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martes, 8 de septiembre de 2026

HISTORIAS MONTEVIDEANAS (narrativa) Por Darío Amaral


                                                          
A Marcelo “Fito” Galli.


LA PARADA INFINITA
La lluvia había dado inicio con una discreción casi diplomática, como solicitando consentimiento para deshacerse en vertical sobre la ciudad. Luego, obedeciendo a una obstinación que parecía muy montevideana, se había aferrado y empoderado sin intención alguna de retirarse. En la parada del 104 —un poste inclinado que sobrevivía más por inercia municipal que por voluntad metalúrgica— se arremolinaban escuetas humanidades, cada una con su gesto propio de resignación; ese ademán tan local que combina paciencia, fastidio y una tenue ironía dirigida al cielo, al Estado o al destino, según convenga.
Germán —funcionario empeñado en llegar puntual a un trabajo que jamás lo recompensaba por ello— se acomodó contra el borde del refugio techado. Tenía la precisa sensación de que la ciudad entera, empapada hasta en sus grietas, se había tornado más flemática, como si estuviera procesando un pensamiento de excesiva densidad colectiva que aplazaba su dinámica o intemperancia habitual.
La primera en hacer sentir su voz fue una señora mayor envuelta en un impermeable color berenjena.
—Esto no es lluvia —declaró—, sino malicia climática en bruto. Y todavía anuncian en la tele que va a mejorar. Yo ya no les creo ni los nombres, ni apellidos ni nada...
Su comentario se dispersó como una filtración inflamable que no induce más que a la charla. Montevideo es una urbe que reacciona abriéndose por fricción; basta apenas una queja o lamentación meteorológica para que las biografías también se abran y propaguen cual esporas al pampero. 
En el extremo opuesto de la parada, un veterano con boina estilo Bob Marley ladeada murmuró:
—Las lluvias de ahora no tienen memoria. Cuando yo era joven hasta llovía con otra dignidad, ¿sabe?, sin esta insana manía de despintar las veredas y ahogar las pobres plantas.
Efectivamente, nadie sabía, a ciencia cierta, qué significaba una “lluvia con dignidad", pero todos asintieron como si aquello se tratara de la exposición     de un concepto prominente y técnicamente verificable.
En ese instante irrumpió en la escena un repartidor en moto, empapado hasta los huesos, que se detuvo para ajustarse la cremallera de la campera fluorescente; pese al agua que le escurría por la nariz, como por una colina aguileña, sonrió.
—Gente, olvídense del 104 —anunció a la comitiva—. La calle está cortada por la movilización gremial. Va a pasar por Avenida del Libertador, si es que pasa. Yo vengo de ahí; tremendo caos para todos.
La noticia cayó con la gravedad de una sentencia mitológica. Las personas en la parada adoptaron de inmediato un aire trágico, como si aquel desvío fuese una afrenta personal meticulosamente orquestada por las deidades del transporte metropolitano. En Montevideo, tanto un embotellamiento como un mero desvío de ómnibus puede desatar, tras un parpadeo, un sucinto pero sincero examen existencial.
Germán, decidido a preservar una compostura que ni él mismo creía, exhaló un suspiro que parecía diseñar un mapa minucioso de frustraciones.
—Capaz que, atrasado y todo, viene igual —arriesgó, sin convicción.
El repartidor soltó una carcajada que retumbó contra los charcos.
—Si llega, me tatúo el recorrido en la espalda como un plano de GPS.
La señora del impermeable berenjena, aferrada a su cartera como si se tratara de un salvavidas en altamar, empezó a enumerar desgracias similares: desvíos por obras eternas, atrasos crónicos, embestidas a peatones, paros espontáneos “porque sí”. Cada anécdota vertida convocaba otra, y así se fue tejiendo una suerte de rosario o coral de quejas armoniosas, una sinfonía doméstica que sólo puede generarse en un país  donde la gente, si no conversa en modo “queja”, tiende a marchitarse cual rosa sin riego. 
Mientras tanto, dos adolescentes refugiados bajo una campera improvisada discutían sobre si valía la pena esperar o si era mejor arriesgarse a caminar empapándose hasta Tres Cruces. Sus voces mezclaban insolencia y ternura; representaban, de algún modo, ese tramo de la existencia en que cualquier decisión parece el prólogo de una gran epopeya.
Fue entonces cuando, de la nada, apareció en la tormenta el cuidacoches. Un hombre enjuto, de una edad indefinible, portando un poncho plástico numerado apenas sostenido por la voluntad más que por un diseño eficiente. Caminó con los zapatos sumergidos en el agua de la calzada hasta el borde del cordón y, sin solicitar permiso, anunció con tono de profeta:
—Yo ya calculé todas las probabilidades del evento. Este ómnibus no viene ni aunque lo reclame el propio intendente.
La frase, lanzada con histriónica solemnidad, produjo una mezcla única de gracia y desasosiego colectivo; pues no dejaba de portar la contundencia de esas verdades que nadie prueba pero la mayoría acepta tácitamente. Después de todo, los cuidacoches albergan un conocimiento preternatural y exclusivo del tránsito, como si la ciudad les dictara en voz baja sus diatribas y derivas escurridizas.
De pronto la lluvia arreció, levantando un rumor que recordaba al de una tribuna distante a punto de bullir. Montevideo, con sus tejados con claraboyas saturados y su arquitectura que nunca acaba de ser moderna ni antigua, parecía una criatura acuática a punto de emerger de sí misma.
Germán observó en torno suyo a sus camaradas circunstanciales con un afecto inesperado; sin querer notó que en ellos residía una especie de fraternidad precaria, hilvanada por la frustración compartida. La señora del impermeable, el viejo de la boina jamaiquina, el par de adolescentes, el delivery motorizado y el cuidacoches constituían, en sí mismo, una comunidad efímera, una especie de coro improvisado sobre el cual se sostenía parte de aquella ciudad. Porque Montevideo —pensó— es, finalmente, una extensa conversación de gente aguardando algo impreciso, pero que se espera sobrevenga en algún tramo del día; sea ello un ómnibus, una mejora, un mate que llegue a tiempo, o hasta un porvenir que no se postergue más de la cuenta.
El viejo de la boina, probablemente impulsado por ese espíritu gregario, se lanzó a contar una historia de la época en que marchaba por la avenida 18 de Julio con una mezcla de ilusión y desconfianza. Su relato tenía un tono ceremonioso, como si las palabras emergieran directamente desde un archivo histórico subterráneo.
—Era otro país —dijo—, o quizá era el mismo con otra ropa y perfume. Uno caminaba sabiendo que la ciudad también caminaba a la par. Ahora cada cual parece esperando su propio ómnibus, y capaz que ese es el gran problema.
La señora replicó con una sentencia contundente:
—El problema es que llueve. Y cuando llueve, Montevideo se pone nostálgica.
Asimismo, nadie se atrevió a contradecirla.
Pasaron minutos o décadas —el tiempo, en las paradas, opera con una lógica alterna insondable— cuando una vibración eléctrica recorrió al grupo: la aparición de un ómnibus en el horizonte, apenas una silueta difusa entre las cortinas de agua.
—¡Allá viene! —anunció uno de los adolescentes, como si, de súbito, descubriese un cometa en el firmamento.
La multitud avanzó unos pasos, conteniendo la respiración conjunta. Pero a medida que el vehículo se aproximaba, la esperanza se resquebrajó por entero. No era el 104, sino un 256 excesivamente abarrotado, que prosiguió de largo con la indiferencia monumental de quienes ya no tienen espacio ni para un suspiro tardío.
Los presentes atinaron a retroceder en un movimiento sincrónico, como si ejecutaran un ritual coreográfico. Algunos rieron; otros maldijeron con delicadeza; el cuidacoches escupió al piso una opinión irreproducible.
La señora sentenció:
—Esto parece tratarse de un test, para evaluar cuántos aguantamos.
Pero entonces, casi como un susurro de la providencia, el ómnibus manifestó su verdadera presencia, inequívoca aunque milagrosamente desviado de su tramo habitual. El 104 avanzaba con la dignidad fatigada de un animal centenario y descolorido que ha sobrevivido a demasiados inviernos. Frenó salpicado frente a la parada con un chirrido que sonó a pura disculpa.
Hubo, asimismo, un instante de duda colectiva, una suerte de vacilación casi filosófica. Después de tanta espera, ¿podría valer la pena subirse? ¿No se había formado ya un pequeño pacto tácito entre aquellas existencias que, por un rato, habían sido más que desconocidos?
Germán dio un paso adelante. Abordó el ómnibus con un gesto que mezclaba alivio y culpa. Miró hacia atrás; la señora, el viejo, los adolescentes, el repartidor y el cuidacoches permanecían impertérritos en la parada, como estatuas momentáneas bajo la lluvia.
—Vayan ustedes —dijo uno de los adolescentes—. Total, ya escampó un poco.
Y no se equivocaba. La lluvia, sin pretexto ni permiso, había comenzado a ceder.
El chofer cerró la puerta. Y el ómnibus arrancó, llevándose a Germán y dejando atrás aquella reducida república de la intemperie. Mientras avanzaba por la calle inundada, Germán sintió, desde su asiento, que algo se deshilachaba en su fuero interno; tal vez la certeza de que, por un instante, había pertenecido a ese coro involuntario; o tal vez la comprensión de que Montevideo es eso, precisamente: estar juntos,(y en ocasiones recíprocamente contenidos), sin reconocerlo; cercenados por la lluvia y unidos por una, a veces, ardua espera gris.
Miró, entonces, por la ventana donde se ubicó, a aquella ciudad gris y luminosa al unísono, que parecía despedirse con una mueca de feligrés  cómplice. Y sin palabras, sin épica, ni nada que pudiera dilucidarse del todo, entendió que aquella parada infinita permanecería almacenada por siempre en su memoria como un retrato minúsculo y perfecto de lo que significa vivir, al menos, por lo pronto, en Montevideo; algo semejante a una obstinada, íntima y melancólica modalidad de proseguir aguardando aquello venidero que esto fuera y significara. 
GRAFFITI NOIR
Sobre los muros de La Aguada, entre carteles descoloridos y sombras, cada mañana aparecían estampadas las polícromas y enigmáticas firmas de “Kairós"; un nombre imposible, escrito con el pulso de quien tiende a desobedecer al tiempo. Nadie de la zona lo había visto ejecutar su arte, pero todos se referían a éste como si en verdad lo conocieran. El artista clandestino que, en boca de todos generaba desconcierto, era capaz de dibujar, en el más escueto lapso de tiempo, considerables relojes de bolsillos derretidos, cuerpos sin rostro o sin miembros y grafías que se deshacían en la humedad del amanecer citadino.
Omar —porque así se llamaba antes de ser “Kairós”— era un joven hospedado hace mucho en una pensión que olía a sopa vieja y melancolía. Durante el día trabajaba en un taller de serigrafía de un amigo y, al caer la noche, salía con su mochila cargada de aerosoles, mascarillas con filtro   y un fervor que lindaba con la herejía misma. “El muro es la piel del alma pública”, murmuraba para sí, como si el grafiti fuera otra modalidad de exorcismo.
En una de sus noches de insomnio decidió intensificar su nivel de adrenalina planeando intervenir el muro más prohibido de la ciudad: el del Ministerio del Interior. Para el día elegido había pensado y repensado el diseño concebible al cabo de semanas; consistiría en un desproporcionado ojo azul que lloraría pájaros, o una flor nativa germinando del asfalto aledaño a un semáforo,  o bien un cráneo cuyos vestigios de carne eran devorados por voraces larvas de rostro humanoides... Su arte, creía, debía esencialmente contender y situar en tela de juicio las homogeneizadoras redes del poder, aunque el intento apenas alcanzara a perdurar hasta la primera luz del crepúsculo. 
Aquella madrugada, la primera en que una pintura suya lo había demorado más de lo usual, el sonido perenne de la ciudad se tornó sereno y paulatinamente tan irreal, que acabó por hundirlo, entre la niebla, en el portento de una abstracción tan intensa como en un submarino a la deriva en las aguas abiertas. Un móvil policial dobló entonces la esquina. Omar no corrió esta vez; sino que siguió trazando las circunvalaciones de su obra con una apacibilidad de condenado. Tras detenerlo sin violencia, uno de los policías más jóvenes, antes de esposarlo le preguntó con sincera curiosidad y deslumbramiento:
—¿Por qué lo hacés?
Omar levantó la mirada.
—Porque, para resplandecer, el silencio necesita además  del matiz de un color, mi amigo.
Transcurrieron los meses y la prensa capitalina someramente olvidó la historia. Sin preámbulos, el muro fue cubierto por una capa de pintura gris y, más tarde, demolido para construir un funcional estacionamiento. Sin embargo, una mañana, los obreros asignados descubrieron algo que consideraron llamativo o sugerente: sobre la superficie recién hormigonada, antes de fraguar, había reaparecido, en relieve leve y luminoso, la misma figura del ojo azul y aquellos pájaros multicolores aflorando de sus párpados.
Ninguno de los presentes pudo explicar el episodio. Algunos lo llamaron prodigio, otros usual sabotaje. Un periodista de un popular matutino escribió al respecto en su página que el arte, cuando es auténtico, no puede ser borrado de un manotazo porque, indefectiblemente, acaba impregnándose en la materia misma del mundo al que complementa enriqueciéndolo.
Esa misma noche, en algún reducto penumbroso de Montevideo, (quizás en Reducto mismo), un reluciente aerosol siseó con la resiliencia de una respiración pretérita; hasta que sobre la pared de cal, una rúbrica emergió estampada con tinta de neón: “Kairós”. 
Otra mañana, y Montevideo, volvía a amanecer mirando hacia sus mágicos muros.

FLORES DE KADUPUL 
“La flor de Kadupul florece sólo una vez, en la noche, para morir antes del amanecer dejando un almizcle celestial en el aire y la memoria de una belleza inalcanzable...”(Anónimo)
Montevideo tiende a oscilar sus decibeles. Repele del reposo o la modorra intransigente, bostezando en sordina, supurando en los intersticios de su herrumbre y hormigón cual herida abierta; desangrándose por hel alcantarillado donde las ratas, como oráculos ciegos, presienten la convulsión de la carne consuetudinariamente ofrendada entre sus moradores. Esta infalible lógica hace de los luneros rayos del Cerro capitalino, testigos de sempiternas noches blancas, semejantes a un cadáver embalsamado con neón; donde alguna masónica o esotérica alquimia basta para transmutar aquellas avenidas húmedas y arboladas, en arterias abiertas por donde circula el limo de cuanto paria o fauna errante las fagocitan para subsistir. Allí, entre la respiración sofocante del puerto y los arrumacos inmundos del pampero, timonea con mano de hierro forjado la secular cofradía de las obreras del deseo, milicianas de la luna llena o bien prostitutas a secas. Estas mundanas ninfas desventuradas, vestales sin templo, sobreviven ofreciendo el fervor de su piel, como moneda de cambio, en un rito sin altar ni más oscuro testimonio que el de sus pares con rímel, de algún proxeneta abusivo u otro juez o policía corrupto. Auspiciando ese infierno de asfalto oxidado sostenía su “reinado de flores de Kadupul" María del Carmen Mena; aunque nadie recordara, en ninguna circunstancia, semejante apelativo. Le llamaban “La Chata", a secas, debido a sus reducidos pechos y a una grotesca fractura de nariz, souvenir del primer cliente que, una perdida madrugada, tras sus primeros quince años, se le antojó reclamarla como un trofeo para su surtido escaparate privado. “La Chata” sostenía también el resto de su timorato cuerpo, devastado por ginebras baratas, partos interrumpidos y la intemperie de cien inviernos al igual que un libro de cicatrices que nadie sabía leer con acierto.
Caminaba con la dignidad marchita de quien conoce demasiado bien la topografía del hambre y la mundanal miseria.
A su lado solía escoltarla como una sombra, Rosalinda: morocha espigada, tatuada con calaveras y flores mustias, que disimulaba tras su maquillaje corrido los rescoldos de una profesión imposible y la fragilidad de una campesina del interior arrancada de raíz por una mano hosca. Para afincarse en la capital había despachado, de acuerdo al criterio impuesto por cada comprador, todas sus posesiones personales. Prendas de vestir, electrodomésticos, adornos, muebles y hasta libros, se fugaron en un santiamén, como pétalos deshojados por usureros.
Cuando le nacía reírse de alguna cosa en particular, el mundo parecía por un instante olvidar su cundida podredumbre; cuando Rosalinda recurría al llanto, llovía de modo copioso en todas las esquinas del Sur. Como las perlas engarzadas de un collar, de ella dependía su hija Lucerito, una niña de once años con ojos implacablemente mayúsculos, a quien alimentaba con cuentos de sirenas extraviadas y boliches casi familiares donde supuestamente solía cantar y servir tragos por las noches. La niña creía en esa fábula al igual que en una pujante plegaria, ignorando por completo que su madre pertenecía a una profana hueste de carne viva en oferta.
El tríptico era rematado por “La Gitana”, matriarca y verdugo, mujer corpulenta de cabellera azabache y mirada afilada como un vidrio roto. Guiada por su temple de acero, se había hecho cargo de mediar en persona con bribones y rufianes; era quien sobornaba a policías con favores nocturnos y quien distribuía, con idéntica parsimonia, los billetes ganados y los silencios perdidos. Siguiendo los pasos de su progenitora, no creía en el afecto ni tampoco en la bondad: había aprendido que en el subsuelo de una ciudad como Montevideo, la única ética posible era la de la supervivencia, ante cualquier descalabro y a como diera lugar.
I. Montevideo: invertebrado
En la noche, la ciudad es un organismo supurante que respira a trompicones y no deja de apestar a un gasoil que fermenta los ya lesionados pulmones de los transeúntes. En el Cordón, los bares vomitan tangos torcidos; mientras que en el puerto, los camiones rugen cuales dragones herrumbrosos junto al río que lame la podredumbre de los muelles. En los conventillos, la humedad rezuma por las paredes como lepra de una deidad invisible. Montevideo es una animada necrópolis que se yergue moteada por faroles amarillentos, y sus guardianas acaban siendo, de todas todas, estas noctámbulas y cancerberas “flores de Kadupul" que deambulan sin redención posible, a riesgo del deshojamiento.
“La Chata”, Rosalinda y “La Gitana” eran entonces trinidad apócrifa, combinación sacrílega y creciente de iracundia, frustración y miseria al unísono. Deambulaban cuales espectros que hubieran concretado un pacto aciago con su propia condena, y en las madrugadas más atroces se refugiaban en un cuarto alquilado en Maldonado y Minas con paredes descascaradas, un catre cojo y botellas vacías semejantes a reliquias de un culto desesperado. Allí, como almas depauperadas, soñaban entre sollozos y arrumacos mutuos, con lo indecible: soleadas panaderías tibias, escuelas con pizarrones limpios, peluquerías con espejos intactos y música funcional. Dormidas o despiertas, fantaseaban con mundos y hogares con jardines, donde no les era vedado representar el rol de verdaderas mujeres y no de vicarias o pedestres presas de la calle.
II. Guantes como piel
Fue en el espesor de otro junio que dolía como clavo oxidado, cuando el hombre de los guantes,(así se le recordaría), surgió cojeando de entre la niebla. Traía un flamante traje oscuro, sombrero oblicuo, y su voz pausada como quien recita letanías en un idioma extinto. Los guantes de cuero, jamás removidos, parecían una exacta prolongación de su carne, o tal vez su verdadera piel.
Aquella noche, sin vacilar, eligió a Rosalinda, y “La Gitana”, aunque olfateó peligro, aceptó los billetes de alta denominación sin convicción tajante. Asimismo, volvieron a verla a la mañana, aunque más silenciosa y con un temblor en su cuerpo que no se apaciguaba ni con ginebra. Luego de un rato de ensimismamiento, entre susurros y sollozos, cobró el valor necesario para confesarlo: —En realidad, nunca tuvimos sexo, ni siquiera me llegué a desnudar. Me hizo rezar como una monja y arrepentirme de mis últimos pecados. Después de observarme en silencio y acicalarme el pelo como un mannequin, me ordenó recostarme en la cama y quedarme quietecita; entonces, encimándoseme, me rodeó la garganta con sus asquerosos guantes y comenzó a apretar como quien mide un sacrificio. Todavía no sé, mientras me sofocaba y maldecía a su padre, cómo no perdí la conciencia ni, más tarde, salí huyendo de allí. Estaba completamente paralizada por el espanto. El “friki” volvió a costear el servicio y se las tomó sin decir “bye".
El impasible hombre reapareció cojeando algunas otras noches: a veces solicitaba otra mujer, otras ocasiones simplemente se dedicaba a observar desde un coche de alta gama estacionado en la esquina con la meticulosidad de un cazador de mariposas que estudia aquellas coloridas alas antes de clavarlas en alfiler. Una noche, “La Gitana", fastidiada de todo, intentó seguirlo por los pasajes del Cerrito, pero tras unas cuadras la ciudad lo tragó con apetito como se traga a una antigua sombra.
III. Evanescencia
El invierno se volvió un verdugo desalmado. Una gélida noche de tormenta, Rosalinda subió con su nuevo abrigo al coche del hombre de los guantes como piel, y ya nunca regresó.
“La Chata” y “La Gitana” removieron la ciudad de norte a sur y de este a oeste: licorerías, comisarías, hospitales, morgues. Nada. La noticia de su súbita desaparición no atrajo ni ocupó a ningún medio de prensa. La policía, por su parte, apenas bostezó: “esas chicas desaparecen todos los días y a cada hora reaparecen”. Pero, en su fuero interno, “La Chata” albergaba la peculiar certeza de que Rosalinda no se había evaporado, así nada más, por su voluntad. Esta vez no se trataba de Montevideo asimilando a otra joven prostituta arrepentida que deserta, ni tampoco de un caso semejante al estupro o de trata de blancas.
Subrepticiamente, cavilaba la madama, Rosalinda podría haber participado, desde el comienzo, de una meticulosa selección, orquestada para que, ante el primer lapsus de confianza, acabara por requerir a la chica al margen de su servicio, en cuerpo y alma. Fundamentalmente, con la mirada puesta en su alma benigna.
Lucerito soñó con su madre desnuda y toda cubierta de sangre en una pieza helada, frente a una ventana que no se abría. La niña lo dijo una tarde con la gravedad de una profecía, y “La Chata” sintió como nunca que las pesadillas se asemejan demasiado a impalpables mapas trazados para unos pocos...
IV. Descenso
A cambio de algunos pesos, promesas y amenazas, un soplón de cuarta mencionó al final un galpón en las afueras del Cerro. “La Gitana” y “La Chata” lo irrumpieron armadas de madrugada. Como lo temían, el interior era una suerte de caverna ritual: velas negras consumidas, pentagramas invertidos en las paredes, restos de diversos animales abiertos en canal. En el centro de todo, una mesa con correas y sangre seca.
Allí encontraron un pañuelo y una manga del abrigo de Rosalinda, manchados de lodo. El silencio sólo olía, en todas direcciones, a huesos secos. Entonces supieron, o acabaron por reconocer, que no estaban plantadas ante a otro cliente excéntrico, sino ante una cofradía tan invisible como poderosa que operaba devorando mujeres sin dejar huellas. Montevideo venía siendo, sin fecha precisa, apenas la máscara o la cáscara: debajo latía un subsuelo de cultos y desapariciones diseminadas al igual que una plaga urgida a ser nutrida y prosperar.
V. Efervescencia
La ausencia de Rosalinda finalmente encendió un insospechado hervor en la cofradía de meretrices. “La Chata” y “La Gitana" decidieron convocar sin rodeo alguno a las demás : “La Flaca”, Mercedes “la Tuerta”, Nené, Margarita “la Lunga”.
Se congregaban en las madrugadas en patios enmohecidos, compartiendo tabaco, caña y el más puro resentimiento; urdiendo una insurrección que era mucho más instinto que estrategia a aplicarse.
—Si no nos defendemos entre nosotras, nos van a seguir cazando y degollando como a gallinas ciegas, sin que a nadie le importe un carajo —escupía “La Gitana", con sus pupilas enrojecidas.
Un sábado, a medianoche, el hombre de los guantes volvió a hacerse presente en la zona. Lo aguardaban desde hace tiempo. “La Chata” fingió acercarse tan despreocupada como dócil. Cuando abrió la puerta del coche, el enjambre lo acometió en un tris . Botellas rotas, uñas, navajas. La Gitana sintió placer en hundirle hasta el mango un acero templado en la pierna que lo hizo vomitar de dolor.
—Rengueá con ganas, ahora, malnacido.
Después de surtirlo a bofetadas y escupitajos, concordaron en arrastrarlo hasta un descampado. Allí le exigieron nombres, direcciones o cuerpos. Él apenas deliraba:“ofrenda... purificación... elegidas...” Entre ruegos profirió contados vocablos como “cenizas sacras”, “conciliábulo negro” u “oblación", pero no entendieron, o no quisieron entender, ninguna de aquellas singulares referencias. Cuando se sintieron satisfechas lo abandonaron sobre los despojos de lo que una vez fue un perro. Al amanecer la policía lo descubrió flotando bocabajo en el río; aún traía los guantes puestos.
VI. Epílogo
No se supo más nada sobre Rosalinda. Su ausencia no hacía sino reconstruir al más nefasto tatuaje, a una llaga impura y a una lámpara eternamente apagada.
Mientras tanto, la ciudad prosiguió rugiendo incólume,con su indeclinable apatía y su esencia a gasoil montaraz. Por su parte, las prostitutas volvieron a su trabajo corporal, a sobrevivir y, en ocasiones, a desaparecer durante las noches más tormentosas, tras subir, con un nuevo abrigo, a un coche de alta gama.
Lucerito creció convencida de que su madre había sido una cantante de excepción.
En las noches aún soñaba con ella; la revivía rozagante, interpretando melodías que parecían arrancadas de un idioma foráneo, tan foráneo como las flores de Kadupul.

                                                                                                         Darío Amaral

lunes, 31 de agosto de 2026

VINDICACIÓN DE LOS “HAIKUS” Por Darío Amaral




In memoriam *Mariana Saldain Pioli y **Enrique Lorenzo.

Nuestra contemporaneidad se rige por la celeridad, la sobreabundancia discursiva y una suerte de diáspora atencional que, sin pretenderlo, acaba posicionando al haiku, con su ascética arquitectura verbal, (de 5-7-5 sílabas),  en el más  inesperado pero conveniente sincronismo. Más que una supervivencia de la tradición nipona, el haiku encarna hoy una verosimilitud poética: restituir cierta profundidad al instante mediante la máxima concentración del lenguaje. En un orbe global jactancioso de haberlo revelado todo, la mayor virtud de esta estructura poética acaso consista, en recordar que todavía perviven “elementos” o circunstancias que sólo pueden ser insinuados mediante esa enunciación formal y no otra. Tal resistencia estética propone, además, ante el exceso verbal,(ruido), y la saturación de imágenes de los “mass media”,  la suspensión ecuánime del “instante”; generando que tres versos, por otra parte, actúen como una mínima cámara o cápsula de silencio donde la experiencia, despojada de explicación, recupera el rigor originario de la percepción y posiciona al poema dentro de un tiempo natural en el que el lector acaba por completar aquello que el texto deliberadamente omite.
A partir de este pormenor aflora una paradoja esencial; el haiku registra un acontecimiento insignificante, (una rana, la lluvia, un insecto, la caída de una hoja) y, mediante esa minúscula circunstancia insinúa una metafísica que no explica el universo, sino que lo deja comparecer. En ello reside su afinidad con ciertas intuiciones del budismo zen, aunque sería reductivo concebirlo como una mera doctrina poética del zen, ya que el haiku no necesita proclamar la “iluminación” porque le basta con sugerir que, al cabo de un instante, contemplar y comprender pueden representar el mismo acto. Por consiguiente, su naturaleza es más ontológica que descriptiva; el poeta no inventa necesariamente un objeto, más bien devela una relación ignota entre las cosas; así la roca, el petirrojo y el silencio dejan de ser elementos exteriores y se convierten en términos de una correspondencia que el lenguaje apenas alcanza a precisar. Quizá por ello el haiku constituya una de las formas más rigurosas de la poesía ya que exige renunciar a la explicación, al ornamento innecesario, a la ampulosa retórica que pretende sustituir la inherente experiencia perceptiva. Su ambición no consiste en decirlo todo, sino en conseguir que tres líneas sobrevivan a la extinción de quien las escribió. Por lo que, en última instancia, el haiku no es, ni más ni menos, que otra insistente maquinación humana contra el olvido, dotada de aquella sospechosa dignidad de lo eterno, que tiñe lo efímero con polícromas pinceladas de absoluto. 


James Joyce
Dublín se sueña;
y aquella palabra abre
todos los mares.

Francisco de Goya
Negra la noche;
bajo el sueño del mundo
ríe Saturno.

 Sebastian Bach
Orden celeste:
cada “fuga” contiene
un Dios sin rostro.

Joaquín Torres García
El sur del cielo
ordena sus símbolos:
todo es medida.

Marcel Proust
La magdalena…
el tiempo, súbitamente,
vuelve a ser nadie.

Jesucristo
Clavo y silencio;
la eternidad expira
entre ladrones.

Buda
Cae aquella hoja.
Nadie pregunta al viento
quién fue primero.

 Dostoievski
Bajo la nieve,
Dios interroga al hombre
desde su abismo.

Harold Bloom
Shakespeare…
un muerto engendrando otro
en un lector.

Louis Stevenson  
La isla dormita;
en la cruz tesoro
tiembla la infancia.

Mario Levrero
Un sueño escribe;
el hombre que lo sueña
borra su nombre.

Georges Perec
Falta una letra.
El mundo, minucioso,
cede a callar.

Scott Fitzgerald
Brilla el verano;
y el oro de Gatsby
oxida el tiempo.

Severo Sarduy
Barroca la luz;
luna multiplicada
hasta abolirse.

 Lovecraft
Noche de estrellas,
un dios oscuro ve
cuánto lo soñamos.

Thomas Mann
Mustia montaña;
el tiempo enferma al hombre
con lenta nieve.

Camus
El sol persiste;
Sísifo, con su piedra,
inventa sentido.

 Lezama Lima
Fruta de sombra;
la imagen se desborda
sobre la noche.

Silvina Ocampo
La niña mira
su muñeca y descubre
que está soñando.

Virginia Woolf
Una ola esgrime
la conciencia dispersa,
como una lámpara.

Truman Capote
La voz se enfría;
en la callada nieve 
arde un cuchillo.
 
Charles Bukowski
Bar sucio y luna;
un vaso bebe al hombre
que no se rinde.

Oscar Wilde
Bello el pecado;
un espejo envejece
detrás del rostro.

Henry Miller
Arde la carne;
Nueva York amanece
con piel desnuda.

Astor Piazzolla
Bandoneón;
Buenos Aires desgarra
su propio pulso.

Palas Atenea
Magno intelecto
con ojos de lechuza:
cesa la espada.

Saki 
Sonríe el zorro;
la cortesía esconde
dientes de seda.

Pablo Neruda
Crece la noche;
una dicción de amor
pesa entre el mar.

Octavio Paz
Entre silencios
el instante descubre
su doble rostro.

Juan Rulfo
Arde Comala;
cada muerto me nombra
desde la cal.

Umberto Eco
Entre anaqueles
un laberinto lee
a quien lo busca.

Juan Goytisolo
Idioma en ruina;
cada frontera deja
un despatriado.

Walt Whitman
Canto mi cuerpo;
bajo infinitas hojas
respira el mundo.

Friedrich Nietzsche
Dios ha callado;
un abismo contempla
al que lo nombra.

 Kafka
La puerta abierta;
nadie entra porque aguarda
que lo autoricen.

John Keats
Tiembla la rosa;
su belleza ya conoce
la eternidad.

 Flaubert
Frase perfecta;
una palabra más
inmola al mundo.

Byron
Arde el océano;
un héroe sin sombra,
ni alguna dama.

Páez Vilaró
Tonal tambor;
tiñe el sol Casapueblo
y a su memoria.

Camilo José Cela
Camino y polvo;
España es en su voz
sus cicatrices.

Alfonsina Storni
El mar que llama;
nombre hundido en la arena
sin dueño alguno.
                                       


*Mariana Saldain Pioli: (Rocha, 1937-2009) maestra, docente de idioma español en secundaria,(donde dictó clases al autor), destacada investigadora, autora y gremialista rochense. 

**Enrique Lorenzo: (Salto, 1962-2002); lingüista, autor y docente de Lingüística en el Instituto de Profesores de Artigas,(IPA), (donde dictó clases al autor).  


                                                                                                                   Dario Amaral

domingo, 16 de agosto de 2026

BREVIARIO (microcuentos) POR DARÍO AMARAL






CARTOGRAFÍA

Acabando de trazar el último mapa del reino, descubrió que todos los caminos conducían a

la misma tumba. Tardó menos en percatarse que no había cartografiado un área de la

tierra, sino levantado el plano de su propia memoria.

HERENCIA

El anciano distribuyó relojes de bolsillo entre sus progenitores, ninguno de ellos funcionaba

en verdad. “El tiempo ya está adentro”, emitió antes de expirar. Desde entonces, en aquella

morada las agujas envejecen más lento que las mismas personas.

ARQUEOLOGÍA

Bastó retirar una pared para encontrar otra casa idéntica detrás; luego otra, y otra más…

Cuando llegaron hasta la última habitación, allí estaba, un niño en shorts terminando,

recién, de construir la primera.

GRAMÁTICA

El verbo “perdonar” nació una mañana, entre el bullicio, conjugado en pasado. Desde

entonces nadie volvió a pronunciarlo en presente. Asimismo, los diccionarios prosiguieron

llamándolo “verbo"; en tanto que los altos magistrados, “sustantivo"; dependiendo de la

“locación”.

INSOMNIO

Cada noche dormía sus ocho horas enteras; era durante la vigilia cuando soñaba. Por ello

nadie creyó en su cansancio cuando amaneció transfigurado en el recuerdo de otro hombre.

TESTAMENTO

«Todo cuanto poseo cabe en una palabra», escribió con pulso firme. Los herederos

permanecieron años indagándola entre los papeles. La vinieron a encontrar en el margen

de una página en blanco donde, palmariamente, podía leerse: “Todavía”.

INFIERNO

Dante circunvaló las nueve “regiones” buscando a los condenados. Al arribar al último

círculo, halló una monumental biblioteca. Cada libro narraba, con minuciosa exactitud, la

vida del hombre que lo abría . El poeta florentino debió cerrar el suyo antes de llegar al

primer canto.

DESPERTAR

La mañana en que Gregorio Samsa despertó en su lecho, convertido nuevamente en un

hombre, sintió en la sangre la viva desazón tras percatarse, entre otras cosas, que los

insectos nunca habían inventado la vergüenza.

ORÁCULO

La pitonisa jamás anunciaba el futuro; revelaba sucintamente los recuerdos que aún no

habían tenido lugar; aquella, y no otra, era la exégesis de por qué sus profecías siempre se

cumplían demasiado tarde.
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CATEDRAL

Los albañiles tardaron alrededor de unos cien años en levantar los cimientos y el mármol

de las columnas que sostenían aquellas cúpulas de aquel templo nórdico. Un eco, venido

del monte, tardó menos de tres segundos en derribarlo. Desde la catástrofe, los arquitectos

europeos, secundados por algunos lingüistas, no han cesado de examinar la gravitación de

una palabra.

CEGUERA

El anciano perdió la vista, subiendo los escalones de su casa, una tarde de lluvia otoñal. Al

otro día comenzó a describir pormenorizadamente los colores del viento. Tras abordar su

caso, los peritos médicos diagnosticaron imaginación avanzada en fase cuatro.

AJEDREZ

El rey llevaba siglos evadiendo, con denuedo, la muerte. Una noche, en un sueño,

vislumbró que el tablero era cuadrado porque ninguna huida podía parecer infinita. No dudó

en dejarse capturar; sus piezas prosiguieron batallando sin él.

APOCALIPSIS

Cuando expiró el último mortal, los relojes siguieron su mecánico avance con disciplina

inquebrantable. El tiempo nunca se había ocupado en nosotros; apenas si toleraba nuestro

vano hábito de medir o tabularlo todo.

DRÁCULA

Siglos de lunas carmines timando la sangre de los someros hombres, sopesando lo que

aquellos denominan “eternidad”. No sospechó jamás que acaso lo inmortal se refería,

únicamente, al postrero horror con que los hijos de dios emitían su nombre.

SHERLOCK HOLMES

Tras dilucidar el último acertijo de aquella habitación vacía, sobre un vetusto escritorio de

caoba encontró una lupa, una pipa y una nota escrita con su propia caligrafía: “El culpable

fue quien, desde el inicio, necesitó comprenderlo todo.”

FRANKENSTEIN

Cuando “la criatura” volvió sobre sus huellas para saber de su padre, el científico sólo atinó

a señalar la luna de un espejo. Desde esa fecha ambos envejecieron con un único rostro.

ROBINSON CRUSOE

Tantos años en austero diálogo con aquella isla remota que, tras apersonarse Viernes, el

náufrago había olvidado por completo la lengua de los hombres, entendía apenas el de las

oscilantes mareas.

PETER PAN

Tiempo más tarde retornó con la ilusión de llevarse consigo a otro niño. Ninguno accedió a

seguirlo. Sin más, entendió que la infancia no culmina cuando crecemos, sino cuando deja

de esperarnos.

HOMBRE LOBO
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No era la pálida luna quien lo volvía la consabida bestia; nada más le restituía el rostro

oculto a la luz del día. De esta forma, los aldeanos llamaban “maldición" aquello que, sin

tapujos, él llamaba “naturalidad”.

BORGES

Antes de alcanzar la ceguera, se apersonó, como acostumbraba, en la biblioteca en pos de

un libro imposible; no tardó en dar con sus páginas y percatarse que el volumen lo estaba

descifrando a él desde mucho antes de que aprendiera a abrir una página.

ONETTI

Fundó una ciudad para esconderse de la realidad... Quienes habitaban en ella creían

fielmente haber nacido allí. Sólo el viento, proveniente desde más afuera, insistía en

llamarla por el nombre de su melancolía.

SÁBATO

Descendió al túnel en pos de alguna salida. Cuanto más avanzaba, más reconocía las

prominentes paredes; no tardó demasiado en percatarse que la penumbra nunca había

estado “bajo tierra".

CORTÁZAR

La rayuela contaba con un casillero más, señalado apenas con tiza invisible. Quienes

conseguían alcanzarlo no llegaban al cielo; en un santiamén resurgían en el primer salto

con la acentuada sospecha de haber vivido otra vida entre un pie y el otro.

NERUDA

Esgrimió una oda para una piedra. Al concluir, la piedra comenzó a recordar que alguna vez

había sido montaña. Algunos ancianos llamaron poesía a esa secreta modalidad de

devolverles el pasado a las cosas.

HEMINGWAY

El viejo volvió a aquel mar sin redes, sin anzuelos, ni esperanza. Con sus rugosas manos

vacías, fue la primera ocasión que el océano no consiguió arrebatarle nada.

HOMERO

El aedo cesó su canto tras concluir la guerra y los héroes debieron desaparecer al instante.

Desde entonces, cada poema se desvive en pos de un combate para seguir existiendo.

NICANOR PARRA

Al “chileno terco” le dio por colgar un poema al revés para que nadie pudiera leerlo

solemnemente. Los críticos lo enderezaron, (diariamente), durante años. El poema,

entretanto, aprendió a caminar de cabeza.

ALEJANDRA PIZARNIK

Germinó una palabra tan minúscula que hasta el silencio no se contuvo en habitarla. Desde

entonces, cada vez que alguien intenta pronunciarla, únicamente consigue escuchar el eco

de una infancia que jamás tuvo lugar.

KENZABURŌ ŌE
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Aquel bosque conservaba intacta la memoria de los vencidos. Los hombres entraban para

olvidar; los árboles, en cambio, les regurgitaban cada nombre caído con la paciencia de la

lluvia. Solo quien aceptaba cargar tamaña memoria encontraba, al salir, un porvenir menos

ciego.

OCTAVIO PAZ

Procuró el centro del laberinto convencido de que allí le aguardaba, al menos, el silencio. Al

arribar y descubrir allí un espejo, supo que toda soledad no puede ser más que un diálogo

pronunciado en voz baja.

CHARLES BUKOWSKI

Apuró el último trago antes del amanecer. El alcohol no había vencido a la tristeza; apenas

la había vuelto legible. El grotesco cantinero cobró la cuenta. La noche pagó el resto.

DOSTOIEVSKI

Confesó un crimen que jamás cometió. El juez lo absolvió. Fue entonces cuando comenzó

el verdadero castigo: demostrar cada día su inocencia ante su propia conciencia.

LOVECRAFT

Abrió un libro oscuro cuya última página estaba escrita antes de la primera; no describía

cosmogonías malévolas, ni monstruos; sí explicaba, con intolerable lucidez, por qué a los

hombres les urgía darles vida.

EDGAR ALLAN POE

El cuervo regresó muchos años después.Pero no emitió su «Nunca más», sino el nombre

del poeta. Bastó ese único apelativo para que la habitación se abarrotara de sombras.

ALFREDO ZITARROSA

Cantó con un “son” tan hondo que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y

empezaron a regresar a la infancia. Desde entonces, cada milonga recuerda una patria que

aún entonces busca a sus hijos.

MARLON BRANDO

Interpretó tantos nombres que terminó olvidando el suyo. Una noche, ante el espejo,

descubrió, sin asombro, que el único personaje imposible de representar era, en efecto,

quien lo observaba desde el otro lado.

ULISES

Ulises retornó cuando Ítaca ya había aprendido a vivir sin él. Nadie discutió el peso de su

nombre ni de sus cicatrices. Sólo cuando, al alba, el mar insistía en golpear la costa como

un perro abandonado, vislumbró que los viajes no concluyen al arribo, sino cuando dejan de

esperarnos.

CAPITÁN NEMO

Sumergió su nave al punto que el océano empezó a asemejársele al cielo. Allí descubrió

peces transparentes, montañas dormidas y ciudades que jamás aprendieron la palabra

patria. Comprendió que el verdadero naufragio tiene cita en la superficie de las aguas, sobre

la tierra; allí donde los hombres respiran y aun así se ahogan con facilidad extrema.
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LA BALLENA DE AHAB

Ahab dió finalmente con su ballena. La escrutó en silencio por horas sin levantar el arpón.

Moby Dick mostraba en sus ojos el mismo cansancio que él. Acaso, en ese ínterin, ambos

prefiguraron que la venganza siempre forja dos o más monstruos, pero ninguna victoria.

MARTÍN AQUINO

Aquino conocía mejor los caminos del monte que los de la ley. Cada árbol recordaba su

nombre; cosa que ningún expediente pudo hacer. Cuando, revólver en mano, pereció ante

las descargas de las carabinas, con suma indolencia los jueces cerraron y archivaron el

caso. Los pájaros, en cambio, siguieron declarando su gesta todas las mañanas venideras.

CHARLES CHAPLIN

Pese a perder su bastón, nadie notó, en el vagabundo, tal ausencia; este se mantuvo

caminando con la misma obstinada elegancia. Así, varios percibieron que la dignidad no

reside en un atavío u objeto, como en la forma de sostener una sonrisa en tanto el mundo

delibera y ensaya su crueldad.

WOODY ALLEN

Woody pasó una tarde entera buscando el sentido de la existencia; lo encontró, antes de la

merienda, en un bolsillo del saco, junto a un boleto de cine vencido. Lo devolvió

inmediatamente, entendiendo que algunas respuestas envejecen más rápido que aquellas

interrogantes que las gestan.

HARRY POTTER

Y llegó el día en que nuestro bueno de Harry hizo añicos, en un pasillo de Hogwarts, su

portentosa varita. Luego explicó que no llevaba a cabo aquel acto por desánimo a la magia

en sí, sino tras razonar que el hechizo más difícil consistía en aceptar un mundo incapaz de

obedecer nuestros deseos. Desde aquel día los milagros no dejan de suscitarse sin hacer

ruido.

AKIRA KUROSAWA

El cineasta filmó una tormenta. Cuando concluyó la escena, los actores regresaron a sus

respectivos hogares, pero la lluvia insistió en quedarse dentro de la película. Ahora sucede

que, cada vez que el filme es exhibido en una sala de cine,no hay espectador que no

abandone el cine con un poco de barro en sus zapatos.

HAYAO MIYAZAKI

Desde que dibujó una grulla que, al final, se negó a vivir sobre el papel, los niños

comenzaron a mirar el cielo con una sospecha feliz. Algunos adultos aseveraron que era

pura imaginación; los árboles y las nubes nunca estuvieron de acuerdo.

MARILYN MONROE

En la escena apagó todas las luces para apreciarse sin reflejos y constatar que la belleza

también proyecta sombras, así como los aplausos nacen de un idioma incapaz de

pronunciar la palabra compañía. Al despuntar el sol volvió a sonreír. Hollywood jamás notó

la diferencia.
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HERMAN HESSE

Sembró un árbol en medio de una biblioteca. Algunos lectores protestaron por las raíces

que levantaban el piso, sin concebir, jamás,que los libros también necesitan tierra para

crecer hacia adentro.

TORRES GARCÍA

Reacomodó el mundo al revés al punto de hacer protestar a los mapas y enmudecer a las

brújulas. Nadie más que los niños reconocieron que el norte nunca fue un emplazamiento,

sino una recurrente costumbre excesivamente orgullosa para admitirlo.

CHÉJOV

Dejó un fusil sobre la pared y abandonó la habitación. Durante toda la historia los mismos

personajes aguardaron, impacientes, un disparo que nunca llegó. Tarde descubrieron que la

verdadera tragedia residia en aguardar un improbable destino que tal vez nadie escribió.

JOKER

Clausó su risa una sola tarde. Gotham creyó haber vencido. Pero el silencio resultó más

contagioso que cualquier carcajada. Desde aquella variación no hubo quien no desconfiara

de su propia felicidad.

ORSON WELLS

Orquestó un colosal ardid radial con tanta belleza y sutileza que el mundo prefirió llamarla

verdad. Pese a confesar el engaño, años después, era demasiado tarde: las mejores

ficciones no necesitan ninguna clase de permiso para convertirse en memoria.

EL RETRATO (Oscar Wilde)

Tras perecer el último hombre verdaderamente hermoso, todos los espejos amanecieron

empañados. Al cabo de semanas nadie consiguió verse el suyo en ninguno, por grande o

diminuto que este fuera. Al limpiar, una vez más, la luna en uno de ellos una joven notó que

no la reflejaba como debiera, sino como aquello que había resguardado con mayor esmero.

Desde entonces comprendieron que el retrato siempre había estado del lado del cristal.

LA CAVERNA (Platón)

El prisionero escapó de la caverna y contempló el sol. Regresó e intentó describir la luz

descubierta. Los del interior lo asesinaron con piedras cuidadosamente pulidas. Siglos

posteriores, aquellas mismas piedras acabaron siendo exhibidas en un museo bajo el

encumbrado rótulo: «Génesis de la filosofía».

EL LABIAL (Manuel Puig)

Ella nunca escribió, precisamente, cartas de amor; prefería dejar la marca del lápiz labial en

las tazas de café que bebía. Décadas después, cuando demolieron la casa, los obreros

hallaron cientos de besos fosilizados en la loza, sin que nadie encontrara una sola palabra

que pudiera explicarlos.

EL CISNE (Rubén Darío)

El último cisne abandonó su lago porque el agua había aprendido a reflejar únicamente

suertes de panfletos o bien anuncios publicitarios. Alzó entonces, su majestuoso vuelo,
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hacia un cielo sin metáforas. Aquella misma tarde la poesía inauguró su escritura en prosa

para sobrevivir a cualquier otro embiste o embuste esnobista.

EL ARMARIO (Stephen King)

Al oscurecer el armario respiraba lo mismo que un ser vivo. Nunca salía nada de él;

tampoco entraba nadie. El verdadero horror consistía en que cada amanecer, tras abrir mis

ojos, conservaba un recuerdo menos de mi infancia. Cuando por fin me anime a abrir la

puerta, descubrí sentado al niño que había sido una vez, sentado y envejeciendo en mi

lugar.

LOS HETERÓNIMOS (Fernando Pessoa)

Durante años convivieron sin discutir. Cada uno despertaba con un nombre distinto y una

biografía irreprochable. El contratiempo surgió cuando el cuerpo pereció. Ninguno de ellos

quiso asistir al sepelio de los otros.

LA ISLA (Reinaldo Arenas)

Fugó de la isla surcando el mar nocturno sobre un precario gomón. Al arribar al continente

descubrió que la aduana registraba también los sueños de los visitantes. Pensó, con

perspicacia, que el océano nunca rodeó la tierra, como a la memoria.

EL INVENTOR (Roberto Arlt)

Construyó una compleja máquina destinada a fabricar esperanza barata. Contra cualquier

pronóstico,funcionó tan bien que quebraron todos los vendedores de ilusiones. De pura

casualidad, una noche descubrió que la máquina consumía, como combustible, el futuro de

quien hacía uso de ella.

MACONDO (Gabriel García Márquez)

Cuando desapareció el último habitante de Macondo, las mariposas amarillas siguieron

llegando puntualmente cada primavera. Revoloteaban sobre casas y jardines inexistentes,

saludaban fantasmas meticulosos y regresaban al horizonte. La memoria, supimos junto al

prodigio, también posee instinto migratorio.

EL TESTIGO (Truman Capote)

Toda la ciudad aseguraba conocer al asesino. Asimismo, nadie pronunciaba su nombre

porque todos dependían de él para recordar quiénes eran. El juicio terminó sin culpables y

lo que llaman “verdad” abandonó la sala escoltada por el silencio.

EL JARDÍN (Lezama Lima)

Plantó una palabra en el centro del patio, donde brotaron árboles de sintaxis exuberante,

pájaros con plumaje barroco y frutos imposibles de pronunciar con una sola lengua y

paladar. Los vecinos perjuraban que aquello era una “selva”. Pitando su habano, él insistía

en tildarlo de “diccionario".

EL ASCENSOR (Mario Levrero)

El viejo ascensor se detenía, no por viejo, siempre en un piso inexistente. Nadie descendía,

ni nadie subía. Una madrugada reuní valor y crucé aquella puerta. Mi apartamento estaba

allí, esperándome, pero habitado por aquella persona que habría sido si jamás hubiera

sentido miedo.
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LA MAGDALENA (Marcel Proust)

Probó un trozo de pan endurecido y no recordó la infancia, sino todos los futuros que había

desperdiciado. Esa fue la forma en que descubrió que la nostalgia no siempre viaja hacia

atrás.

LA BIBLIOTECA

El avezado bibliotecario clasificaba aquellos libros de acuerdo al número de lectores que

habían llorado sobre ellos. Existían estantes enteros dedicados a lágrimas discretas. Los

volúmenes completamente secos permanecían cerrados con llave, pues, se sabía, eran los

más peligrosos.

EL RELOJERO

El anciano reparaba únicamente relojes detenidos a la hora de una despedida. Decía que el

tiempo roto hacía menos ruido. Cuando murió, encontraron sobre su mesa un reloj sin

agujas. Era el único que seguía funcionando.

Darío Amaral
BREVIARIO 





sábado, 1 de agosto de 2026

SERENDIPIA DE UNA ETERNIDAD INMEDIATA

   


In memoriam Jesús Perdomo.



El Marco de los Reyes.


En una plaza céntrica se yergue una desgastada piedra cuasiprismática que, aunque atípica, no parece reclamar la atención de nadie. Rumbo a la escuela los escolares la rodean, esporádicamente, sin verla; en tanto los gorriones la emplean como una suerte de árbol abreviado y los ancianos, cuando la sombra declina, se apoyan sobre sus bastones próximos a ella ignorando que acaso descansan junto a una de las más pretéritas ficciones del mundo. La trajeron hombres que obedecían a otros hombres foráneos; éstos, a su vez, comulgaban con empoderados mapas, coronas y tratados políticos-bélicos. Informan que fue el “Marco de los Reyes", divisorio entre España y Portugal, que desde entonces para en Rocha un tanto apartado del sitio primario para el que fue concebido, pero que asimismo continúa ejerciendo, con la obstinación mineral de aquellos elementos fidedignos, el oficio de segregar.

Empero, no se trata de un mero bloque labrado ni tampoco de una reliquia para el caprichoso fisgoneo de los turistas; los hombres lo imaginaron para fijar un límite territorial y, sin proponérselo, con los siglos, este acabó antes entendiendo que ningún límite, por preciso que sea, resulta perenne. Sus aristas accidentadas han contemplado imperios desbaratarse con mayor fluidez que una nube de verano, banderas trocar sus colores, lenguas confundirse con la respiración de las fronteras y milicias que, creyéndose imbatibles, apenas devinieron en el óxido de algún sable perdido y olvidado bajo la tierra de alguna pradera. La piedra, en cambio, persiste impertérrita, ignorando en silencio los esplendores de la patria, pero recordando las vecinas manos que se han deslizado, como en una caricia, sobre el relieve áspero de su superficie.

Aún hay quienes creen que divide dos reinos; sospecho que, sin profuso afán, divide otra cosa. Acaso, deslinda el territorio visible del etéreo, lo mismo que el espiral del tiempo que creen conocer los hombres, que suele arder y consumirse como una hebra de lana en la flama, y no en el de la cronología de las piedras, tiempo, ese, que apenas se digna transcurrir. Quien se detiene ante ella advierte, sin saberlo, una vacilación, (o probable lapsus), del universo: al cabo de un instante no sabe si contempla un monumento o si es él quien contempla al visitante por una memoria infinitamente más vasta que la suya.

En la plaza de Rocha, rayano a la sombra de los plátanos, pláticas coloquiales y tardes dilatadas, aquel “Marco de los Reyes" persevera en su esquinera y discreta vigilia, sin aguardar beneméritos emisarios de Lisboa ni de Madrid. Sólo parece demorar algo tan antiguo e improbable como que, al menos un mortal, comprenda que toda frontera es también una suerte de metáfora, que todo reino acaba por ser un apelativo en un libro y que al fin la piedra, modesta y paciente, persiste soñando aquel idéntico sueño de límites difusos, en tanto el mundo que la circunda no cesa de mutar incesantemente de mapa y habitantes.



La chimenea.

En las afueras de una ciudad se divisa una chimenea apagada, erigida desde sus cimientos por manos que ya son polvo. Cada ladrillo suyo fue dispuesto, en un inicio, con la secreta esperanza de durar más que el hombre que lo asentaba. Al cabo de décadas dirigió al cielo el humo de los hornos de “La Rochense", con un fuego austero ascendiendo por su cilindrica cavidad y los atardeceres de Rocha aprendieron entonces, con su población, a calibrar

el tiempo por aquella columna densa y oscura que parecía rubricar, sobre el aire, una caligrafía destinada a las aves, o a nadie.

Quienes a la fecha se dignan a contemplarla, tras las ventanillas eléctricas de sus automóviles, apenas advierten en ella algo semejante a la ruindad; asimismo están los que sospechan que las grietas que la recorren no son obra exclusiva de las lluvias ni de los pamperos. La ha desgastado otro tanto el olvido, que es un diseño más lento y más rebuscado de la intemperie o el desamparo. Si bien el ladrillo recuerda el incendio que le dio origen; los hombres, por su parte, olvidan presto el fuego que los fabricó.

En esa orfandad, otra cosa pretende la chimenea, que no parece anhelar el humo ni el antiguo estrépito de las extintas máquinas de su interior; tampoco reclama obreros eficientes, ni puntuales silbatos de fábrica o carretas desbordadas de arcilla. Sueña con aquello para lo cual fue erigida: elevar. Al igual que Babel toda torre imagina el cielo abierto, aunque ese mismo cielo la ignore. Persisten en ella la obstinación vertical de las plegarias y la soberbia de los obeliscos; porque su naturaleza fue la de encauzar el humo; acabó encauzando el tiempo, que entalega la crueldad.

No es complicado pensarla ajena a Rocha; incluso adivinarla o equipararla a una estirpe más remota: la de las construcciones que subsisten a su utilidad. Como los faros apagados, los puentes hacia ríos desaparecidos o las fortalezas cuyos habitantes y enemigos se extinguieron hace siglos, la chimenea insiste estar en pie porque ha comprendido un secreto que los hombres rara vez alcanzan. Todo destino concluye convirtiéndose en memoria, y toda memoria necesita un ladrillo o cimiento que la sostenga.

Cuando el crepúsculo de verano la recorta contra el cielo del este, la chimenea parece más alta que nunca. No desafía al horizonte; dialoga con él. En su silencio de mineral cocido todavía asciende un humo que muy pocos perciben, hecho de jornadas sofocantes, voces y nombres ya extraviados. Quizá las fábricas desaparecen, los obreros expiran y las ciudades se ensanchan; pero la vieja chimenea persevera en una tarea infinitamente más ardua que la de expulsar humo: custodia, contra la desmemoria de los años, la efímera eternidad de los hombres.


Un retrato


En un marco de madera habita un joven rostro.

No es, desde luego, la mujer que allí vemos. María Elena, (mi madre), ha conocido días que el óleo no conoció, ha olvidado nombres que el pincel no pudo prever y ha sobrevivido a la muchacha que la pintura insiste en preservar. No obstante, tampoco hablamos de una mera representación; existe en ese semblante una obstinación que desafía el desgaste de los calendarios. Como la luna en los espejos antiguos, el retrato no devuelve una imagen sino, creo, posterga un destino.

Martha Nieves, la pintora, no se conformó con disponer pigmentos sobre una tela; sino que, acaso sin formularlo, comprendió que el verdadero retrato nunca reproduce un rostro, como el instante irrepetible en que un alma condesciende a ser escrutada. Los trazos, severos y misericordiosos, renuncian al detalle inútil para perseguir una certeza más ardua y esencial, que pertenece, antes que a una anatomía precisa, al insoslayable devenir.

Ello nos inclina a cavilar respecto a un tradicional equívoco, al parecer, atribuible a los retratos.

Aunque se cree que conservan el pasado, quizá también lo hagan con lo que denominamos “porvenir", puesto que cada dispar mirada futura, al fin de cuentas, consuma o completa la obra que la primeriza artista insinuó al inicio con su pincel. Así, la pintura no fija una identidad; la diversifica y multiplica. Entonces cada observador concluye imaginando una mujer distinta y, sin advertirlo, incorpora algo de su propia identidad a ese rostro. Respecto a ese modus operandi, a medida que el cuadro cambia sin modificarse, también se eterniza…

A principios de los 90 conocí a Martha Nieves, arraigada en cuerpo y alma al balneario La Paloma, al igual que al Atlántico en que hundía sus pies, y que sigue desgastando las piedras sin conseguir abolirlas. En aquella circunstancia agradecí por su pintura y que esta albergara además la misma condición marina de una serenidad sutil que oculta “honduras” aún más sutiles. Lo dije porque, antes que tantos, Nieves entendía que el arte no consiste en sobreponerse al olvido, (empresa vana además), sino en dotarlo de un diseño,(o suerte de albur), tan infinitamente “abierto” como perdurable. Probablemente, toda gran pintura albergue en la policromía de sus trazos ese pacto tácito entre el tiempo y todo cuanto invoque “permanencia"; ya que en definitiva, entretanto nuestros cuerpos ceden vencidos al desgaste y la atribulada memoria se torna incierta, el lienzo persevera; custodio de una lozanía ajena a la carne pero más hermanada con los ojos de quien contempla un cuadro. Sólo el arte desafía a la muerte. Así lo entendió Oscar Wilde en su “Retrato de Dorian Gray”, donde la eternidad nunca fue un atributo propio a los hombres, sino a aquellas imágenes o representaciones idóneas siempre en sobrevivirlos. Allí, donde la vida concluye, la pintura apenas comienza.


L a Tuna.


Mi abuelo se refirió cierta tarde, entre mates, a aquellas ruinas en medio de los campos. Arguyó que las piedras que la sostienen ya no recuerdan el nombre de quien las asentó en cal, pero conservan, con una fidelidad que los contemporáneos ignoran, el sempiterno peso de cada jornada campera. Las paredes de la antigua Estancia La Tuna, en la misma modalidad, han sobrevivido a los techos, a los muebles, a las voces y aun a las generaciones que desfilaron por ellas. Permanecen como permanecen algunas sonoras acepciones latinas, despojadas de aplicabilidad inmediata, pero investidas de una autoridad que las épocas estacionales, en vez de disminuir, terminaron por acrecentar.

Con ello y todo, mi abuelo, (que fue carrero en Villa Velázquez), aseguró que aquella construcción no ambiciona restauraciones piadosas ni tampoco el tránsito distraído de los viajantes. Sus paredes, levantadas en un principio para albergar una familia en la época artiguista; terminaron custodiando una memoria y aceptando, antes que los hombres, que toda arquitectura, por estratégica que sea, aspira secretamente a convertirse en leyenda o historia, que viene siendo lo mismo. Sus grietas no son heridas secas, sino más bien una escritura con que los años han corregido la ilusión de permanencia.

Bajo esa techumbre vivió Francisco De los Santos, compadre del General Rivera, padre riograndense de doce hijos y alcalde, por el 1809, de la región de Rocha.

Aunque hoy ese nombre apenas frecuenta algunos documentos y la silenciosa erudición de los archivos, vindica de un tiempo en que gravitar sobre estas tierras equivalía a decidir el destino de toda una comarca en días en que el porvenir de la Banda Oriental aún vacilaba entre magnos imperios. De los Santos apadrinó el impulso artiguista cuando la libertad era menos una palabra que una incertidumbre; verificó la elección del diputado destinado al Congreso de Mercedes y recibió, del Cabildo de Montevideo, la investidura de Juez de la Villa y Capitán de sus Milicias Cívicas. Esos honores, que parecieron definitivos, hoy sobreviven sucintamente en la obstinación de las paredes de aquella tapera.

No es intrincado sospechar que La Tuna no fue tanto una estancia rural, como una bifurcación de tiempos. En el ínterin en que Francisco de los Santos deliberaba sobre cabildos, milicias y congresos, el entorno pastoril, junto con las piedras, aprendían el señero oficio de templar la espera. Desde antes, sabían que los gobiernos de turno acabarían reemplazados por otros gobiernos, que los mapas y planos alterarían los trazos de sus contornos y que los nombres ilustres acabarían inapelablemente refugiándose en notas al pie de la historia local. Ellas, en cambio, proseguirían allí, una sobre otra, impasibles a la gloria y al olvido que todo lo daña.

Mi abuelo, Hilario Amaral Velázquez, no llegó asimismo a conferirme que cuando una corriente de aire atraviesa aquellas antiguas ventanas, recorriendo como un espectro aquellas habitaciones que hace mucho dejaron de existir, tal vez no se trate, ni se tenga fe, de que acaso ello sea la más natural y desprovista manifestación del viento. Y entonces, asistamos a la respiración soterrada de otro siglo que, con lo que le resta, resiste a desvanecerse por entero. Aquí, en La Tuna, tampoco los héroes consiguen sostener la memoria de un pueblo; en su lugar, lo hacen las piedras humildes y liquenadas que les sobrevivieron. En ellas, los evos han descubierto un lenguaje, que aunque con inferior lustre, es más perdurable y perspicaz que el mismo bronce. Con semejante pretensión, Francisco de los Santos, sin espada ni magistratura, al unísono ejerce hoy el más arduo de los cargos comunitarios: permanecer en la conciencia secreta de la tierra que él mismo contribuyó a fundar.



E l Cristo de “Lucho”.


Hay estatuas cuya razón de ser se agota en la celebración de una efeméride, y otras, aún más enigmáticas, que parecen haber sido concebidas para insinuar una interrogante cuya respuesta ningún hombre develaría sucintamente. El Cristo de Lucho Maurente, en la playa “Los Botes” de La Paloma, pertenece, creo, a esa segunda estirpe. No es improbable que su verdadera sustancia no sea el cemento en sí, sino la insistencia de una memoria anónima obstinada en demarcar la gravitación de su presencia insoslayable. Pienso, a veces, en su distante y dispar análogo, el Cristo Redentor del Corcovado, suspendido a unos 700 metros sobre Río de Janeiro como una vasta alegoría de la clemencia. Pienso que en tanto aquel “Coloso" domina una ciudad innumerable, éste se resigna a custodiar el límite más incierto; el instante en que la tierra abdica de sí misma y acepta el inapelable argumento del Atlántico.

Toda geografía es, soterradamente, una forma del tiempo. Entre las fajas de nubes, el Redentor contempla avenidas, multitudes y el rumor incesante de una civilización que no hace más que multiplicarse; el Cristo de La Paloma, en cambio, asiste a una liturgia más remota. Sus fieles no arriban hasta él por pródigas escalinatas, sino sobre parcas embarcaciones cuya derrota el mar esgrime y anula con idéntica indiferencia. Quizá por ello sus brazos abiertos evocan menos al Gólgota que a la figura invisible de los vientos, el dibujo efímero de las velas y las redes que al amanecer parecen plegarias tejidas con sal y esperanza.

La intemperie, asimismo, ha ejercido sobre esa imagen una paciente exégesis. La lluvia, el viento austral y la respiración mineral del océano han ido corrigiendo o retocando la obra del escultor “locatario” con una dilación que sólo el universo conoce. Cada grieta es una glosa; cada desgaste, una refutación del artificio humano. Sospecho que Maurente conjeturó a su tiempo, que ninguna escultura, (por más que esta contenga la fisonomía de su autor), concluye el día en que abandona el taller; empieza entonces una colaboración silenciosa entre la materia y los siglos, entre la voluntad del artista y la obstinación de los elementos.

Si se medita más, acaso la disparidad esencial entre ambos Cristos no radique en sus dimensiones ni en la celebridad que los rodea; el Redentor ha sido incorporado al vasto repertorio de las imágenes planetarias, cuando el de “Lucho” permanece, con una modestia casi oriental, al margen de esa gloria. Sin embargo, ambos participan de una paradoja que la teología y la literatura apenas entrevén: cuanto más inmóviles parecen, con mayor vehemencia traspasan el incesante fluir del tiempo.

Porque, puede que el verdadero milagro no consista en prometer o garantizar la eternidad, sino en impugnar, (aunque sea desde una muda cruz), al olvido. Los nombres de los pescadores se pierden con ellos, las embarcaciones cambian de color y de dueño, las generaciones olvidan aquellos cuarteados rostros que las precedieron; pero aquel crucificado interroga, entre los dos crepúsculos, al horizonte con la obstinación de un centinela. Puede, también, el mismo horizonte resultar ser un error ocular que nos veda descubrir que este no divide, como se cree, el cielo del océano; separa, como intuyó Borges en más de un laberinto, la breve duración de los mortales de esa otra eternidad que acaso sólo conocen el mar, la piedra y el silencio.




U n cine inolvidable.

Ignoro si las ciudades desaparecen del todo cuando claudican sus edificios o cuando perecen los hombres que todavía podían nombrarlos. Sospecho lo segundo. Si bien las piedras parecen obedecer a la historia; la memoria, en cambio, pertenece a otro reino, cuyo orbe apenas entrevemos en ciertos “estados de gracia” privilegiados. El antiguo Cine Primero de Agosto constituyó una de esas provincias etéreas.

Por años creímos que su noble misión no consistía más que en proyectar filmes en las matinée y los días de socios. Hoy entiendo que las películas eran apenas un pretexto y que el verdadero espectáculo ocurría entre los espectadores. Sin saberlo, (u obviándolo), cada uno contemplaba una obra distinta, aunque la pantalla ofreciera la misma sucesión de imágenes. El niño aprendía, antes o después del intervalo fílmico, acerca del coraje en los gestos de un héroe imaginario; el enamorado descubría que el roce de una mano podía abarcar al universo entero, en tanto el anciano volvía a constatar que el pasado no retrocede, sino que, con sigilo, aguarda.

No deja de maravillarme esa antigua ceremonia. Una sala oscura congregaba a desconocidos que aceptaban creer, durante algunas horas pagas, en una falacia luminosa rioplatense o subtitulada. Nunca he sabido si esa credulidad era una forma de ingenuidad pormenorizada o de sabiduría; quizá los hombres necesiten de las ficciones para reconocer las únicas verdades que les son accesibles.

Entre tantas, recuerdo una película en la que un muchacho comprendía demasiado tarde que el verdadero protagonista de su vida no había sido él, sino un viejo cine de pueblo condenado a desaparecer. Al marcharse creyó despedirse de un edificio; ignorando que se despedía de una manera de mirar el mundo. Años después descubriría que las películas también podían olvidarse, pero no el haz de luz que las hacía posibles sobre una pantalla. Quizá toda educación sentimental consista o se resuma en aprender tal diferencia.

Acaso Alfredo, el viejo proyeccionista de aquella fascinante historia italiana conociera una verdad semejante a la que entrevió el vate Giambattista Marino en sus postrimería ante la rosa amarilla inserta en una copa: así como los versos no eran la rosa, tampocos las cintas de celuloide eran el cine. El milagro, con su magnificencia, residía en esa misteriosa facultad por la cual un objeto finito revela, por un instante, una realidad infinita. Recién ahí es cuando comprendemos que el celuloide era apenas un instrumento y que el edificio mismo era apenas un accidente. Lo esencial se inscribía en aquella comunidad efímera de hombres y mujeres que compartían una misma oscuridad para recibir la misma magnánima luz; donde ninguno salió siendo exactamente el mismo que había entrado a aquella vieja sala.

Hoy el Cine Primero de Agosto no existe; otra arquitectura ocupa su lugar, como otras generaciones ocupan las ciudades. Nada hay de extraordinario en ello; también Troya y la Torre de Babel desaparecieron y seguimos pronunciando sus nombres.

La excepción radica en que en tanto alguien recuerde el silencio que antecedía al encendido del proyector sobre las inquietas cabezas y una vieja melodía despierte el rumor de las butacas o una fotografía restituya el perfume del celuloide, el cine de ayer y hoy proseguirán convida. No será asimismo en la piedra ni en el cemento, sino en esa región donde sobreviven las cosas que el tiempo no consigue destruir porque nunca fueron del todo materiales. A lo mejor ése sea el destino de todos los cines.


C asos y cosas, hechos y hombres.


Existe un libro que parece una crónica, cuyo título promete episodios, objetos y personas. Tras hacerse de él, el lector supone que encontrará la paciente enumeración de un pasado provincial; se equivoca. Su autor, Rosalío A. Pereira, lo concibió convencido de que toda historia local es, en esencia, una versión abreviada de la historia del universo. Ningún hecho es pequeño cuando el tiempo decide conservarlo. Otra cosa quiso el libro, puesto que no se limitó a registrar nombres destinados al archivo y acabó por descubrir que cada hombre, más allá de su intención, arrastra consigo una época entera y cada objeto cotidiano puede llegar a ser el resumen de innumerables vidas. En este volumen los sucesos de Rocha, las anécdotas, los personajes y los gestos cotidianos dejan de ser circunstancias para convertirse en símbolos. Lo particular adquiere, sin proponérselo, la dignidad de lo universal.

He pensado que la memoria se asemeja a una biblioteca: en sus anaqueles conviven emperadores y paisanos, guerras memorables y pláticas barriales olvidadas. La diferencia no reside en los acontecimientos en sí, sino en cómo y quién los rememora. Rosalío A. Pereira ejerció con maestría un oficio que pocos comprenden, salvó del anonimato aquello que la historia solemne suele desdeñar; advirtió que un pueblo también se construye con anécdotas cotidianas y pequeñas hazañas entrelazadas, con hombres cuya celebridad jamás rebasó los límites de su propia comarca.

Cuando el libro se cierra, sus páginas continúan respirando y cada lector termina añadiendo un recuerdo que el autor nunca escribió y confirma una antigua sospecha: las comunidades no sobreviven por sus monumentos ni por sus decretos, sino por quienes conservan el relato de sus días. “Casos y cosas, hechos y hombres” es mucho más que un libro sobre Rocha; es la constatación de que una tierra alcanza su verdadera permanencia cuando alguien convierte su memoria en literatura.


P or Setiembres


En una biblioteca céntrica se descubre un poemario cuyo lomo envejecido no reclama la atención de los distraídos. El polvo, que suele ser la dermis patente del tiempo, ha depositado sobre sus páginas una dignidad que los volúmenes recientes aún desconocen. Al abrirlo, el lector distraído cree buscar poemas y canciones; ignorando que ha penetrado en una comarca donde las estaciones no obedecen al calendario, sino a la pura memoria.

Con él, Enrique Silva no procuró ordenar someramente una poética estacional, sino conferir que la poesía no nace de las palabras, como del intervalo que las separa. Cada composición parece recordar un peculiar paisaje de Rocha; sin embargo, los campos, los árboles y los cielos que allí comparecen ya no pertenecen en exclusiva a su localidad natal, sino a ese territorio más incierto donde habitan y levitan las nostalgias. El autor que escribió sobre un septiembre, sin excepción, al final terminó escribiendo sobre todos ellos.

Sospecho que libros como el suyo albergan la secreta vocación de aspirar a que no sólo se los lea ceremonialmente; aspiran a ser rememorados cuando ya han sido cerrados y abandonados en un anaquel. Tras ese aparente acto somero comienza entonces su fidedigna existencia. Así, cuando las páginas de “Por Setiembres” permanecen inmóviles; es el lector quien muta, como una estación viviente, con cada lectura. Los versos son los mismos; quien regresa a ellos nunca lo es. Acaso esa sea la más humilde definición de un clásico regional: un libro que envejece menos que quienes lo leen.

Enrique Silva legó a Rocha algo más durable que una obra literaria; cedió un peculiar espejo donde el departamento puede reconocer no su apariencia, sino su espíritu. En conclusión, en tanto exista un lector dispuesto a demorarse y distraerse en semejantes páginas, septiembre proseguirá floreciendo, no en los árboles ni en las flores, sino en la lengua.

El Butiasero” y Perdomo


El Gringo Butiasero”, de Jesús Perdomo, libro sin aspiraciones de inmortalidad arraiga sus raíces en la memoria-erial colectiva de un pueblo. Su materia aparente es un hombre, pero su verdadera sustancia, es la suma de un territorio. En sus páginas, Rocha deja de ser una delimitación geográfica para

transmutarse en una cifra moral y un antiguo espejo en cuya luna el tiempo contempla su propio desgaste.

Como obra perdurable, el volumen no se limita a narrar un mero destino, lo torna llanamente arquetipo. El gringo es, al unísono, un hombre singular y también todos los hombres que hicieron del monte, del butiá castillense y del horizonte una modalidad de discernir la vasta complejidad del mundo y sus habitantes. Sin ánimos de ponderar, cuando la literatura alcanza esa condición, deja de ser documento para convertirse en mito.

El deceso de Jesús Perdomo no mengua ni extingue su voz; apenas la traslada a esa región donde habitan los autores cuya obra prosigue dialogando con los vivos. Profesor por vocación y escritor por íntima necesidad , comprendió que la identidad de un pueblo también se edifica sobre palabras. Quien rescata una memoria del olvido modifica el porvenir tanto como quien funda una ciudad.

Quizá los departamentos, como los hombres, estén hechos menos de tierra que de relatos. Si esa conjetura es en parte veraz, probablemente Rocha le deba a Perdomo una porción de su conciencia más viva; una que incluso se sobrepone al tiempo convirtiendo la vida en literatura y la literatura en memoria.



Dario Amaral

martes, 14 de julio de 2026

ITINERARIO DE LA LUNA PÚRPURA (poesía) Por Darío Amaral




A ella…

“Debo fingir que hay otros. Es mentira. Sólo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura.” (Jorge Luis Borges)

*Génesis)-Romeo vs Julieta. (1597).

En la cripta nupcial de la granada,
donde el linaje rumia su diamante,
Romeo alzó su lámpara migrante
sobre la sal del áspid deshojada.
Julieta, rosa de ónix constelada,
ciñó el eclipse de un laurel errante;
y el tiempo, hierofante delirante,
ungió la sed de su ceniza alada.
Mas Capuleto y Montesco, negrura
del blasón que devora cuanto nombra,
fundaron la liturgia de la herida;
y el odio, sacristán de la clausura,
tornó  su estirpe en oscura sombra
que dio a la muerte vocación de vida.


**Quimera)-Dulcinea en una triste figura. (1605).

No amó la carne; amó su transparencia,
el arquetipo azul de lo imposible,
la espiga que en lo eterno fue visible
antes que el lodo mutara en ausencia.
Dulcinea, epifánica presencia,
floreció en el reverso indivisible
donde el deseo, cónsul indecible,
corona de infinito la indigencia.
Y el caballero, heraldo del vacío,
ciñó de luz la herrumbre de su lanza,
como si Dios dictara su extravío.
Jamás rozó la rosa de su andanza:
bastó nombrarla, y el estéril río
aprendió a desbordarse de esperanza.
Porque hay amores cuya sola ausencia
erigen catedrales en la nada;
y fue más verdadera la distancia
que toda posesión deshabitada.


***Inmolación)- Metafísica de las camelias. (1848) .

Donde la rosa aprende la ceniza,
su respirado mármol cede espuma;
la sangre asciende, lámpara sin suma,
animal que al éter inmoviliza.
Camelia; sacerdocio de la brisa
precede un pez de sombra en cada pluma;
el pulmón abre su celeste gruma
como un altar que el alba cicatriza.
Armando sorbe el número del viento;
no ama un cuerpo; descifra una agonía
que el cristal del relámpago prolonga.
Margarita es el nombre de un sediento,
jardín donde la muerte todavía
fructifica en la luz que nunca mengua.


****Elegía)-Gramática del adiós. (1954) .

No fue la luz, fue el óxido del alba
quien coronó tu sien de nieve oscura;
ya la respiración, secreta usura,
limaba el mármol de la antigua salva.
Rosario, en cuya voz la tarde entabla
su liturgia de líquenes y hondura,
ciñó a tu sombra una imposible albura,
como hiedra que al mármol mismo salva.
Ardió la carne en códices de ausencia;
cada caricia fue blasón de ruina,
cada silencio, un cáliz consumido.
Y el mundo, ciego heraldo de la ciencia,
no oyó que en su penumbra cristalina
Dios aprendía el nombre del olvido.


*****Tregua)- Una Avellaneda para Santomé. (1960) .

La tarde administraba su osamenta
con la liturgia gris de los archivos;
Santomé, entre relojes sucesivos,
era la cifra que el hastío inventa.
Entonces Laura, luz que se alimenta
del polen mineral de los cautivos,
abrió, sobre los días corrosivos,
una clemencia de invisible imprenta.
Mas el destino, avaro de infinito,
prestó tan sólo un relámpago a la arcilla,
como quien firma el agua con un rito.
Y el amor, que ignoró toda semilla
de permanencia, consumó lo escrito;
la eternidad también cabe en una orilla.
Porque hay fulgores que el tiempo no prolonga;
los salva, precisamente, su caída;
y la tregua, esa forma de la sombra,
fue la más breve eternidad vivida.


******Laberinto)- El vértigo,(La Maga), de la existencia, (Oliveira). (1963)

Oliveira cifraba en cada abismo
la geometría estéril del concepto;
desollaba un fulgor con el precepto
de un logos exiliado de sí mismo.
La Maga, en cambio, uncía el espejismo
al corazón prenatal de lo inexcepto;
bebía la intemperie de un adepto
que ignora la gramática del cisma.
Él perseguía un vértice imposible,
la médula del ser, su arquitectura;
ella habitaba el centro indivisible.
Y mientras la razón, severa y pura,
erigía su hielo inextinguible,
ella halló luz donde él, la clausura.


*******Persistencia)- Florentino y Fermina, o un amor de calendario roto. (1985).

No fue la edad quien coronó el abrazo,
sino el insomne polen de la espera,
que fermentó, debajo de la cera,
la prístina obstinación  del fracaso.
Florentino labró, paso tras paso,
una liturgia contra la quimera;
Fermina, en la secreta primavera
del tiempo, desmintió cada ocaso.
Cuando la carne abdica de su imperio
y el calendario expía su artificio,
el beso enciende un alfabeto etéreo.
Entonces el amor, postrero oficio
de cuanto desafía al cautiverio,
consagra la vejez como un inicio.
Navega, al fin, la eternidad sin puerto;
ni el cólera del mundo la destierra,
pues sólo vence al tiempo quien ha muerto
innumerables veces…se aferra.


********Evocación)- Crisantemos para Amélie. (2007).

En la laca del alba el crisantemo
dictó al espejo un códice de bruma;
mi lengua, vid que al otro sol se suma,
bebió del té su silencioso emblema.
Tú, archipiélago inmóvil, diadema
de nieve donde el aire se perfuma,
alzabas en la seda de la espuma
un jardín anterior al propio lema.
Yo era el latín del viento en tu pagoda;
tú, la caligrafía del relámpago
que al bambú restituyó su ceremonia.
Mas nunca el mismo cielo nos acomoda;
tu luna era un ideograma náufrago;
la mía, un alfabeto sin memoria.

                                   Darío Amaral 


Referencias: 
                     *Génesis): Alusión a la composición dramática “Romeo y Julieta”, publicada en 1597 por el poeta y dramaturgo inglés William Shakespeare.
 
                     **Quimera): Alusión a la novela satírica “Don Quijote de la Mancha”, publicada en 1605 por el novelista, poeta y dramaturgo español Miguel de Cervantes.

                      ***Inmolación): Alusión a la novela  “La Dama de las camelias”, publicada en 1848 por el novelista francés Alejandro Dumas.

                        ****Elegía): Alusión a la novela breve “Los Adioses”, publicada en 1954 por el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti.

                        *****Tregua): Alusión a la novela “La Tregua”, publicada en 1960 por el escritor uruguayo Mario Benedetti.

                        ******Laberinto): Alusión a la novela experimental “Rayuela”, publicada en 1963 por el escritor y docente argentino Julio Cortazar. 

                      *******Persistencia: Alusión a la novela “El amor en los tiempos del cólera”, publicada en 1985 por el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez. 

                   ********Evocación: Alusión a la novela romántica  “Ni de Eva ni de Adán”, publicada en 2007 por la escritora belga Amélie Nothomb.