Mostrando entradas con la etiqueta escritor y periodista Alejandro Michelena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritor y periodista Alejandro Michelena. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de abril de 2016

EL PECADO MORTAL DE LA NOSTALGIA ALEJANDRO MICHELENA




En las imágenes:

El hoy poco recordado Billy Cafaro, auténtico precursor del rock nacional en el Río de la Plata.
Uno de los más populares LP de ese grupo legendario que fue Los Plateros.

“... porque los verdaderos paraísos
son los paraísos que hemos perdido”.

MARCEL PROUST - En busca del tiempo perdido

Aquellos redondeados automóviles se colocaron en línea una vez más, jadeando al toque nervioso en los aceleradores, mientras los dos muchachos se miraban, con fuego en los ojos, desafiantes, serenos apenas, apenas aguantando con el otro pie en el freno a las máquinas con ansia de abismo, esperando la señal de la bella en litigio que iría acompañada como siempre con un agitarse de la pollera debido al viento producido por el pasaje raudo de los bólidos hacia un destino desparejo. Como todas las veces, Jimmy sería el triunfador, y de ahí en más comenzaría la parte más grave, seria, melancólica tal vez de la película.

Apagó el aparato de video. De cualquier modo, ya lo sabía todo de memoria. Uno de los móviles que lo llevó a entrar en ese gasto, aparte del bien intencionado pretexto de que los chicos se acostumbraran al buen cine, fue el inconfesado deseo de ver una y otra vez películas como ésa, lo que hizo hasta el cansancio en los primeros meses, encontrándose de golpe y a destiempo con lo más fabuloso y lo más angustiante de su lejana adolescencia.
Se desprendió el nudo de la corbata, tiró hacia atrás con la mano su escaso pelo, se recostó en el plastificado sillón del angosto living, miró por entre las hendijas de la cortina veneciana el comienzo del atardecer; dio gracias que su mujer y sus hijos estuvieran pasando unos días afuera, en casa de sus padres. Con los ojos entrecerrados, percibiendo el murmullo monótono del ventilador y los ruidos intermitentes de la calle, comenzó a evocar, sin quererlo —asociación libre, pensó que llamaría a eso el siquiatra— las circunstancias de su primera admirada visión de “Rebelde sin causa”.

Era entonces un teenager (recordó la expresión, que en aquella época se aplicaba con la ingenuidad de lo novedoso; sin el posterior síndrome culpable que para toda palabra proveniente del norte introdujeran, en él como en tantos, los años sesenta en general). Era un teenager. Musitó en voz alta la expresión, con ese regodeo sólo privativo del reencuentro con algo de uno mismo perdido en el oscuro bosque del pasado. Se vio de pantalones vaqueros —los primeros— con el cabello entero todavía y peinado a la gomina con un jopo, saliendo del cine Rex con dos amigos y entrando a la vecina Vascongada. Vio también a Matilde en una mesa cercana —de las del rincón, que parecían de ferrocarril— y esa vez se animó a sonreírle. Luego sonó en la máquina de discos “Remember when”, mientras él ni oía a sus amigos y ni siquiera miraba a la muchacha; se imaginaba siendo tan arrojado, melancólico y atractivo, como el mismísimo James Dean.
Días después se animó a invitarla a salir. Vivían en la misma cuadra de Malvín, y para lucirse sustrajo del garage familiar el casi flamante Chevrolet Bel Air de su tío en el que llevó a Matilde a dar unas vueltas por las calles del barrio para culminar en el Rodelú, cuyo enorme salón ella cruzó como si fuera una imagen inquietante de la sensualidad, con sus pantalones pescador, sus elásticas ballerinas y su larga cola de caballo. No fue más allá el acercamiento. Salieron otra vez, pero a caminar, y al poco tiempo supo que se había arreglado con Lito, justamente lo más parecido a muchacho de película en la zona.

Sintiendo calor y amparándose en la momentánea soledad, tomó el saco y salió a la calle. Siguió hasta el bar más próximo, donde se atrevió con un medio y medio, y luego otro, y otro más, mientras seguía soñando con el cincuenta y tantos. Y fue de ese modo —rodeado por los dos costados de borrachos alegres— que se decidió a la insensatez y sucumbió a la tentación.
Pidió la guía telefónica, buscó con mano temblorosa, se dirigió al aparato, discó.

—Buenas noches, disculpe, quisiera hablar con Matilde... Sí, Matilde Pérez... Ella vivía allí, hace muchos, muchos años... Quería desearle un feliz año 1990...
—........................
— ¿Que tu mamá no se encuentra? Entonces dame con Lito...
—........................
— ¿Qué decís? ¿Que no se llama Lito tu padre...?
—.......................

Dejó el tubo descolgado, y anduvo titubeante y pálido hasta el mostrador. Pidió ahora whisky, dispuesto a gastarse todo el dinero, no preocupándole ya las previsibles recriminaciones de su mujer cuando volviera. La cabeza le daba vueltas, y las imágenes de Natalie Wood y de Matilde se le aparecían, intermitentes, como luces de neón de aquellos tiempos.

Aunque pretendía a Matilde, sabía que en el fondo no podía aspirar a una chica así. Le bastaba con que le hubiera concedido aquella inolvidable salida de sábado, cuando arrimara despacio y orgulloso el automóvil a la amplia terraza del Rodelú, con todas las miradas y las envidias de la muchachada sobre él, al tiempo que Billy Cafaro cantaba “Marcianita” desde algún lugar. Después, y por unos años, mientras su familia vivió en Malvín, vio él también con cierta envidia a la pareja ideal que hacían Lito y Matilde: eran poderosa, casi diabólicamente atractivos, cuando caminaba ella con sus vestidos de vuelos y los zapatos de punta de alfiler, y Lito con el amplio torso y los brazos musculosos (a fuerza de pesas y de tensión dinámica) apretados por el buzo negro de mangas bien cortas.
Todavía recordó cómo una vez el torpe, el pusilánime del barrio, ese bobalicón que nunca falta y del que todos se burlaban, la miró a Matilde un poco más de lo prudente en el cine al aire libre, y cómo recibió su merecido de inmediato de parte de los fuertes puños de Lito. El esmirriado y blancuzco —casi el mitológico alfeñique de cuarenta y cuatro kilos— se llamaba Vicente (lo había olvidado por años, hasta momentos antes, cuando la llamada). Y recordaba también, claramente, cómo después de la paliza, Matilde, riendo, lo trató de imbécil, de guarango.

Cuando llegó de retorno a su casa era tarde y estaba algo mareado, pero tuvo la precaución de llevar consigo una botella de grappa. Quería aturdirse hasta el olvido, que el tiempo retrocediera. Le vino a la memoria aquel bolero de la última noche de sábado, en el baile del club, al que asistió antes de que se mudaran para Canelones...
“...Reloj no marques las horas/ porque mi dicha se acaba...”

Allí estaba todo el mundo, y brillando por encima de la muchedumbre juvenil —como estrellas inigualables de un firmamento en technicolor— los cimbreantes Lito y Matilde, que bailaron como nunca un rato después el “Rock del Reloj”. Escondiéndose en los rincones, maltrecho, recordó que andaba el pobre de Vicente, a quien ni las más feas concedían una pieza.

Cuando luego de bajarse casi de golpe media botella comenzó a dormirse sin remedio sobre el piso sucio de la cocina, empezó a arrepentirse de la llamada, de la curiosidad malsana que lo llevó a cometer el sacrilegio de enterarse que aquella escultural, intocable Matilde, era ahora una apacible, convencional cincuentona, que seguía viviendo en la misma casa que fuera de sus padres, y que el nombre de su marido era nada menos que Vicente.

domingo, 1 de febrero de 2015

LATITUDES MONTEVIDEANAS DEL TANGO - un aporte Alejandro Michelena





Escritor y periodista Alejandro Michelena

Fue un 2 de diciembre de 1866, en un modesto rancho del barrio de Goes. Así se planteaba en un folleto editado hace muchas décadas por Ovidio Cano, colaborador del desaparecido diario El Día,  rescatado por los historiadores Washington Reyes Abadie y Anibal Barrios Pintos en su libro dedicado a esa antigua zona montevideana (en serie publicada por la Intendencia Municipal).
“Tal afirmación –consigna Cano en ese texto– pertenecía a Leonardo Durante, un argentino que vivió muchos años en la calle Libres 1620 casi General Flores, en el corazón de Goes”. Y agrega: “fue en un rancho situado en el número 1477 de la calle Isidoro de María, frente a la plaza llamada en ese tiempo De las Carretas”.
Siempre según Ovidio Cano: “Leonardo Durante afirmaba que desde la noche del 2 de diciembre de 1866, se bailó en ese rancho una deformación de la clásica habanera con parejas abrazadas”. Y luego comenta que la gente se acostumbró a decir: Vamos a bailar tango al rancho de la plaza.

El mito y sus raíces

Si bien son muchísimos los testimonios sobre los primeros pasos del tango, tanto en Buenos Aires como en Montevideo, la originalidad del que rescató Cano y recordaron Barrios Pintos y Reyes Abadie, radica en la fecha y lugar precisos.
Más allá de este dato y de la anécdota puntual –el surgimiento de estilos musicales no suele tener nunca una génesis tan acotada– musicólogos, antropólogos culturales, “tangólogos” en serio, han coincidido en las últimas décadas en filiar el origen del ritmo del dos por cuatro, de manera igualitaria a los arrabales de ambas márgenes urbanas del río marrón. Concretamente: a los prostíbulos y boliches orilleros, donde se mezclaban el paisano recién llegado del interior con el tano y el gallego que habían arribado al puerto poco antes, abrazándose a polacas, francesas y rusas que ejercían en el suburbio de las ciudades platenses el oficio más viejo del mundo.
Investigaciones significativas de los años recientes estiman que si bien el tango se propagó de manera inusitada en Buenos Aires, fue en Montevideo donde tiene su lejana génesis, fecundado por el sensual tan-gó de los afro-uruguayos. Y hoy por hoy las raíces africanas del tango no son negadas por ningún estudioso serio del tema. Y tampoco que en esa influencia fuera decisiva la música de los negros montevideanos que por 1830 iban a bailar tan-gó extramuros, por detrás del Cubo del Sur. Si no fuera por la negritud que lo vitaliza, al tango le faltaría el ingrediente rítmico, el magnetismo que lo torna mágico y vibrante, y le sobraría demasiada melancolía.

Un ritmo de dos orillas

Cuando se escribe o habla del tango por el ancho mundo, se lo asocia casi siempre en exclusividad a Buenos Aires. Esto es explicable, en la medida que en la grande y compleja urbe porteña de los años veinte –que tan bien recrearan literariamente Roberto Arlt y Leopoldo Marechal– democratizada por el irigoyenismo, el nuevo ritmo encontraría su escenario más fecundo en los cabaret y los cafés con palco, y su cantor por excelencia en Carlos Gardel. Por su parte, su mítico imaginario cosmopolita amalgamaba la Pebeta de mi barrio con las Ivonne, René y Grisetta de un brumoso quartier parisién; de Montmartre a Corrientes angosta, del Barrio Latino a la Curva de Rocha. El lenguaje, los personajes, la dramaturgia del tango, no serían lo que son de no haberse decantado en esa proteica ciudad del estuario del Plata.
Pero Montevideo ha aportado lo suyo, y mucho, al tango, como lo ha probado –con datos más que suficientes– el recordado escritor Juan Carlos Legido en su libro La orilla oriental del tango (publicado por Ediciones de la Plaza). Basta evocar a Gerardo Mattos Rodríguez y La Cumparsita, el bien llamado “tango de los tangos”, que fuera estrenado por el maestro Firpo y su orquesta en la confitería La Giralda de la Plaza Independencia (donde hoy está el Palacio Salvo). También a Roberto Fugazot y su Barrio Reo, dedicado al montevideano barrio Reus al Norte, y que fuera cantado en el viejo café Vaccaro de General Flores y Domingo Aramburu por Carlitos Roldán. Y al entrañable Pintín Castellanos y La puñalada, que tuvo su bautismo ante el fervoroso público tanguero del Tupí Nambá nuevo, en 18 de Julio. Y los compuestos por Víctor Soliño, Tito Cabana, Juan Carlos Patrón y  Alberto Mastra, que forman parte del mejor repertorio del tango canción.
Y no hay que olvidar las orquestas uruguayas: La de Laurenz y Casella, que marcó toda una época. La de Romeo Gavioli, realizando una verdadera “fusión” de tango y candombe. La tan popular y radiofónica de Oldimar Cáceres. La del maestro Donato Raciatti llenando de música típica el Montevideo de varias décadas. La más cercana en el tiempo dirigida por el maestro César Zagnoli. Y recintos hoy míticos, como el gran café Ateneo, con sus palcos donde diariamente se oían las mejores orquestas del Río de la Plata, verdadera catedral montevideana del ritmo del 2 x 4.
En definitiva, como bien lo expresa ese tango más moderno de otro uruguayo, el Ciruja Montero: las dos orillas, las dos ciudades, están hermanadas por iguales aires musicales y por historias comunes, costumbres y formas de vida. Y qué más da –parafraseando la notable milonga de Borges- que haya nacido en algún antro de la calle Yerbal o de la calle Junín... El tango es, en definitiva, tan hijo de Buenos Aires como de Montevideo. Y ambas ciudades fueron madres fecundas y amorosas para el ritmo que las identifica.

Alejandro Michelena

sábado, 27 de diciembre de 2014

Escritores y artistas latinoamericanos rinden homenaje a las letras uruguayas

Publié par VERICUETOS



    Mario Wong, Libia Acero- Borbón, Efer Arocha, Jorge Torres y Mirta Camaño

El pasado 17 de diciembre en París en La Maison de L’Amerique Latine, la Revista Vericuetos presentó la edición 26 en formato de libro conformada por 261 páginas, dedicada íntegramente a la literatura del Uruguay. A partir de la década del 80 del siglo pasado, con textos de una treintena de poetas, una docena de narradores y la misma cantidad de ilustradores. Además de los textos anotados, la publicación contiene un editorial y una introducción explicativa. El editorial  por el escritor y director Efer Arocha, y la introducción por Alejandro Michelena.
Hubo una nutrida asistencia de lectores de literatura de América Latina, España y personalidades latinoamericanas. Se hizo sentir la presencia de distinguidas figuras de la poesía, narrativa, pintura, escultura, música y distintas profesiones. En poesía uno de los que se encontraba fue el bate chileno Orlando Jimeno Grendi.  Narrativa, Telmo Herrera del Ecuador. Pintura, Francisco Trujillo de Colombia. Música, Alvaro Gómez Orozco de Colombia. La académica y poeta Luisa Ballesteros de Colombia. El investigador francés del CNRS en lenguas africanas  Yves Moñino, el cineasta español Arribas Alexander, la soprano mexicana Laura Buenrostro, la diseñadora Ingrid Lahoud,  el ingeniero Hernando Franco,El escultor Alfonso Díaz, La psicoanalista Paulina Macías, el especialista en literatura francesa Camilo Begoya, la historiadora Patricia Prieto, el cineasta Marino Valencia, la ingeniera Catalina Pimiento Rodríguez, la rectora Esperanza Rodríguez y  en ese orden otras personalidades.
Los asistentes permanecieron absortos durante una hora de lectura, rasgada por intensos aplausos cada vez que la creación lograba cruzar la barrera del silencio por su excelente contenido.
La Actriz uruguaya Mirta Camaño; inició la lectura con el poema Vellón de Silvia Riestra, seguido de Montevideo de Laura Chalar; Para Las Focas de Juan Manuel Sánchez; Fragmento de la novela Marginautas de Adolfo Guidali
Los intermedios fueron amenizados por el arpista español Carlos Luvera. El escritor peruano Mario Wong leyó un fragmento Del Tiempo En Una Hoja de la escritora Lilian Irigoyen.
El poeta colombiano Jorge Torres leyó un fragmento de la introducción de Alejandro Michelena y cuatro poemas: El Viento Es Un Perro de Andrea Estevan; Ora Pro Nobis de Isabel Barreiro; En La Luz Del Eclipse de Ingrid Tempel y Devenir de Sandra Miguez
La poeta colombiana Doris Ospina leyó tres poemas: A Veces Cuando Llueve de Mónica Marchesky; Ejercicio De Olvido de  Isabel De La Fuente y Crisálida II de Silvia Martínez Coronel
La mesa fue presidida en representación de Vericuetos por  Efer Arocha y Libia Acero- Borbón. La embajada del Uruguay estuvo representada por la encargada cultural señora María Fernanda García. Los dos representantes del Uruguay no pudieron asistir por fuerza mayor: Alfredo Riboira sufrió una luxación en un pie inhabilitándolo para caminar, y Alejandro Michelena  a quien esperábamos con entusiasmo, puesto que fue el encargado de preparar la carpeta de todos los publicados, teníamos vivo interés de conocer pormenores de todo ese duro trabajo que exige mucha paciencia y tacto como es el de compilar. Además, para que nos hablara de las figuras jóvenes de promisión del Uruguay, tan desconocidas para nosotros. El no pudo asistir por inconvenientes de última hora.
Como es tradición en las presentaciones de las ediciones de Vericuetos, terminado el acto cultural se continúa con festejo reminiscente de la vieja bohemia parisina, la cual hoy escasamente titila, por no afirmar que es inexistente. En grueso grupo nos trasladamos a un bar cercano, donde cada quien bebió copioso y participo de los distintos diálogos entablados en torno del Uruguay. Como el ensayo no tuvo espacio en la edición fue el que abrió el palique. En el conversar salió a flote lo original del pensamiento uruguayo, comenzando por Enrique Rodó quien aspiraba a lograr cuajar un noseología propia correspondiente a nuestros valores regionales y en su tiempo logró aglutinar a una parte de la juventud en torno de su obra Ariel. Al margen de los contenidos ideológicos, Rodó es una de las fuente nutricia para lograr una filosofía de nuestros pueblos. Desde luego, en términos de ensayista es inomitible Eduardo Galeano sobre el que disertaron muchos de los contertulios.
En la reunión surgió la buena charla, donde se habló de todo lo concerniente al Uruguay  y no se habló de nada. Buena parte se sorprendía en conocer que el Uruguay posiblemente será el primer país del mundo en resolver la utilización de las fuentes de energía completamente ecológicas. Y en el mismo sentido, será la primera nación en eliminar la pobreza absoluta; además de otros hitos. Siguiendo la brecha política se discernió sobre el rol del país en materia de integración continental. Punto que produjo una honda emoción por el interés del tema; había los que consideran que la clave de la integración la define el factor económico como el elemento principal y determinante. Mientras que otros esgrimían distintos argumentos dando como resultado final un nuevo contenido que a largo plazo resulta ser definitorio en razón de ser los pilares fundadores  de la patria grande, la soñada nación latinoamericana, desde México hasta Chile. El es el arte y la cultura, donde la literatura es un constituyente determinante, por ser el sedimento identitario de cada país en su particularidad, para luego fundirse en un todo dando paso a una nueva identidad  supranacional que será el gran país de los latinoamericanos.  
El punto anterior lo entiende claramente Vericuetos. De ahí que una de sus principales tareas  se centra en dar a conocer la literatura y poesía de cada uno de los países de la región que nos ocupa. Para la revista es tan nuestro, Temblor de Cielo de Vicente Huidobro, como los murales de David Alfaro  Siquieros, o la balada, Viejo mi Querido Viejo  de Piero. Donde lo local es apenas un accidente fenomenológico que le da existencia para ascender a lo continental, que es el espacio portador de la trascendencia, ella, peldaños de lo genuinamente universal.
Escritores y artistas latinoamericanos rinden homenaje a las letras uruguayas

   A modo de introducción 

                                                                                        Por Alejandro Michelena

        Toda antología literaria es necesariamente relativa y arbitraria. Lo primero, porque más allá de la ecuanimidad e inteligencia en el criterio utilizado para estructurarla, siempre será posible comprobar ausencias y presencias debidas al gusto o disgusto de los compiladores, no compartidas por lectores y críticos de manera unánime. Y toda antología es arbitraria desde el momento que hay que elegir un lapso de tiempo que la defina y limite, sobre el cual también surgirán cuestionamientos de manera inevitable. El trabajo que encaramos con  Adolfo Guidali para la revista Vericuetos, no es -no pretendemos que sea-  una antología; es apenas una muestra de la Literatura Uruguaya desde los ochenta hasta el presente.
Elegimos como punto de arranque el año 1980 del siglo pasado por dos motivos fundados. En primer lugar por su significación histórica para todos los uruguayos, al concretarse en el mes de noviembre del mismo el Plebiscito que convocado por la dictadura cívico-militar que tiranizaba el país desde el 73 recibió el No de la ciudadanía a su pretensión de perpetuarse en el poder, generando la posibilidad de un proceso de recuperación democrática que de otra forma hubiera sido, en el mejor de los casos, mucho más lento y dificultoso. Pero además en ese momento comenzó a resurgir la actividad cultural que había decaído en el lustro anterior por razones explicables, dando lugar a fenómenos como el desarrollo de un canto popular cuestionador del estado de cosas y no por ello menos creativo, la diversidad y calidad de propuestas teatrales, la creatividad en las artes plásticas; en lo 
literario: la aparición de buenas revistas juveniles, de nuevas y pujantes editoriales, la vigencia de la poesía y la eclosión de una narrativa vinculada directa o indirectamente a la realidad de entonces.
           En ese marco, en ese escenario propicio comenzará a manifestarse una nueva promoción de escritores. La que de manera infeliz algún crítico denominó del silencio, cuando en realidad no fueron nada silenciosos. Lejos de la perspectiva de poetas y narradores algo mayores, que habían comenzado dificultosamente en el crepuscular segundo lustro de los años setenta (éste sí un período de obligado silencio y monólogo oficial sin otras voces), les tocará desarrollarse y desplegarse en pleno período de recuperación democrática.
La muestra que presentamos arranca con este grupo de escritores, pero  al tener la pretensión de llegar hasta el presente incorpora -siguiendo en la demanda el esquema sugerido para la cronología de las generaciones por Julián Marías, quien se inspiraba a su vez en Ortega y Gasset- dos nuevas camadas: la de los años noventa, que coincidió con el Neoliberalismo en lo político social y económico y el Posmodernismo en materia estética, y la que podríamos denominar Generación de la crisis del 2002.
Al tratarse de una muestra para un formato dossier naturalmente debimos contar con la obvia limitación de páginas, sin el aire que da el libro, lo que nos obligó a una mayor concentración e implicó como resultado una selección más acotada. Y por cierto: quedaron por el camino autores que habrían formado parte en buena ley de una propuesta más amplia.
Algo que singulariza a los escritores surgidos luego del año 80, a todos ellos, más allá de los caminos estéticos y  creativos -que son muy diversos- es el hecho de pertenecer definitivamente a un ámbito cultural signado por lo audiovisual, las nuevas tecnologías de comunicación, la a veces dramática inserción en un mundo cultural globalizado, y en muchos casos la no contradictoria reafirmación de identidades a variado nivel. El rasgo que para el crítico Luis Gregorich marcó a fuego a la generación literaria argentina de 1955 –la influencia de los medios de comunicación en su visión del mundo y consecuentemente en sus obras– en las promociones uruguayas de  los últimos veinte años del siglo pasado y lo que va de éste se ha vuelto un elemento radical y definitivo. El período arranca con la irrupción en el país de la televisión a color, y al poco tiempo se instaló el fenómeno del video, y muy poco después los CD a los que siguieron los DVD; lo audiovisual irrumpiendo como nunca en la vida cotidiana y en la formación de las mentalidades. Son además contemporáneos del repliegue de la prensa escrita, del protagonismo cultural de la radio y de la aparición de las computadoras destronando a las clásicas máquinas de escribir. Y en mitad de los noventa llega Internet; en poco tiempo el correo electrónico sustituye al correo análogo por su alcance e inmediatez; todos los códigos de información y comunicación se transforman.
Este proceso inevitablemente marcó de muchas maneras a los poetas y narradores que integran esta muestra. En algunos casos lo percibimos en las temáticas, pero sobre todo está claro en el lenguaje y estrategias comunicativas. Y si bien en la saludable diversidad de las propuestas encontramos creadores que parecen alejados de las consecuencias de los cambios ocurridos a nivel tecnológico y sus repercusiones, incluso en ellos se descubre alguna marca de los nuevos paradigmas.
En lo literario, las influencias nutricias para este variado conjunto de poetas y narradores son naturalmente diversas. No se percibe entre ellos ni siquiera el aparente consenso por mayoría (donde siempre importaron los disensos, los caminos personales) que en otras etapas galvanizaba a los jóvenes que se iniciaban en las letras. Aunque entre los poetas sí vale la pena 
marcar la significativa aparición –en aquel augural 1980– de un libro considerado por la crítica como un parte aguas en la poesía uruguaya de aquellos años: Apalabrar, de Salvador Puig. Tal vez sea éste el único referente que aglutine entusiasmos comunes entre algunos de los poetas que incluimos. Y quizá, hasta cierto punto al menos, por contraposición Mario Benedetti puede haber operado como el anti modelo para la mayoría de los narradores y poetas que aquí aparecen.
Para redondear esta nota introductoria vale la pena, aunque sea en ligeras pinceladas, bosquejar el perfil de todos los autores que a través del dossier ponemos a consideración de los lectores de Vericuetos. Elegimos para su ubicación un ordenamiento posible entre otros: el orden alfabético a partir del nombre de pila.
Pero vayamos a los poetas, que son mayoría: Agamenón Castrillón, que desarticula y repotencia las palabras y recrea climas de pago chico. Alex Piperno, experimentando y volando a su aire a través de la prosa poética. Alicia Preza, con un verso contenido y sugerente de gran potencia lírica. Alvaro Ojeda, indudable poeta mayor, equilibrando la profundidad conceptual y el ritmo. Andrea Estevan, intensa y apasionada a través de un decir intransferible. Andrés Echevarría, poniendo su  sabiduría poética en el objetivo de recuperar formas clásicas para un decir actual. Claudia Magliano, una potente voz desde lo femenino hacia lo universal. Daniel Cristaldo, genuino en su camino surreal y afirmado en sus recursos. Daniel Vidal, con un decir que incorpora el humor y la crítica. Diego Rodríguez Cubelli, retomando en clave elegíaca moderna la clásica oración por la muerte paterna. Eduardo Roland, homenajeando a un maestro en versos y encare poético afines. Elbio Chitaro, con un verso libre y bien estructurado evocando la muerte paterna en un marco de referencias evangélicas. Enrique Bacci, talento y búsquedas en lograda escritura. Gustavo Wojciechowski, quien como orfebre de las palabras las ilumina sin que pierdan su aura cotidiana.
Pero también están: Horacio Mayer, olvidado gran poeta – de obra escasa pero iluminada – que siendo de otra generación publicó sobre fin del pasado siglo. Ingrid Tempel, también de la generación del anterior, muestra una voz soterrada pero intensa, con lograda forma y un matiz reflexivo. Isabel Barreiro, con un decir poético potente, que recrea desde los dramas modernos la intemporal voz del salmista. Isabel de la Fuente, moviéndose desde lo introspectivo hacia el deseo amoroso a través del largo aliento del poema. Juan Manuel Sánchez Puntigliano, con auténtico espíritu transgresor en bien logrados versos. Jorge Pignataro, que en forma contenida, con adecuado lirismo, trabaja la evocación nostálgica en un escenario provinciano. Juan Pablo Pedemonte, deleitándose con el ritmo y sonido de las palabras en una insinuación a lo barroco. Julio Inverso, auténtico maldito de los noventa y hoy fundamentado autor de culto. Lalo Barrubia y sus versos de larga respiración desmenuzando – con ironía y humor negro, pero también dolor – la condición existencial de la mujer más allá y más acá de los estereotipos complacientes. Laura Chalar, con voz madura y contenida, retratando poéticamente lugares de su ciudad. Laura Inés Martínez Coronel, con despliegue elegíaco y poderosa imaginación al servicio de una poesía convincente.
Y siguen otros: Luis Bravo – con innegable maestría – recorre y recrea en lograda poesía la casa de la infancia. Luis Pereira Severo demuestra una vez más su capacidad para lo erótico tratado con humor y acertadas referencias culturales. Mariela Nigro, poeta de rigurosa estructuración y lirismo hondo. Melisa Machado indagando en lo sicológico profundo con rotunda poesía. Mónica Marchesky creando con pericia y buenos recursos un sutil clima fantástico. Nidia Di Giorgio Médicis, en la búsqueda de mundos imaginarios con estilo propio. Roberto Mascaró, con una obra siempre en crecimiento, variación e intensidad, explorando incesantemente nuevos rumbos. 
Sandra Míguez, estructura y fuerza equilibradas y potenciadas por la intensidad. Silvia Guerra desplegando sabiduría poética en sugerente texto que convoca arquetipos centrales de la cultura universal. Silvia Martínez Coronel evidenciando sus buenos recursos en el género. Suleika Ibáñez con su maestría y su peculiar mundo literario. Sylvia Riestra delineando en poema de largo aliento una convincente metáfora acerca de tópicos universales como la inocencia y el sacrificio.
Los narradores están representados en esta muestra en número menor, pero con sostenida calidad. Adolfo Guidali, quien aparte de ser corresponsable de esta selección debe integrarla necesariamente al ser uno de los escritores más completos del período, sobre todo como novelista pero también en sus relatos cortos. Andrea Blanqué, con ya larga experiencia en el oficio de narrar –como cuentista y novelista – con lograda mirada crítica en lo social y cultural, y creíbles personajes. Cecilia Ríos, con poca obra édita, pero suficiente para valorar su logrado oficio, y su versatilidad y sabiduría para contar historias. Horacio Cavallo ha sabido reflejar en su obra, con veracidad, las pequeñas y grandes aventuras de la vida cotidiana. Ignacio Martínez, narrador versátil, representado aquí por su mejor relato para jóvenes. Inés Bortagaray despliega su potencia y habilidad en relato de iniciación en el oficio periodístico que se conecta – en clave no dramática – con los testimonios y la memoria a construir del pasado reciente. Por su parte, Lilián Hirigaray teje con elegancia una peripecia de pareja en un ámbito mediterráneo con reminisencias clásicas. Marcia Collazo representa la fuerza y el logro de la narración histórica solvente. Nelson González Casaravilla nos sumerge en una atmósfera de suspenso de raigambre kafkiana. Pablo Dobrinin, con un logrado oficio narrativo en el género – poco frecuentado en las letras uruguayas – de la ciencia ficción. Pablo Silva Olazábal traza, con minucia minimalista, las obsesiones del personaje en torno a su mascota y a su amor menguante. Paola Gallo bosqueja con soltura una parábola acerca de los símbolos y la sustancia que representan. Sofía Rosa ensaya una fragmentaria recreación de sensaciones y experiencias de infancia. Sofi Riccero se mueve cómoda en medio de un texto denso y barroco, cargado de alusiones culturales, oscilando entre lo narrativo y lo poético.
Lo del comienzo: esta es una muestra de la Literatura uruguaya de los últimos treinta años, que sin tener pretensión abarcativa nos atrevemos a asegurar que es lo suficientemente representativa. Y más allá de los méritos que puedan señalársele, viene a llenar un vacío de larga data en cuanto a la presencia en París y en Europa como – colectivo –  de todo el corpus literario producido en el Uruguay.

                                                                                     ***

EL VIENTO ES UN PERRO

que logró escapar
corre
sin piedad sin rumbo
corre
el viento no es un perro
son cientos miles millones
todos los perros del mundo
que la sintaxis me condene
a cadena perpetua
no a ellos
des/atados
des/carnados
des/hechos
des/dichados
des/tratados
des/terrados
des/desdeñados
des/cuidados
des/aparecidos
perros de este mundo
perros de las constelaciones
perro de horóscopo chino
perro de las canciones
perros policías
perros ladrones
perros de los poetas
perros de película
perros animados
perros arrimados a sus amos
perros sin dueño
pero esperanzados
perro solo bien se lame
perros de la calle
amores perros
perro caliente
vida de perro
perro que ladra
amigo fiel
logró escapar
corre
el viento no es un perro
son cientos miles millones
todos los perros del mundo
                                                           Ladrando                                                                  

Andrea Estevan
 
                                                                 ***

EJERCICIO DE OLVIDO

Hacer el ejercicio del olvido
hoy y mañana y siempre
olvidar lo salvaje de las palabras
dejar los sentidos a un lado
abrirse paso por las horas insensibles
con una media lágrima
que no sangra ni rasga ni nada

—así no ayuda el dolor no sale y
ni siquiera siente pero le duele—

y entonces
es sólo deslizarse
dice desde dentro
una voz muy queda
es sólo deslizarse
dejarse ir por las horas
y descubrirse en el intento
y en la repetición
y en el querer estar de estreno
y la costumbre
como una rémora un hongo
una planta trepadora y voraz
como un grito
salirse intempestivo
desbordado
como negro mar ajeno
como piedra que rompe el aire
como nada
así
exactamente
en ese ritmo
esa cadencia
y el silencio
ese silencio que te ahoga
luego el aullido
siempre a la Luna
guijarro que me robo
y me llevo en los bolsillos
y después no queda nada
en esta calle
y en la noche
y en lo oscuro
el pensamiento y su siesta
y los dolores las heridas
y esas cosas
y callarse o decirse
o yo qué sé
como se pueda
como se pueda
apretando lo rojo del deseo
entre las manos
y todos los sabores de tu nombre
se hacen agua en mi boca
sin nombrarte
sin un respiro
como esa lluvia
lenta y pertinaz
la moneda de los días

Isabel de la Fuente
 
Escritores y artistas latinoamericanos rinden homenaje a las letras uruguayas