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martes, 25 de agosto de 2015

Amodio y el fantasma del pasado ¿Tiempo de perdonar? Mons. Pablo Galimberti


                              Mons. Pablo Galimberti

 Cambio-Salto

En las últimas horas dos relatos giran como avispas en mi cabeza. Cada uno con su lógica y finalidad muy diferentes. Pero llego a entrever una semejanza que los conecta.

Primer relato. El de Héctor Amodio Pérez, ex tupamaro, que regresó para una fugaz visita a su tierra natal después de 42 años y que ha sido blanco de ráfagas de ametralladora (entiéndase bien: desprecios, denuncias, insultos, indiferencia…) por parte de sus ex compañeros tupamaros. Lo ha citado también la división de Inteligencia para declarar ante la jueza penal, ya que fue señalado como colaborador de los militares por torturas contra ex presas políticas.

Su relato ha enfrentado la “historia oficial”. Y esto suele costar caro. La historia siempre se está releyendo, la propia y la general, como interpretación del pasado. Siempre debe haber oportunidad para relecturas y nuevas miradas y búsquedas. La historia, maestra de la vida (decía Cicerón), no se agota desde una sola perspectiva. Es una necesidad reinterpretar el pasado desde el presente. Para comprendernos dentro de un un devenir histórico al que cada uno debe encontrarle, descubrirle y darle un sentido. Los cristianos llevamos en nuestras entrañas la clave histórica de nuestra propia vida y existencia. Somos oyentes de una Palabra eterna que se hizo y se hace visible y audible en los surcos de la historia.

Amodio Pérez, justificó las razones de su viaje afirmando “yo he venido a decir mi verdad” en referencia a la historia del MLN. Expresó también que en varias ocasiones cuestionó las decisiones de la cúpula tupamara.

Pero “su” verdad chocó contra el dogmatismo de una “historia oficial” o de algunas afirmaciones de la historiadora Clara Aldrighi acerca del proceso del grupo guerrillero. Negó haber entregado la “cárcel del pueblo” y haber “marcado” a ex compañeros para que fueran detenidos.

Hizo afirmaciones claves sobre el grupo guerrillero, del que fue uno de sus fundadores. Y afirmó que ayudó a los militares “ordenando los papeles” que tenían sobre el MLN, para evitar que lo trasladaran hasta los calabozos donde estaban sus compañeros. Sabía que lo matarían, ya que lo acusaban –según él sin razón- por la entrega de la Cárcel del Pueblo.

Muchos trataron de ignorarlo. En el Hotel Sheraton habló durante 45 minutos ante unos 60 periodistas. Al menos seis custodios privados vigilaron en todo momento su presentación, que avivó viejos enconos. Miedo, temor de cuentas no saldadas, un pasado con muchos candados.

¿Sólo él es “el malo de la película”? ¿Qué margen de revisionismo existe dentro de los ex integrantes del MLN después de cuatro décadas? Es claro que algo o mucho cambió.

Y la intolerancia también se reavivó. José Enrique Rodó (en Liberalismo y Jacobinismo) la describía como la incapacidad de situarse en un punto de vista diferente al propio y de reconocer algo valioso en el otro, sin que necesariamente se coincida con él.

Segundo relato. Es la página evangélica del Evangelio de Mateo (cap. 18) que se leyó en la misa de ayer. Pedro pregunta a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? No te digo hasta siete sino hasta setenta veces siete.” O sea, siempre.

Jesús relata una parábola sobre el perdonado que no sabe perdonar. O sea, del que recibe el beneficio de una paz o reconciliación, pero es incapaz de extender a otros ese mismo beneficio.
Un primer personaje suplica de rodillas al rey tiempo para pagar la deuda millonaria. Para su sorpresa recibe el olvido total. Pero al salir acogota a un compañero que le debe chirolas. Enterado el rey, lo llama para reprocharle y comunicarle que suspende el favor otorgado. Se guardó el beneficio para él solo. Quien no perdona tampoco recibe perdón. Aborta un dinamismo social.
Los dos relatos se me han cruzado. Si un día se juntaran, podrían quizás cerrar las heridas que aún duelen. Acéptenlo como un sueño.