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lunes, 29 de diciembre de 2014

JUAN LUIS CASALLA. “MEMORIA VIVA ENTRE MONTES Y RÍOS”. Por Julio Dornel.

                                           Escritor y periodista Julio Dornel



Hace algunos años queriendo conocer y divulgar la conmovedora historia de La Vaca Azul, un modesto cuadro del fútbol olimareño que supo ganarse las preferencias de muchos deportistas, recurrimos a una publicación del escritor Juan Luis Casalla, donde nos va relatando detalles desconocidos, pasando por su fundación, los dirigentes, los equipos y personajes que se metieron muy adentro de la institución. Hace algunas horas Casalla nos hace llegar una nueva publicación denominada “MEMORIA VIVA ENTRE MONTES Y RÍOS”, donde nos encontramos con capítulos atrapantes con una denominación muy especial; Enseñanzas del Río, Boteando por el río y El Alma, Conversaciones con el Río, Cuentos de Pesquerías, Chacras de Cercanías y Palabras Demoradas. En el transcurso de las 227 páginas nos encontramos con poemas y relatos de plumas ilustres como lo son José David, Tomás Cacheiro, Osiris Rodríguez Castillo, Daniel Vidart, Juan José Morosoli, Serafín J. García, Bolívar Viana, Victor  Lima, Idea Vilariño, Gonzalo Abella, Ruben Lena y un poema de “Tito” Casalla escrito en el Penal de libertad en 1972. El libro no se detiene en poemas y relatos, va más allá, para dejarnos en FRONTERA DE ENCUENTROS, la confirmación de un sentimiento muy especial por este triángulo de arena formado por la naturaleza, y el arroyo Chuy al desembocar en el atlántico. “Atrás nuestro, hablaban las olas y el viento marino. Frente al campamento corrían traviesas corrientes encontrando barrancas, cangrejales y mojones marítimos con ecos de naufragios y de historias coloniales. Mirando al sur, un faro de franjas rojas y blancas observa el abrazo  final y primero de las aguas del arroyo con el océano. Tierra de butiá, moluscos,  sueños, arenas, recuerdos y pesquerías. Aunque para mí La Barra del Chuy, es sinónimo de familia, de tibuchinas, de hortensias, de “rosas verdes”, de margaritas y alegrías, de acacias y pájaros, de perros vagabundos y gallinas, lunas, fuegos, asados y atardeceres. Escenario natural de luchas entre españoles y portugueses como lo atestiguan la Fortaleza de Santa Teresa y el Fortín de San Miguel. Espacios de bañados y cerritos de indios. De noches llenas de estrellas visitadas por meteoritos, cometas y satélites. De amigos y reuniones al ritmo de zambas y de tangos. De almejas, caracoles, peces y noctilucas. De arrullos de sapos, ranas y grillos. De sonoros trinares con estentóreos gallos despertadores de amaneceres. Es el lugar de Francia y Severo, vecinos solidarios y trabajadores, de Nahúm y  Maruja, de Gloria y Eduardo, del Buby y Mirella, de Pedro y Lolita, de Don Perucho y Carmen, de Tito y Estela. De la provisión “El Repecho”, de los viejos y desaparecidos boliches “Cactus”, el “Pescador” y el “Hotel” junto a los aún ruidosos “Saveiro” y “Rancho  la Alegría”, del Violín de Becho, de las achiras rojas silvestres y de las cuarajhí  o mirasoles amarillas. De los chalet con piscina,  de las casas abandonadas y ocupadas, y de los ranchos que respiran jubilaciones y sencillez,  pero sin hambre. De los pescadores con redes anónimas y de carreros que luchan por sobrevivir haciendo changas de cualquier tipo. De escurridizas comadrejas y pícaras liebres. Tierra de crónicas necesidades locales y fugases pasajes de alegrías turísticas. De sonrisas abiertas, voces fuertes, ojos inquietos, venas y músculos tensos mezclados con bronceadores, free-shops, siestas y ronquidos de autos importados. De caipiriña y whisky escocés. De jardines cuidados por manos ajenas. De imprudencias adolescentes junto a la chicha y plácida vida de los ancianos. De propiedades cercadas y vigiladas al lado de horizontes orejanos e inalámbricos. Universo de Iemanya, reina de las aguas, mujer de Oxalá  y madre de los orixás. Vestida de azul con su pelo al viento y representada por las piedras y las conchillas del mar. Hermosa y seductora, capaz de seducir al mortal o dios más exigente. Cuentan los griegos que la contemplación del océano suscita en el espíritu humano una de las dimensiones del infinito. Y de eso doy fe, el infinito descansa en las doradas y movedizas arenas del Chuy. La Barra del Chuy es un rincón mágico habitado por voces, olas, dunas, soles y lunas. Despierta en sus visitantes el mismo embrujo que experimentan los marineros atrapados en cantos de sirenas. Su playa reúne la pasión de Calipso y el amor de Penélope por Ulises. Navegante y guerrero, que surge entre el llano, la lluvia, la agonía y el amor. Hoy, como ayer vuelvo a La Barra, a disfrutar de los paseos costeros hacia  La Mano, o a la escollera, juntando caracoles, escudos de mar  y botellas errantes. Y en ellos reedito cielos y enigmáticas historias de tesoros ocultos y naufragios”.
“MEMORIA VIVA ENTRE MONTES Y RÍOS”, un libro recomendable, del escritor olimareño Juan Luis Casalla.