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domingo, 11 de octubre de 2026

OTRA VARIACIÓN DE LA REALIDAD (cuentos) Por Darío Amaral

  


A Gerardo Beyhaut.




Moebius


La noche se escurría en una sustancia mineral como la luz lunar sobre el bosque oriental, e inducía a los frondosos árboles invocar añejos e impronunciables apelativos acallados desde hacía tiempo. La brisa reptaba benévola entre los ceibos y coronillas en flor y, tras un crujido a rama seca, los grillos y ranas enmudecían conteniendo el pulso, mimetizándose con el exuberante paisaje.

Anahí, guerrero charrúa de andar sigiloso y mirada endurecida por innumerables lunas y contiendas, hizo un alto en su caza para ajustar el arco sobre el hombro izquierdo y acariciar el asta de una flecha emplumada con plumas de carancho. Al igual que los murciélagos en el desprovisto llano del mediodía, todo cazador sabe o presiente el riesgo de adentrarse solo con sus armas en la oscuridad del bosque; en un santiamén las zarpas del destino pueden emplazarlo en presa de aquello que no posee nombre premeditado.

Tras abrazarlo, su mujer se mantuvo en pie orando al dios y viendo cómo la penumbra devoraba lentamente al padre de su hijo. Pese al frecuente temor, ni esta ni las otras ocasiones intentó disuadirlo, porque las esposas de los cazadores charrúas saben que existen travesías cuya verdadera distancia resiste medirse en leguas o súplicas.

Anahí avanzó con instinto de yaguareté franqueando la maleza y siguiendo senderos invisibles. Cada raíz que pisaba parecía reconocer la planta callosa de sus pies; cada rama se inclinaba con una reverencia apenas perceptible y le disponía un claro con huellas frescas.

Recorriendo con las yemas de sus dedos el contorno de las marcas en el barro, la respiración del indio se fue tornando, como en otras incursiones, profunda e incontenible. El bosque, que también respiraba, lo hacía al ritmo propio de una criatura exorbitante e indolente bajo la tierra.

—Esto es bueno—se prodigó a sí mismo y al incorporarse no tuvo cómo no verlo unos metros por delante de unos arrayanes. Su instinto lo mantuvo pétreo sobre el barro y le señaló, ipso facto, que la sombra no era la del animal que aguardaba toparse aquella noche.

Al encogerse, para no ser detectado y escudriñarlo mejor, Anahí constató que se trataba de una aglomeración erguida de sombras más compactas y definidas que las demás, desprendidas del tronco de un viejo ibirapitá. Aunque carecía de rostro, el indio sintió en su sangre la fastidiosa convicción de ser recíprocamente espiado por aquella figura que, de un momento a otro, decidió desplazarse agazapado hacia el interior cerrado del bosque.

Arribados a aquella bifurcación, Anahí sintió que todo recato o precaución no era sino, bajo los célicos ojos de sus ancestros, otra forma indigna de cobardía y afrenta impropia también para su progenie; por lo que descolgó el arco de su hombro izquierdo y no vaciló en ponerse al insidioso acecho de la sombra.

A medida que avanzaba entre el follaje, más excepcional empezaba a resultarle la apariencia del bosque aquella noche. Si bien tenía la certeza de no haberse perdido ni estar caminando en círculos, los árboles por los que pasaba, las piedras y cardos en los claros y hasta los aromas de flores silvestres le resultaban absurdamente familiares; como si el mismo bosque hubiera sido sembrado varias veces sobre sí mismo.

Cuando Anahí arribó con su arco hasta un arroyo cuyo caudal corría cuesta arriba, sólo atinó a alzar su semblante para ver si alucinaba y toparse con las estrellas titilando bajo las hojas, en tanto el cielo, sin firmamento, permanecía anómalamente vacío.

Prefirió, asimismo, mantenerse en su sitio por un instante para ver si se componía, pero no tardó en percibir un absurdo sonido, disímil al rugido de un puma o al ulular de algún ave o alimaña nocturna; tampoco tenía que ver con el silbido del viento.

El murmullo, previo a otro sonido conocido, era equiparable al roce de miles de flechas atravesando el tiempo en dirección contraria.

Anahí tensó el arco, y la sombra de adelante se detuvo y agazapó entre dos troncos.

No obstante, antes de que la cuerda vibrara y la flecha abandonara sus dedos con la precisión de una sentencia, el indio prefiguró, en el estremecimiento de su diestra, el subterfugio involuntario de una fortuita suspicacia, que le hizo abrir la mano siniestra y precipitar el arco al barro.

La noche emitió un quejido breve y el bosque, de improviso, permaneció estático como el lienzo de una pintura.

Cuando el alba comenzó a deshilvanar la penumbra, la esposa de Anahí comprendió ,en su insomnio, que algo había osado perturbar el orden tácito y secreto del orbe charrúa. Él jamás demoraba tanto. Ni siquiera después de las cacerías más extenuantes y riesgosas.

Tomó una lanza y a su pequeño hijo de la mano sin hablar, a sabiendas de que hay palabras que estorban y, sin notificar a nadie de la tribu, empezaron a rastrear las huellas del guerrero entre helechos aplastados, ramas partidas y restos de barro aún fresco.

El sol laceraba en su cenit cuando se toparon con el cuerpo de Anahí recostado contra el tronco de un laurel centenario. Su rostro, pálido por primera vez, no revelaba agonía; apenas una perplejidad serena y laxa, semejante a la de quien contempla de cerca una verdad tan vasta para ser emitida por la boca de un mero mortal.

La mujer cayó de rodillas en un grito lastimero; pero no fue la muerte lo que la hizo estremecerse hasta el hueso.

De la espalda del guerrero emergía una flecha con precisión imposible. Al palparla, la india reconoció inmediatamente las plumas oscuras, el tallado del asta y la diminuta muesca que Anahí había grabado junto a la punta de piedra para distinguir aquella flecha de todas las restantes. La misma que había llevado consigo la noche anterior y que nadie más sabía fabricar.

El niño acercó lentamente la mano al emplumado, pero no llegó a palparlo;

descubrió, sin querer, que la punta de la flecha no había atravesado el pecho;

parecía haberse hundido desde el interior del cuerpo hacia afuera, como si hubiera nacido en el corazón del guerrero para abrirse paso, cual tallo germinal, hacia la espalda.

Ninguna huella rodeaba el cadáver, a no ser las del propio Anahí entrando en la arboleda; ni ninguna otra salía.

—Vamos. Avisemos para que vengan por él; ya no hay nada que hacer aquí— gimoteó la india.

Emprendían el regreso, cuando entre los árboles creyeron distinguir la figura inmóvil de un cazador charrúa que llevaba un arco sobre su hombro izquierdo. Apenas el viento agitó las hojas, la figura se desvaneció con la naturalidad de una sombra entre otras con mayor densidad vital.

Al llegar y referirlo, los más jóvenes de la tribu se mostraron en su mayoría incrédulos, en tanto los ancianos charrúas arguyeron que el bosque no siempre devuelve aquello que recibe; a veces concede la dádiva de un fugaz reflejo, o un “doble” silencioso, semejante al que cada mortal arrastra tras de sí desde su advenimiento al mundo.

Otra tribu, (émula acaso a la charrúa), refiere que en el decurso de algunas noches en que la luna apenas alumbra al monte, es alcanzable detenerse a escuchar el zumbido agudo de una flecha que jamás arriba a su destino; puesto que viaja eternamente en un círculo invisible en cuyo epicentro el hombre persigue con ahínco aquello que, desde el principio, ha salido a cazarlo.














Buster


La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.

Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio.

Aguardaba estoico, desde una forma más remota o primaria de la certeza de aguardar.

Desde hacía semanas, el anciano se enclaustraba con la llegada de la tarde en aquella habitación donde el olor del papel envejecido se mezclaba con el del tabaco apagado y la tinta reciente. Allí escribía durante horas, interrumpiendo apenas el rasgueo de su pluma para observar al perro con una vehemencia semejante al modo en que los veterinarios escrutan un animal antes de declararle una enfermedad incurable.

Cuando el anciano emergía por la puerta, le acariciaba lacónico la cabeza y murmuraba:

—Todavía no, Buster. Todavía, no.

A lo que el perro, bamboleando su cola, si bien ignoraba el significado de tales palabras, parecía percibir el peso y temperatura con que estas caían sobre el aire, casi mejor que un filólogo. Para un perro como Buster era más que asequible la reiteración de vocablos tan “tibios” como el pan con chicharrones recién horneado, otros “insulsos” y “gélidos” como el metal de las patas de algunas sillas, y algunos otros cargados de un olor connatural, semejante al de la lluvia sobre la tierra seca del olvidado jardín del fondo.

La expresión "Todavía no, Buster" parecía pertenecer más bien a una categoría disímil; cargada de una esencia aromática aledaña al “término” o “corolario” de algún asunto o cuestión hasta entonces inalcanzable a sus facultades adquiridas en el vínculo con su dueño.

Asimismo, aquella tarde, el anciano se estaba tardando más de lo frecuente y entonces la casa entera comenzó de pronto a poblarse de exiguos y molestos sonidos: la madera del mobiliario dilatándose, el reloj de la pared respirando segundos, las hojas del paraíso golpeando los cristales de la ventana con una obstinación vegetal.

Buster empujó la puerta e ingresó determinado al recinto.

El hombre dormía inclinado sobre el escritorio; o eso creyó al principio el can.

No tardó mucho en comprender que existía un silencio propio e imperativo que ningún sueño era capaz de producir. Igualmente, no ladró; se limitó a estrechar la distancia que lo separaba de su amo.

Uno de los pies del hombre se había escapado de su pantufla y parecía una lengua rosácea semiplegada en la alfombra. El perro se contuvo de olisquear y prosiguió con su examen.

Sobre el escritorio descansaban unas hojas manuscritas alumbradas por una luz portátil. El viento que se colaba por la ventana abierta balanceaba lentamente la última página como un pesado péndulo.

Buster, desde luego, no sabía leer; pero los animales poseen y recurren a aquella modalidad desarrollada que los precede para descifrar y contrarrestar lo que es factible de fuga para otras capacidades más disminuídas. Tras olfatear el papel, no tardó en reconocer en él su propio aroma; también el aroma del jardín cuando se encontraba provisto de flores, el de las caminatas matinales con el olor a pasto humedecido por el rocío; el de la manta donde dormía semienvuelto durante los inviernos al pie de la chimenea…

De una manera inverosímil o estéril de explicar, llegó a develar que aquellas páginas, en efecto, hablaban de él.

Alzó su cuerpo, hasta quedar parado en dos patas, y con el hocico empujó suavemente el manuscrito que cayó al suelo dejando la primera de sus hojas boca arriba.

El anciano había escrito únicamente dos frases al comienzo del relato:

"La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.

Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio."


Extrañado, el perro atinó a inclinar la cabeza tras escuchar cómo detrás de la puerta, paulatinamente, una vez más comenzaba a hacerse audible el inconfundible rasgueo de una pluma avanzando sobre el papel.








La llamada

Nunca confié en los teléfonos; no porque suelan notificar calamidades, sino porque también pueden generarlas. Un mero timbre jamás informa, sólo inaugura. Llegué a entender eso aquella tarde en que me senté a aguardar la muerte de mi padre mientras fingía leer distendido el diario en la biblioteca de mi casa.

Digo "aquella tarde", aunque verdaderamente no estoy seguro de que existiera aquel susodicho lapso de tiempo en un espacio dado…

Sobre los cristales empañados de la ventana arremetía una lluvia que todavía no había dado inicio, y el reloj de péndulo insistía en retroceder, pretendiendo dar acaso con una hora menos culposa.

Las páginas del periódico local cambiaban de fecha cada vez que desviaba la mirada a alguna parte de la habitación. De pronto un titular pertenecía al día siguiente; otro, a un año en que aún no había nacido. Asimismo, la anomalía no llegaba a sorprenderme de sobremanera; la misma ya llevaba semanas manifestándose así, obedeciendo, al parecer, a mis más arbitrarios remordimientos.

Había contratado a un asesino, (no encuentro manera más elegante de declararlo).

Mi padre era un prominente empresario poseedor de comercios, edificios, depósitos, campos y una extraordinaria y aberrante capacidad para seguir respirando consuetudinariamente.

Al cabo de interminables décadas confundí su longevidad con una provocación del tipo personal, hasta la divergencia en que su mera existencia empezó a parecerme un obstáculo administrativo en mi camino a la felicidad. Para materializar semejante idea bastaría con una constrictiva llamada de aquel mismo teléfono y en un parpadeo las escrituras de las propiedades cambiarían de nombre, las cuentas tendrían un nuevo titular y el mismo apellido proseguiría ejerciendo el mismo empoderado dominio, pero ahora entonces bajo mi firma.

Recuerdo, (y me río), cuando le confesé al sicario:

—Hay hombres, como mi padre, que sobreviven por pura terquedad nomás.

Él no respondió, porque un profesional del crimen de su talla sabe que el silencio es la forma más discreta del consentimiento.

Desde entonces, sin saber a ciencia cierta cuál de las dos acciones demanda mayor tolerancia, permanezco, lo mismo que un absurdo limbo, esperando, o muriendo.

Sobre la mesa descansaba el teléfono negro. En ocasiones me parecía un majestuoso animal dormido; otras, un minúsculo ataúd presto a sonar desde adentro. Para abstraerme un tanto, abrí el diario y entonces leí la noticia de un cadáver descubierto por un guardia de seguridad en un callejón del sur. Un sutil disparo en la cabeza; ningún documento, ni ningún testigo del homicidio.

Ni bien doblé la hoja para continuar mi lectura y el artículo había desaparecido como si nunca hubiera estado en la página. En su lugar encontré un aviso fúnebre con mi apellido en prominentes y góticas letras negras.

Solo atiné a sonreír de nuevo; “las imprentas también envejecen”, pensé.

Entonces sonó el teléfono, con un timbre que atravesó la biblioteca con la precisión de una bala musical.

Contesté, y no escuché más que una respiración, seguida de aquella frase.

—Señor, ya está hecho.

La voz desapareció antes de que pudiera responder.

Permanecí inmóvil. No sentí alivio, sino una especie de vacío reacomodándose en mi interior, como si la casa acabara de perder, en un raro litigio, una habitación invisible.

Pocos minutos después llamaron a la puerta. Eran dos policías solicitándome, con fingida amabilidad, que los acompañara a una escena criminal a reconocer un cuerpo. Manifestaron que, en base a ciertos indicios, podría tratarse de mi señor padre.

Mientras el patrullero avanzaba tuve la vívida y singular impresión de que las calles desembocaban en mi biblioteca y no al revés. Las veredas se convertían en intercaladas estanterías; los árboles olían a puro papel húmedo. Bajo el semáforo de una esquina vi caminar a mi padre, y en la siguiente recordé el cortejo de su entierro.

Después volví a percibirlo de niño y comprendí que el tiempo había dejado de transcurrir para comenzar a doblarse sobre sí mismo, al igual que las páginas del diario que aún portaba bajo el brazo.

La lluvia seguía cayendo desde un cielo perfectamente seco cuando arribamos al callejón del crimen y descendí del patrullero.

Tras aproximarme al cuerpo, un inspector levantó lentamente la sábana.

Y al constatar que el infortunado tendido en el charco de sangre sobre los adoquines tenia mi rostro, mi cicatriz, mi alianza y reloj detenido precisamente en la hora en que había recibido la llamada, concebí que el crimen verdadero no era el asesinato tanto como el reconocimiento. Del bolsillo del saco del inerte sobresalía, incluso, el mismo periódico que todavía sostenía entre mis manos.

Retrocedí con el estómago revuelto, y pretendiendo elevar una protesta, acabé increpándoles que aquello no era más que un miserable chiste, una burda muestra de mal gusto; dado que el muerto no podía ser aquella persona, la misma que respiraba y hablaba frente a ellos.

Nadie atinó a responder, ni a volver siquiera la cabeza.

Tras unos segundos descubrí, con un terror casi elegante, que tampoco podían verme.

Atravesé el brazo de uno de los policías intentando vanamente sujetarlo y mis dedos encontraron únicamente el frío.

Fue entonces cuando escuché otra vez aquella voz peculiar.

No provenía del callejón, ni tampoco del teléfono; sino de mi propia biblioteca.

La reconocí de inmediato. Era la voz de mi hijo Álvaro.

Pude verlo sentado exactamente donde yo había estado unos minutos antes, o varios años después.

Sobre el escritorio descansaban las escrituras de mis propiedades y un sobre con dinero.

El teléfono aún oscilaba lentamente sobre su base.

—Señor, ya está hecho —repitió la voz al otro lado de la línea.

Mi hijo cerró los ojos. No lloraba, contaba. Siempre fue muy diestro con los números;

y yo demasiado terco y zopenco para reconocer que algunas herencias no consisten en transmitir bienes, sino eficientes procedimientos.

Yo mismo le había enseñado que toda fortuna puede acelerarse o compendiarse mediante un solapado asesinato.

El pequeño Álvaro no había más que perfeccionado magistralmente aquella lección. La sangre, pensé demasiado tarde, no hereda tanto el color como la ambición.

En el lapso simultáneo en que yo enviaba a matar a mi padre, él muy ladino había enviado a matarme a mí.

Lo tragicómico del caso, es que ahora mismo ignoro quién escribe estas líneas.

Quizá aún sigo siendo aquel hombre arrellanado en su biblioteca aguardando una probable,(o improbable), llamada telefónica que todavía no ocurre.

Quizá soy el cadáver del adoquinado callejón intentando recordar, en su charco de sangre, el instante en que dejó de respirar.

O acaso, incluso, soy mi hijo, muchos años después, leyendo este mismo diario mientras aguarda su respectiva llamada telefónica.

Lo único que sé con certeza es que, cada vez que el teléfono suena, vuelvo a levantar el auricular, para escuchar aquella misma y maldita frase.

—Señor, ya está hecho.

Y en cada oportunidad sigo creyendo que hablan de otro.













La incógnita del dragón


Siempre comienzo la transmisión unos minutos antes de que el juego cargue por completo. Mis seguidores aseguran en sus redes que les place verme esperar. Ignoran que no espero el inicio en sí de la partida, sino en verdad el examen de matemáticas de la mañana siguiente, cuya sola proximidad ha tornado cada número en un animal predispuesto a darme una buena dentellada. Mientras el monitor ilumina la habitación, mi cuaderno de matemáticas permanece abierto sobre el escritorio con una inconclusa ecuación: [ x^2-7x+12=0 ]

Apenas termine, prometo atenderla y resolverla, advierto en voz alta, junto con el personaje que aparece en la pantalla y que promete lo mismo, aunque todavía no lo conozco.

El bosque se despliega paulatinamente en el monitor. No es un escenario, sino una respiración vegetal, donde los troncos semejan columnas carbonizadas de una catedral olvidada y las ramas enlazan sobre mi cabeza un alfabeto que ninguna lengua recuerda. El avatar, que avanza con suma cautela, obedece cada movimiento de mis manos, pero, a medida que avanzo, empiezo a sospechar que soy yo quien reproduce con torpeza los gestos que él decide ejecutar.

Los espectadores se apresuran a escribir en el chat comentarios preventivos:

“Cuidado con la niebla azul”; “No ingreses por la izquierda”; “El dragón aparece de golpe después del puente”...

Aunque los leo, opto por no responder; escucho, en cambio, un rumor semejante al roce de hojas de papel. Posiblemente se trate del bosque, o de las páginas del cuaderno movidas por la ventana de mi dormitorio que juraría haber cerrado.

Prosigo y encuentro el puente.

La madera cruje con una sintaxis antigua. Bajo mis pies, o bajo los del avatar que avanza entre la niebla, corre un río negro donde flotan figuras geométricas tridimensionales; conos, esferas, prismas incompletos. Todos parecen buscar una fórmula capaz de restablecerles un equilibrio que no tienen.

Me percato entonces que el mismo bosque está construido con operaciones irresueltas, donde cada árbol es una incógnita y cada sendero, una demostración interrumpida.

Retrocedo con mi personaje y la perspectiva comienza a plegarse sobre sí misma.

De pronto el puente desemboca otra vez en el mismo claro del comienzo y las sombras anticipan movimientos que todavía no ejecuto. En un instante fugaz descubro, entre los árboles, a un adolescente sentado en shorts frente al monitor de una computadora, cuya pantalla le ilumina el rostro con la misma palidez que ahora siento sobre el mío.

El chico levanta la vista y me observa.

Aunque tiene mis ojos, no me reconoce.

Continúo avanzando; no porque quiera, sino porque el bosque ha decidido o establecido que avanzar y recordar son, en este caso, el mismo verbo.

Las ramas se abren y el dragón aparece.

No surge desde una cueva sino desde la oscuridad existente entre dos fotogramas del juego. Su cuerpo parece formado por brasas y antiguas ecuaciones. Cada escama refleja una versión distinta de mi habitación; en una de ellas estoy estudiando, en otra transmitiendo en vivo, en otra ya estoy muerto.

El animalejo abre sus incandescentes fauces y sus rugidos traspasan los auriculares, luego la habitación y por último mi pecho.

Siento el primer desgarro antes de apreciar la dentellada en la pantalla.

Asimismo, no emito grito. La sangre comienza a brotar tibia y lentamente bajo mi camisa; cubriendo el teclado de un rojo espeso que el videojuego reproduce con exactitud perturbadora. Mis seguidores escriben que los efectos son verdaderamente extraordinarios. Algunos envían aplausos digitales; otros me ruegan que reitere la escena.

De pronto caigo al suelo. La computadora prosigue encendida junto con el avatar.

Mientras la sangre dibuja sobre las baldosas una parábola imperfecta, la ecuación postergada reaparece con una claridad tan avasallante como intolerable.

x² − 7x + 12 = 0.

Busco las raíces. Tres y cuatro; porque tres más cuatro reconstruyen el siete.

Porque tres por cuatro restituyen el doce, y porque toda solución consiste, al fin y al cabo, en encontrar aquello que ya estaba oculto desde el principio.

Sonrío sin saber si, acaso, he resuelto el problema o si el problema me ha resuelto a mí.

La transmisión prosigue, y en la pantalla, un adolescente despierta sobresaltado frente a su computadora. Respira, por un instante, con dificultad. Observa su reloj. Faltan escasas horas para el examen de matemáticas. Abre el cuaderno y descubre una ecuación sin resolver.

Antes de comenzar la partida, les avisa a sus seguidores que terminará el juego rápidamente. Solo necesita atravesar un bosque. Enseguida levantará la vista y creerá, como yo creí, que todavía está a tiempo de apagar la computadora.


Darío Amaral

Como conclusión del evento, en el Parlamento Sobreendeudamiento en el Uruguay Dialogo Multisectorial organizado por Andcu


                                                                Adriana Besso


Cuando decidimos organizar desde ANDCU el encuentro del 27 de agosto de este año en el Parlamento, sabíamos que sentar en la misma mesa al regulador (BCU), a la banca pública (BROU), al sindicato (AEBU), al IPRU, Legisladores, Asesor Financiero, y a la academia era ambicioso, pero indispensable.

Mi experiencia como consultora internacional me ha enseñado que el sobreendeudamiento no se soluciona con parches, sino con consensos profundos, y me indica que no podemos seguir tratando el problema de forma aislada. Y es así, que ese evento marcó el inicio de un frente unido para proteger el bolsillo de la gente, y, con el objetivo de elevar el nivel del debate en Uruguay. En el 2025 durante los últimos meses después de la reestructura de los bancos sumo 150.000 deudores más volviendo a ingresar a la categoría 5 del BCU.

Como también un estudio nos muestra que más del 40% de los jóvenes deudores son considerados irrecuperables debido a su dificultad en la capacidad de pago, de acuerdo a un informe sobre endeudamiento entre personas de menos de 30 años, y además el relevamiento, que toma datos de la Central de Riesgos Crediticios (CRC), muestra además que la mayor parte de los deudores jóvenes con dificultades tienen deudas de crédito al consumo con Empresas Administradoras de Crédito. Este año se volvió a incrementar en 1,1% el endeudamiento en los consumidores en relación con sus ingresos según el Reporte del Sistema Financiero del BCU, y, particularmente, llega a un 10% de aumento en el último año. Tenemos el 64,4% de la población total del país con deudas activas, En crédito al consumo, los datos de junio de 2026 muestran dificultades en el 44,98% de los deudores de 18 a 29 años. Existen cerca de 37.000 empresas en situación de morosidad, acumulando una deuda en el sistema de unos quince mil millones de pesos uruguayos, a julio de 2025.

El 99% de este universo moroso corresponde a Micro y Pequeñas Empresas, un sector cuyo acceso al crédito es restringido y que sufre de forma desproporcionada los ciclos de ahogo financiero. En el BROU cuando llamaron a refinanciar eran unos 30.000 clientes con esa posibilidad o también cancelar, solicitaron refinanciación aproximado un 20%, y hubo un 39% que, debieron extornar el convenio de pago por incumplimiento. Las tarjetas de crédito fueron hechas como un “alivio” para solventar los gastos a largo plazo de las familias, pero ya un estudio nos muestra que no lo están siendo por lo que se están usando compran en supermercado s, gastos de salud, abonan organismos públicos, y en cuotas, por el pago mínimo, van a reestructuras con los bancos, etc.


Se hace evidente que el sobreendeudamiento no puede seguir abordándose únicamente desde una perspectiva técnica o matemática; requiere una intervención integral con un fuerte enfoque humanista. Para revertir esta crisis, recomendamos implementar con urgencia tres pilares de acción: primero, el diseño de programas públicos de salud mental y educación financiera que desmitifiquen y eliminen el estigma social de la deuda, permitiendo al usuario buscar ayuda a tiempo brindando información clara sobre el costo del crédito, capacidad de pago y riesgos asociados al endeudamiento , A su vez, llegamos a una misma e inquietante conclusión: el mayor obstáculo para resolver una deuda la vergüenza. Quienes atraviesan un problema de sobreendeudamiento suelen vivirlo en un absoluto y doloroso silencio. expositores coincidimos en que la carga emocional de ocultar una crisis financiera de esta magnitud suele desencadenar problemas de salud serios, tales como estados crónicos de angustia, depresión y un deterioro general del bienestar de la persona Segundo, el endurecimiento de los marcos regulatorios y de fiscalización sobre las agencias de cobranza para sancionar severamente el hostigamiento extrajudicial. Se necesita protección de la intimidad, dignidad y tranquilidad del consumidor. Y tercero, la creación de mecanismos accesibles y seguros de mediación legal y refinanciamiento en la banca formal, cerrando así el paso a las economías criminales del "gota a gota" que esta creciendo en todo el país, Cuando una persona siente que ya no tiene opciones, que la banca formal le dio la espalda y que el hostigamiento no la deja dormir, cae fácilmente en las redes de estos prestamistas informales que prometen dinero rápido y sin trámites , pero es una trampa mortal: las tasas de interés son impagables y, cuando el deudor no puede cumplir, las agencias de cobranza abusivas quedan en el olvido, siendo reemplazadas por amenazas de muerte, violencia y extorsiones que destruyen por completo la tranquilidad de familias enteras. Uruguay necesita, con urgencia, reglas de juego claras para desactivar esta bomba de tiempo social El endeudamiento hoy no es para comprar lujos, sino para comer, pagar tarifas o comprar medicamentos, o afectando directamente el salario real y las jubilaciones El proyecto que esta en estudio debe ser para todos los ciudadanos, dado que todos somos consumidores, como también elevar el valor de los inmuebles que se establecen en el mismo, ya que se dejan a un sin numero de endeudados fuera de que puedan ampararse en el si se aprueba por el hecho de en su momento haberse podido comprar una casa, o la heredaron, pero hoy en día su situación económica es sumamente compleja, y angustiante. Además legislar para una sola categoría de deudores fragmentaría la respuesta ante una problemática que no discrimina ingresos ni profesiones. Una verdadera "ley de deudores" debe estructurarse como una red de seguridad para cualquier ciudadano que, de buena fe, haya caído en una situación de insolvencia de la que no puede salir de forma autónoma. El éxito de este proyecto radicará en su capacidad para ofrecer mecanismos de reestructuración claros, justos y accesibles para todos, garantizando tanto la dignidad de las familias como la salud del sistema financiero.

Uruguay se encuentra ante una oportunidad histórica de actualizar su marco normativo bajo criterios de equidad y responsabilidad social. Dejar por fuera a una parte de los consumidores no solo perpetuaría su exclusión económica, sino que limitaría el impacto real de la reforma. El mensaje del diálogo multisectorial en el Parlamento es contundente: frente al sobreendeudamiento, la solución debe ser integral, inclusiva y para todo el país.


El desafío del Derecho del Consumo consiste, en definitiva, en encontrar un equilibrio entre el derecho del acreedor y la protección del consumidor, procurando que el cumplimiento de las obligaciones no comprometa su dignidad ni sus condiciones esenciales de vida. Proteger al consumidor sobreendeudado no significa proteger la deuda: significa proteger a la persona que está detrás de la deuda.

Lo que quedó claro en el Parlamento es que las respuestas individuales ya no alcanzan para un problema que es profundamente político y estructural. Si el BCU, la banca pública, el sindicato, la academia y los técnicos coinciden en la gravedad del abismo, la inacción legislativa es imperdonable. No se trata de rescatar a deudores irresponsables; se trata de liberar a las familias trabajadoras, jubilados y pensionistas de una trampa crediticia sin fin. El sistema financiero debe estar al servicio del desarrollo y el bienestar de la gente, y no la vida de la gente al servicio de cuotas impagables. Las conclusiones de este diálogo multisectorial dejan en claro que el problema del sobreendeudamiento es estructural y, por lo tanto, requiere soluciones sistémicas. El Parlamento uruguayo fue testigo de una coincidencia histórica entre los diversos actores sociales, académicos políticos y económicos: el sistema actual necesita reglas más justas y transparentes. La viabilidad económica de las familias uruguayas está en juego, y la postergación de estas reformas ya no es una alternativa viable para el país.

Adriana Besso

Consultora Internacional en Derechos del Consumidor

Presidenta de Andcu





Cuando decidimos organizar desde ANDCU el encuentro del 27 de agosto de este año en el Parlamento, sabíamos que sentar en la misma mesa al regulador (BCU), a la banca pública (BROU), al sindicato (AEBU), al IPRU, Legisladores, Asesor Financiero, y a la academia era ambicioso, pero indispensable. 
Mi experiencia como consultora internacional me ha enseñado que el sobreendeudamiento no se soluciona con parches, sino con consensos profundos, y me indica que no podemos seguir tratando el problema de forma aislada. Y es así, que ese evento marcó el inicio de un frente unido para proteger el bolsillo de la gente, y, con el objetivo de elevar el nivel del debate en Uruguay. En el 2025 durante los últimos meses después de la reestructura de los bancos sumo 150.000 deudores más volviendo a ingresar a la categoría 5 del BCU. 
Como también un estudio nos muestra que más del 40% de los jóvenes deudores son considerados irrecuperables debido a su dificultad en la capacidad de pago, de acuerdo a un informe sobre endeudamiento entre personas de menos de 30 años, y además el relevamiento, que toma datos de la Central de Riesgos Crediticios (CRC), muestra además que la mayor parte de los deudores jóvenes con dificultades tienen deudas de crédito al consumo con Empresas Administradoras de Crédito. Este año se volvió a incrementar en 1,1% el endeudamiento en los consumidores en relación con sus ingresos según el Reporte del Sistema Financiero del BCU, y, particularmente, llega a un 10% de aumento en el último año. Tenemos el 64,4% de la población total del país con deudas activas, En crédito al consumo, los datos de junio de 2026 muestran dificultades en el 44,98% de los deudores de 18 a 29 años. Existen cerca de 37.000 empresas en situación de morosidad, acumulando una deuda en el sistema de unos quince mil millones de pesos uruguayos, a julio de 2025.
El 99% de este universo moroso corresponde a Micro y Pequeñas Empresas, un sector cuyo acceso al crédito es restringido y que sufre de forma desproporcionada los ciclos de ahogo financiero. En el BROU cuando llamaron a refinanciar eran unos 30.000 clientes con esa posibilidad o también cancelar, solicitaron refinanciación aproximado un 20%, y hubo un 39% que, debieron extornar el convenio de pago por incumplimiento. Las tarjetas de crédito fueron hechas como un “alivio” para solventar los gastos a largo plazo de las familias, pero ya un estudio nos muestra que no lo están siendo por lo que se están usando compran en supermercado s, gastos de salud, abonan organismos públicos, y en cuotas, por el pago mínimo, van a reestructuras con los bancos, etc.

Se hace evidente que el sobreendeudamiento no puede seguir abordándose únicamente desde una perspectiva técnica o matemática; requiere una intervención integral con un fuerte enfoque humanista. Para revertir esta crisis, recomendamos implementar con urgencia tres pilares de acción: primero, el diseño de programas públicos de salud mental y educación financiera que desmitifiquen y eliminen el estigma social de la deuda, permitiendo al usuario buscar ayuda a tiempo brindando información clara sobre el costo del crédito, capacidad de pago y riesgos asociados al endeudamiento , A su vez, llegamos a una misma e inquietante conclusión: el mayor obstáculo para resolver una deuda la vergüenza. Quienes atraviesan un problema de sobreendeudamiento suelen vivirlo en un absoluto y doloroso silencio. expositores coincidimos en que la carga emocional de ocultar una crisis financiera de esta magnitud suele desencadenar problemas de salud serios, tales como estados crónicos de angustia, depresión y un deterioro general del bienestar de la persona Segundo, el endurecimiento de los marcos regulatorios y de fiscalización sobre las agencias de cobranza para sancionar severamente el hostigamiento extrajudicial. Se necesita protección de la intimidad, dignidad y tranquilidad del consumidor. Y tercero, la creación de mecanismos accesibles y seguros de mediación legal y refinanciamiento en la banca formal, cerrando así el paso a las economías criminales del "gota a gota" que esta creciendo en todo el país, Cuando una persona siente que ya no tiene opciones, que la banca formal le dio la espalda y que el hostigamiento no la deja dormir, cae fácilmente en las redes de estos prestamistas informales que prometen dinero rápido y sin trámites , pero es una trampa mortal: las tasas de interés son impagables y, cuando el deudor no puede cumplir, las agencias de cobranza abusivas quedan en el olvido, siendo reemplazadas por amenazas de muerte, violencia y extorsiones que destruyen por completo la tranquilidad de familias enteras. Uruguay necesita, con urgencia, reglas de juego claras para desactivar esta bomba de tiempo social El endeudamiento hoy no es para comprar lujos, sino para comer, pagar tarifas o comprar medicamentos, o afectando directamente el salario real y las jubilaciones El proyecto que esta en estudio debe ser para todos los ciudadanos, dado que todos somos consumidores, como también elevar el valor de los inmuebles que se establecen en el mismo, ya que se dejan a un sin numero de endeudados fuera de que puedan ampararse en el si se aprueba por el hecho de en su momento haberse podido comprar una casa, o la heredaron, pero hoy en día su situación económica es sumamente compleja, y angustiante. Además legislar para una sola categoría de deudores fragmentaría la respuesta ante una problemática que no discrimina ingresos ni profesiones. Una verdadera "ley de deudores" debe estructurarse como una red de seguridad para cualquier ciudadano que, de buena fe, haya caído en una situación de insolvencia de la que no puede salir de forma autónoma. El éxito de este proyecto radicará en su capacidad para ofrecer mecanismos de reestructuración claros, justos y accesibles para todos, garantizando tanto la dignidad de las familias como la salud del sistema financiero.
Uruguay se encuentra ante una oportunidad histórica de actualizar su marco normativo bajo criterios de equidad y responsabilidad social. Dejar por fuera a una parte de los consumidores no solo perpetuaría su exclusión económica, sino que limitaría el impacto real de la reforma. El mensaje del diálogo multisectorial en el Parlamento es contundente: frente al sobreendeudamiento, la solución debe ser integral, inclusiva y para todo el país.

El desafío del Derecho del Consumo consiste, en definitiva, en encontrar un equilibrio entre el derecho del acreedor y la protección del consumidor, procurando que el cumplimiento de las obligaciones no comprometa su dignidad ni sus condiciones esenciales de vida. Proteger al consumidor sobreendeudado no significa proteger la deuda: significa proteger a la persona que está detrás de la deuda.
 Lo que quedó claro en el Parlamento es que las respuestas individuales ya no alcanzan para un problema que es profundamente político y estructural. Si el BCU, la banca pública, el sindicato, la academia y los técnicos coinciden en la gravedad del abismo, la inacción legislativa es imperdonable. No se trata de rescatar a deudores irresponsables; se trata de liberar a las familias trabajadoras, jubilados y pensionistas de una trampa crediticia sin fin. El sistema financiero debe estar al servicio del desarrollo y el bienestar de la gente, y no la vida de la gente al servicio de cuotas impagables.  Las conclusiones de este diálogo multisectorial dejan en claro que el problema del sobreendeudamiento es estructural y, por lo tanto, requiere soluciones sistémicas. El Parlamento uruguayo fue testigo de una coincidencia histórica entre los diversos actores sociales, académicos políticos y económicos: el sistema actual necesita reglas más justas y transparentes. La viabilidad económica de las familias uruguayas está en juego, y la postergación de estas reformas ya no es una alternativa viable para el país.
                                                                                 Adriana Besso
                                                     Consultora Internacional en Derechos del Consumidor
                                                                        Presidenta de Andcu 
                                                         

miércoles, 7 de octubre de 2026

ROCHANA POÉTICA (parte 2) (endecasílabos) Por Darío Amaral

 




  

             Constancio Vigil


Olor a tinta, cifra de la historia,

Rocha, gema inicial de la raíz;               

la prensa le confiere otra memoria

y el futuro le dicta su matriz.

Fue signo, arquitectura de esperanza,

magnética impresa contra un olvido;

la infancia, convertida en semejanza,

y el poblado en su verbo redivivo.

La geografía se hizo a sí ausencia,

y la ciudad un íntimo secreto;

cada fábula cifró una conciencia,

cada lector recibe su secreto.

Hoy vuelve su escritura persistente,

interpelando a Rocha y su presente.


       


En Son de pájaro                       


A *Enrique “Gallineta” Silva.                           


Acaso fue la tarde o la memoria,

quien puso en su garganta aquel destino;

acaso algún gorrión por campesino

le dictó en sones llanos nuestra historia.

Su copla, humilde cifra transitoria,

nombró la sed, el hombre y su camino;

y en cada magro sueño del vecino

halló la arquitectura de la gloria.

Después vino la música y, secreta,

llevó su voz más lejos que su muerte;

el pago aunó sus flores al poeta…

Y ahora, en que este tiempo muta inerte,

cada barrio descubre en «Gallineta»

los sones del vate en su propia suerte.



Escultor…donde el mar


A *Alfredo “Lucho” Maurente.


Del mar tornó con grava entre las manos,

con sal antigua y mineral paciencia;

obvió la geometría y la ciencia

que rige el mármol de los soberanos.

Modeló con arena los arcanos

de un dios que contemplaba su presencia,

y al hormigón confió la transparencia

de peces, timoneles y océanos.

"La Sirena" vigila todavía

la cifra de aquel puerto y su leyenda;

"El Cristo" mira al mar, y en su agonía

parece custodiar la vieja senda

por donde "Lucho", al declinar el día,

cedió su eternidad sobre la arena.



Centinela de la luz


A *Eduardo “Flaco” Saldain.


Hay mortales que ojean lo visible

y otros que, al contemplarlo, ven lo eterno;

Saldain supo arramblar del mundo externo

aquel matiz fugitivo e indecible.

La luz, bajo su lente, fue tangible;

el paisaje, otra forma del invierno;

y el rostro humano, un mapa sempiterno

donde el tiempo se tornó inteligible.

Mentor de la línea y la mirada,

del aula hizo un perímetro de asombro,

y del tinte otra  mágica ecuación.

Su “lar” conjetura su obra callada,

descubre que persiste, como un nombre,

la huella de una proba vocación.



Rocha: mí(s)tica flor esteña  



“...como flor en primavera son los barrios de mi pueblo.” (Enrique Silva)



Por donde la tarde se dilata en los alambres

y el pampero aprende los nombres de las casas,

te compusieron  con veredas desparejas                  

y con portones de abarrotados inviernos;

de ligustros pendencieros 

y perrada custodiando la modorra de la siesta.



A tus calles empedradas les basta escueta cosa:

una bicicleta espantando las alondras,

el pregón remoto de un mercachifle ambulante

y una pelota sin cueros contra el muro despintado,

aledaño a dos vecinas encorvadas

sobre el misterio de la tarde

para que, entonces, el mundo vuelva a encarrilarse.



Porque la vida aquí no acontece, se arraiga;

se escarrancha sin permiso

en la silla de cardo arrimada a la puerta de madera,

en el mate que peregrina de mano en mano,

en la persiana entreabierta por donde una ancianilla avista

la flemática migración de los años.


  

Barrios de almacenes acotados,

donde aún se compra el pan con un “buen día”,

donde cada apellido trae consigo una parentela

al mostrador con rumor a añosa desavenencia 

y hasta una muerte, inviable, que nadie olvida.



Tus vecinos vuelven con el cansancio entre las ropas 

y tus mujeres encienden las cocinas

para que una fragancia a guiso y humedad

trepe por el parral del patio

como una plegaria sin iglesia.



Cuando cesa la lluvia,

el cielo se refleja despojado en las cunetas

y los niños hunden allí sus navíos de papel de diario

sin saber que también ellos

navegan rumbo a la memoria de otro día.



En algunos crepúsculos es dable ver

a la ciudad caber en el palmo de una cuadra:

el placero que barre cabizbajo la hojarasca

junto a un banco donde una pareja sueña despierta;

la gurisada con sus guardapolvos de arrasto 

y sus gritos ofuscando a un “Zucará” copleando

en una radio encendida detrás de otra ventana abierta. 

En tanto, el viento esteño, cual pertinaz intruso,

flamea con sus garras las pertenencias de los vivos

colgadas de las cuerdas como domésticas banderas.


En tus esquinas, ciudad, perviven conversaciones

abiertas hace décadas, cuales agridulces frutas perennes.

Perviven las casas bajas con zapallos asoleándose en sus techos

bajo un cielo descubierto y sobre el baldío yerbal

con aljibe seco, higuera y palmera butiasera.



Tu historia está distante del pulcro mármol

y contigua a una pared descascarada, 

pintada en otro siglo por la cal aguada de una abuela.

Está en los tangerinos de la huerta

que sembró el anciano de la foto sepia,

y en la mujer que todavía llama por su apodo

al hombre que aún envejece junto a ella. 



Eres menos mundo que terrón,

un sitial latente en la memoria;

incrustada al corazón de tu gente

con tus manazas de raíces que nadie ve,

pero, se sabe, sostienen por entero al árbol en flor.


                                                                           Dario Amaral