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viernes, 31 de marzo de 2017

El sueño terminó. Quien calla es cómplice. Marcelo Pereira. La diaria Columna de opinión



En la situación política actual de Venezuela influyen muchos factores complejos, y tanto al gobierno como a la oposición se les pueden achacar grandes cantidades de conductas inaceptables, pero ese panorama intrincado, lleno de matices y a menudo difícil de comprender no debería hacernos perder de vista algunos grandes hechos, de importancia básica.

• La oposición venezolana es, sí, un rejunte de sectores cuyo común denominador no va mucho más allá del rechazo al chavismo, y esto se ha hecho evidente cada vez que ha tenido que decidir su rumbo. Ha tenido, sí, iniciativas extravagantes, como la de alegar que el modo en que el presidente Nicolás Maduro gobierna equivale a la eventualidad de “abandono del cargo” prevista por la Constitución. Pero ganó las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 y tiene mayoría en el Poder Legislativo, contando o no a los tres legisladores cuya elección en aquellos comicios ha sido impugnada y aún se investiga. Por lo tanto, la tesis de que la incorporación a la Asamblea Nacional de esos tres diputados invalida cualquier decisión que adopte el parlamento constituye, sin duda, un desconocimiento muy peligroso de la voluntad expresada por los votantes.

• Entre los dirigentes de ese rejunte opositor hay, sí, notorios impulsores de un fallido golpe de Estado contra el presidente Hugo Chávez en abril de 2002. Pero el hecho de que no estén presos por aquella intentona es, en definitiva, una muestra más -entre muchasde que la administración de justicia en Venezuela está fuertemente determinada por criterios político-partidarios -en este caso, por la voluntad oficialista de superar aquel episodio sin que los responsables afrontaran las consecuencias de sus actos-, y también de que en ese país, donde el oficialismo festeja cada aniversario del intento de golpe de Estado protagonizado por Chávez en 1992, se ha naturalizado de un modo muy indeseable la idea de que no es tabú apoderarse del gobierno por la fuerza.

•Esa oposición es funcional, sí, a los intereses de la derecha de Venezuela, del resto de América Latina y del resto del mundo, que tiene una molesta piedra en el zapato desde que Chávez llegó a la presidencia en 1999, para luego mantenerse en ella ganando una elección tras otra. Pero las izquierdas ya deberían haber aprendido, tras numerosas lecciones desde el siglo pasado, que el criterio de defender todo lo que sea atacado por la derecha -o, peor, la idea de que algo debe ser defendido porque la derecha lo ataca- es una pésima brújula para quienes quieren rumbear hacia relaciones sociales más libres y más justas.

• Chávez fue, sí, un líder popular con numerosos logros en su país y en el plano internacional, pero los porfiados hechos muestran por lo menos tres áreas en las que su legado resulta deficitario. Una es la doctrinaria: el “socialismo del siglo XXI” nunca pasó de ser un producto ideológico de baja calidad, con más componentes cortoplacistas y retóricos que orientaciones estructurales y estratégicas. Otra es la política económica, y con ella la política social: durante sus sucesivos períodos de gobierno, y pese a contar con amplísimas potestades, Chávez no logró cambiar -ni enfilar hacia el cambio- la matriz productiva venezolana y su extrema dependencia de la explotación petrolera; por ende, tampoco estableció una base sólida de continuidad para la redistribución de la riqueza en su país (ni para su apoyo a otros países). La tercera es el desarrollo del propio movimiento social y político chavista: muerto el conductor, el panorama tiene más de los vicios históricos del peronismo argentino (dependencia de la estructura estatal, corruptelas varias, tendencia al patoterismo) que de una estructura capaz de sostenerse a sí misma y generar relevos. Que las opciones para la sucesión presidencial hayan sido Maduro y Diosdado Cabello dice mucho sobre qué tipo de personas pudo crecer en torno al líder.

• Entre los logros de Chávez hay que destacar la novedad del referendo revocatorio, un procedimiento institucional que permite a la ciudadanía dejar sin efecto los mandatos ejecutivos que ella misma confiere. Un avance democratizador que los herederos de la conducción chavista se han pasado por los fundillos.

• Que un organismo judicial, elegido por el parlamento cuando en él eran mayoría los chavistas, decida que asumirá las competencias del Poder Legislativo no tiene asidero en la Constitución de Venezuela, salvo que se fuerce su interpretación al punto de desvirtuarla. Tampoco es producto de una peculiaridad venezolana que haya que “respetar” mirando para otro lado. Es un quiebre institucional, que corresponde a los venezolanos, por supuesto, superar (y ojalá que lo logren ellos, en paz y sin perder conquistas sociales), pero quien calla es cómplice.

lunes, 15 de septiembre de 2014

El dilema del desafiante Columna de opinión. Marcelo Pereira

 ladiaria

Luis Lacalle Pou, candidato presidencial del Partido Nacional (PN), está en una encrucijada. Las últimas encuestas sobre intención de voto sugieren una variación de las tendencias registradas por sondeos anteriores, en las que el Frente Amplio (FA) decrecía mientras los blancos iban en sostenido ascenso, y ese fenómeno parece vincularse con cambios en la dinámica de la campaña. Tabaré Vázquez y Raúl Sendic priorizan el anuncio de propuestas de gobierno; las críticas frenteamplistas al desafiante vienen de otros dirigentes y militantes, políticos o sociales, con creciente presencia pública; y a ellas se ha sumado, con artillería gruesa, el candidato colorado Pedro Bordaberry, poco resignado a tolerar en silencio una polarización entre Lacalle y Vázquez que le quita espacio y votos.
El semanario Búsqueda informó el 4 de este mes que el comando de campaña de Lacalle Pou había decidido aumentar la presencia en los medios de comunicación de cuadros políticos blancos "curtidos", para "cuidar" al candidato del desgaste y el riesgo de dar "pasos en falso", asociados con su papel como casi exclusivo portavoz electoral del PN. El problema es que esa concentración del mensaje en la figura de Lacalle es un elemento clave para la viabilidad de su estrategia.
Desde hace muchos años, gran parte de la ciudadanía mantiene una decisión firme de voto frenteamplista, y otra porción de tamaño similar persiste, con similar firmeza, en la decisión de votar contra el frenteamplismo. A esos dos bloques, que son el grueso del electorado, no hay campaña que los haga cambiar de opinión, pero no todos los que han votado o pueden votar por el FA son frenteamplistas convencidos, ni todos los que han votado o pueden votar por blancos o colorados son antifrenteamplistas: una minoría decisiva sigue en disputa.
Se trata en gran medida de ciudadanos que no deciden su voto a partir de la percepción de propuestas estructuradas y antagónicas. Muchos de ellos, como señaló Luis Eduardo González en la mencionada edición de Búsqueda, consideran que el próximo gobierno no debe “cambiar de rumbo”, pero sí llevar a cabo "algunos ajustes": eso piensa, según la empresa Cifra, nada menos que 56% de quienes votaron al FA en 2009 y hoy están indecisos.
En este marco, el perfil público de Lacalle Pou se adecua a la premisa de que, como el voto antifrentista está asegurado, lo que importa es atraer indecisos. Omite o minimiza el planteo de diferencias de fondo, y destaca en cambio aspectos parciales en los que promete “hacer las cosas mejor”.
La idea de que es posible mantener todo “lo que está bien” al tiempo que se corrigen desvíos e ineficiencias, como quien reemplaza bombitas de luz quemadas, tiene su principal -y hasta ahora casi única- garantía en los atributos con que la campaña de Lacalle lo adorna; él menciona con frecuencia la importancia de los equipos de gobierno, pero las personas que integrarán esos equipos no se hacen visibles, o no se sabe (como en el caso de la inefable Graciela Bianchi) qué lugar en el Poder Ejecutivo podrían ocupar, si es que ocupan alguno.
El discurso “por la positiva” sonaría inverosímil en boca de los “cuadros curtidos” herreristas, aun si, con un enorme esfuerzo de autocontrol, personas como Ignacio de Posadas, Gustavo Penadés o Jaime Trobo fueran capaces de adoptarlo en forma estricta y disciplinada. En realidad, ese discurso ni siquiera expresa la elaboración programática de Todos, la alianza que apoyó a Lacalle Pou en las internas.
Tal elaboración aún se puede leer en el sitio de internet lacallepou.uy, bajo el título “Agenda de gobierno”. Como es lógico, no se limita a enumerar medidas, sino que se apoya en un análisis de la realidad desde determinadas coordenadas ideológicas.
En cada área, “lo que está bien” se atribuye casi siempre a factores internacionales o acciones del sector privado, mientras que casi todos los problemas se presentan como consecuencias de los gobiernos del FA, por mala gestión y razones ideológicas. Pero luego se optó por mostrar exclusivamente las propuestas, omitiendo gran parte de los razonamientos que condujeron a ellas.
Últimamente, para no dar “pasos en falso”, Lacalle se limita, como señaló con acierto Joel Rosenberg (ver http://ladiaria.com.uy/UF6), a “explicar una y otra vez que la campaña es por la positiva”, y así corre el riesgo de “naufragar en la superficialidad”. Pero también puede hundirse si profundiza, solo o mal acompañado.
“Las carreras políticas son cada vez más intensas, pero también cada vez más cortas”, le dijo Lacalle Pou a Emiliano Cotelo el 10 de enero de 2013, al día siguiente de anunciar que competiría por la candidatura presidencial del PN. En aquel momento ya no se podía decir que su carrera fuera corta (comenzó en 1999, cuando se postuló a la Cámara de Diputados por el sector de su madre), pero es indudable que se volvió intensa. En todo caso, seis semanas más pueden ser demasiado tiempo si dice siempre lo mismo, como un LP rayado.