OPINIÓN
La vida privada, los hombres públicos, las preguntas tontas y las fronteras de la libertad
+ - 28.10.2013, 09:03 hs
El Observador
Hace una semanas, En la Mira, un periodístico que
conduzco en el canal de cable VTV, llegó a sus 100 emisiones durante las
cuales desfilaron mujeres que contaron como sus maridos las golpeaban y
les orinaban encima, médicas de Casavalle que relataron dolorosas
historias de lo que la pobreza puede hacer con la gente, y mostramos la
humillación a que son sometidos año tras año miles y miles de niños
encerrados en cajas de metal que hacen las veces de salones de clase
pero que son un horno en verano y un iglú en invierno. Nada de eso movió
ni generó tanto revuelo, al menos en las redes sociales, como una
pregunta realizada la semana pasada al expresidente de ANCAP, Raúl
Sendic.
“¿Sos gay?”, le pregunté, y parte de la aldea se rasgó los mamelucos
grises en medio de un aullido presuntamente ético. Ya sé que las redes
sociales son solo una muestra de la aldea, pero una muestra al fin.
Entre todas las preguntas tontas que se escucharon tras la nota, la
más tonta de todas fue: “¿A quién le importa si Sendic es gay?”. Además
de tonta –me remito a los ladridos que una semana después siguen
sonando- es hipócrita, en un país donde lo privado solo se preserva para
poder destrozarlo en las oficinas, en los bares, en los corrillos de
palacio.
Eso es lo que estaban haciendo con Sendic, porque cuando en general
un periodista se acerca a la vida privada de un político es para
comprometerlo, pero aquí era al revés, en todo caso la nota, buscándolo o
no, más bien que lo protegía de sus propios compañeros que andaban
recorriendo el país pidiendo a otros compañeros (ay esa palabrita tan
desgastada) que no lo apoyasen porque en medio de la campaña iban a
demostrar que era “puto”, así, en esos términos.
Nadie se detuvo en esa explicación que fue dada en el programa. Entre
los frenteamplistas se puede entender que hayan fingido demencia porque
vienen de tropezón en tropezón, con más costras que un guardabarros;
del resto, solo la incapacidad de entender el contexto o la mala
intención pudo obviar que había gente tratando de hacer de la sexualidad
de Sendic un arma política y que por eso la pregunta era pertinente. ¿Y
a otro le vas a preguntar lo mismo?, me siguen preguntando en este país
donde si exportáramos bobos más de un sojero cambiaría de rubro.
Por otra parte, entre a quienes les preocupó la vida privada del
político, nadie se detuvo en preocuparse que también le pregunté si se
había drogado, algo tan íntimo como lo otro, pero es el sexo, ay el
sexo, lo que parece hacerle cosquillitas al pudor amarronado de los
aldeanos del sur.
Una pena que tanto ruido no haya servido para encauzar un debate que
sí podría ser interesante: ¿hasta dónde deben ir los periodistas en la
vida privada de los hombres públicos? Quizás la conclusión es que no
haya una respuesta única.
¿Si un presidente tiene una amante es un asunto de interés público?
La primera respuesta que me viene a la cabeza es que no. Ahora, si por
convicciones religiosas el presidente ordena suspender toda la campaña
de lucha contra el sida basada en el uso del preservativo y ordena
centrarla solo en fomentar la pareja estable, condenando a todo el país a
una sola mirada, un solo criterio no científico, que ni siquiera él
respeta, bueno, entonces aquel “no” sería motivo de una segunda
reflexión. Por eso los manuales de ética serán siempre incompletos.
Vayamos al título de la nota. En 1906, enojado con un editorial que
había escrito el periódico nacionalista La Democracia, el presidente de
la República, José Batlle y Ordóñez (más de la mitad del Uruguay se para
y hace una reverencia), quien también fue periodista, escribió en el
diario El Día que el caudillo blanco Luis Alberto de Herrera había sido
amante de Celia Rodríguez Larreta, esposa del militar Adolfo Latorre,
quien la asesinaría por adúltera. ¿Qué dirían hoy si un periodista
hiciera lo que hizo aquel prohombre que fue Batlle?
Para algunos, aquello respondía a un Uruguay más cercano a la
barbarie en la vida política de la época; para otros será un acto más
cercano a lo que ocurre en democracias más consolidadas y modernas. Lo
que hizo Batlle y Ordóñez sería visto como algo normal hoy en Estados
Unidos donde no se admite que un candidato le mienta a sus votantes pero
tampoco a su esposa.
La ética en el periodismo es algo que varía con el tiempo y la
geografía y también varía la línea de hasta dónde deben o no llegar los
periodistas. Y no es el viento del sur el que mueve esa línea; es la
acción de hombres y mujeres que cada día llegan a las redacciones a
tratar de hacer su mejor trabajo, a veces con jefes que no quieren
problemas, a veces a soportar la prepotencia de políticos de cuarta, a
veces por sueldos que no son precisamente muy estimulantes.
A esta altura de mi carrera, si hay algo que en el ejercicio del
periodismo me motiva, es el acto de empujar las fronteras de la
libertad, el forzar la línea de lo permitido. Sé que en ese intento un
día puedo patinar y sé que el porrazo puede ser mortal. Y sé que antes
de que se haya apagado el ruido del impacto por el golpazo, vendrán por
mí los gusanos de la mala leche. No imagino una muerte profesional más
dulce que esa.