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domingo, 17 de agosto de 2014

Brasil: el voto luto puede hacer que Dilma pierda la presidencia


Denise Mota

Muerte de Campos abre incógnita en Brasil  

Pocas cosas son más desestabilizadoras que las tragedias. Por definición, la tragedia conlleva lo inesperado, lo brutal, el cese de expectativas más abrupto e inapelable. La muerte, en un accidente aereo de Eduardo Campos –político de 49 años claramente en ascenso, ex ministro, ex gobernador del Estado de Pernambuco, reelecto con más votos regionales en Brasil en 2010 (82%), padre de cinco hijos y figura máxima de su partido-- desestabiliza no sólo por lo que ocurrió, y cómo ocurrió, sino por lo que puede ocurrir de ahora en más.

180.com.uy

Por: Denise Mota
 
Campos era candidato presidencial al lado de Marina Silva, su vicepresidente en la fórmula. La unión entre el PSB (Partido Socialista Brasileño) de Campos y la Red Sustentabilidad de Silva (agrupación que no existe oficialmente, ya que no logró registrarse en tiempo para estas elecciones) está entre los inventos más inusitados de la política brasileña contemporánea. Aunque tengan puntos de contacto, son dos fuerzas antagónicas habitando un mismo cuerpo. Un perro con cabeza de gato.

La primera rareza de esta fórmula (a principio un detalle anecdótico pero que ahora cobra un rol capital) era que su líder era bastante menos popular y tenía menos capital político, en términos federales, que su vice. Campos era desconocido para una amplia cantidad de brasileños. Silva es conocida por todos, más aún después de haber conquistado 19,6 millones de votos (19,5% del electorado) en el pleito presidencial del 2010. Marina era una “sombra” de lujo. Y fue pensando en su capacidad de traer estos votos a su molino que Campos se las arregló para integrarla a su proyecto. Ella lo aceptó porque el intento de candidatearse por el partido que creó –la Red-- naufragó en la burocracia electoral. Era esto o desaparecer de la corrida por el Ejecutivo durante cuatro años más.

Más allá de las diferencias de superficie, están las diferencias de fondo. El Partido Socialista Brasileño, que era presidido por Campos, fue fundado en 1947 y tuvo como figura central a Miguel Arraes, abuelo de Campos. Arraes fue gobernador de Pernambuco en tres oportunidades y líder histórico de la izquierda en el Nordeste. Pero el PSB también cuenta con el apoyo de sectores tradicionales, vinculados al latifundio. Y entonces la cuestión es que una de las más grandes luchas de Marina Silva es justamente debilitar el poder de los terratenientes en pro de una mejor utilización de la tierra teniendo en vista, grosso modo, proyectos de sustentabilidad ambiental y social.

Además, en las alianzas armadas por Campos con el objetivo de cosechar apoyo en una eventual segunda vuelta, están incluidos tanto el PSDB paulista de Geraldo Alckmin (gobernador que busca la reelección) cuanto el PT carioca, que tiene en Lindbergh Farias su apuesta al gobierno de Rio. Bien. El problema es que una de las principales muletillas discursivas de Marina es terminar con la polarización PSDB-PT en el escenario nacional.

San Pablo y Rio de Janeiro son los dos padrones electorales más grandes de Brasil, y Marina, devenida candidata, no tendría otra alternativa que no fuera la de aceptar juntarse a ellos, para no perder un apoyo fundamental a los ojos del partido que, a esta altura, le “alquilaría” la candidatura.

Barajar y dar de nuevo

También puede ser que Marina no quiera este puesto. O que el PSB elija otro candidato. O que desista de competir. En cualquiera de estos casos, tanto Marina como el partido salen perdiendo en el corto (cortísimo) plazo –las elecciones son el 5 de octubre.

Como en política (por lo menos en la brasileña) imposible no existe, aunque sea ideológicamente ininteligible que Marina acepte seguir como cabeza manteniendo los arreglos de Campos (condición impuesta por el Ejecutivo del PSB para que pueda ocupar el puesto dejado por él), pragmáticamente la expectativa es que sí, que Marina se vuelva la nueva candidata presidencial del partido. Marina cuenta con el apoyo de la família de Campos pero no es unanimidad dentro del PSB.

Sin embargo, si pasa lo esperable –como ya lo avizoran los comandos de campaña de Dilma Rousseff, primera en las encuestas, y Aécio Neves, el segundo--, el juego político cambia radicalmente y el embate pasará a ser entre Dilma y Marina.

En un sondeo difundido la semana pasada por el instituto Ibope, Dilma Rousseff (PT) tenía 38% de las intenciones de voto; Aécio Neves (PSDB), 23%, y Eduardo Campos (PSB), 9%, en un escenario calificado por Ibope como de “estabilidad”. Hace cuatro meses, en abril, Marina, sin ser candidata, aparecía con un 27%, en una encuesta de Datafolha. En ese momento, Dilma contaba con 39%, y Aécio, 16%.

Es razonable pensar que la base de Marina es este 27%. Es decir que, si sale candidata, la pedagoga, ex empleada doméstica y legisladora que aprendió a leer a los 16 años ya tiene lugar matemáticamente garantizado en la segunda vuelta.

Y esta base tiende a crecer. Teniendo en cuenta el llamado “voto-luto” --noción que empezó a manejarse y que representa la unión de los votantes originales de Campos a los que pasaron a conocerlo (y quererlo) después de su trágica muerte--, más los votos de los que, habiendo sido votantes del PT, desean expresar su descontento con el gobierno (posición representada a la perfección por Marina, afiliada al PT por 23 años y ministra de Lula en sus dos gestiones), no hay razones para no creer que Marina, evangélica (otro aspecto nada despreciable en el país actualmente), pueda ser la próxima presidente de Brasil.