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A Elena, mi madre; a Clara, mi hija.
(*1) PIZARNIK, O LA NOCTÁMBULA
Me habité en la penumbra de un espejo
donde el insomnio ungía mi osamenta;
cada reloj, vorágine violenta,
cedió un lirio mortal sobre mi cejo.
Fui huésped del abismo y su cortejo,
sacerdotisa de la sed hambrienta;
mi voz, ceniza lúbrica, y "dolienta"
ardió como un salterio contra el rejo.
¡Oh noche! que bebí de tus cátedras
el ácido fulgor de la locura,
y hallé en cada silencio una agonía.
Mi infancia aún desangra sus violetas;
yo fui la exiliada de mi hondura,
la que murió de sí, mientras vivía…
(*2) IDEA, O LA CONJURADA
He mendigado sombras en la bruma,
no de un Montevideo exhausto y amarillo;
mi corazón, gastado campanillo,
tañó su sed en cárceles de espuma.
Amé como quien cava y bien rezuma
en la feroz liturgia del cuchillo;
cada beso dejó oscuro su anillo
sobre la pobre carne que se abruma.
Yo conocí la fiebre de la espera,
el lento luto de los calendarios,
la sal que deja el tiempo en la ternura.
Y aunque mi voz parezca pasajera,
arden aún mis huesos solitarios
bajo el hollín mortal de la escritura.
(*3) MAROSA, O LA DESHOJADA
Yo desnudé magnolias en la noche
y oí crujir los lirios en mi sangre;
cada jardín, voraz, sacrílego, exangüe,
mordía con su polen mi derroche.
Fui cierva, vid, relámpago y fantoche
del húmedo esplendor que todo gangre;
mi corazón, noctívago y "melambre",
ardió bajo las uvas del reproche.
¡Oh madre tierra!; yo dormí en tus musgos
con un temblor de bestia enamorada,
sorbiendo el vino negro de las rosas.
Y aún llevo entre mis párpados augustos
la lenta desnudez alucinada
de los frutos que gimen en las cosas.
(*4) CIRCE, O LA LUMBRE
He conversado a solas con la tarde
mientras el mundo cruje en sus exilios;
sobre la humilde piel de los ladrillos
mi sombra cede un resplandor que arde.
Yo vi la historia alzar su dios cobarde
y hundir la sal mortal en los sencillos;
cada ausencia pobló mis labrantíos
con un silencio que en la sangre arde.
Pero te hablo, ¿me oyes?, desde el fondo
de esta materia frágil y encendida
donde el dolor aprende su ternura.
Y en el pequeño fulgor del mundo hondo,
mi voz, apenas lámpara vencida,
te busca para salvarse en tu figura.
(*5) LISPECTOR, O LA ALADA
Yo descendí al reverso de mi entraña
como quien abre un pájaro en la sombra;
cada palabra, ciega y que te nombra,
cedió un fulgor de fiebre en mi maraña.
Fui extranjera en mí, perpetua y huraña,
vi cómo el ser se quiebra y se desombra;
mi pensamiento, lóbrega alfombra,
cubrió de sal la noche que me daña.
¡Oh conciencia!; vorágine y desvelo,
yo te escuché crujir bajo la carne
igual que un dios oculto en la locura.
Y así viví, ardiéndome en el hielo,
buscando en cada abismo descarnarme,
para esgrimir mi oscura quemadura.
(*1)PIZARNIK: Alejandra Pizarnik, (1936-1972), poetisa, ensayista y traductora argentina.)
(*2)IDEA: Idea Vilariño, (1909-2009), poetisa, ensayista y crítica literaria uruguaya.)
(*3)MAROSA: Marosa di Giorgio, (1932-2004), poetisa y narradora uruguaya.)
(*4)CIRCE: Circe Maia, (1932), poetisa, docente y traductora uruguaya.)
(*5)LISPECTOR: Clarice Lispector, (1920-1977), escritora, periodista y traductora ucraniana-brasileña.)
PA(T)RIA DE BIBLIOTECA (hexadecasílabos)
“Concebí al paraíso como una suerte de biblioteca.” (Borges)
Haz de polvo conjugando verbos del saber silente,
anaqueles ponderando glifos que un olvido augura;
códices que murmuran ecos de un latín omnisciente.
Penitencia de encumbradas páginas y arquitectura
de altas cúpulas amparando un arca sin testamento.
Polillas del hastío adoctrinan acerca la carcoma,
lámpara átona que asoma su iris al ángelus frío;
índices y pergaminos, bríos de un escriba en coma
que exhuma un aroma a ruina, cuero, lignina y desvío
a pixeles y silicio de un neotestamento...
Biblioteca paria, ultrajada por la aurora efímera
de sintaxis donde el bit impera y la red no se acalla;
fé sin espera, cartógrafo sin más atlas, metralla
de salva alelada, zumo turbio y virtual del sediento.
Mas, quien arriesga colar el alma por tu leve hendidura,
ágora de fervores y un alma mater sin censura;
donde quietud y logos pulsan musas de ruiseñores:
cánticos que perdurarán sobre la cima del viento.
Junto al imperio fatuo de ese otro tiempo inadvertido,
Ovidio y Virgilio sueñan postrados en la penumbra,
ansían, como encumbran, para sí, un más alto cometido
en el sinsentido de hombre de hojalata que se herrumbra,
bajo una lluvia de algoritmos y astros sin firmamento.
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en
Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus
cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías,
revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile,
México y España.
Participó
en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos
y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te
Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente
obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras:
Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido
de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones
de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019);
La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La
Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).
Darío Amaral