In
memoriam Jesús Perdomo.
El
Marco de los Reyes.
En
una plaza céntrica se yergue una desgastada piedra cuasiprismática
que, aunque atípica, no parece reclamar la atención de nadie. Rumbo
a la escuela los escolares la rodean, esporádicamente, sin verla; en
tanto los gorriones la emplean como una suerte de árbol abreviado y
los ancianos, cuando la sombra declina, se apoyan sobre sus bastones
próximos a ella ignorando que acaso descansan junto a una de las más
pretéritas ficciones del mundo. La trajeron hombres que obedecían a
otros hombres foráneos; éstos, a su vez, comulgaban con empoderados
mapas, coronas y tratados políticos-bélicos. Informan que fue el
“Marco de los Reyes", divisorio entre España y Portugal, que
desde entonces para en Rocha un tanto apartado del sitio primario
para el que fue concebido, pero que asimismo continúa ejerciendo,
con la obstinación mineral de aquellos elementos fidedignos, el
oficio de segregar.
Empero,
no se trata de un mero bloque labrado ni tampoco de una reliquia para
el caprichoso fisgoneo de los turistas; los hombres lo imaginaron
para fijar un límite territorial y, sin proponérselo, con los
siglos, este acabó antes entendiendo que ningún límite, por
preciso que sea, resulta perenne. Sus aristas accidentadas han
contemplado imperios desbaratarse con mayor fluidez que una nube de
verano, banderas trocar sus colores, lenguas confundirse con la
respiración de las fronteras y milicias que, creyéndose imbatibles,
apenas devinieron en el óxido de algún sable perdido y olvidado
bajo la tierra de alguna pradera. La piedra, en cambio, persiste
impertérrita, ignorando en silencio los esplendores de la patria,
pero recordando las vecinas manos que se han deslizado, como en una
caricia, sobre el relieve áspero de su superficie.
Aún
hay quienes creen que divide dos reinos; sospecho que, sin profuso
afán, divide otra cosa. Acaso, deslinda el territorio visible del
etéreo, lo mismo que el espiral del tiempo que creen conocer los
hombres, que suele arder y consumirse como una hebra de lana en la
flama, y no en el de la cronología de las piedras, tiempo, ese, que
apenas se digna transcurrir. Quien se detiene ante ella advierte, sin
saberlo, una vacilación, (o probable lapsus), del universo: al cabo
de un instante no sabe si contempla un monumento o si es él quien
contempla al visitante por una memoria infinitamente más vasta que
la suya.
En
la plaza de Rocha, rayano a la sombra de los plátanos, pláticas
coloquiales y tardes dilatadas, aquel “Marco de los Reyes"
persevera en su esquinera y discreta vigilia, sin aguardar
beneméritos emisarios de Lisboa ni de Madrid. Sólo parece demorar
algo tan antiguo e improbable como que, al menos un mortal, comprenda
que toda frontera es también una suerte de metáfora, que todo reino
acaba por ser un apelativo en un libro y que al fin la piedra,
modesta y paciente, persiste soñando aquel idéntico sueño de
límites difusos, en tanto el mundo que la circunda no cesa de mutar
incesantemente de mapa y habitantes.
La
chimenea.
En
las afueras de una ciudad se divisa una chimenea apagada, erigida
desde sus cimientos por manos que ya son polvo. Cada ladrillo suyo
fue dispuesto, en un inicio, con la secreta esperanza de durar más
que el hombre que lo asentaba. Al cabo de décadas dirigió al cielo
el humo de los hornos de “La Rochense", con un fuego austero
ascendiendo por su cilindrica cavidad y los atardeceres de Rocha
aprendieron entonces, con su población, a calibrar
el
tiempo por aquella columna densa y oscura que parecía rubricar,
sobre el aire, una caligrafía destinada a las aves, o a nadie.
Quienes
a la fecha se dignan a contemplarla, tras las ventanillas eléctricas
de sus automóviles, apenas advierten en ella algo semejante a la
ruindad; asimismo están los que sospechan que las grietas que la
recorren no son obra exclusiva de las lluvias ni de los pamperos. La
ha desgastado otro tanto el olvido, que es un diseño más lento y
más rebuscado de la intemperie o el desamparo. Si bien el ladrillo
recuerda el incendio que le dio origen; los hombres, por su parte,
olvidan presto el fuego que los fabricó.
En
esa orfandad, otra cosa pretende la chimenea, que no parece anhelar
el humo ni el antiguo estrépito de las extintas máquinas de su
interior; tampoco reclama obreros eficientes, ni puntuales silbatos
de fábrica o carretas desbordadas de arcilla. Sueña con aquello
para lo cual fue erigida: elevar. Al igual que Babel toda torre
imagina el cielo abierto, aunque ese mismo cielo la ignore. Persisten
en ella la obstinación vertical de las plegarias y la soberbia de
los obeliscos; porque su naturaleza fue la de encauzar el humo; acabó
encauzando el tiempo, que entalega la crueldad.
No
es complicado pensarla ajena a Rocha; incluso adivinarla o
equipararla a una estirpe más remota: la de las construcciones que
subsisten a su utilidad. Como los faros apagados, los puentes hacia
ríos desaparecidos o las fortalezas cuyos habitantes y enemigos se
extinguieron hace siglos, la chimenea insiste estar en pie porque ha
comprendido un secreto que los hombres rara vez alcanzan. Todo
destino concluye convirtiéndose en memoria, y toda memoria necesita
un ladrillo o cimiento que la sostenga.
Cuando
el crepúsculo de verano la recorta contra el cielo del este, la
chimenea parece más alta que nunca. No desafía al horizonte;
dialoga con él. En su silencio de mineral cocido todavía asciende
un humo que muy pocos perciben, hecho de jornadas sofocantes, voces y
nombres ya extraviados. Quizá las fábricas desaparecen, los obreros
expiran y las ciudades se ensanchan; pero la vieja chimenea persevera
en una tarea infinitamente más ardua que la de expulsar humo:
custodia, contra la desmemoria de los años, la efímera eternidad de
los hombres.
Un
retrato
En
un marco de madera habita un joven rostro.
No
es, desde luego, la mujer que allí vemos. María Elena, (mi madre),
ha conocido días que el óleo no conoció, ha olvidado nombres que
el pincel no pudo prever y ha sobrevivido a la muchacha que la
pintura insiste en preservar. No obstante, tampoco hablamos de una
mera representación; existe en ese semblante una obstinación que
desafía el desgaste de los calendarios. Como la luna en los espejos
antiguos, el retrato no devuelve una imagen sino, creo, posterga un
destino.
Martha
Nieves, la pintora, no se conformó con disponer pigmentos sobre una
tela; sino que, acaso sin formularlo, comprendió que el verdadero
retrato nunca reproduce un rostro, como el instante irrepetible en
que un alma condesciende a ser escrutada. Los trazos, severos y
misericordiosos, renuncian al detalle inútil para perseguir una
certeza más ardua y esencial, que pertenece, antes que a una
anatomía precisa, al insoslayable devenir.
Ello
nos inclina a cavilar respecto a un tradicional equívoco, al
parecer, atribuible a los retratos.
Aunque
se cree que conservan el pasado, quizá también lo hagan con lo que
denominamos “porvenir", puesto que cada dispar mirada futura,
al fin de cuentas, consuma o completa la obra que la primeriza
artista insinuó al inicio con su pincel. Así, la pintura no fija
una identidad; la diversifica y multiplica. Entonces cada observador
concluye imaginando una mujer distinta y, sin advertirlo, incorpora
algo de su propia identidad a ese rostro. Respecto a ese modus
operandi, a medida que el cuadro cambia sin modificarse, también se
eterniza…
A
principios de los 90 conocí a Martha Nieves, arraigada en cuerpo y
alma al balneario La Paloma, al igual que al Atlántico en que hundía
sus pies, y que sigue desgastando las piedras sin conseguir
abolirlas. En aquella circunstancia agradecí por su pintura y que
esta albergara además la misma condición marina de una serenidad
sutil que oculta “honduras” aún más sutiles. Lo dije porque,
antes que tantos, Nieves entendía que el arte no consiste en
sobreponerse al olvido, (empresa vana además), sino en dotarlo de un
diseño,(o suerte de albur), tan infinitamente “abierto” como
perdurable. Probablemente, toda gran pintura albergue en la
policromía de sus trazos ese pacto tácito entre el tiempo y todo
cuanto invoque “permanencia"; ya que en definitiva,
entretanto nuestros cuerpos ceden vencidos al desgaste y la
atribulada memoria se torna incierta, el lienzo persevera; custodio
de una lozanía ajena a la carne pero más hermanada con los ojos de
quien contempla un cuadro. Sólo el arte desafía a la muerte. Así
lo entendió Oscar Wilde en su “Retrato de Dorian Gray”, donde la
eternidad nunca fue un atributo propio a los hombres, sino a aquellas
imágenes o representaciones idóneas siempre en sobrevivirlos. Allí,
donde la vida concluye, la pintura apenas comienza.
L
a
Tuna.
Mi
abuelo se refirió cierta tarde, entre mates, a aquellas ruinas en
medio de los campos. Arguyó que las piedras que la sostienen ya no
recuerdan el nombre de quien las asentó en cal, pero conservan, con
una fidelidad que los contemporáneos ignoran, el sempiterno peso de
cada jornada campera. Las paredes de la antigua Estancia La Tuna, en
la misma modalidad, han sobrevivido a los techos, a los muebles, a
las voces y aun a las generaciones que desfilaron por ellas.
Permanecen como permanecen algunas sonoras acepciones latinas,
despojadas de aplicabilidad inmediata, pero investidas de una
autoridad que las épocas estacionales, en vez de disminuir,
terminaron por acrecentar.
Con
ello y todo, mi abuelo, (que fue carrero en Villa Velázquez),
aseguró que aquella construcción no ambiciona restauraciones
piadosas ni tampoco el tránsito distraído de los viajantes. Sus
paredes, levantadas en un principio para albergar una familia en la
época artiguista; terminaron custodiando una memoria y aceptando,
antes que los hombres, que toda arquitectura, por estratégica que
sea, aspira secretamente a convertirse en leyenda o historia, que
viene siendo lo mismo. Sus grietas no son heridas secas, sino más
bien una escritura con que los años han corregido la ilusión de
permanencia.
Bajo
esa techumbre vivió Francisco De los Santos, compadre del General
Rivera, padre riograndense de doce hijos y alcalde, por el 1809, de
la región de Rocha.
Aunque
hoy ese nombre apenas frecuenta algunos documentos y la silenciosa
erudición de los archivos, vindica de un tiempo en que gravitar
sobre estas tierras equivalía a decidir el destino de toda una
comarca en días en que el porvenir de la Banda Oriental aún
vacilaba entre magnos imperios. De los Santos apadrinó el impulso
artiguista cuando la libertad era menos una palabra que una
incertidumbre; verificó la elección del diputado destinado al
Congreso de Mercedes y recibió, del Cabildo de Montevideo, la
investidura de Juez de la Villa y Capitán de sus Milicias Cívicas.
Esos honores, que parecieron definitivos, hoy sobreviven sucintamente
en la obstinación de las paredes de aquella tapera.
No
es intrincado sospechar que La Tuna no fue tanto una estancia rural,
como una bifurcación de tiempos. En el ínterin en que Francisco de
los Santos deliberaba sobre cabildos, milicias y congresos, el
entorno pastoril, junto con las piedras, aprendían el señero oficio
de templar la espera. Desde antes, sabían que los gobiernos de turno
acabarían reemplazados por otros gobiernos, que los mapas y planos
alterarían los trazos de sus contornos y que los nombres ilustres
acabarían inapelablemente refugiándose en notas al pie de la
historia local. Ellas, en cambio, proseguirían allí, una sobre
otra, impasibles a la gloria y al olvido que todo lo daña.
Mi
abuelo, Hilario Amaral Velázquez, no llegó asimismo a conferirme
que cuando una corriente de aire atraviesa aquellas antiguas
ventanas, recorriendo como un espectro aquellas habitaciones que hace
mucho dejaron de existir, tal vez no se trate, ni se tenga fe, de que
acaso ello sea la más natural y desprovista manifestación del
viento. Y entonces, asistamos a la respiración soterrada de otro
siglo que, con lo que le resta, resiste a desvanecerse por entero.
Aquí, en La Tuna, tampoco los héroes consiguen sostener la memoria
de un pueblo; en su lugar, lo hacen las piedras humildes y liquenadas
que les sobrevivieron. En ellas, los evos han descubierto un
lenguaje, que aunque con inferior lustre, es más perdurable y
perspicaz que el mismo bronce. Con semejante pretensión, Francisco
de los Santos, sin espada ni magistratura, al unísono ejerce hoy el
más arduo de los cargos comunitarios: permanecer en la conciencia
secreta de la tierra que él mismo contribuyó a fundar.
E
l
Cristo de “Lucho”.
Hay
estatuas cuya razón de ser se agota en la celebración de una
efeméride, y otras, aún más enigmáticas, que parecen haber sido
concebidas para insinuar una interrogante cuya respuesta ningún
hombre develaría sucintamente. El Cristo de Lucho Maurente, en la
playa “Los Botes” de La Paloma, pertenece, creo, a esa segunda
estirpe. No es improbable que su verdadera sustancia no sea el
cemento en sí, sino la insistencia de una memoria anónima obstinada
en demarcar la gravitación de su presencia insoslayable. Pienso, a
veces, en su distante y dispar análogo, el Cristo Redentor del
Corcovado, suspendido a unos 700 metros sobre Río de Janeiro como
una vasta alegoría de la clemencia. Pienso que en tanto aquel
“Coloso" domina una ciudad innumerable, éste se resigna a
custodiar el límite más incierto; el instante en que la tierra
abdica de sí misma y acepta el inapelable argumento del Atlántico.
Toda
geografía es, soterradamente, una forma del tiempo. Entre las fajas
de nubes, el Redentor contempla avenidas, multitudes y el rumor
incesante de una civilización que no hace más que multiplicarse; el
Cristo de La Paloma, en cambio, asiste a una liturgia más remota.
Sus fieles no arriban hasta él por pródigas escalinatas, sino sobre
parcas embarcaciones cuya derrota el mar esgrime y anula con idéntica
indiferencia. Quizá por ello sus brazos abiertos evocan menos al
Gólgota que a la figura invisible de los vientos, el dibujo efímero
de las velas y las redes que al amanecer parecen plegarias tejidas
con sal y esperanza.
La
intemperie, asimismo, ha ejercido sobre esa imagen una paciente
exégesis. La lluvia, el viento austral y la respiración mineral del
océano han ido corrigiendo o retocando la obra del escultor
“locatario” con una dilación que sólo el universo conoce. Cada
grieta es una glosa; cada desgaste, una refutación del artificio
humano. Sospecho que Maurente conjeturó a su tiempo, que ninguna
escultura, (por más que esta contenga la fisonomía de su autor),
concluye el día en que abandona el taller; empieza entonces una
colaboración silenciosa entre la materia y los siglos, entre la
voluntad del artista y la obstinación de los elementos.
Si
se medita más, acaso la disparidad esencial entre ambos Cristos no
radique en sus dimensiones ni en la celebridad que los rodea; el
Redentor ha sido incorporado al vasto repertorio de las imágenes
planetarias, cuando el de “Lucho” permanece, con una modestia
casi oriental, al margen de esa gloria. Sin embargo, ambos participan
de una paradoja que la teología y la literatura apenas entrevén:
cuanto más inmóviles parecen, con mayor vehemencia traspasan el
incesante fluir del tiempo.
Porque,
puede que el verdadero milagro no consista en prometer o garantizar
la eternidad, sino en impugnar, (aunque sea desde una muda cruz), al
olvido. Los nombres de los pescadores se pierden con ellos, las
embarcaciones cambian de color y de dueño, las generaciones olvidan
aquellos cuarteados rostros que las precedieron; pero aquel
crucificado interroga, entre los dos crepúsculos,
al horizonte con la obstinación de un centinela. Puede, también, el
mismo horizonte resultar ser un error ocular que nos veda descubrir
que este no divide, como se cree, el cielo del océano; separa, como
intuyó Borges en más de un laberinto, la breve duración de los
mortales de esa otra eternidad que acaso sólo conocen el mar, la
piedra y el silencio.
U
n
cine inolvidable.
Ignoro
si las ciudades desaparecen del todo cuando claudican sus edificios o
cuando perecen los hombres que todavía podían nombrarlos. Sospecho
lo segundo. Si bien las piedras parecen obedecer a la historia; la
memoria, en cambio, pertenece a otro reino, cuyo orbe apenas
entrevemos en ciertos “estados de gracia” privilegiados. El
antiguo Cine Primero de Agosto constituyó una de esas provincias
etéreas.
Por
años creímos que su noble misión no consistía más que en
proyectar filmes en las matinée y los días de socios. Hoy entiendo
que las películas eran apenas un pretexto y que el verdadero
espectáculo ocurría entre los espectadores. Sin saberlo, (u
obviándolo), cada uno contemplaba una obra distinta, aunque la
pantalla ofreciera la misma sucesión de imágenes. El niño
aprendía, antes o después del intervalo fílmico, acerca del coraje
en los gestos de un héroe imaginario; el enamorado descubría que el
roce de una mano podía abarcar al universo entero, en tanto el
anciano volvía a constatar que el pasado no retrocede, sino que, con
sigilo, aguarda.
No
deja de maravillarme esa antigua ceremonia. Una sala oscura
congregaba a desconocidos que aceptaban creer, durante algunas horas
pagas, en una falacia luminosa rioplatense o subtitulada. Nunca he
sabido si esa credulidad era una forma de ingenuidad pormenorizada o
de sabiduría; quizá los hombres necesiten de las ficciones para
reconocer las únicas verdades que les son accesibles.
Entre
tantas, recuerdo una película en la que un muchacho comprendía
demasiado tarde que el verdadero protagonista de su vida no había
sido él, sino un viejo cine de pueblo condenado a desaparecer. Al
marcharse creyó despedirse de un edificio; ignorando que se despedía
de una manera de mirar el mundo. Años después descubriría que las
películas también podían olvidarse, pero no el haz de luz que las
hacía posibles sobre una pantalla. Quizá toda educación
sentimental consista o se resuma en aprender tal diferencia.
Acaso
Alfredo, el viejo proyeccionista de aquella fascinante historia
italiana conociera una verdad semejante a la que entrevió el vate
Giambattista Marino en sus postrimería ante la rosa amarilla inserta
en una copa: así como los versos no eran la rosa, tampocos las
cintas de celuloide eran el cine. El milagro, con su magnificencia,
residía en esa misteriosa facultad por la cual un objeto finito
revela, por un instante, una realidad infinita. Recién ahí es
cuando comprendemos que el celuloide era apenas un instrumento y que
el edificio mismo era apenas un accidente. Lo esencial se inscribía
en aquella comunidad efímera de hombres y mujeres que compartían
una misma oscuridad para recibir la misma magnánima luz; donde
ninguno salió siendo exactamente el mismo que había entrado a
aquella vieja sala.
Hoy
el Cine Primero de Agosto no existe; otra arquitectura ocupa su
lugar, como otras generaciones ocupan las ciudades. Nada hay de
extraordinario en ello; también Troya y la Torre de Babel
desaparecieron y seguimos pronunciando sus nombres.
La
excepción radica en que en tanto alguien recuerde el silencio que
antecedía al encendido del proyector sobre las inquietas cabezas y
una vieja melodía despierte el rumor de las butacas o una fotografía
restituya el perfume del celuloide, el cine de ayer y hoy proseguirán
convida. No será asimismo en la piedra ni en el cemento, sino en esa
región donde sobreviven las cosas que el tiempo no consigue destruir
porque nunca fueron del todo materiales. A lo mejor ése sea el
destino de todos los cines.
C
asos
y cosas, hechos y hombres.
Existe
un libro que parece una crónica, cuyo título promete episodios,
objetos y personas. Tras hacerse de él, el lector supone que
encontrará la paciente enumeración de un pasado provincial; se
equivoca. Su autor, Rosalío A. Pereira, lo concibió convencido de
que toda historia local es, en esencia, una versión abreviada de la
historia del universo. Ningún hecho es pequeño cuando el tiempo
decide conservarlo. Otra cosa quiso el libro, puesto que no se limitó
a registrar nombres destinados al archivo y acabó por descubrir que
cada hombre, más allá de su intención, arrastra consigo una época
entera y cada objeto cotidiano puede llegar a ser el resumen de
innumerables vidas. En este volumen los sucesos de Rocha, las
anécdotas, los personajes y los gestos cotidianos dejan de ser
circunstancias para convertirse en símbolos. Lo particular adquiere,
sin proponérselo, la dignidad de lo universal.
He
pensado que la memoria se asemeja a una biblioteca: en sus anaqueles
conviven emperadores y paisanos, guerras memorables y pláticas
barriales olvidadas. La diferencia no reside en los acontecimientos
en sí, sino en cómo y quién los rememora. Rosalío A. Pereira
ejerció con maestría un oficio que pocos comprenden, salvó del
anonimato aquello que la historia solemne suele desdeñar; advirtió
que un pueblo también se construye con anécdotas cotidianas y
pequeñas hazañas entrelazadas, con hombres cuya celebridad jamás
rebasó los límites de su propia comarca.
Cuando
el libro se cierra, sus páginas continúan respirando y cada lector
termina añadiendo un recuerdo que el autor nunca escribió y
confirma una antigua sospecha: las comunidades no sobreviven por sus
monumentos ni por sus decretos, sino por quienes conservan el relato
de sus días. “Casos y cosas, hechos y hombres” es mucho más que
un libro sobre Rocha; es la constatación de que una tierra alcanza
su verdadera permanencia cuando alguien convierte su memoria en
literatura.
P
or
Setiembres
En
una biblioteca céntrica se descubre un poemario cuyo lomo envejecido
no reclama la atención de los distraídos. El polvo, que suele ser
la dermis patente del tiempo, ha depositado sobre sus páginas una
dignidad que los volúmenes recientes aún desconocen. Al abrirlo, el
lector distraído cree buscar poemas y canciones; ignorando que ha
penetrado en una comarca donde las estaciones no obedecen al
calendario, sino a la pura memoria.
Con
él, Enrique Silva no procuró ordenar someramente una poética
estacional, sino conferir que la poesía no nace de las palabras,
como del intervalo que las separa. Cada composición parece recordar
un peculiar paisaje de Rocha; sin embargo, los campos, los árboles
y los cielos que allí comparecen ya no pertenecen en exclusiva a su
localidad natal, sino a ese territorio más incierto donde habitan y
levitan las nostalgias. El autor que escribió sobre un septiembre,
sin excepción, al final terminó escribiendo sobre todos ellos.
Sospecho
que libros como el suyo albergan la secreta vocación de aspirar a
que no sólo se los lea ceremonialmente; aspiran a ser rememorados
cuando ya han sido cerrados y abandonados en un anaquel. Tras ese
aparente acto somero comienza entonces su fidedigna existencia. Así,
cuando las páginas de “Por Setiembres” permanecen inmóviles; es
el lector quien muta, como una estación viviente, con cada lectura.
Los versos son los mismos; quien regresa a ellos nunca lo es. Acaso
esa sea la más humilde definición de un clásico regional: un libro
que envejece menos que quienes lo leen.
Enrique
Silva legó a Rocha algo más durable que una obra literaria; cedió
un peculiar espejo donde el departamento puede reconocer no su
apariencia, sino su espíritu. En conclusión, en tanto exista un
lector dispuesto a demorarse y distraerse en semejantes páginas,
septiembre proseguirá floreciendo, no en los árboles ni en las
flores, sino en la lengua.
“El
Butiasero” y Perdomo
“El
Gringo Butiasero”, de Jesús Perdomo, libro sin aspiraciones de
inmortalidad arraiga sus raíces en la memoria-erial colectiva de un
pueblo. Su materia aparente es un hombre, pero su verdadera
sustancia, es la suma de un territorio. En sus páginas, Rocha deja
de ser una delimitación geográfica para
transmutarse
en una cifra moral y un antiguo espejo en cuya luna el tiempo
contempla su propio desgaste.
Como
obra perdurable, el volumen no se limita a narrar un mero destino, lo
torna llanamente arquetipo. El gringo es, al unísono, un hombre
singular y también todos los hombres que hicieron del monte, del
butiá castillense y del horizonte una modalidad de discernir la
vasta complejidad del mundo y sus habitantes. Sin ánimos de
ponderar, cuando la literatura alcanza esa condición, deja de ser
documento para convertirse en mito.
El
deceso de Jesús Perdomo no mengua ni extingue su voz; apenas la
traslada a esa región donde habitan los autores cuya obra prosigue
dialogando con los vivos. Profesor por vocación y escritor por
íntima necesidad , comprendió que la identidad de un pueblo también
se edifica sobre palabras. Quien rescata una memoria del olvido
modifica el porvenir tanto como quien funda una ciudad.
Quizá
los departamentos, como los hombres, estén hechos menos de tierra
que de relatos. Si esa conjetura es en parte veraz, probablemente
Rocha le deba a Perdomo una porción de su conciencia más viva; una
que incluso se sobrepone al tiempo convirtiendo la vida en literatura
y la literatura en memoria.
Dario
Amaral