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lunes, 20 de octubre de 2014

UNA BRISA LETAL SOBRE LA CIUDAD. Por Julio Dornel

                                                    Escritor y periodista Julio Dornel



Quienes transitan por el norte rochense habrán observado en reiteradas oportunidades las tareas de fumigación que por tierra y aire se realizan en los establecimientos arroceros. Considerando que esta tarea se realiza en las proximidades de los centros poblados es evidente que la dirección del viento determina que en muchas oportunidades esa “brisa letal” caiga finalmente sobre los hogares. Envases diseminados en los campos establecen en sus etiquetas que estos herbicidas se deben aplicar con equipos de pulverización terrestre montados en tractores o mochilas de hombro. Precauciones de empleo: Evítese su ingestión, inhalación y contacto con la piel y ojos. Si se ha producido, lavar la parte afectada con bastante agua y jabón, en caso de los ojos durante 15 minutos. Destruir los envases vacíos y enterrarlos lejos de las fuentes de agua. Evitar contaminar con restos del producto o del lavado de la pulverizadora, cursos de agua, lagunas o cañadas. Contraindicaciones: NO EFECTUAR APLICACIONES AÉREAS. Evitar la deriva, producto altamente combustible”. Esto reza en la etiqueta del envase de uno de los herbicidas más potentes usados en el arroz y los agricultores, sin dar importancia a la advertencia, lo usan en aplicaciones aéreas porque es más rápido y económico. Un valioso aporte recibido hace referencia a estas aplicaciones aéreas señalando en primer término que “los envases quedarán diseminados por el campo para envenenar la tierra, contaminar la hierba, enfermar los animales y para matar a su inventor. Su brisa suave acaricia los párpados, penetra en los ojos y contamina la piel sin darnos cuenta, para diluirse en arroyos y cañadas apestando sus aguas y acortando la vida. Sobrevuelan la presa sin medir sus consecuencias, la carga de veneno está pronta a precipitarse, el piloto de la nave no sabe ni tiene idea de lo va a hacer, solo acata una orden y cumplirá sin siquiera leer lo que dice la etiqueta. Se eleva portando en sus frágiles alas, la carga letal. El asenso está determinado por la altura de sus víctimas, palmares centenarios aguardan en soledad ser ejecutados solo por molestar en su camino. Nada han hecho para ser devastados pero entorpecen al homicida en su intento de desertificación artificial. Y vuelan y sobrevuelan una y otra vez, año tras año, hasta que los gigantes caen a tierra silenciosos, para nunca más volver a poblarla, Nadie se atreve a denunciar, porque a nadie le conviene defender al más débil, no dará réditos meterse con el más fuerte. Los palmares y los montes nativos, no son económicamente rentables y hoy el hombre debe ganar dinero y más dinero, que solo justifica matando y muriendo. Y mueren palmeras y montes nativos para dar paso a los cultivos comerciales, antesala de los desiertos cuando lleguen las sequías. El objetivo del asedio de los bombardeos son las malezas que deben morir para limpiar los cultivos de la manera más barata. Invaden también los campos ajenos con total impunidad, destruyendo praderas, quemando las especies nativas terrestres y acuáticas, por el solo hecho de ser el vecino del cultivo más rentable. Los pesticidas y en particular los herbicidas se asocian con las sequías para matar las plantas y con los aviones para matar la vida, mojando la cara, los ojos, las manos, matando la piel. Los herbicidas y los pesticidas que descienden de los cielos para arrasar todo a su paso, no se cansan de regar hombres y bestias, acelerando enfermedades de la piel y de los ojos. Los herbicidas que limpian cultivos y bajan costos, aumentan su labor anualmente en su afán de saciar la sed de los mercados y el hambre de los grandes empresarios, que manejan a su gusto el magro precio que le llega al productor. El hombre ha atravesado la historia matando para vivir, pero nunca aprendió a sobrevivir” señala el aporte recibido.