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lunes, 27 de abril de 2015

LA CRUZ DE SAL. LO MEJOR PARA CORTAR LA TORMENTA. Por Julio Dornel.




                                       Escritor y periodista Julio Dornel
 
Quienes peinan canas deben recordar  todavía algunas manifestaciones religiosas del siglo pasado que estaban relacionadas con hábitos y costumbres de generaciones anteriores, como así también con rituales y cultos africanos.
Cuentan los vecinos que algunas costumbres   se mantuvieron en las primeras décadas del siglo pasado como actitudes y comportamientos que nuestros abuelos se resistían a cambiar. Entre muchas cosas, era común que se tuviera un cuidado especial con los recién nacidos, durante 30 días  en algunos hogares se le prendían velas al santo del que eran devotos los padres, hasta que el niño fuera bautizado.
En otros  hogares se acostumbraba  a prender una lámpara de aceite en el cuarto de las parturientas para ahuyentar los malos espíritus. Sin embargo en aquellos años nadie se hubiera atrevido a solucionar los problemas de los vecinos, por medio de la magia, haciéndose tirar las cartas o visitando los videntes. En la actualidad en cambio son muchas las personas que recurren con frecuencia a la magia, a la astrología o al tarot con la esperanza de ver solucionados los problemas económicos o de salud. Los adivinos, las brujas, los videntes y los astrólogos están a la orden del día, actuando en representación de otras culturas, para curar determinadas enfermedades o simplemente para “cambiar la onda” del paciente, leer la mente o predecir algunos acontecimientos.
En algunos establecimientos de campo, donde era común la visita de amigos o familiares que se alojaban en el cuarto destinado a los huéspedes, siempre había una palangana con agua tibia para que los recién llegados se lavaran los pies, una costumbre que ha quedado en el mejor recuerdo de aquellos años. Como el invento de Benjamín Franklin todavía no había llegado a la frontera, durante los días de tormenta “eléctrica” los vecinos se refugiaban en sus casas por miedo al relámpago que surcaba el cielo acompañado del trueno ensordecedor, que simulando un cañonazo llegaba a la tierra. Eran tiempos de supersticiones y nada mejor que “cortar”  la tormenta con una bendición o con la cruz de sal que en algunos casos asustaba más que los propios truenos.
Esa cruz de sal sobre la tabla de picar carne, era el anuncio de alguna tormenta acompañada por rayos y centellas, con el ruido infernal del trueno que era en realidad lo que más  asustaba. Este era el cuadro de muchos hogares fronterizos cuando alguna tormenta asomaba por el horizonte, haciendo la noche en pleno día. Si la cruz no era suficiente o faltaba sal se recurría al hacha para cortar la tormenta haciendo ademanes en dirección a los nubarrones, mientras se pronunciaba una oración inaudible con invocaciones a los Dioses de la meteorología.
Tampoco faltaba la ristra de ajos colgada de algún clavo o del tirante (todos los ranchos tenían tirantes) para amortiguar el temporal y fundamentalmente para ahuyentar  la tormenta “eléctrica”. Bastaba que el cielo se nublara  para que las abuelas comenzaran a esconder las tijeras, cubrir los espejos con sábanas y “apagar” la radio por temor a que algún rayo la quemara o terminara matando al locutor. Como por aquellos años tampoco teníamos una información muy precisa  sobre meteorología, lo más seguro era guarecerse  en algún lugar donde ya hubiera caído algún rayo, puesto que las estadísticas de nuestros antepasados señalaban que   los rayos no caen dos veces en el mismo lugar.