A Marcelo “Fito” Galli.
LA PARADA INFINITA
La lluvia había dado inicio con una discreción casi diplomática, como solicitando consentimiento para deshacerse en vertical sobre la ciudad. Luego, obedeciendo a una obstinación que parecía muy montevideana, se había aferrado y empoderado sin intención alguna de retirarse. En la parada del 104 —un poste inclinado que sobrevivía más por inercia municipal que por voluntad metalúrgica— se arremolinaban escuetas humanidades, cada una con su gesto propio de resignación; ese ademán tan local que combina paciencia, fastidio y una tenue ironía dirigida al cielo, al Estado o al destino, según convenga.
Germán —funcionario empeñado en llegar puntual a un trabajo que jamás lo recompensaba por ello— se acomodó contra el borde del refugio techado. Tenía la precisa sensación de que la ciudad entera, empapada hasta en sus grietas, se había tornado más flemática, como si estuviera procesando un pensamiento de excesiva densidad colectiva que aplazaba su dinámica o intemperancia habitual.
La primera en hacer sentir su voz fue una señora mayor envuelta en un impermeable color berenjena.
—Esto no es lluvia —declaró—, sino malicia climática en bruto. Y todavía anuncian en la tele que va a mejorar. Yo ya no les creo ni los nombres, ni apellidos ni nada...
Su comentario se dispersó como una filtración inflamable que no induce más que a la charla. Montevideo es una urbe que reacciona abriéndose por fricción; basta apenas una queja o lamentación meteorológica para que las biografías también se abran y propaguen cual esporas al pampero.
En el extremo opuesto de la parada, un veterano con boina estilo Bob Marley ladeada murmuró:
—Las lluvias de ahora no tienen memoria. Cuando yo era joven hasta llovía con otra dignidad, ¿sabe?, sin esta insana manía de despintar las veredas y ahogar las pobres plantas.
Efectivamente, nadie sabía, a ciencia cierta, qué significaba una “lluvia con dignidad", pero todos asintieron como si aquello se tratara de la exposición de un concepto prominente y técnicamente verificable.
En ese instante irrumpió en la escena un repartidor en moto, empapado hasta los huesos, que se detuvo para ajustarse la cremallera de la campera fluorescente; pese al agua que le escurría por la nariz, como por una colina aguileña, sonrió.
—Gente, olvídense del 104 —anunció a la comitiva—. La calle está cortada por la movilización gremial. Va a pasar por Avenida del Libertador, si es que pasa. Yo vengo de ahí; tremendo caos para todos.
La noticia cayó con la gravedad de una sentencia mitológica. Las personas en la parada adoptaron de inmediato un aire trágico, como si aquel desvío fuese una afrenta personal meticulosamente orquestada por las deidades del transporte metropolitano. En Montevideo, tanto un embotellamiento como un mero desvío de ómnibus puede desatar, tras un parpadeo, un sucinto pero sincero examen existencial.
Germán, decidido a preservar una compostura que ni él mismo creía, exhaló un suspiro que parecía diseñar un mapa minucioso de frustraciones.
—Capaz que, atrasado y todo, viene igual —arriesgó, sin convicción.
El repartidor soltó una carcajada que retumbó contra los charcos.
—Si llega, me tatúo el recorrido en la espalda como un plano de GPS.
La señora del impermeable berenjena, aferrada a su cartera como si se tratara de un salvavidas en altamar, empezó a enumerar desgracias similares: desvíos por obras eternas, atrasos crónicos, embestidas a peatones, paros espontáneos “porque sí”. Cada anécdota vertida convocaba otra, y así se fue tejiendo una suerte de rosario o coral de quejas armoniosas, una sinfonía doméstica que sólo puede generarse en un país donde la gente, si no conversa en modo “queja”, tiende a marchitarse cual rosa sin riego.
Mientras tanto, dos adolescentes refugiados bajo una campera improvisada discutían sobre si valía la pena esperar o si era mejor arriesgarse a caminar empapándose hasta Tres Cruces. Sus voces mezclaban insolencia y ternura; representaban, de algún modo, ese tramo de la existencia en que cualquier decisión parece el prólogo de una gran epopeya.
Fue entonces cuando, de la nada, apareció en la tormenta el cuidacoches. Un hombre enjuto, de una edad indefinible, portando un poncho plástico numerado apenas sostenido por la voluntad más que por un diseño eficiente. Caminó con los zapatos sumergidos en el agua de la calzada hasta el borde del cordón y, sin solicitar permiso, anunció con tono de profeta:
—Yo ya calculé todas las probabilidades del evento. Este ómnibus no viene ni aunque lo reclame el propio intendente.
La frase, lanzada con histriónica solemnidad, produjo una mezcla única de gracia y desasosiego colectivo; pues no dejaba de portar la contundencia de esas verdades que nadie prueba pero la mayoría acepta tácitamente. Después de todo, los cuidacoches albergan un conocimiento preternatural y exclusivo del tránsito, como si la ciudad les dictara en voz baja sus diatribas y derivas escurridizas.
De pronto la lluvia arreció, levantando un rumor que recordaba al de una tribuna distante a punto de bullir. Montevideo, con sus tejados con claraboyas saturados y su arquitectura que nunca acaba de ser moderna ni antigua, parecía una criatura acuática a punto de emerger de sí misma.
Germán observó en torno suyo a sus camaradas circunstanciales con un afecto inesperado; sin querer notó que en ellos residía una especie de fraternidad precaria, hilvanada por la frustración compartida. La señora del impermeable, el viejo de la boina jamaiquina, el par de adolescentes, el delivery motorizado y el cuidacoches constituían, en sí mismo, una comunidad efímera, una especie de coro improvisado sobre el cual se sostenía parte de aquella ciudad. Porque Montevideo —pensó— es, finalmente, una extensa conversación de gente aguardando algo impreciso, pero que se espera sobrevenga en algún tramo del día; sea ello un ómnibus, una mejora, un mate que llegue a tiempo, o hasta un porvenir que no se postergue más de la cuenta.
El viejo de la boina, probablemente impulsado por ese espíritu gregario, se lanzó a contar una historia de la época en que marchaba por la avenida 18 de Julio con una mezcla de ilusión y desconfianza. Su relato tenía un tono ceremonioso, como si las palabras emergieran directamente desde un archivo histórico subterráneo.
—Era otro país —dijo—, o quizá era el mismo con otra ropa y perfume. Uno caminaba sabiendo que la ciudad también caminaba a la par. Ahora cada cual parece esperando su propio ómnibus, y capaz que ese es el gran problema.
La señora replicó con una sentencia contundente:
—El problema es que llueve. Y cuando llueve, Montevideo se pone nostálgica.
Asimismo, nadie se atrevió a contradecirla.
Pasaron minutos o décadas —el tiempo, en las paradas, opera con una lógica alterna insondable— cuando una vibración eléctrica recorrió al grupo: la aparición de un ómnibus en el horizonte, apenas una silueta difusa entre las cortinas de agua.
—¡Allá viene! —anunció uno de los adolescentes, como si, de súbito, descubriese un cometa en el firmamento.
La multitud avanzó unos pasos, conteniendo la respiración conjunta. Pero a medida que el vehículo se aproximaba, la esperanza se resquebrajó por entero. No era el 104, sino un 256 excesivamente abarrotado, que prosiguió de largo con la indiferencia monumental de quienes ya no tienen espacio ni para un suspiro tardío.
Los presentes atinaron a retroceder en un movimiento sincrónico, como si ejecutaran un ritual coreográfico. Algunos rieron; otros maldijeron con delicadeza; el cuidacoches escupió al piso una opinión irreproducible.
La señora sentenció:
—Esto parece tratarse de un test, para evaluar cuántos aguantamos.
Pero entonces, casi como un susurro de la providencia, el ómnibus manifestó su verdadera presencia, inequívoca aunque milagrosamente desviado de su tramo habitual. El 104 avanzaba con la dignidad fatigada de un animal centenario y descolorido que ha sobrevivido a demasiados inviernos. Frenó salpicado frente a la parada con un chirrido que sonó a pura disculpa.
Hubo, asimismo, un instante de duda colectiva, una suerte de vacilación casi filosófica. Después de tanta espera, ¿podría valer la pena subirse? ¿No se había formado ya un pequeño pacto tácito entre aquellas existencias que, por un rato, habían sido más que desconocidos?
Germán dio un paso adelante. Abordó el ómnibus con un gesto que mezclaba alivio y culpa. Miró hacia atrás; la señora, el viejo, los adolescentes, el repartidor y el cuidacoches permanecían impertérritos en la parada, como estatuas momentáneas bajo la lluvia.
—Vayan ustedes —dijo uno de los adolescentes—. Total, ya escampó un poco.
Y no se equivocaba. La lluvia, sin pretexto ni permiso, había comenzado a ceder.
El chofer cerró la puerta. Y el ómnibus arrancó, llevándose a Germán y dejando atrás aquella reducida república de la intemperie. Mientras avanzaba por la calle inundada, Germán sintió, desde su asiento, que algo se deshilachaba en su fuero interno; tal vez la certeza de que, por un instante, había pertenecido a ese coro involuntario; o tal vez la comprensión de que Montevideo es eso, precisamente: estar juntos,(y en ocasiones recíprocamente contenidos), sin reconocerlo; cercenados por la lluvia y unidos por una, a veces, ardua espera gris.
Miró, entonces, por la ventana donde se ubicó, a aquella ciudad gris y luminosa al unísono, que parecía despedirse con una mueca de feligrés cómplice. Y sin palabras, sin épica, ni nada que pudiera dilucidarse del todo, entendió que aquella parada infinita permanecería almacenada por siempre en su memoria como un retrato minúsculo y perfecto de lo que significa vivir, al menos, por lo pronto, en Montevideo; algo semejante a una obstinada, íntima y melancólica modalidad de proseguir aguardando aquello venidero que esto fuera y significara.
GRAFFITI NOIR
Sobre los muros de La Aguada, entre carteles descoloridos y sombras, cada mañana aparecían estampadas las polícromas y enigmáticas firmas de “Kairós"; un nombre imposible, escrito con el pulso de quien tiende a desobedecer al tiempo. Nadie de la zona lo había visto ejecutar su arte, pero todos se referían a éste como si en verdad lo conocieran. El artista clandestino que, en boca de todos generaba desconcierto, era capaz de dibujar, en el más escueto lapso de tiempo, considerables relojes de bolsillos derretidos, cuerpos sin rostro o sin miembros y grafías que se deshacían en la humedad del amanecer citadino.
Omar —porque así se llamaba antes de ser “Kairós”— era un joven hospedado hace mucho en una pensión que olía a sopa vieja y melancolía. Durante el día trabajaba en un taller de serigrafía de un amigo y, al caer la noche, salía con su mochila cargada de aerosoles, mascarillas con filtro y un fervor que lindaba con la herejía misma. “El muro es la piel del alma pública”, murmuraba para sí, como si el grafiti fuera otra modalidad de exorcismo.
En una de sus noches de insomnio decidió intensificar su nivel de adrenalina planeando intervenir el muro más prohibido de la ciudad: el del Ministerio del Interior. Para el día elegido había pensado y repensado el diseño concebible al cabo de semanas; consistiría en un desproporcionado ojo azul que lloraría pájaros, o una flor nativa germinando del asfalto aledaño a un semáforo, o bien un cráneo cuyos vestigios de carne eran devorados por voraces larvas de rostro humanoides... Su arte, creía, debía esencialmente contender y situar en tela de juicio las homogeneizadoras redes del poder, aunque el intento apenas alcanzara a perdurar hasta la primera luz del crepúsculo.
Aquella madrugada, la primera en que una pintura suya lo había demorado más de lo usual, el sonido perenne de la ciudad se tornó sereno y paulatinamente tan irreal, que acabó por hundirlo, entre la niebla, en el portento de una abstracción tan intensa como en un submarino a la deriva en las aguas abiertas. Un móvil policial dobló entonces la esquina. Omar no corrió esta vez; sino que siguió trazando las circunvalaciones de su obra con una apacibilidad de condenado. Tras detenerlo sin violencia, uno de los policías más jóvenes, antes de esposarlo le preguntó con sincera curiosidad y deslumbramiento:
—¿Por qué lo hacés?
Omar levantó la mirada.
—Porque, para resplandecer, el silencio necesita además del matiz de un color, mi amigo.
Transcurrieron los meses y la prensa capitalina someramente olvidó la historia. Sin preámbulos, el muro fue cubierto por una capa de pintura gris y, más tarde, demolido para construir un funcional estacionamiento. Sin embargo, una mañana, los obreros asignados descubrieron algo que consideraron llamativo o sugerente: sobre la superficie recién hormigonada, antes de fraguar, había reaparecido, en relieve leve y luminoso, la misma figura del ojo azul y aquellos pájaros multicolores aflorando de sus párpados.
Ninguno de los presentes pudo explicar el episodio. Algunos lo llamaron prodigio, otros usual sabotaje. Un periodista de un popular matutino escribió al respecto en su página que el arte, cuando es auténtico, no puede ser borrado de un manotazo porque, indefectiblemente, acaba impregnándose en la materia misma del mundo al que complementa enriqueciéndolo.
Esa misma noche, en algún reducto penumbroso de Montevideo, (quizás en Reducto mismo), un reluciente aerosol siseó con la resiliencia de una respiración pretérita; hasta que sobre la pared de cal, una rúbrica emergió estampada con tinta de neón: “Kairós”.
Otra mañana, y Montevideo, volvía a amanecer mirando hacia sus mágicos muros.
FLORES DE KADUPUL
“La flor de Kadupul florece sólo una vez, en la noche, para morir antes del amanecer dejando un almizcle celestial en el aire y la memoria de una belleza inalcanzable...”(Anónimo)
Montevideo tiende a oscilar sus decibeles. Repele del reposo o la modorra intransigente, bostezando en sordina, supurando en los intersticios de su herrumbre y hormigón cual herida abierta; desangrándose por hel alcantarillado donde las ratas, como oráculos ciegos, presienten la convulsión de la carne consuetudinariamente ofrendada entre sus moradores. Esta infalible lógica hace de los luneros rayos del Cerro capitalino, testigos de sempiternas noches blancas, semejantes a un cadáver embalsamado con neón; donde alguna masónica o esotérica alquimia basta para transmutar aquellas avenidas húmedas y arboladas, en arterias abiertas por donde circula el limo de cuanto paria o fauna errante las fagocitan para subsistir. Allí, entre la respiración sofocante del puerto y los arrumacos inmundos del pampero, timonea con mano de hierro forjado la secular cofradía de las obreras del deseo, milicianas de la luna llena o bien prostitutas a secas. Estas mundanas ninfas desventuradas, vestales sin templo, sobreviven ofreciendo el fervor de su piel, como moneda de cambio, en un rito sin altar ni más oscuro testimonio que el de sus pares con rímel, de algún proxeneta abusivo u otro juez o policía corrupto. Auspiciando ese infierno de asfalto oxidado sostenía su “reinado de flores de Kadupul" María del Carmen Mena; aunque nadie recordara, en ninguna circunstancia, semejante apelativo. Le llamaban “La Chata", a secas, debido a sus reducidos pechos y a una grotesca fractura de nariz, souvenir del primer cliente que, una perdida madrugada, tras sus primeros quince años, se le antojó reclamarla como un trofeo para su surtido escaparate privado. “La Chata” sostenía también el resto de su timorato cuerpo, devastado por ginebras baratas, partos interrumpidos y la intemperie de cien inviernos al igual que un libro de cicatrices que nadie sabía leer con acierto.
Caminaba con la dignidad marchita de quien conoce demasiado bien la topografía del hambre y la mundanal miseria.
A su lado solía escoltarla como una sombra, Rosalinda: morocha espigada, tatuada con calaveras y flores mustias, que disimulaba tras su maquillaje corrido los rescoldos de una profesión imposible y la fragilidad de una campesina del interior arrancada de raíz por una mano hosca. Para afincarse en la capital había despachado, de acuerdo al criterio impuesto por cada comprador, todas sus posesiones personales. Prendas de vestir, electrodomésticos, adornos, muebles y hasta libros, se fugaron en un santiamén, como pétalos deshojados por usureros.
Cuando le nacía reírse de alguna cosa en particular, el mundo parecía por un instante olvidar su cundida podredumbre; cuando Rosalinda recurría al llanto, llovía de modo copioso en todas las esquinas del Sur. Como las perlas engarzadas de un collar, de ella dependía su hija Lucerito, una niña de once años con ojos implacablemente mayúsculos, a quien alimentaba con cuentos de sirenas extraviadas y boliches casi familiares donde supuestamente solía cantar y servir tragos por las noches. La niña creía en esa fábula al igual que en una pujante plegaria, ignorando por completo que su madre pertenecía a una profana hueste de carne viva en oferta.
El tríptico era rematado por “La Gitana”, matriarca y verdugo, mujer corpulenta de cabellera azabache y mirada afilada como un vidrio roto. Guiada por su temple de acero, se había hecho cargo de mediar en persona con bribones y rufianes; era quien sobornaba a policías con favores nocturnos y quien distribuía, con idéntica parsimonia, los billetes ganados y los silencios perdidos. Siguiendo los pasos de su progenitora, no creía en el afecto ni tampoco en la bondad: había aprendido que en el subsuelo de una ciudad como Montevideo, la única ética posible era la de la supervivencia, ante cualquier descalabro y a como diera lugar.
I. Montevideo: invertebrado
En la noche, la ciudad es un organismo supurante que respira a trompicones y no deja de apestar a un gasoil que fermenta los ya lesionados pulmones de los transeúntes. En el Cordón, los bares vomitan tangos torcidos; mientras que en el puerto, los camiones rugen cuales dragones herrumbrosos junto al río que lame la podredumbre de los muelles. En los conventillos, la humedad rezuma por las paredes como lepra de una deidad invisible. Montevideo es una animada necrópolis que se yergue moteada por faroles amarillentos, y sus guardianas acaban siendo, de todas todas, estas noctámbulas y cancerberas “flores de Kadupul" que deambulan sin redención posible, a riesgo del deshojamiento.
“La Chata”, Rosalinda y “La Gitana” eran entonces trinidad apócrifa, combinación sacrílega y creciente de iracundia, frustración y miseria al unísono. Deambulaban cuales espectros que hubieran concretado un pacto aciago con su propia condena, y en las madrugadas más atroces se refugiaban en un cuarto alquilado en Maldonado y Minas con paredes descascaradas, un catre cojo y botellas vacías semejantes a reliquias de un culto desesperado. Allí, como almas depauperadas, soñaban entre sollozos y arrumacos mutuos, con lo indecible: soleadas panaderías tibias, escuelas con pizarrones limpios, peluquerías con espejos intactos y música funcional. Dormidas o despiertas, fantaseaban con mundos y hogares con jardines, donde no les era vedado representar el rol de verdaderas mujeres y no de vicarias o pedestres presas de la calle.
II. Guantes como piel
Fue en el espesor de otro junio que dolía como clavo oxidado, cuando el hombre de los guantes,(así se le recordaría), surgió cojeando de entre la niebla. Traía un flamante traje oscuro, sombrero oblicuo, y su voz pausada como quien recita letanías en un idioma extinto. Los guantes de cuero, jamás removidos, parecían una exacta prolongación de su carne, o tal vez su verdadera piel.
Aquella noche, sin vacilar, eligió a Rosalinda, y “La Gitana”, aunque olfateó peligro, aceptó los billetes de alta denominación sin convicción tajante. Asimismo, volvieron a verla a la mañana, aunque más silenciosa y con un temblor en su cuerpo que no se apaciguaba ni con ginebra. Luego de un rato de ensimismamiento, entre susurros y sollozos, cobró el valor necesario para confesarlo: —En realidad, nunca tuvimos sexo, ni siquiera me llegué a desnudar. Me hizo rezar como una monja y arrepentirme de mis últimos pecados. Después de observarme en silencio y acicalarme el pelo como un mannequin, me ordenó recostarme en la cama y quedarme quietecita; entonces, encimándoseme, me rodeó la garganta con sus asquerosos guantes y comenzó a apretar como quien mide un sacrificio. Todavía no sé, mientras me sofocaba y maldecía a su padre, cómo no perdí la conciencia ni, más tarde, salí huyendo de allí. Estaba completamente paralizada por el espanto. El “friki” volvió a costear el servicio y se las tomó sin decir “bye".
El impasible hombre reapareció cojeando algunas otras noches: a veces solicitaba otra mujer, otras ocasiones simplemente se dedicaba a observar desde un coche de alta gama estacionado en la esquina con la meticulosidad de un cazador de mariposas que estudia aquellas coloridas alas antes de clavarlas en alfiler. Una noche, “La Gitana", fastidiada de todo, intentó seguirlo por los pasajes del Cerrito, pero tras unas cuadras la ciudad lo tragó con apetito como se traga a una antigua sombra.
III. Evanescencia
El invierno se volvió un verdugo desalmado. Una gélida noche de tormenta, Rosalinda subió con su nuevo abrigo al coche del hombre de los guantes como piel, y ya nunca regresó.
“La Chata” y “La Gitana” removieron la ciudad de norte a sur y de este a oeste: licorerías, comisarías, hospitales, morgues. Nada. La noticia de su súbita desaparición no atrajo ni ocupó a ningún medio de prensa. La policía, por su parte, apenas bostezó: “esas chicas desaparecen todos los días y a cada hora reaparecen”. Pero, en su fuero interno, “La Chata” albergaba la peculiar certeza de que Rosalinda no se había evaporado, así nada más, por su voluntad. Esta vez no se trataba de Montevideo asimilando a otra joven prostituta arrepentida que deserta, ni tampoco de un caso semejante al estupro o de trata de blancas.
Subrepticiamente, cavilaba la madama, Rosalinda podría haber participado, desde el comienzo, de una meticulosa selección, orquestada para que, ante el primer lapsus de confianza, acabara por requerir a la chica al margen de su servicio, en cuerpo y alma. Fundamentalmente, con la mirada puesta en su alma benigna.
Lucerito soñó con su madre desnuda y toda cubierta de sangre en una pieza helada, frente a una ventana que no se abría. La niña lo dijo una tarde con la gravedad de una profecía, y “La Chata” sintió como nunca que las pesadillas se asemejan demasiado a impalpables mapas trazados para unos pocos...
IV. Descenso
A cambio de algunos pesos, promesas y amenazas, un soplón de cuarta mencionó al final un galpón en las afueras del Cerro. “La Gitana” y “La Chata” lo irrumpieron armadas de madrugada. Como lo temían, el interior era una suerte de caverna ritual: velas negras consumidas, pentagramas invertidos en las paredes, restos de diversos animales abiertos en canal. En el centro de todo, una mesa con correas y sangre seca.
Allí encontraron un pañuelo y una manga del abrigo de Rosalinda, manchados de lodo. El silencio sólo olía, en todas direcciones, a huesos secos. Entonces supieron, o acabaron por reconocer, que no estaban plantadas ante a otro cliente excéntrico, sino ante una cofradía tan invisible como poderosa que operaba devorando mujeres sin dejar huellas. Montevideo venía siendo, sin fecha precisa, apenas la máscara o la cáscara: debajo latía un subsuelo de cultos y desapariciones diseminadas al igual que una plaga urgida a ser nutrida y prosperar.
V. Efervescencia
La ausencia de Rosalinda finalmente encendió un insospechado hervor en la cofradía de meretrices. “La Chata” y “La Gitana" decidieron convocar sin rodeo alguno a las demás : “La Flaca”, Mercedes “la Tuerta”, Nené, Margarita “la Lunga”.
Se congregaban en las madrugadas en patios enmohecidos, compartiendo tabaco, caña y el más puro resentimiento; urdiendo una insurrección que era mucho más instinto que estrategia a aplicarse.
—Si no nos defendemos entre nosotras, nos van a seguir cazando y degollando como a gallinas ciegas, sin que a nadie le importe un carajo —escupía “La Gitana", con sus pupilas enrojecidas.
Un sábado, a medianoche, el hombre de los guantes volvió a hacerse presente en la zona. Lo aguardaban desde hace tiempo. “La Chata” fingió acercarse tan despreocupada como dócil. Cuando abrió la puerta del coche, el enjambre lo acometió en un tris . Botellas rotas, uñas, navajas. La Gitana sintió placer en hundirle hasta el mango un acero templado en la pierna que lo hizo vomitar de dolor.
—Rengueá con ganas, ahora, malnacido.
Después de surtirlo a bofetadas y escupitajos, concordaron en arrastrarlo hasta un descampado. Allí le exigieron nombres, direcciones o cuerpos. Él apenas deliraba:“ofrenda... purificación... elegidas...” Entre ruegos profirió contados vocablos como “cenizas sacras”, “conciliábulo negro” u “oblación", pero no entendieron, o no quisieron entender, ninguna de aquellas singulares referencias. Cuando se sintieron satisfechas lo abandonaron sobre los despojos de lo que una vez fue un perro. Al amanecer la policía lo descubrió flotando bocabajo en el río; aún traía los guantes puestos.
VI. Epílogo
No se supo más nada sobre Rosalinda. Su ausencia no hacía sino reconstruir al más nefasto tatuaje, a una llaga impura y a una lámpara eternamente apagada.
Mientras tanto, la ciudad prosiguió rugiendo incólume,con su indeclinable apatía y su esencia a gasoil montaraz. Por su parte, las prostitutas volvieron a su trabajo corporal, a sobrevivir y, en ocasiones, a desaparecer durante las noches más tormentosas, tras subir, con un nuevo abrigo, a un coche de alta gama.
Lucerito creció convencida de que su madre había sido una cantante de excepción.
En las noches aún soñaba con ella; la revivía rozagante, interpretando melodías que parecían arrancadas de un idioma foráneo, tan foráneo como las flores de Kadupul.
Darío Amaral
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