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sábado, 31 de enero de 2026

EL FILO DE LAS ESPUELAS Cuento de Darío Amaral



1-La arena
El caserío se tendía como un reguero de huesos blanqueados bajo el encendido
sol del paraje; un manojo de ranchos precarios y desteñidos que parecían resistir
el aire ardido con el mismo resignado cansancio con que los perros callejeros
aguardaban las sobras de algún improbable turista extraviado. El polvo no era
solo un manto de tierra molida por el paso de carretas viejas, sino una entidad
autónoma que respiraba y se colaba en la boca como una hostia amarga, que
además untaba los ojos con una niebla seca. Todo allí albergaba la persistencia
de lo marchito: la madera astillada de las cercas, los techos de chapa lacerados
por el óxido, las ropas colgadas como banderas rendidas en sogas que crujían al
pampero.
El pueblo, si acaso merecía llamarse así, había nacido de a poco a la vera de una
ruta casi olvidada; un ramal secundario por donde, con recelo, circulaban
camiones desviados cargados de troncos de eucaliptus o ganado raquítico,
apenas en pie. Allí, el tiempo no corría, más bien se estancaba como agua
cenagosa y larval. Y el ruido más vívido que podía aflorar circunstancialmente
no refería al cántico de los pájaros, al mugido distante de una lechera o al
alboroto de una contienda perruna; sino a los gritos desfondados de jornaleros
ebrios en la única cantina, o el estrépito de las monedas chocando en apuestas
desbocadas. Porque el verdadero corazón viscoso y palpitante de aquel arrabal
sin nombre residía, en efecto, en los granos de arena sucia y clandestina trillada
por los gallos de riña de la gallera anexa; una suerte de corral bajo de tablas
desvencijadas que, cada sábado al anochecer, convocaba infaltable a hombres
de mirada adusta, a mujeres con labios pintados de desazón y fatiga, y a
chiquillos descalzos cuyo aprendizaje los encaminaba antes a distinguir un
espolón afilado que una letra de imprenta minúscula en su vano cuaderno
escolar.
El aire emanado de aquella gallera era una mezcolanza
brutal a humo de tabaco barato, a olor acre de aguardiente derramado con sudor
colectivo y el tufillo inconfundible de la sangre seca de los gallináceos, filtrado
y acumulado entre las rendijas del suelo en una especie de argamasa ocre. El
pregonero, un desdentado octogenario con voz cascada como trompeta oxidada,
llamaba a la contienda, y los gallos —mitad arcángeles rotos, mitad demonios
emplumados— eran lanzados al centro de la arena como ofrendas de un
sacrificio pagano. La concurrencia se desgañitaba, reía, maldecía y, sobre todo,
apostaba con monedas desgastadas y billetes arrugados, incluso con lo que no se
tenía: una bicicleta, un radio, la misma dignidad empeñada decenas de veces.
En ese mundo, dos niños solían extraviar sus almas con la fascinación dolida de
quien se demora en la barbarie, como si fuese una ceremonia sagrada. Nadie se
sorprendía ni amedrentaba de descubrirlos allí sentados, o parados; hacía rato
que ya eran parte del decorado, al igual que los perros famélicos recubiertos de
sarna que rondaban buscando entrañas caídas junto a las mujeres que, a su
tiempo, despejaban el minicoliseo, recogiendo las plumas con sangre
desparramadas al final de cada combate. Se llamaban Tobías y Leandro, aunque
a menudo se los requería con apodos que ellos mismos no recordaban haber
elegido: El Flaco y El Chueco. Ambos no eran más que sombras ligeras
merodeando entre los adultos; dos pares de ojos oscuros brillando con la
intensidad de un fuego aún no domesticado.
2-Las criaturas
Tobías tenía la piel tostada por los mormazos estivales y una delgadez casi
transparente, como si estuviera hecho de ramas y ventiscas. Sus ojos negros,
enormes, parecían dos óvalos sin fondo, y en su mirada cabía tanto la inocencia
de un escuincle de diez años como la gravedad de un anciano que ya lo había
presenciado todo. No recordaba ni siquiera el nombre de su padre, y de su
madre apenas retenía la imagen de una mujer alta y desgarbada que se fue
deshaciendo de a poco, bajo el ropaje de la cama entre fiebres, hasta desaparecer
como un humo tenue cuando él apenas contaba cinco años. Desde entonces,
vivía al vaivén de tías lejanas y vecinos condescendientes, siempre a medio
camino entre el abandono y la caridad.
Leandro, en cambio, cargaba con un defecto innato en la pierna izquierda que lo
obligaba a caminar con una leve cojera. Esa torcedura, que le valió el apodo de
Chueco, nunca le impidió correr detrás de un gallo fugado, ni trepar la cerca
para contemplar desde lo alto alguna pelea. Tenía una risa franca, dentadura
mellada por algún golpe prematuro, y una astucia despierta que compensaba con
creces su fragilidad física. Su madre, una mujer paciente y bondadosa, vendía
frituras en la feria del pueblo; su padre era apenas un fantasma que se
rumoreaba había caído preso, desde hacía mucho, en otra ciudad por robar
ganado ovino.
Entre ambos muchachos se tejía un lazo de hermandad no declarado, más que
tácitamente. Compartían los silencios y las hambres, los juegos improvisados
con pelotas hechas de trapo sucio, los sueños borrosos de fugarse algún día
hacia un lugar donde la tierra no oliera más a excremento y a pura sangre
reseca. Pero mientras tanto, se sabían criaturas del arrabal, y la arena de gallos
no venía siendo más que su principal escuela y su templo hereje.
El primer gallo que vieron sucumbir quedó grabado como una herida perpetua
en sus dilatadas pupilas. Fue un animal de plumaje rojo, con cresta erguida
como corona de fuego. El dueño lo lanzó con apostado orgullo, pero a los pocos
minutos quedó tendido, con el cuello abierto por el tajo de una espina acerada
de su rival. Tobías lo miró agonizar, los ojos vidriosos del ave reflejando la
lámpara que colgaba balanceándose del techo hasta, literalmente, tras un
espasmo, estirar el par de patas ensangrentadas. En ese instante, algo se quebró
y al unísono pareció renacer en su interior: la sobrentendida comprensión de
que, así como la belleza podía sangrar sin mayor pericia, la violencia podía
conformar además un espectáculo perturbadoramente “luminoso”.
A partir de esa noche, los niños comenzaron a coleccionar plumas caídas. Era su
tesoro secreto; las guardaban en una lata oxidada bajo la cama de Leandro,
convencidos de que cada pluma retenía una porción del espíritu guerrero del
gallo que la había perdido. Y mientras otros tantos niños del pueblo jugaban a
ser futbolistas, pilotos de aeronaves o policías y ladrones, ellos se inventaban
combates imaginarios con esas plumas, dándoles nombres y linajes, como si en
efecto fueran estandartes de héroes olvidados en batallas legendarias.
Una tarde, después de una tormenta que dejó el caserío sembrado de charcos
turbios, Tobías y Leandro encontraron un gallo maltrecho detrás de la cantina,
entre unas hojas de acacias secas. El ave tenía las plumas empapadas, la cresta
partida y una pata herida. Alguien lo había descartado como se descarta un
naipe perdedor. Pero para ellos, aquel desplumado despojo constituía un
verdadero milagro. Asegurándose de que nadie los viera, lo recogieron con
cuidado, lo envolvieron en un saco de pana viejo y lo llevaron a la casa de
Leandro. Allí, con torpeza de aprendices, comenzaron a curarlo con paños
húmedos en yodo, maíz robado y arrumacos y palabras susurradas como rezos.
Con el tiempo el gallo se convirtió en su preciado secreto y su mayor esperanza
clandestina. Lo llamaron Relámpago, porque a pesar de su estado lastimado, sus
ojos seguían brillando con un fulgor de gladiador indomable.
3-El rito
El sábado caía con la lentitud y sosiego de una herida que no acaba nunca de
cicatrizar. El sol, harto de brillar sobre tan promisoria pobreza, se hundía detrás
de los cerros ralos, tiñendo el horizonte de un rojo que parecía anticipar la
sangre por brotar y derramarse. El pueblo despertaba, no a la rutina, sino a su
verdadero rostro; uno que no sabía más que emerger entre la penumbra de la
arena de gallos, presta a ser trillada y revuelta entre el plumaje, la caca y el flujo
de hemoglobina humeante.
Los combates acostumbraban a ser breves, fieros y carentes de toda
misericordia. Las plumas arrancadas levitaban como copos de nieve oscura, los
picos se hundían en la afiebrada carne como afiladas dagas y las espuelas
rasgaban el aire y la piel con un chasquido seco. El público rugía con vituperios,
alaridos y apuestas renovadas. En medio del tumulto, los niños veían, asimismo,
otra cosa. Donde los hombres veían dinero, ellos veían símbolos: el coraje, la
obstinación, la lucha ante la certeza de la derrota.
Esa noche, tras varios combates, uno de los gallos cayó muerto, sin ojos, cerca
del borde de la arena. Su propietario lo recogió como quien levanta un costal
vacío y lo arrojó sin ceremonia junto a los desperdicios estibados en un rincón
oscuro, abarrotado de moscas . El ave yacía con las alas abiertas, como un
crucificado plumífero, mientras la sangre aún manaba de su pico quebrado en un
hilo rojo. Tobías y Leandro se acercaron al rincón en silencio. Nadie los vio
cuando arrancaron una pluma del ala ensangrentada y la guardaron en un
bolsillo al igual que un relicario.
Al salir del recinto, el aire fresco les golpeó de lleno el rostro enrojecido. Pero,
para entonces, dentro de ellos ya ardía el portento de un fuego incontenible: el
deseo de no ser más meros espectadores. Algún día, entrarían en la gallera no
como anodinas sombras infantiles, carentes de un rostro y un nombre propio,
sino como dueños de un gallo que llevaría su destino entre el indómito batir de
las alas y el embiste de su agudo pico.
4-El pacto
Una noche, mientras el caserío dormía bajo la música lejana de una guitarra y
los ladridos de los perros, los dos niños sellaron su promesa en la celebración de
una atípica ceremonia. Encendieron una vela negra robada de la capilla y se
sentaron frente a Relámpago. Tobías sacó la lata donde guardaban las plumas de
gallos muertos, la abrió y, solemnemente, colocó una sobre el lomo del ave que
apenas cacareaba.
—Este es nuestro juramento —dijo—. Relámpago va a entrar en la arena y va a
pelear por nosotros.
Leandro se hizo un corte en el dedo con un vidrio y dejó caer una gota de sangre
sobre la tierra.
—Que sea con sangre —susurró.
En tales circunstancias, el pacto se sellaba con el gallo rescatado, el par de
chicuelos expectantes y un destino echado y escrito entre la penumbra de la
invertebrada noche.
Unos dias más tarde, la noticia corrió como fuego sobre la pradera seca: dos
gurises, salidos de la nada, habían criado un gallo para apadrinar en la misma
arena de riñas. Las carcajadas iniciales, que no se hicieron esperar, se mezclaron
hasta dar paso a una estrambótica curiosidad. Y la curiosidad, desde la
fundación de aquel caserío, de una u otra forma, siempre acababa decantándose
y materializandose, indefectiblemente, en solemne apuesta.
Arribado el sábado, ante un centenar de ojos, el octogenario pregonero revelaba
el peculiar anuncio:
—¡ Señores, hoy tenemos novedad! ¡Aqui, los botijas del caserío traen con ellos
a su gallo Relámpago a batirse contra el reciente campeón de Don Anselmo: el
Negro Sable!
El apático mutismo inicial mutó, tras la visualización de los gallos alzados por
sus dueños, en una vocinglería acompañada de un desorbitante ir y venir de
billetes y monedas, semejante al más impensable maelstrom austral.
Ya dispuestos sobre la arena, el choque de los gallináceos fue inmediato. Negro
Sable arremetió primero con subita brutalidad, pero Relámpago esquivó,
contraatacó y consiguió virar con una habilidad que arrancó murmullos de
contenida facinación. El aire se impregnó del olor a hierro de la sangre. Los
niños gritaban con fervor de oración.
Un salto, un giro y un tajo preciso, hasta que la espuela de Relámpago encontró
de pronto carne blanda. Negro Sable cayó fulminado sobre la tierra, boqueando
y desangrándose lentamente. La multitud rugió como un monstruo insaciable.
Contra todo pronóstico, el anónimo Relámpago había conseguido hacerse de la
más inapelable victoria.
Mortificado, Don Anselmo, tomó de un ala a Negro Sable y lo aventó con
fuerza hacia el rincón de la ignominia. Abriéndose paso entre la multitud, antes
de desaparecer su sombría figura, se le alcanzó a escuchar:
—Esto no se queda así, jueputas.
5-Ceniza y silencio
Una noche sin luna, alguien irrumpió en el recién construido corral de los
muchachos. A la mañana siguiente, Relámpago se había desvanecido junto con
la niebla. Ni una pluma, ni un rastro. Solo la huella de un arrastre sobre la tierra
húmeda.
El dolor fue mudo. Tobías cayó de rodillas, clavando las manos en la tierra del
gallinero vacío. Leandro, con la cojera más marcada que nunca, permaneció
absorto, mirando al horizonte con un rictus amargo. Sabían quién había sido,
aunque no lo dijeran, ni valiera de nada decirlo.
Desde aquel día, ambos dejaron de ir a la arena de riñas. El rumor de su victoria
se apagó como una fogata en cenizas. Por un tiempo, Relámpago se convirtió en
escueta leyenda, en susurros que los lugareños repetían medio ebrios y, al final,
en otra pluma guardada en una lata oxidada que, con el devenir de los años,
acabó perdiéndose entre cachivaches y trastos corroídos por la humedad de
algún oscuro rincón.
Darío Amaral

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