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lunes, 25 de agosto de 2014

Opinión Democracia en los bordes Eduardo Sanguinetti


La República

En octubre se elegirá presidente en Uruguay. Bien, según las encuestas pareciera que el Frente Amplio esta disminuyendo su potencial en cuanto al caudal electoral.
¿Por qué?, ¿a causa de qué conjura estaría ocurriendo esto?, ¿es que alguien ha muerto?, ¿Lacalle Pou es un líder carismático sin igual?, ¿el discurso de este candidato del partido Nacional es tan avasallador que seduce cual princesa a los votantes? Nada de eso: Lacalle Pou, en la ubicuidad de su ausencia, solo se ha asimilado al vacío conceptual y discursivo de este tercer milenio, dejando de lado el discurso y su celebración, asimilándose a la civilización de la cosa, convirtiéndose en objeto, cual sujeto del destino.
Ante el “estado de las cosas”, creo sería acertado que el Dr. Tabaré Vázquez, candidato del Frente Amplio, se asimilara a una gestión de campaña, con el apoyo de la capaz y perspicaz senadora Constanza Moreira, un personaje indispensable en esta campaña electoral, accionando desde perfiles imprevisibles, desde los bordes, los intersticios, desde donde el factor sorpresa sea una constante y un modo de instalar el discurso, pues el electorado ha mutado; no es el de hace diez años, este solo sigue tendencias y muchas veces las palabras huelgan ante la muerte de las ideologías.
Para esta nueva democracia sólo “sirve” que el procedimiento sea coincidente con el sistema de normas. La democracia se limita a un simple procedimiento, es un formalismo que, eso sí, hay que cumplir a raja tabla. Como el dogma es que al poder sólo se accede por el voto, cómo se consiga no interesa. La conservación del poder se realiza a través de una reelección perpetua con constituciones ad hoc; cómo se logre no se cuestiona.
Los asesores de Tabaré no deben ignorar que asistimos en nuestros días a la despersonalización de la política. Los políticos son reemplazados rápidamente por los tecnócratas al estar la política subordinada a la economía, manipulada por transnacionales. Y los tecnócratas, esto es, los políticos procedimentales, no tienen escrúpulos; el tecnócrata no da razones, sólo beneficios a quien le paga. Los grandes actos de corrupción de estos últimos años, en Uruguay y Argentina, fueron llevados a cabo por tecnócratas que asesoraban a los funcionarios en acto de gobiernos procedimentales.
En la democracia procedimental en plena vigencia, esta lógica de la exclusión funciona concentrando el poder político y económico en muy pocas manos. Así los funcionarios cuando renuncian o son destituidos no se retiran, como antaño, a sus casas, sino que son reubicados en otros puestos con ingentes ganancias, cumpliéndose así el principio que dice: a mayor privatización de la riqueza, mayor socialización de la pobreza.
No idealizo cambios, solo presiento. Y los presentimientos con bases sólidas operan como aventadores de rutinas, prejuicios y miopías en planos generales del pensamiento, poniendo en juego valores congelados en los escaparates de los ideales perdidos. Eso sí, se precisa coraje, pues el desafío es enorme a la hora de jugarse entero por un Uruguay donde las promesas de campaña electoral no han sido cristalizados, a pesar del deseo del presidente de “morir con las botas puestas”.
Este desarraigo brutal del régimen político por antonomasia de nuestros días provoca contradicciones tremendas que se manifiestan como injusticias flagrantes y permanentes ante la cual a los perjudicados, que son las grandes mayorías, sólo les queda la resignación o la reacción violenta. Existe también una tercera vía, mucho más árida, lenta y esforzada, que es trabajar en la formación de cuadros políticos munidos de convicciones axiológicas. Una tarea eminentemente metapolítica.