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lunes, 4 de mayo de 2015

Orson Welles, un siglo


El miércoles se cumple el centenario de Orson Welles, uno de los mayores directores de cine de la historia


Siempre aparentó tener más poder que el mundo y mirarlo como a un pequeño globo, que podía moverse a su antojo. Trepó con facilidad a la cima del mundo del espectáculo y elevó a arte supremo películas de la industria, surgidas del riguroso sistema de estudios que él intentó, sin éxito, modificar.
Bien se podrá decir que desde su debut en el cine solo descendió. Pero ese descenso también fue magistral, incluso en sus meandros, en sus filmes inacabados, en los proyectos con los que deliró y nunca pudo financiar para culminar.
Orson Welles, flaco de joven pero cachetón, panzón y barbudo de viejo, siempre mantuvo esa dimensión de grandeza física que se trasladaba a un mundo creativo que cultivó desde muy joven.
Esa cualidad personal lo acompañaba como un halo que se desplegaba de su figura. Sin tener experiencia actoral viajó a Irlanda a fotografiar sus bellos paisajes. Cuando se quedó sin víveres, golpeó las puertas de un teatro donde dijo que era un famoso actor yanqui (¡ya lo era, aunque todavía no lo fuera!).
En Estados Unidos hizo teatro innovador. Adaptó Macbeth a un ámbito haitiano y en vez de brujas le puso vudú. Jugó con O’Neill y con Goethe con autoridad y decisión, y fue sensación.
Los grandes se sucedían y se hacían miel en sus manos: George Bernard Shaw, Georg Büchner, William Shakespeare. Solo era un mocoso de 21 años y ya sostenía su pipa en las fotos como un experto.
Saltó a la radio y la sensación aumentó. Adaptó Los miserables, de Victor Hugo, y le hizo creer a todo Estados Unidos que los marcianos tomaban la Tierra en su versión de La guerra de los mundos, de H.G. Wells. Se divirtió, expandió su ego por igual y su nombre sonó para el próximo escalón lógico: el cine.
Firmó un contrato con la RKO pero antes, logró algo que pocos (y mucho menos, jóvenes) directores conseguían: libertad absoluta para filmar.
Su debut no pudo ser mejor. Todavía hasta hoy, en las listas de mejores películas confeccionadas por los críticos El ciudadano, filmada en 1941, sigue liderando.
Welles no ganó el Oscar pero sí se ganó, para siempre, la leyenda. Tenía 26 años, el talento, la capacidad y las ganas, y ya había conseguido la gloria. ¿Cuál era su siguiente desafío? ¿Qué podía estar a la altura de este ascenso meteórico?
Lo más difícil en el cine y también en la vida, entonces debía mantenerse. Seguir siendo Orson Welles. Poder filmar con los mismo estándares de calidad y de libertad, seguir derrochando virtuosismo.
El título en español de su segundo filme lo resume todo en una sola palabra: Soberbia, de 1942. En 1943, Welles estuvo unos días en Montevideo y según el archivo de Cinestrenos del portal Uruguay Total, declaró a la prensa que no se hacía responsable de lo mala que podía ser la película. Después vinieron como en catarata: El extraño, La dama de Shangai, con su hermosa esposa, Rita Hayworth, y La tragedia de Macbeth. Welles recargado, derramando arte en cada cinta.
Pero en los estudios le tomaron idea y él no hizo sino reforzar esa idea negativa. Era un hombre complicado, un genio caprichoso que demoraba los rodajes y se iba de presupuesto.
Entonces cruzó el charco del Atlántico y se estableció en Europa. Actuó y dirigió, a los tumbos, haciendo malabarismo con su elefántica panza y sus habanos humosos, con su sonrisa pícara entre las sombras, con su grito infernal y su carcajada demoníaca.
Filmó lo que pudo y otro tanto quedó inconcluso. Terminó Otelo, Sombras del mal, Raíces en el fango, El proceso,Historia inmortal, Campanadas de medianoche, F for fake. Dejó por el camino Don Quijote, El mercader de Venecia, El otro lado del viento y Rey Lear, la historia de un gran rey que ve frente a sus ojos cómo pierde todo el poder del que alguna vez gozó.
Apadrinó al joven director Peter Bogdanovich, que a lo largo de varios años lo entrevistó y escribió el libro This is Orson Welles, un imperdible para fanáticos del director y del cine. Cien años después de su nacimiento, a pesar de los desbordes, las victorias y todas las derrotas, el legado de Welles está intacto. Basta mirarlo para que regrese la emoción. En estos días un ciclo homenaje en Cinemateca Uruguaya recuerda al (enorme) maestro.

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El ciudadano
Considerada como la “mejor película de la historia”, la ópera prima de Welles de 1941 traza estructuralmente un dibujo simétrico donde en el centro hay un vacío misterioso e imposible: Rosebud, una palabra dicha en el instante de la muerte.
La dama de Shangai
Mucho más que el básico policial que pretendió ser. Welles es un marinero que se enamora de Rita Hayworth, la mujer del dueño del velero (y entonces su esposa). Nunca nadie filmó mejor a su mujer que el gran Orson. 
Raíces en el fango
Este filme es de 1955 como El ciudadano pero en clave de ombligo. Aquí Welles interepreta al señor Arkadin, un misterioso millonario que contrata a un investigador para que averigüe quién es... el señor Arkadin.
El proceso
Franz Kafka según Welles. La película, de 1962, es un ensayo de impresionantes  encuadres. Anthony Perkins es el Sr K, enjuiciado sin un motivo por un poder absoluto que lo condena. Uno de los puntos más altos de la obra wellesiana.
Campanadas de medianoche
Shakespeare según Welles o quizás viceversa. Hay cinco obras del bardo fundida en un solo filme, donde ya gordo y tosco pero fino e irónico Orson encarna al viejo Falstaff. Posee escenas dignas de Griffith o Eisenstein