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lunes, 18 de mayo de 2015

DESTACAMENTO ADUANERO EN “LA BARRA”. Por Julio Dornel.




                                        Escritor y periodista Julio Dornel

No se trata de la primera vez que nos ocupamos del “edificio” donde cumplen funciones diariamente los aduaneros que fiscalizan el único paso de frontera entre la ciudad de Chuy y el océano atlántico. Hace muchos años que venimos planteando la situación que enfrentan diariamente los funcionarios que cumplen con la fiscalización aduanera. Se trata de un pequeño kiosco sin las mínimas comodidades para controlar el tránsito de personas y mercaderías entre ambos países. Tampoco dispone de mínimas comodidades para realizar tareas administrativas o cumplir extensas jornadas de trabajo. Quienes acompañaron el desarrollo comercial de esta frontera recordaran la invasión de turistas y vecinos de las localidades próximas que se daban cita diariamente en el área, llegando a duplicar por algunas horas la población estable. El movimiento comercial de la frontera repercutía en La Barra, teniendo en cuenta su proximidad con la ciudad fronteriza, el incremento de residentes y la población flotante que generaba la temporada veraniega. Era gratificante contemplar el movimiento comercial que se registraba por aquellos años en los primeros “boliches” y “lojas” brasileñas. La misma situación se registraba cuándo la cotización de la moneda invertía los papeles y eran los brasileños los que adquirían sus productos en territorio uruguayo. Bolsas y más bolsas que llenaban las bodegas de los ómnibus y de los automóviles que dejaban de ser utilitarios para transformarse en pesados vehículos que soportaban estoicamente la carga no permitida.
Aquello fue sin ninguna duda el primer mercado común del cono sur (MERCOSUR) ganado en buena ley por una población que ignoraba los marcos fronterizos, contando para ello con la tolerancia de los funcionarios aduaneros. Queremos señalar además que por aquellos años los funcionarios aduaneros que tenían a su cargo la difícil tarea de ejercer la vigilancia, no disponían del armamento necesario ni medios de locomoción para desplazarse. Sin embargo lo fundamental fue siempre el sentido común que se utilizaba en los procedimientos, distinguiendo siempre al vecino que buscaba los artículos de la canasta familiar y el contrabandista con fines de lucro.
Por supuesto que existen disposiciones que deben cumplirse, pero el sentido común de los funcionarios aduaneros estaba por encima de todo, en beneficio del vecino, del turista o del pequeño “bagayero” que en definitiva no pretendía fines de lucro sino abaratar el presupuesto familiar. Lo único que importaba era buscar los precios y comprar más barato, sin tener en cuenta las normas que regían en la materia salvo que se tratara del gran contrabando.
Por esas ironías de las economías, durante muchos años comprábamos en Brasil el tabaco y la caña, hasta que los papeles se invirtieron y ahora son los brasileños que compran el cigarrillo y el whisky en los “Free Shops” uruguayos. Esta reciprocidad en el intercambio de compras es tradicional en la frontera, sin que esto ponga en tela de juicio la honestidad del funcionario que tolera algo más de lo permitido. Sin embargo debemos reconocer que se trata de una de las funciones más delicadas de la administración pública y que suele ser juzgada con mucha ligereza por parte de la población. Es justo reconocer el papel que desempeña la aduana en defensa de la industria nacional protegiendo la política del gobierno y haciendo cumplir las normas y disposiciones que regulan el orden fiscal.
Nadie ignora que de acuerdo a la devaluación monetaria de los países fronterizos, se produce una fiebre compradora de mercaderías, las que suelen introducirse al territorio al margen de la ley.
En una frontera terrestre y tan extensa como ésta resulta muy difícil establecer una fiscalización cuyos resultados estén en consonancia con las disposiciones impartidas por la Dirección Nacional de Aduanas. De todas maneras los funcionarios aduaneros han priorizado siempre y salvo raras excepciones el movimiento de artículos de primera necesidad destinados al consumo de las familias residentes en localidades cercanas a los límites fronterizos.
Quienes tengan la oportunidad de visitar los resguardos y destacamentos aduaneros de este departamento, cuya ubicación estratégica facilita la labor represiva, podrá comprobar que en su gran mayoría se viene cumpliendo un efectivo control, con una cuota de tolerancia para los vecinos del área. De todas maneras es evidente que en las condiciones que trabajan actualmente, no pueden cumplir con la fiscalización requerida, teniendo en cuenta la falta de personal, armamento y medios de comunicación. Cabe señalar finalmente que UN SOLO funcionario por turno debe cumplir extensas jornadas, soportando las heladas invernales y las altas temperaturas de la temporada veraniega

Es evidente que la importancia económica del resguardo aduanero de La Barra, no está en relación a las comodidades que ofrece a sus funcionarios. Cabe señalar que el mismo fue construido hace 40 años, mediante una iniciativa del funcionario Washington Regalado, tendiente a reunir los fondos necesarios para construir la pequeña oficina.