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sábado, 4 de julio de 2015

LOS VIOLINES DE “BECHO”. Por Julio Dornel.


 
               LOS PADRES DE BECHO: HERLINDA Y ANGEL.



                            Escritor y periodista Julio Dornel

 “Mariposa marrón de madera,
Niño violín que se desespera…
Cuando “Becho” lo toca y se calma
Queda el violín sonando en su alma…”
La canción de Zitarrosa es algo más que un homenaje o una recordación afectiva que le quiso brindar a Carlos Julio Eismendi, por su aporte a la cultura musical de nuestro país. Fue también una demostración de que la muerte no es sinónimo de olvido y a medida que pasan los años la figura de BECHO se agiganta cada vez que el tema es escuchado en algún rincón del país. Fue sin ninguna duda el mayor representante de la música clásica de nuestro país, habiendo obtenido en Alemania su mayor consagración al conquistar el primer lugar en un concurso de violín donde participaron más de 200 músicos de distintos países. Lamentablemente no pertenecimos al círculo de sus amistades, aunque el periodismo acortó distancias cuando al regreso de Europa, la dirección del diario nos encomienda el reportaje. Lo encontramos en su rancho de La Barra con sus discos, libros, violines y los amigos de la infancia. Se daba el lujo de vivir como quería, sin consultar ni pedir opiniones. Ese día vestía de una forma muy extraña, chinelas, medias de lana, pañuelo al cuello, sombrero de paja y un vaso de whisky. Nos habló de su infancia lascanense, de su entorno familiar, de su primer profesor, de halagos y sinsabores, de situaciones insólitas y excéntricas que debió soportar en Europa mientras transitaba entre la vida y el arte. Su popularidad ganada con la música lo había convertido en un artista indiscutido, sin que por ello perdiera su sensibilidad ante las cosas pequeñas, cotidianas y la rueda de amigos que allá por el 50 acompañaban sus serenatas en el balneario La Barra. Su vida estaba signada por una bohemia permanente que durante su estadía en Montevideo lo hacía recorrer distintas pensiones de la ciudad vieja y algunas alcobas de la alta sociedad. Fue sin proponérselo uno de los hijos preferidos de la bohemia estudiantil de aquellos años. Sobre “BECHO” se podrían escribir varios libros matizando realidades y leyendas. Sin embargo, las personas más autorizadas para ello son sus propios padres, a quienes entrevistamos en la capital departamental al poco tiempo de su fallecimiento.
Herlinda Lovizetto (madre).” Cuando abrió los ojos ya tenía el destino marcado por la música, y tan es así que a los tres años, cuando comenzó a oír música clásica en nuestra ortofónica y escuchaba a Schubert o Mozart permanecía durante varias horas en completo silencio. Por la noche cuando se acostaba cruzaba las piernas y tarareaba todos los temas que había escuchado, demostrando un oído muy especial para su corta edad. Si bien nació en Lascano, fue en Montevideo que se fue vinculando definitivamente a la música. El primer violín se lo compramos a un comisario Pintos de Cebollatí y cuando vino un circo a Lascano, los artistas pararon en el Hotel de O´Donel y cuando lo escucharon tocar le regalaron un violín de mejor calidad. BECHO tuvo la virtud de aprovechar las enseñanzas de cada uno de sus maestros. Vinieron luego sus estudios de abogacía que abandonó a los pocos años para seguir su vocación por la música. Buscó siempre el silencio y la tranquilidad de La Barra para “rejuntar” sus amigos de la juventud”.
Ángel Eismendi (padre).”Sus comienzos musicales, ya con un instrumento, lo ubicamos tocando de oído La Comparsita y algunos tangos de Gardel. Su ingreso a la música clásica comienza con Camilo Boronat un maestro valenciano que dirigía la banda municipal con quien comienza sus estudios de solfeo y armonía. Continúa luego en Treinta y Tres con el profesor José Roselli que había integrado la Filarmónica de Barcelona. La época más feliz de Becho transcurrió en La Barra con sus amigos. Nuestra casa se había transformado en un centro musical, con la presencia de los integrantes de la orquesta del Sodre que se alojaban en una cabaña que teníamos al fondo, donde disfrutaban durante el verano de una bohemia total. En 1960 cuando la sociedad comenzaba a quebrantarse, llegó al Uruguay una orquesta venezolana que terminó contratando una cantidad importante de músicos uruguayos y si bien Becho no viajó, nos dijo que estuviéramos preparados porque en la próxima tanda él también se iría del país. No demoró mucho en llegarle el primer contrato para trabajar en Cuba. En esos momentos Fidel Castro iniciaba la transformación de ese país llevando los mejores médicos, maestros y músicos formando una orquesta sinfónica que Becho la definiría como el Real de Madrid en el fútbol español al haber contratado a los mejores del mundo. La consagración le llegó en Alemania al ganar el concurso pero antes debió trabajar muy duro para sobrevivir. Su primer trabajo remunerado consistió en limpiar los rieles de los trenes que permanecían cubiertos de nieve”.
Herlinda Lovizetto (madre). “Vencido su contrato en el 61 se dirigió en barco hasta la ciudad de Hamburgo (Alemania) donde culminó sus estudios tras muchas dificultades económicas. Un día se entera en el Conservatorio que se realizaría un concurso de violín para ocupar una sola plaza y estimulado por sus profesores resuelve presentarse, obteniendo finalmente el primer lugar entre 200 participantes de distintos países”.

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