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lunes, 16 de febrero de 2026

*Columna de CARLOS CASTILLOS, Febrero de 2026


  

Este comentario circuló por redes sociales. No tiene firma pero es evidente, que según lo que aquí se señala, fue redactado por un o una docente, que conoce el tema directamente. No es un analista, ni un teórico de la educación que, muchas veces, escribe desde un escritorio, desconociendo la realidad. Y lo que es aún predicando y pregonando realidades “dibujadas”. Quien está por dentro de la realidad educativa, especialmente de Primaria, sabe que esto es así. Y las consecuencias están a la vista. Este texto lo explica mejor que yo.

LA INCLUSIÓN

La inclusión escolar se ha convertido en el discurso favorito de los sistemas educativos… y en la soledad cotidiana del docente. Se repite en documentos oficiales, en discursos institucionales y en campañas públicas como si fuera una conquista ya lograda. Pero basta entrar a cualquier aula para que la narrativa se caiga por su propio peso. La teoría dice “ajustes razonables”, “atención a la diversidad”, “apoyo psicopedagógico”, “trabajo multidisciplinario”. La realidad dice otra cosa: un solo docente frente a 40 alumnos, con tres estudiantes con TEA (Trastorno del Espectro Autista), dos con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad)) , uno con discapacidad y ningún acompañamiento estable. No hay equipo, no hay tiempo, no hay formación situada. Solo hay exigencias. La inclusión, tal como hoy se implementa, es una estrategia discursiva. Suena bien, se ve bien en los informes, pero descarga toda la responsabilidad en quien menos poder tiene para transformar las condiciones: el docente de aula. Aquí aparece la figura que el sistema necesita: el docente héroe. Ese que “se las ingenia”, que “pone de su parte”, que “se capacita por su cuenta”, que “no pone pretextos”. Un profesional al que se le exige resolver, en soledad, problemáticas pedagógicas, clínicas, emocionales y sociales sin recursos, sin apoyo técnico y sin reducción de grupo. Cuando algo falla, el diagnóstico es rápido: falta de vocación, resistencia al cambio, poca empatía. Pero no, el problema no es el docente. El problema es un sistema que confunde inclusión con buena voluntad y equidad con sacrificio individual. Los ajustes razonables no se improvisan entre planeaciones, evaluaciones y guardias. Requieren tiempo, asesoría especializada, seguimiento y condiciones materiales. El apoyo psicopedagógico no puede ser una visita ocasional o un documento archivado. El trabajo multidisciplinario no existe cuando el maestro es, al mismo tiempo, orientador, terapeuta, trabajador social y mediador emocional. Esta forma de inclusión no solo precariza el trabajo docente; también afecta directamente a los estudiantes. Porque sin apoyos reales, la atención se fragmenta, el aula se tensiona y el aprendizaje se vuelve desigual. Quienes requieren apoyos específicos no los reciben de manera adecuada, y quienes no los requieren también ven limitado su proceso. La promesa de equidad termina produciendo nuevas brechas. Además, hay una contradicción que rara vez se nombra: se exige inclusión, pero se mantienen grupos saturados; se habla de diversidad, pero se evalúa con criterios homogéneos; se invoca la justicia educativa, pero se recortan apoyos especializados. Esa incoherencia no es accidental, es funcional. Permite al sistema decir “ya hicimos lo que nos correspondía” mientras traslada el costo humano y profesional al aula. Cuando la inclusión falla, no se revisan las políticas, ni el presupuesto, ni el diseño institucional. Se señala al docente. Y ese señalamiento constante desgasta, desmoviliza y normaliza la idea de que enseñar es resistir, no ejercer una profesión con derechos. La inclusión sin recursos no es inclusión. Es abandono institucional con lenguaje amable. Y mientras no se reconozca esto, seguiremos aplaudiendo discursos y dejando solos a quienes sostienen la escuela todos los días. Defender al magisterio no es negar la diversidad del aula. Es exigir que la inclusión deje de ser un lema y se convierta en una política con condiciones reales. Porque ninguna transformación educativa se construye sobre la culpa del docente.

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