de ser recíprocamente espiado por aquella figura que, de un momento a otro, decidió desplazarse agazapado hacia el interior cerrado del bosque.
Arribados a aquella bifurcación, Anahí sintió que todo recato o precaución no era sino, bajo los célicos ojos de sus ancestros, otra forma indigna de cobardía y afrenta impropia también para su progenie; por lo que descolgó el arco de su hombro izquierdo y no vaciló en ponerse al insidioso acecho de la sombra.
A medida que avanzaba entre el follaje, más excepcional empezaba a resultarle la apariencia del bosque aquella noche. Si bien tenía la certeza de no haberse perdido ni estar caminando en círculos, los árboles por los que pasaba, las piedras y cardos en los claros y hasta los aromas de flores silvestres le resultaban absurdamente familiares; como si el mismo bosque hubiera sido sembrado varias veces sobre sí mismo.
Cuando Anahí arribó con su arco hasta un arroyo cuyo caudal corría cuesta arriba, sólo atinó a alzar su semblante para ver si alucinaba y toparse con las estrellas titilando bajo las hojas, en tanto el cielo, sin firmamento, permanecía anómalamente vacío.
Prefirió, asimismo, mantenerse en su sitio por un instante para ver si se componía, pero no tardó en percibir un absurdo sonido, disímil al rugido de un puma o al ulular de algún ave o alimaña nocturna; tampoco tenía que ver con el silbido del viento.
El murmullo, previo a otro sonido conocido, era equiparable al roce de miles de flechas atravesando el tiempo en dirección contraria.
Anahí tensó el arco, y la sombra de adelante se detuvo y agazapó entre dos troncos.
No obstante, antes de que la cuerda vibrara y la flecha abandonara sus dedos con la precisión de una sentencia, el indio prefiguró, en el estremecimiento de su diestra, el subterfugio involuntario de una fortuita suspicacia, que le hizo abrir la mano siniestra y precipitar el arco al barro.
La noche emitió un quejido breve y el bosque, de improviso, permaneció estático como el lienzo de una pintura.
Cuando el alba comenzó a deshilvanar la penumbra, la esposa de Anahí comprendió ,en su insomnio, que algo había osado perturbar el orden tácito y secreto del orbe charrúa. Él jamás demoraba tanto. Ni siquiera después de las cacerías más extenuantes y riesgosas.
Tomó una lanza y a su pequeño hijo de la mano sin hablar, a sabiendas de que hay palabras que estorban y, sin notificar a nadie de la tribu, empezaron a rastrear las huellas del guerrero entre helechos aplastados, ramas partidas y restos de barro aún fresco.
El sol laceraba en su cenit cuando se toparon con el cuerpo de Anahí recostado contra el tronco de un laurel centenario. Su rostro, pálido por primera vez, no revelaba agonía; apenas una perplejidad serena y laxa, semejante a la de quien contempla de cerca una verdad tan vasta para ser emitida por la boca de un mero mortal.
La mujer cayó de rodillas en un grito lastimero; pero no fue la muerte lo que la hizo estremecerse hasta el hueso.
De la espalda del guerrero emergía una flecha con precisión imposible. Al palparla, la india reconoció inmediatamente las plumas oscuras, el tallado del asta y la diminuta muesca que Anahí había grabado junto a la punta de piedra para distinguir aquella flecha de todas las restantes. La misma que había llevado consigo la noche anterior y que nadie más sabía fabricar.
El niño acercó lentamente la mano al emplumado, pero no llegó a palparlo;
descubrió, sin querer, que la punta de la flecha no había atravesado el pecho;
parecía haberse hundido desde el interior del cuerpo hacia afuera, como si hubiera nacido en el corazón del guerrero para abrirse paso, cual tallo germinal, hacia la espalda.
Ninguna huella rodeaba el cadáver, a no ser las del propio Anahí entrando en la arboleda; ni ninguna otra salía.
—Vamos. Avisemos para que vengan por él; ya no hay nada que hacer aquí— gimoteó la india.
Emprendían el regreso, cuando entre los árboles creyeron distinguir la figura inmóvil de un cazador charrúa que llevaba un arco sobre su hombro izquierdo. Apenas el viento agitó las hojas, la figura se desvaneció con la naturalidad de una sombra entre otras con mayor densidad vital.
Al llegar y referirlo, los más jóvenes de la tribu se mostraron en su mayoría incrédulos, en tanto los ancianos charrúas arguyeron que el bosque no siempre devuelve aquello que recibe; a veces concede la dádiva de un fugaz reflejo, o un “doble” silencioso, semejante al que cada mortal arrastra tras de sí desde su advenimiento al mundo.
Otra tribu, (émula acaso a la charrúa), refiere que en el decurso de algunas noches en que la luna apenas alumbra al monte, es alcanzable detenerse a escuchar el zumbido agudo de una flecha que jamás arriba a su destino; puesto que viaja eternamente en un círculo invisible en cuyo epicentro el hombre persigue con ahínco aquello que, desde el principio, ha salido a cazarlo.
Buster
La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.
Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio.
Aguardaba estoico, desde una forma más remota o primaria de la certeza de aguardar.
Desde hacía semanas, el anciano se enclaustraba con la llegada de la tarde en aquella habitación donde el olor del papel envejecido se mezclaba con el del tabaco apagado y la tinta reciente. Allí escribía durante horas, interrumpiendo apenas el rasgueo de su pluma para observar al perro con una vehemencia semejante al modo en que los veterinarios escrutan un animal antes de declararle una enfermedad incurable.
Cuando el anciano emergía por la puerta, le acariciaba lacónico la cabeza y murmuraba:
—Todavía no, Buster. Todavía, no.
A lo que el perro, bamboleando su cola, si bien ignoraba el significado de tales palabras, parecía percibir el peso y temperatura con que estas caían sobre el aire, casi mejor que un filólogo. Para un perro como Buster era más que asequible la reiteración de vocablos tan “tibios” como el pan con chicharrones recién horneado, otros “insulsos” y “gélidos” como el metal de las patas de algunas sillas, y algunos otros cargados de un olor connatural, semejante al de la lluvia sobre la tierra seca del olvidado jardín del fondo.
La expresión "Todavía no, Buster" parecía pertenecer más bien a una categoría disímil; cargada de una esencia aromática aledaña al “término” o “corolario” de algún asunto o cuestión hasta entonces inalcanzable a sus facultades adquiridas en el vínculo con su dueño.
Asimismo, aquella tarde, el anciano se estaba tardando más de lo frecuente y entonces la casa entera comenzó de pronto a poblarse de exiguos y molestos sonidos: la madera del mobiliario dilatándose, el reloj de la pared respirando segundos, las hojas del paraíso golpeando los cristales de la ventana con una obstinación vegetal.
Buster empujó la puerta e ingresó determinado al recinto.
El hombre dormía inclinado sobre el escritorio; o eso creyó al principio el can.
No tardó mucho en comprender que existía un silencio propio e imperativo que ningún sueño era capaz de producir. Igualmente, no ladró; se limitó a estrechar la distancia que lo separaba de su amo.
Uno de los pies del hombre se había escapado de su pantufla y parecía una lengua rosácea semiplegada en la alfombra. El perro se contuvo de olisquear y prosiguió con su examen.
Sobre el escritorio descansaban unas hojas manuscritas alumbradas por una luz portátil. El viento que se colaba por la ventana abierta balanceaba lentamente la última página como un pesado péndulo.
Buster, desde luego, no sabía leer; pero los animales poseen y recurren a aquella modalidad desarrollada que los precede para descifrar y contrarrestar lo que es factible de fuga para otras capacidades más disminuídas. Tras olfatear el papel, no tardó en reconocer en él su propio aroma; también el aroma del jardín cuando se encontraba provisto de flores, el de las caminatas matinales con el olor a pasto humedecido por el rocío; el de la manta donde dormía semienvuelto durante los inviernos al pie de la chimenea…
De una manera inverosímil o estéril de explicar, llegó a develar que aquellas páginas, en efecto, hablaban de él.
Alzó su cuerpo, hasta quedar parado en dos patas, y con el hocico empujó suavemente el manuscrito que cayó al suelo dejando la primera de sus hojas boca arriba.
El anciano había escrito únicamente dos frases al comienzo del relato:
"La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.
Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio."
Extrañado, el perro atinó a inclinar la cabeza tras escuchar cómo detrás de la puerta, paulatinamente, una vez más comenzaba a hacerse audible el inconfundible rasgueo de una pluma avanzando sobre el papel.
La llamada
Nunca confié en los teléfonos; no porque suelan notificar calamidades, sino porque también pueden generarlas. Un mero timbre jamás informa, sólo inaugura. Llegué a entender eso aquella tarde en que me senté a aguardar la muerte de mi padre mientras fingía leer distendido el diario en la biblioteca de mi casa.
Digo "aquella tarde", aunque verdaderamente no estoy seguro de que existiera aquel susodicho lapso de tiempo en un espacio dado…
Sobre los cristales empañados de la ventana arremetía una lluvia que todavía no había dado inicio, y el reloj de péndulo insistía en retroceder, pretendiendo dar acaso con una hora menos culposa.
Las páginas del periódico local cambiaban de fecha cada vez que desviaba la mirada a alguna parte de la habitación. De pronto un titular pertenecía al día siguiente; otro, a un año en que aún no había nacido. Asimismo, la anomalía no llegaba a sorprenderme de sobremanera; la misma ya llevaba semanas manifestándose así, obedeciendo, al parecer, a mis más arbitrarios remordimientos.
Había contratado a un asesino, (no encuentro manera más elegante de declararlo).
Mi padre era un prominente empresario poseedor de comercios, edificios, depósitos, campos y una extraordinaria y aberrante capacidad para seguir respirando consuetudinariamente.
Al cabo de interminables décadas confundí su longevidad con una provocación del tipo personal, hasta la divergencia en que su mera existencia empezó a parecerme un obstáculo administrativo en mi camino a la felicidad. Para materializar semejante idea bastaría con una constrictiva llamada de aquel mismo teléfono y en un parpadeo las escrituras de las propiedades cambiarían de nombre, las cuentas tendrían un nuevo titular y el mismo apellido proseguiría ejerciendo el mismo empoderado dominio, pero ahora entonces bajo mi firma.
Recuerdo, (y me río), cuando le confesé al sicario:
—Hay hombres, como mi padre, que sobreviven por pura terquedad nomás.
Él no respondió, porque un profesional del crimen de su talla sabe que el silencio es la forma más discreta del consentimiento.
Desde entonces, sin saber a ciencia cierta cuál de las dos acciones demanda mayor tolerancia, permanezco, lo mismo que un absurdo limbo, esperando, o muriendo.
Sobre la mesa descansaba el teléfono negro. En ocasiones me parecía un majestuoso animal dormido; otras, un minúsculo ataúd presto a sonar desde adentro. Para abstraerme un tanto, abrí el diario y entonces leí la noticia de un cadáver descubierto por un guardia de seguridad en un callejón del sur. Un sutil disparo en la cabeza; ningún documento, ni ningún testigo del homicidio.
Ni bien doblé la hoja para continuar mi lectura y el artículo había desaparecido como si nunca hubiera estado en la página. En su lugar encontré un aviso fúnebre con mi apellido en prominentes y góticas letras negras.
Solo atiné a sonreír de nuevo; “las imprentas también envejecen”, pensé.
Entonces sonó el teléfono, con un timbre que atravesó la biblioteca con la precisión de una bala musical.
Contesté, y no escuché más que una respiración, seguida de aquella frase.
—Señor, ya está hecho.
La voz desapareció antes de que pudiera responder.
Permanecí inmóvil. No sentí alivio, sino una especie de vacío reacomodándose en mi interior, como si la casa acabara de perder, en un raro litigio, una habitación invisible.
Pocos minutos después llamaron a la puerta. Eran dos policías solicitándome, con fingida amabilidad, que los acompañara a una escena criminal a reconocer un cuerpo. Manifestaron que, en base a ciertos indicios, podría tratarse de mi señor padre.
Mientras el patrullero avanzaba tuve la vívida y singular impresión de que las calles desembocaban en mi biblioteca y no al revés. Las veredas se convertían en intercaladas estanterías; los árboles olían a puro papel húmedo. Bajo el semáforo de una esquina vi caminar a mi padre, y en la siguiente recordé el cortejo de su entierro.
Después volví a percibirlo de niño y comprendí que el tiempo había dejado de transcurrir para comenzar a doblarse sobre sí mismo, al igual que las páginas del diario que aún portaba bajo el brazo.
La lluvia seguía cayendo desde un cielo perfectamente seco cuando arribamos al callejón del crimen y descendí del patrullero.
Tras aproximarme al cuerpo, un inspector levantó lentamente la sábana.
Y al constatar que el infortunado tendido en el charco de sangre sobre los adoquines tenia mi rostro, mi cicatriz, mi alianza y reloj detenido precisamente en la hora en que había recibido la llamada, concebí que el crimen verdadero no era el asesinato tanto como el reconocimiento. Del bolsillo del saco del inerte sobresalía, incluso, el mismo periódico que todavía sostenía entre mis manos.
Retrocedí con el estómago revuelto, y pretendiendo elevar una protesta, acabé increpándoles que aquello no era más que un miserable chiste, una burda muestra de mal gusto; dado que el muerto no podía ser aquella persona, la misma que respiraba y hablaba frente a ellos.
Nadie atinó a responder, ni a volver siquiera la cabeza.
Tras unos segundos descubrí, con un terror casi elegante, que tampoco podían verme.
Atravesé el brazo de uno de los policías intentando vanamente sujetarlo y mis dedos encontraron únicamente el frío.
Fue entonces cuando escuché otra vez aquella voz peculiar.
No provenía del callejón, ni tampoco del teléfono; sino de mi propia biblioteca.
La reconocí de inmediato. Era la voz de mi hijo Álvaro.
Pude verlo sentado exactamente donde yo había estado unos minutos antes, o varios años después.
Sobre el escritorio descansaban las escrituras de mis propiedades y un sobre con dinero.
El teléfono aún oscilaba lentamente sobre su base.
—Señor, ya está hecho —repitió la voz al otro lado de la línea.
Mi hijo cerró los ojos. No lloraba, contaba. Siempre fue muy diestro con los números;
y yo demasiado terco y zopenco para reconocer que algunas herencias no consisten en transmitir bienes, sino eficientes procedimientos.
Yo mismo le había enseñado que toda fortuna puede acelerarse o compendiarse mediante un solapado asesinato.
El pequeño Álvaro no había más que perfeccionado magistralmente aquella lección. La sangre, pensé demasiado tarde, no hereda tanto el color como la ambición.
En el lapso simultáneo en que yo enviaba a matar a mi padre, él muy ladino había enviado a matarme a mí.
Lo tragicómico del caso, es que ahora mismo ignoro quién escribe estas líneas.
Quizá aún sigo siendo aquel hombre arrellanado en su biblioteca aguardando una probable,(o improbable), llamada telefónica que todavía no ocurre.
Quizá soy el cadáver del adoquinado callejón intentando recordar, en su charco de sangre, el instante en que dejó de respirar.
O acaso, incluso, soy mi hijo, muchos años después, leyendo este mismo diario mientras aguarda su respectiva llamada telefónica.
Lo único que sé con certeza es que, cada vez que el teléfono suena, vuelvo a levantar el auricular, para escuchar aquella misma y maldita frase.
—Señor, ya está hecho.
Y en cada oportunidad sigo creyendo que hablan de otro.
La incógnita del dragón
Siempre comienzo la transmisión unos minutos antes de que el juego cargue por completo. Mis seguidores aseguran en sus redes que les place verme esperar. Ignoran que no espero el inicio en sí de la partida, sino en verdad el examen de matemáticas de la mañana siguiente, cuya sola proximidad ha tornado cada número en un animal predispuesto a darme una buena dentellada. Mientras el monitor ilumina la habitación, mi cuaderno de matemáticas permanece abierto sobre el escritorio con una inconclusa ecuación: [ x^2-7x+12=0 ]
Apenas termine, prometo atenderla y resolverla, advierto en voz alta, junto con el personaje que aparece en la pantalla y que promete lo mismo, aunque todavía no lo conozco.
El bosque se despliega paulatinamente en el monitor. No es un escenario, sino una respiración vegetal, donde los troncos semejan columnas carbonizadas de una catedral olvidada y las ramas enlazan sobre mi cabeza un alfabeto que ninguna lengua recuerda. El avatar, que avanza con suma cautela, obedece cada movimiento de mis manos, pero, a medida que avanzo, empiezo a sospechar que soy yo quien reproduce con torpeza los gestos que él decide ejecutar.
Los espectadores se apresuran a escribir en el chat comentarios preventivos:
“Cuidado con la niebla azul”; “No ingreses por la izquierda”; “El dragón aparece de golpe después del puente”...
Aunque los leo, opto por no responder; escucho, en cambio, un rumor semejante al roce de hojas de papel. Posiblemente se trate del bosque, o de las páginas del cuaderno movidas por la ventana de mi dormitorio que juraría haber cerrado.
Prosigo y encuentro el puente.
La madera cruje con una sintaxis antigua. Bajo mis pies, o bajo los del avatar que avanza entre la niebla, corre un río negro donde flotan figuras geométricas tridimensionales; conos, esferas, prismas incompletos. Todos parecen buscar una fórmula capaz de restablecerles un equilibrio que no tienen.
Me percato entonces que el mismo bosque está construido con operaciones irresueltas, donde cada árbol es una incógnita y cada sendero, una demostración interrumpida.
Retrocedo con mi personaje y la perspectiva comienza a plegarse sobre sí misma.
De pronto el puente desemboca otra vez en el mismo claro del comienzo y las sombras anticipan movimientos que todavía no ejecuto. En un instante fugaz descubro, entre los árboles, a un adolescente sentado en shorts frente al monitor de una computadora, cuya pantalla le ilumina el rostro con la misma palidez que ahora siento sobre el mío.
El chico levanta la vista y me observa.
Aunque tiene mis ojos, no me reconoce.
Continúo avanzando; no porque quiera, sino porque el bosque ha decidido o establecido que avanzar y recordar son, en este caso, el mismo verbo.
Las ramas se abren y el dragón aparece.
No surge desde una cueva sino desde la oscuridad existente entre dos fotogramas del juego. Su cuerpo parece formado por brasas y antiguas ecuaciones. Cada escama refleja una versión distinta de mi habitación; en una de ellas estoy estudiando, en otra transmitiendo en vivo, en otra ya estoy muerto.
El animalejo abre sus incandescentes fauces y sus rugidos traspasan los auriculares, luego la habitación y por último mi pecho.
Siento el primer desgarro antes de apreciar la dentellada en la pantalla.
Asimismo, no emito grito. La sangre comienza a brotar tibia y lentamente bajo mi camisa; cubriendo el teclado de un rojo espeso que el videojuego reproduce con exactitud perturbadora. Mis seguidores escriben que los efectos son verdaderamente extraordinarios. Algunos envían aplausos digitales; otros me ruegan que reitere la escena.
De pronto caigo al suelo. La computadora prosigue encendida junto con el avatar.
Mientras la sangre dibuja sobre las baldosas una parábola imperfecta, la ecuación postergada reaparece con una claridad tan avasallante como intolerable.
x² − 7x + 12 = 0.
Busco las raíces. Tres y cuatro; porque tres más cuatro reconstruyen el siete.
Porque tres por cuatro restituyen el doce, y porque toda solución consiste, al fin y al cabo, en encontrar aquello que ya estaba oculto desde el principio.
Sonrío sin saber si, acaso, he resuelto el problema o si el problema me ha resuelto a mí.
La transmisión prosigue, y en la pantalla, un adolescente despierta sobresaltado frente a su computadora. Respira, por un instante, con dificultad. Observa su reloj. Faltan escasas horas para el examen de matemáticas. Abre el cuaderno y descubre una ecuación sin resolver.
Antes de comenzar la partida, les avisa a sus seguidores que terminará el juego rápidamente. Solo necesita atravesar un bosque. Enseguida levantará la vista y creerá, como yo creí, que todavía está a tiempo de apagar la computadora.
Darío Amaral
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