sábado, 22 de abril de 2017

ESPACIO PARA LA NOSTALGIA. Por JULIO DORNEL


Evocaciones y recuerdos del pasado archivados en algún rincón de la memoria, multiplicando la nostalgia.
Muy cerca del arroyo Chuy, en los últimos metros de la avenida Internacional, se encontraba el corazón ciudadano de la ciudad, “la fábrica de don Silvio”. Nació con el siglo pasado y fue desde el primer momento el aporte más importante para ir logrando paulatinamente el desarrollo socio-económico de esta frontera. Don Silvio Fosatti nació en 1890, cuando solamente se divisaban las casas de José Rodriguez, León Ventura, Francisco Méndez y algún rancho de adobe y paja brava, entre los que se destacaban los que ocupaban la comisaría y el funcionario aduanero Isidoro Machado. La fábrica había recogido el nombre de “Don Antonio” en homenaje al padre de su fundador, que fuera Además el primer Juez de Paz de la frontera.



La agonía del Partido Colorado La crisis de 2002 y el golpe contra Jorge Batlle Por Alberto Grille


Caras y  Caretas



Cuando la crisis de 2002 estaba en su apogeo, Caras y Caretas dedicó dos tapas a un asunto de la mayor gravedad que venía olfateando y sobre el que tenía algunos elementos firmes. La primera se tituló “Halcones y palomas”; la segunda, directamente, “La conspiración”. Además, en los artículos de fondo se mencionaba a los conspiradores, Ramón Díaz, Juan Carlos Protasi, Jorge Caumont, Ernesto Talvi, Ignacio de Posadas, Conrado Hughes, el diario El Observador y los Peirano.

Denunciábamos que un grupo de economistas neoliberales y empresarios se había concertado en torno a la persona del doctor Ramón Díaz, y enfrentando a las ‘palomas’ de Jorge Batlle, como Alejandro Atchugarry, querían aprovechar el desastre nacional para cumplir su eterno objetivo de privatizar las empresas y los bancos públicos, golpeando puertas para que se diera un golpe de Estado que depusiera al presidente constitucional.

No sabemos a cuántos generales ni cuántos cuarteles visitaron, pero no fueron pocos, según algunas referencias. Sabemos, positivamente, que golpearon la puerta de Julio María Sanguinetti, que este los recibió (lo ha dicho más de una vez) y que en algún momento le preguntó al vicepresidente Luis Hierro López si estaba preparado para asumir la presidencia de la República, a lo que el esforzado militante batllista respondió: “Sí, señor”.

Todo lo que dijimos entonces, que nadie de izquierda ni de derecha denunció, fue confirmado más de dos años después por el actual director del semanario Búsqueda, Claudio Paolillo, en su libro Con los días contados (Colección Búsqueda, Editorial Fin de Siglo), publicado en agosto de 2004. Dice Paolillo que un día de mayo de 2002, “Sanguinetti le explicó [a Hierro López]: ‘lo que pasa es que tal vez tengas que agarrar la Presidencia en algún momento’. ‘Ah, ¿me preguntabas por eso? Yo me siento bien, con fuerzas y con la convicción de hacer las cosas que sean necesarias, si algo ocurre’, comentó Hierro. Sanguinetti insistió: ‘Pero ¿estás seguro? Mirá que tendrías que tomar medidas muy duras. Tendrías que cerrar bancos, echar gente, etcétera’. Hierro repitió que él se sentía firme, y que, si era por él, que no se preocupara”. Paolillo agrega que lo mismo le preguntaron a Hierro por esos días, en el Parlamento, senadores del Foro Batllista, y que volvió a hablar con Sanguinetti, esta vez para preguntarle por qué se planteaba ese tema.

“Sanguinetti se allanó entonces a explicarle el motivo de su planteo. “Mirá, hay un grupo de ciudadanos que sostiene que Batlle se tiene que ir de la presidencia y que tiene que asumir Hierro porque, aunque no sabe de economía, tiene el don de mando necesario como para estar al frente de situaciones como esta. Ellos creen que Batlle (que se había negado a los planteos del FMI [Fondo Monetario Internacional], como bien recuerda Protasi en su carta a Búsqueda) carece de ese don, o dicen que ya perdió esa facultad. Se están moviendo y alguno de ellos incluso me lo han venido a plantear a mí”, le reveló.

Esto que Sanguinetti y Hierro López manejaban no está previsto en la Constitución (salvo en la instancia de juicio político y llamado a elecciones anticipadas, que sí lo están, pero de eso nadie habló), se llama golpe de Estado, y con un episodio de este tipo, contra el presidente constitucional Manuel Oribe, nació el Partido Colorado en 1836.

Como el propio Jorge gustaba decir, Luis Batlle Berres decía que un presidente (“y más si es un Batlle) sale de la Casa de Gobierno el día que entrega el poder o con los pies para adelante”.

Esta buena gente hablaba de un golpe de Estado promovido, como se explica más adelante en el libro de Paolillo. Sobre los conspiradores sostenía que “tres o cuatro de ellos habían ocupado altos cargos en gobiernos anteriores, y en ese momento, todos trabajaban en estrecho contacto con el sector financiero […]”. Esas características les calzan exactamente a los nombres que mencionó, en absoluta soledad, Caras y Caretas.

Debo hacer la salvedad de que a Claudio Paolillo no le creo casi nada, máxime si lo escrito ensombrece la conducta de un ciudadano como Luis Hierro, cuya honestidad intelectual y su probidad nunca había sido puesto en tela de juicio. Si Luis Hierro lo negara, le creo a Luis Hierro.

Reconfirmando

Se acaba de editar el libro Jorge Batlle. El profeta liberal, del licenciado en Comunicación Bernardo Wolloch (Fin de Siglo, 275 páginas), que vuelve a confirmar el gravísimo episodio. Comienza citando a Paolillo y luego al propio Jorge Batlle: “Notorios economistas del Uruguay dijeron que había que cambiar al presidente, como si eso hubiera sido una solución. Siempre hay algún bobo ¿vio? pero no importa. Los países no se hacen con esos bobos”, citado de El Observador del 9 de julio de 2012.

Wolloch manifiesta que le preguntó telefónicamente a Julio María Sanguinetti: “¿Cuáles eran las propuestas concretas que tenían Ramón Díaz, Jorge Caumont, Álvaro Diez de Medina y Juan Carlos Protasi cuando lo visitaron con respecto a destituir a Jorge Batlle en mayo de 2002 –el trabajo de Sherlock Holmes fue posterior a la entrevista cara a cara.

–De ese tema no quiero hacer declaraciones, pero ya sabemos por dónde venía la mano – dice Sanguinetti”.

Todos sabemos que estos cuatro confirmados no son los únicos, ni mucho menos, que estuvieron en la conspiración. En el mismo libro de Paolillo se cuenta cómo un Jorge Batlle desesperado por la renuncia de Alberto Bensión fue a ver a su casa (¡a su casa!) a Ernesto Talvi para que aceptara el honor republicano de ser su ministro de Economía y Finanzas, y este no aceptó, aduciendo que era independiente y no tenía respaldo político. El Batlle desesperado también visitó a Carlos Sténeri (mantenido durante años por Sanguinetti en una embajada paralela en Washington, manejando nuestra deuda, con todos sus gastos observados por el Tribunal de Cuentas), para ofrecerle el honroso cargo de presidente del Banco Central, y este también rechazó el ofrecimiento, aduciendo razones de salud que felizmente no le impidieron seguir trabajando hasta ahora: después de ser alto funcionario del Ministerio de Economía de Danilo Astori, funge como asesor del estudio Posadas, Posadas y Vecino.

¿Porqué estos valientes caballeros no aceptaron esos cargos? Es muy difícil que no supieran de los plantes de golpe de Estado que encabezaba abiertamente Ramón Díaz (quien le dijo a la prensa que Batlle era incapaz de gobernar), pero el caso es que no lo denunciaron. Sería muy bueno –acaso lo sepamos algún día– saber cuántos estuvieron en el golpe de Estado y qué pasos dieron. Pero estos nombres son seguros.

En la edición de Búsqueda de ayer, jueves 20, tres de los nombrados, en sendas cartas, se refieren a “La crisis de 2002 y los planteos para la renuncia de Batlle”, nombre con el que se refieren al intento de golpe de Estado. Se trata del contador Juan Carlos Protasi (expresidente del BCU de la dictadura), el doctor Álvaro Diez de Medina (exembajador de Sanguinetti en Washington y muy cercano a Ramón Díaz y al Departamento de Estado estadounidense) y el economista Jorge Caumont. Ninguno de los tres niega rotundamente haber tenido conversaciones sobre la necesidad de sacar del medio a Batlle, operación que capitaneaba el “liberal” Díaz. Los mencionados prohombres del neoliberalismo usan mucho palabrerío, pero no niegan. Ese intento de golpe de Estado existió, y habría que investigar mucho más.

Ahora estamos viviendo el retiro de Juan Pedro Bordaberry de la política uruguaya, y el Partido Colorado va a recibir otro golpe fatal con las investigaciones del “Banco Nelson”, que llevan directamente al contador Humberto Capote. Los colorados están de duelo, cumpliendo el científico vaticinio de César Aguiar. El Partido Colorado se está extinguiendo a pasos acelerados.



viernes, 21 de abril de 2017

LINCHAMIENTO A LA PERIODISTA MARÍA URRUZOLA.UNA VEZ MÁS...MATAR AL MENSAJERO







Escribe Juan José Pereyra Twitterjuano500

OPINIÓN

NADIE HA LEÍDO EL LIBRO DE MARÍA URRUZOLA SOBRE ELEUTERIO FERNÁNDEZ HUIDOBRO . EL LIBRO SALIÓ AYER.

Sin embargo desde la izquierda y desde la derecha ya la están linchando.
La vieja y perversa descalificación.Colgar al mensajero. Yo conozco de eso. Mi solidaridad con una profesional que respeto.Invito a leer el libro y después discutir todo lo que se quiera discutir. Pero basta de pelotones de fusilamiento para descalificar a quien argumenta lo que no nos gusta o no nos favorece.

Causas y consecuencias del golpe en Venezuela Fernando López D’Alesandro



Columna de opinión.

La diaria

Fracasado el golpe tan anunciado, resta explicar las razones de un hecho plagado de contradicciones. Mientras la izquierda ortodoxa latinoamericana pierde el rumbo justificando con leguleyerías un intento de golpe de Estado, las derechas se rasgan las vestiduras en defensa del sistema demoliberal, olvidando sus recientes aplausos a los golpes en Honduras, Paraguay y Brasil. Llama la atención que ni la izquierda dura ni sus antagonistas nombren siquiera las causas estratégicas y económicas del golpe fallido, que fracasó por las divisiones internas del gobierno venezolano y por las presiones internacionales.

El nombre mágico es Arco Minero del Orinoco, una inmensa superficie de 220.000 kilómetros cuadrados que se dio en concesión a empresas chinas y rusas, tal vez a alguna estadounidense y, con certeza, a la canadiense Barrick Corporation para la explotación del coltán y otros minerales. En coordinación con esta operación, el gobierno, con el apoyo de sectores de la oposición, está vendiendo los pasivos de PDVSA para crear empresas de capitales públicos y privados. Y esa es la clave.

La sentencia golpista redactada por los jueces bolivarianos presentaba como justificativo la imposibilidad de crear empresas mixtas para la gestión petrolera y minera. La oposición trancaba la aprobación de una ley al respecto. Algunos legisladores seguramente lo hacían con el objeto de hacerle la situación más difícil al gobierno, otros simplemente no daban con el precio. Tanto en la oposición conservadora como en el gobierno de Nicolás Maduro, todo era una cuestión de porcentajes en la ganancia a repartir. Sin embargo, hay un factor de poder en esta interna que no está dispuesto a perder su tajada: las Fuerzas Armadas.

Desde hace tiempo los militares controlan el Arco Minero del Orinoco y otros yacimientos. Persiguiendo a los pueblos indígenas y desarrollando la represión en zonas geoestratégicas, las Fuerzas Armadas no hacen más que proteger sus intereses. En febrero de 2016 crearon la Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Camimpeg), que empezaría a asumir toda actividad extractivista. Son las Fuerzas Armadas y las empresas transnacionales que apuestan al Arco del Orinoco las que se reparten el poder y la capacidad de decisión en el país, pues quien controla los yacimientos controla el Estado. La renta petrolera fue, es y será la base de las decisiones de la política venezolana, y tanto la oposición como el gobierno buscan conservar la parte del león. Y ahora, además, se suman los minerales.

Los militares son el poder detrás del trono que no avaló la aventura golpista. Así, la intervención de la fiscal Luisa Ortega Díaz fue el detonante formal para “desgolpear”. Chavista comprometida, al declarar la inconstitucionalidad de la medida, Ortega Díaz fue la salvación ante el bochorno internacional, al que no estaban dispuestos a exponerse ni el ala democrática del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela ni los militares. Efectivamente, fueron los uniformados los que salieron a confirmar la elección de 2015 ganada por la oposición con 75%, obligando así al presidente a acatar el resultado. Hoy, controlando el petróleo, la minería y la estrategia de explotación, las Fuerzas Armadas no quieren caer en el desprestigio de la elite madurista, que parece tener los días contados. Son los militares y su ministro de Defensa, el general Vladimir Padrino, los que poco a poco ocuparán el espacio político que el decadente gobierno es incapaz de sostener.

Ahora la realización de las empresas es viable, pues la devolución de las atribuciones al parlamento “desacatado” se hizo a cuenta de que el Poder Ejecutivo y el Tribunal Supremo de Justicia mantienen la facultad de legislar el marco de empresas mixtas. Y quien dice hoy Poder Ejecutivo en Venezuela, dice Fuerzas Armadas. Así, el eje del poder de la revolución bolivariana se puso uniforme y charreteras, tomando el control de los minerales y del petróleo y transformando al presidente en una marioneta a la que obligan a “desgolpear” y a reconocer resultados electorales.

Como corolario del golpe, el Partido Comunista de Venezuela fue el único en denunciar el pacto gobierno-oposición a favor de la liberación de los precios, privatizaciones y entrega de tierras recuperadas. La represión en las calles responde a la crisis económica y social, sin duda, pero el origen de los enfrentamientos reside en la apropiación de la renta minero-petrolera por una elite, en la que juegan gobierno, militares y oposición, que no tiene ningún escrúpulo en liberalizar precios, privatizar y restituir el viejo orden terrateniente. Mientras tanto, las balas y los palos los reciben los que nada tienen en el país con las reservas petroleras más grandes del mundo.

María Urruzola habla de su libro sobre Eleuterio Fernández Huidobro

 

la diaria

Militares y tupamaros fueron procesados en 1998 por el asalto a la sucursal del Banco de Previsión Social del Parque Posadas. Pero esto es sólo una anécdota en la biografía no oficial del polifacético Eleuterio Fernández Huidobro. El libro salió ayer, pero desde el lunes genera revuelo.
Julio Marenales dijo que están queriendo “achicharrar” a José Mujica. El diputado Sebastián Sabini se preguntó cuántas mentiras más tendrán que soportar hasta las elecciones. El Movimiento de Participación Popular (MPP), que orgánicamente no va a decir nada, en tono irónico respondió con tuits. “Pepe y Lucía se compraron una estancia en Lavalleja. Robamos bancos en los 90. Defendemos las jubilaciones de los militares...”.
María Urruzola, la periodista que escribió Eleuterio Fernández Huidobro: sin remordimientos... (Planeta, 2017), está sentada en el bar con cara de circunstancia. Es que lo que más se conoció en estos días es una parte del libro, la que habla de una banda armada que hacía finanzas desde la clandestinidad, para alimentar alguna parte de la organización conocida como Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). Pero varios militares fueron procesados por ese mismo caso y nadie dijo nada.
El libro recién salió el jueves. “Se armó una polémica que va creciendo y hasta este momento. En El Espectador eligieron titular con algo que les pareció... me parece que escandaloso, llamativo tal vez, no sé qué. No habla tan bien de nosotros como sociedad una polémica con base en algo que nadie leyó. Tenemos demasiados silencios acumulados de historias que por diferentes razones muchos no quieren que se sepan”, se lamenta la autora.
El ensayo periodístico bucea en la vida pública y semipública de un testigo privilegiado de la política uruguaya en los últimos 50 años. Se vale de una investigación periodística original y de otras ya publicadas que hacen al cuerpo de una de las tesis principales del libro: Eleuterio Fernández Huidobro (EFH) siempre fue coherente consigo mismo. Primero fue el revolucionario que contagió desde Bella Unión hasta Montevideo la necesidad de armar al pueblo, de ser vanguardia político-militar, después fue combatiente, luego rehén de la dictadura y al final un militar irregular, un ministro acuartelado en el Ministerio de Defensa Nacional con sus cajas de Nevada desparramadas por el amplio escritorio que hizo montar en la primera sala del primer piso de la sede de la secretaría de Estado. Se movía en silla de ruedas, auxiliado por dos respiradores y contra el peso de la historia, mucha historia. Cuando Fernández Huidobro murió, una parte relevante de la historia política del país también fue sepultada. Urruzola fue tras el silencio, tras los pasos del combatiente obsesionado por conquistar la confianza de sus pares, los revolucionarios, y luego la de los militares.
Al principio del Ñato
EFH quiso vestir el uniforme de la Armada al terminar el liceo. Hizo lo posible para disimular su daltonismo ante los marinos, pero perdió la prueba. Su padre había sido aviador, más que del Ejército franquista, de la leva que lo llevó a Marruecos. A los 19 años, el Ñato se afilió al Movimiento Revolucionario Oriental. En 1962, a los 21, lo expulsaron por “traidor”, por auspiciar la ocupación de tierras y fomentar la organización de los cañeros de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas. En la noche del 31 de julio de ese mismo año robó el auto de su padre para participar en el asalto al Tiro Suizo, para expropiar las armas que bostezaban y ellos prometían despertar a puro socialismo. Para lograr ese objetivo, pocos meses después, formaron el Coordinador, una agrupación protorrevolucionaria que perdió tres dirigentes en 1964 cuando la Policía los agarró robando un banco. La práctica era una vieja tradición, una línea anarquista. Y los tupamaros, desde Mujica hasta los estudiantes de secundaria, siempre coquetearon con los anarcos.
Todo por la causa
Otra tesis del libro es que a nadie debería llamarle la atención que este tupamaro de la primerísima línea, que escribió la historia oficial de la “exitosa” guerrilla -como él mismo la calificó-, terminara como ministro de Defensa.
Urruzola sí entiende que EFH colaboró con los militares. “La colaboración es por definición un trabajo en conjunto. Él quería desarrollar un trabajo en conjunto”, sostiene la autora. Pero perdió dos grandes batallas: la Guardia Republicana, a la que en los 90 calificó poco menos que de brazo armado local del imperio, hoy vestida de verde y dependiente del ministro del Interior, y la reestructura de las Fuerzas Armadas.
EFH fue un gran polemista. Sabía dónde poner el dedo y cómo hacer la llaga. Fue un agudo escritor, un punzante político y un constructor de la identidad nacional, pese a quien le pese. Tras el calabozo, su trinchera fue la prensa. Los cinco primeros artículos que publicó en el semanario Mate Amargo se titulaban “el militarismo”. Ingeniosa, muy original e informada visión -bien por dentro- de una institución acosada por los vicios del despotismo y el manoseo de un Partido Colorado otrora tan poderoso como temerario. Urruzola se remontó al leninismo, que en 1915 postulaba que una revolución sin militares estaba destinada al fracaso. EFH fue el revolucionario/combatiente dispuesto a hervir el boniato.
Cuando en 2009 José Mujica estaba a punto de ser presidente, la eventual aprobación del plebiscito contra la impunidad (que no se consiguió), la prisión del dictador Gregorio Álvarez y varios juicios por violaciones a los derechos humanos pusieron en alerta a unos cuantos militares. En blogs, aparecieron dos documentos que firmaba el OCOA, el Organismo Coordinador de las Operaciones Antisubversivas, el corazón del aparato represivo, el grupo de tareas sucias dictatorial. Uno fue la declaración, indudablemente bajo tortura, de EFH enumerando las características principales de sus compañeros de lucha; el otro fue de Mauricio Rosencof. Jorge Zabalza tildó aquello de “carne podrida”. “Los únicos que pueden filtrar los documentos militares son los militares. Los periodistas tenemos una práctica en el manejo de la legitimidad de las fuentes, sabemos que 99% de quienes filtran algo no lo hacen por amor a la patria, lo hacen por interés. Es evidente que lo hacen como amenaza, pero también es evidente que son auténticos”, explicó la autora.
Obstrucción corporativa
Siendo ministro, según Urruzola, logró obstruir la investigación de la caída del avión de Air Class en 2012, desoyendo los oficios de la jueza penal Mariana Mota, poco tiempo después trasladada a la esfera civil. La suspicacia de Urruzola lleva a pensar que el forzoso relevo de Mota no sólo se explica por su vocación como jueza defensora de los derechos humanos.
“El paladín de la lucha contra la burocracia, que escribió incluso un libro titulado Burocracia y socialismo (Ediciones de la Banda Oriental, 2008), se parapetó tras las respuestas administrativas cuando tuvo que dar explicaciones políticas como ministro de Defensa, tanto en los casos de violación a los derechos humanos como con respecto al accidente del avión de Air Class”, escribió al final del relato la periodista.
El borrador número cinco de los tupamaros, confiscado en 1971 por la Policía en el penal de Punta Carretas, fue entonces leído ante la prensa por el inspector Víctor Castiglioni. Más de 40 años después, EFH fue celador de su archivo -¿irregular? ¿personal?-, que incluía miles de documentos de inteligencia de Elmar Castiglioni y su séquito de soplones.
El destino de Fernández Huidobro “estaba ineluctablemente entrelazado con quienes habían sido primero sus verdugos, luego se habían vuelto sus amigos y terminarían siendo sus semejantes”, escribió la autora sobre las conversaciones entre tupamaros y militares durante la llamada tregua de 1972 del Batallón Florida, tal vez la piedra angular de esta relación.
Volviendo al escándalo
Un desconocido autor denunciaba en Mate Amargo las torturas a los presos por el asalto a una sucursal del Banco de Previsión Social en el Parque Posadas, en setiembre de 1998. También aportaba información sobre los aparatos de inteligencia y su accionar aquella mañana, cuando cayeron unos cuantos hombres que militaban en el MLN-T, así como sus berretines cargados de armas de todo tipo, pasamontañas, granadas de fragmentación y planos de edificios asaltados. El artículo también versaba sobre tráfico de armas y asaltos anteriores. Entre las armas incautadas por la Policía había unas cuantas que eran de militares, de las tres armas, que no habían sido denunciadas por sus dueños. Se habló de infiltración y sobrevoló el direte de que cayeron porque estaban volando demasiado alto.
Beto es el seudónimo que eligió Urruzola para esconder la identidad de un “anarco tupamaro” preso en el Penal de Libertad durante la dictadura por esa condición, y luego en las cárceles de la democracia tras el incidente del Parque Posadas. Si robó, no tiene nada, vive en la humildad.
“No me siento habilitada para juzgar moralmente a quienes individualmente se juegan el pellejo por una convicción; es lo que hizo Beto y lo que hicieron varios que me lo contaron. Lo que uno puede juzgar es la decisión política de una organización. Pero si una organización de la que formas parte te pide algo y lo haces, no te puedo juzgar”, opina la periodista.
Beto pudo contar la historia. Tony Palomeque apareció torturado y descuartizado: había escapado a la emboscada -la ratonera, habrían dicho en los 70- que la Policía había montado en las inmediaciones del Parque Posadas. Era un gambusa reclutado por los tupas en el Penal de Libertad. Según los testimonios que recogió la periodista, Palomeque (y la banda que integraba, que había cometido otros asaltos) tenía contactos con militares que le entregaban información sobre lugares para robar. La cosa se había desmadrado. Entonces el MLN-T, orgánicamente, no dijo nada. Como ahora.
¿Qué habría dicho EFH de todo esto? Probablemente, alguna descalificación lo más elevada posible. Pero eso es una conjetura. Lo que impera es el silencio, y una investigación periodística que se aproxima a algo de lo que pocos quieren hablar.