1-La arena
El caserío se tendía como un reguero de huesos blanqueados bajo el encendido
sol del paraje; un manojo de ranchos precarios y desteñidos que parecían resistir
el aire ardido con el mismo resignado cansancio con que los perros callejeros
aguardaban las sobras de algún improbable turista extraviado. El polvo no era
solo un manto de tierra molida por el paso de carretas viejas, sino una entidad
autónoma que respiraba y se colaba en la boca como una hostia amarga, que
además untaba los ojos con una niebla seca. Todo allí albergaba la persistencia
de lo marchito: la madera astillada de las cercas, los techos de chapa lacerados
por el óxido, las ropas colgadas como banderas rendidas en sogas que crujían al
pampero.
El pueblo, si acaso merecía llamarse así, había nacido de a poco a la vera de una
ruta casi olvidada; un ramal secundario por donde, con recelo, circulaban
camiones desviados cargados de troncos de eucaliptus o ganado raquítico,
apenas en pie. Allí, el tiempo no corría, más bien se estancaba como agua
cenagosa y larval. Y el ruido más vívido que podía aflorar circunstancialmente
no refería al cántico de los pájaros, al mugido distante de una lechera o al
alboroto de una contienda perruna; sino a los gritos desfondados de jornaleros
ebrios en la única cantina, o el estrépito de las monedas chocando en apuestas
desbocadas. Porque el verdadero corazón viscoso y palpitante de aquel arrabal
sin nombre residía, en efecto, en los granos de arena sucia y clandestina trillada
por los gallos de riña de la gallera anexa; una suerte de corral bajo de tablas
desvencijadas que, cada sábado al anochecer, convocaba infaltable a hombres
de mirada adusta, a mujeres con labios pintados de desazón y fatiga, y a
chiquillos descalzos cuyo aprendizaje los encaminaba antes a distinguir un
espolón afilado que una letra de imprenta minúscula en su vano cuaderno
escolar.
El aire emanado de aquella gallera era una mezcolanza
brutal a humo de tabaco barato, a olor acre de aguardiente derramado con sudor
colectivo y el tufillo inconfundible de la sangre seca de los gallináceos, filtrado
y acumulado entre las rendijas del suelo en una especie de argamasa ocre. El
pregonero, un desdentado octogenario con voz cascada como trompeta oxidada,
llamaba a la contienda, y los gallos —mitad arcángeles rotos, mitad demonios
emplumados— eran lanzados al centro de la arena como ofrendas de un
sacrificio pagano. La concurrencia se desgañitaba, reía, maldecía y, sobre todo,
apostaba con monedas desgastadas y billetes arrugados, incluso con lo que no se
tenía: una bicicleta, un radio, la misma dignidad empeñada decenas de veces.
En ese mundo, dos niños solían extraviar sus almas con la fascinación dolida de
quien se demora en la barbarie, como si fuese una ceremonia sagrada. Nadie se
sorprendía ni amedrentaba de descubrirlos allí sentados, o parados; hacía rato
que ya eran parte del decorado, al igual que los perros famélicos recubiertos de
sarna que rondaban buscando entrañas caídas junto a las mujeres que, a su
tiempo, despejaban el minicoliseo, recogiendo las plumas con sangre
desparramadas al final de cada combate. Se llamaban Tobías y Leandro, aunque
a menudo se los requería con apodos que ellos mismos no recordaban haber
elegido: El Flaco y El Chueco. Ambos no eran más que sombras ligeras
merodeando entre los adultos; dos pares de ojos oscuros brillando con la
intensidad de un fuego aún no domesticado.
2-Las criaturas
Tobías tenía la piel tostada por los mormazos estivales y una delgadez casi
transparente, como si estuviera hecho de ramas y ventiscas. Sus ojos negros,
enormes, parecían dos óvalos sin fondo, y en su mirada cabía tanto la inocencia
de un escuincle de diez años como la gravedad de un anciano que ya lo había
presenciado todo. No recordaba ni siquiera el nombre de su padre, y de su
madre apenas retenía la imagen de una mujer alta y desgarbada que se fue
deshaciendo de a poco, bajo el ropaje de la cama entre fiebres, hasta desaparecer
como un humo tenue cuando él apenas contaba cinco años. Desde entonces,
vivía al vaivén de tías lejanas y vecinos condescendientes, siempre a medio
camino entre el abandono y la caridad.
Leandro, en cambio, cargaba con un defecto innato en la pierna izquierda que lo
obligaba a caminar con una leve cojera. Esa torcedura, que le valió el apodo de
Chueco, nunca le impidió correr detrás de un gallo fugado, ni trepar la cerca
para contemplar desde lo alto alguna pelea. Tenía una risa franca, dentadura
mellada por algún golpe prematuro, y una astucia despierta que compensaba con
creces su fragilidad física. Su madre, una mujer paciente y bondadosa, vendía
frituras en la feria del pueblo; su padre era apenas un fantasma que se
rumoreaba había caído preso, desde hacía mucho, en otra ciudad por robar
ganado ovino.
Entre ambos muchachos se tejía un lazo de hermandad no declarado, más que
tácitamente. Compartían los silencios y las hambres, los juegos improvisados
con pelotas hechas de trapo sucio, los sueños borrosos de fugarse algún día
hacia un lugar donde la tierra no oliera más a excremento y a pura sangre
reseca. Pero mientras tanto, se sabían criaturas del arrabal, y la arena de gallos
no venía siendo más que su principal escuela y su templo hereje.
El primer gallo que vieron sucumbir quedó grabado como una herida perpetua
en sus dilatadas pupilas. Fue un animal de plumaje rojo, con cresta erguida
como corona de fuego. El dueño lo lanzó con apostado orgullo, pero a los pocos
minutos quedó tendido, con el cuello abierto por el tajo de una espina acerada
de su rival. Tobías lo miró agonizar, los ojos vidriosos del ave reflejando la
lámpara que colgaba balanceándose del techo hasta, literalmente, tras un
espasmo, estirar el par de patas ensangrentadas. En ese instante, algo se quebró
y al unísono pareció renacer en su interior: la sobrentendida comprensión de
que, así como la belleza podía sangrar sin mayor pericia, la violencia podía
conformar además un espectáculo perturbadoramente “luminoso”.
A partir de esa noche, los niños comenzaron a coleccionar plumas caídas. Era su
tesoro secreto; las guardaban en una lata oxidada bajo la cama de Leandro,
convencidos de que cada pluma retenía una porción del espíritu guerrero del
gallo que la había perdido. Y mientras otros tantos niños del pueblo jugaban a
ser futbolistas, pilotos de aeronaves o policías y ladrones, ellos se inventaban
combates imaginarios con esas plumas, dándoles nombres y linajes, como si en
efecto fueran estandartes de héroes olvidados en batallas legendarias.
Una tarde, después de una tormenta que dejó el caserío sembrado de charcos
turbios, Tobías y Leandro encontraron un gallo maltrecho detrás de la cantina,
entre unas hojas de acacias secas. El ave tenía las plumas empapadas, la cresta
partida y una pata herida. Alguien lo había descartado como se descarta un
naipe perdedor. Pero para ellos, aquel desplumado despojo constituía un
verdadero milagro. Asegurándose de que nadie los viera, lo recogieron con
cuidado, lo envolvieron en un saco de pana viejo y lo llevaron a la casa de
Leandro. Allí, con torpeza de aprendices, comenzaron a curarlo con paños
húmedos en yodo, maíz robado y arrumacos y palabras susurradas como rezos.
Con el tiempo el gallo se convirtió en su preciado secreto y su mayor esperanza
clandestina. Lo llamaron Relámpago, porque a pesar de su estado lastimado, sus
ojos seguían brillando con un fulgor de gladiador indomable.
3-El rito
El sábado caía con la lentitud y sosiego de una herida que no acaba nunca de
cicatrizar. El sol, harto de brillar sobre tan promisoria pobreza, se hundía detrás
de los cerros ralos, tiñendo el horizonte de un rojo que parecía anticipar la
sangre por brotar y derramarse. El pueblo despertaba, no a la rutina, sino a su
verdadero rostro; uno que no sabía más que emerger entre la penumbra de la
arena de gallos, presta a ser trillada y revuelta entre el plumaje, la caca y el flujo
de hemoglobina humeante.
Los combates acostumbraban a ser breves, fieros y carentes de toda
misericordia. Las plumas arrancadas levitaban como copos de nieve oscura, los
picos se hundían en la afiebrada carne como afiladas dagas y las espuelas
rasgaban el aire y la piel con un chasquido seco. El público rugía con vituperios,
alaridos y apuestas renovadas. En medio del tumulto, los niños veían, asimismo,
otra cosa. Donde los hombres veían dinero, ellos veían símbolos: el coraje, la
obstinación, la lucha ante la certeza de la derrota.
Esa noche, tras varios combates, uno de los gallos cayó muerto, sin ojos, cerca
del borde de la arena. Su propietario lo recogió como quien levanta un costal
vacío y lo arrojó sin ceremonia junto a los desperdicios estibados en un rincón
oscuro, abarrotado de moscas . El ave yacía con las alas abiertas, como un
crucificado plumífero, mientras la sangre aún manaba de su pico quebrado en un
hilo rojo. Tobías y Leandro se acercaron al rincón en silencio. Nadie los vio
cuando arrancaron una pluma del ala ensangrentada y la guardaron en un
bolsillo al igual que un relicario.
Al salir del recinto, el aire fresco les golpeó de lleno el rostro enrojecido. Pero,
para entonces, dentro de ellos ya ardía el portento de un fuego incontenible: el
deseo de no ser más meros espectadores. Algún día, entrarían en la gallera no
como anodinas sombras infantiles, carentes de un rostro y un nombre propio,
sino como dueños de un gallo que llevaría su destino entre el indómito batir de
las alas y el embiste de su agudo pico.
4-El pacto
Una noche, mientras el caserío dormía bajo la música lejana de una guitarra y
los ladridos de los perros, los dos niños sellaron su promesa en la celebración de
una atípica ceremonia. Encendieron una vela negra robada de la capilla y se
sentaron frente a Relámpago. Tobías sacó la lata donde guardaban las plumas de
gallos muertos, la abrió y, solemnemente, colocó una sobre el lomo del ave que
apenas cacareaba.
—Este es nuestro juramento —dijo—. Relámpago va a entrar en la arena y va a
pelear por nosotros.
Leandro se hizo un corte en el dedo con un vidrio y dejó caer una gota de sangre
sobre la tierra.
—Que sea con sangre —susurró.
En tales circunstancias, el pacto se sellaba con el gallo rescatado, el par de
chicuelos expectantes y un destino echado y escrito entre la penumbra de la
invertebrada noche.
Unos dias más tarde, la noticia corrió como fuego sobre la pradera seca: dos
gurises, salidos de la nada, habían criado un gallo para apadrinar en la misma
arena de riñas. Las carcajadas iniciales, que no se hicieron esperar, se mezclaron
hasta dar paso a una estrambótica curiosidad. Y la curiosidad, desde la
fundación de aquel caserío, de una u otra forma, siempre acababa decantándose
y materializandose, indefectiblemente, en solemne apuesta.
Arribado el sábado, ante un centenar de ojos, el octogenario pregonero revelaba
el peculiar anuncio:
—¡ Señores, hoy tenemos novedad! ¡Aqui, los botijas del caserío traen con ellos
a su gallo Relámpago a batirse contra el reciente campeón de Don Anselmo: el
Negro Sable!
El apático mutismo inicial mutó, tras la visualización de los gallos alzados por
sus dueños, en una vocinglería acompañada de un desorbitante ir y venir de
billetes y monedas, semejante al más impensable maelstrom austral.
Ya dispuestos sobre la arena, el choque de los gallináceos fue inmediato. Negro
Sable arremetió primero con subita brutalidad, pero Relámpago esquivó,
contraatacó y consiguió virar con una habilidad que arrancó murmullos de
contenida facinación. El aire se impregnó del olor a hierro de la sangre. Los
niños gritaban con fervor de oración.
Un salto, un giro y un tajo preciso, hasta que la espuela de Relámpago encontró
de pronto carne blanda. Negro Sable cayó fulminado sobre la tierra, boqueando
y desangrándose lentamente. La multitud rugió como un monstruo insaciable.
Contra todo pronóstico, el anónimo Relámpago había conseguido hacerse de la
más inapelable victoria.
Mortificado, Don Anselmo, tomó de un ala a Negro Sable y lo aventó con
fuerza hacia el rincón de la ignominia. Abriéndose paso entre la multitud, antes
de desaparecer su sombría figura, se le alcanzó a escuchar:
—Esto no se queda así, jueputas.
5-Ceniza y silencio
Una noche sin luna, alguien irrumpió en el recién construido corral de los
muchachos. A la mañana siguiente, Relámpago se había desvanecido junto con
la niebla. Ni una pluma, ni un rastro. Solo la huella de un arrastre sobre la tierra
húmeda.
El dolor fue mudo. Tobías cayó de rodillas, clavando las manos en la tierra del
gallinero vacío. Leandro, con la cojera más marcada que nunca, permaneció
absorto, mirando al horizonte con un rictus amargo. Sabían quién había sido,
aunque no lo dijeran, ni valiera de nada decirlo.
Desde aquel día, ambos dejaron de ir a la arena de riñas. El rumor de su victoria
se apagó como una fogata en cenizas. Por un tiempo, Relámpago se convirtió en
escueta leyenda, en susurros que los lugareños repetían medio ebrios y, al final,
en otra pluma guardada en una lata oxidada que, con el devenir de los años,
acabó perdiéndose entre cachivaches y trastos corroídos por la humedad de
algún oscuro rincón.
Darío Amaral
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sábado, 31 de enero de 2026
EL FILO DE LAS ESPUELAS Cuento de Darío Amaral
RUMBO Y DISTANCIA Por Dr Leiza De Los Santos
Mi
función, la que quiero hacer y la que creo hacer,
es aportar ideas y conocimientos desde mi experiencia práctica.
No es discutir .
Tampoco es prestarme a discusiones
ajenas .
Ajenas a mi modo de ser .
Y a mi
persona.
Tampoco servir de caja de resonancia, o de estribo para
alguno . Y menos aún de pedestal de alguien que por
medio de la discusión, de la confrontación, busca llamar la
atención.
En concreto y resumiendo :
No sirvo para
discutir.
No me presto para discusiones.
No me permito
discutir.
Otra cosa:
Tampoco critico personas.
Puedo
hacer un análisis crítico de ideas o conceptos.
Pero siempre
hablando en general.
Nunca de alguna persona en particular.
A
lo sumo , y a lo más que llego , es a decir , en privado, que
una persona no me agrada .
Nada más.
En público nada.
Ni una palabra.
La ignoro.
Mi actitud es
silencio y respeto por la vida ajena.
Hago mi camino sin
desviarme y sin mirar para los costados.
Sin enredarme en el
ramaje de la orilla.
Tengo mucho que hacer .
Mucho para
hacer.
Por mi y por mi gente.
Para mi gente.
martes, 20 de enero de 2026
OJO DE AGUA *Columna de CARLOS CASTILLOS,
"Ojo de Agua" es un proyecto educativo innovador en España, un espacio de aprendizaje autónomo para niños y familias que promueve el desarrollo humano a través del respeto, la iniciativa individual y la convivencia, basado en el aprendizaje por intereses y la educación integral, funcionando como una alternativa a la escuela tradicional, aunque con desafíos legales por su naturaleza. Está ubicado a un kilómetro de distancia del casco urbano del pueblo de Orba, en el centro de la comarca de La Marina Alta, en el norte de la provincia de Alicante. Allí se ofrece a los niños vivir inmersos en un entorno natural y así lograr que crezcan bien enraizados con la madre tierra. Es un espacio que nació en diciembre de 1999 cuando dos familias primerizas decidieron atreverse a probar, experimentar e investigar con los propios hijos el desarrollo de nuevas formas de relación con los niños. A partir de ahí se vieron envueltos en una vorágine de información que se ampliaba y ampliaba sobre formas respetuosas de relación con los hijos. En ese proceso, visitaron varios proyectos alternativos en diversas partes del mundo. Con todo ese caudal de información finalmente. Marien y Javier, sus responsables, se decidieron a crear su peculiar proyecto. Un día entablamos contactos vía mail, seguramente por alguna casualidad y hasta hoy intercambiamos mensajes. Pero son más los aportes que me llegan que los que yo les envío. Un día les pedí autorización para compartir esas reflexiones y esas experiencias que cuentan en sus columnas. Por eso, aquí va una con el correspondiente crédito de sus autores.
ELELEFANTE ENCADENADO
Nada más nacer, el pequeño elefante fue atado a una cadena. Así pasó, día tras día, toda su vida. Un día, ya mayor, quien le ofrecía la comida y el agua diaria, abrió el grillete que sujetaba su pata y lo liberó de la cadena. El elefante no se inmutó. Continuó comportándose como el resto de sus días anteriores, como si continuara atado a la cadena. Ya lo había integrado como parte de su vida. La educación es un derecho. La escolarización es una imposición. Esta confusión entre educación y escolarización es una más de las ingeniosas argucias semánticas entre las que vivimos rodeados. La escolarización solo es una forma en la que se puede cumplir el derecho a la educación. Pero no es la única. Ni necesariamente la mejor. Sin embargo, es obligatoria. Y omnipresente. La única manera de satisfacer el derecho a la educación, aparentemente. La escolarización institucionaliza relaciones y burocratiza procesos de desarrollo humano. Quizá sea por eso que la mayoría de los niños no quiere ir a la escuela, que el primer día del inicio del curso escolar se denomine “el día de las lágrimas” o que las consultas psicológicas se incrementen significativamente. Quizá deberíamos dar un paso atrás y observar todo esto detenidamente. La obligatoriedad de la escolarización lamina el impulso y el gusto por aprender. Cuando preguntamos a jóvenes que -tras una experiencia no escolarizada- acuden a la secundaria e, incluso, al bachillerato, nos lo dicen: la gente no tiene ganas de aprender. Solo buscan pasar la evaluación; el examen, en la mayoría de los casos. Si pasas el examen, has aprendido. Es la lógica del sistema. Y lo registra en una pantalla. En tu expediente. Y eso pretende definir quién eres socialmente. ¿Dice algo ese expediente de tu educación como persona? Poco o nada. La institucionalización y la burocratización destruyen las relaciones auténticas y genuinas entre las personas. Las relaciones de poder formales e informales que se establecen, fruto del diseño estructural de las instituciones escolares, minoran la humanidad de las relaciones que surgen en tal contexto social. Relaciones de poder formal de maestros y profesores sobre alumnos y estudiantes. Relaciones de poder informal entre alumnos. Relaciones cuyas consecuencias se somatizan y convierten a la profesión docente en una de las que alcanza mayores enfermedades profesionales y bajas laborales por salud mental. Significativo. Relaciones en las que los alumnos han de abandonar su autenticidad personal para amoldarse a las exigencias del grupo y a las expectativas de la institución. O todo lo contrario. Nada de eso “tiene que” ser así. Hay otras maneras de cumplir con el derecho a la educación. Atendiendo a todas las dimensiones del ser humano de manera más equilibrada. Impulsando el desarrollo humano -incluyendo el cognitivo- sin obligatoriedades ni imposiciones. Pocos lo saben y, cuando lo saben, menos aún lo creen posible. La escolarización obligatoria institucionalizada es una de las cadenas a las que vivimos atados y no somos capaces de ver la posibilidad de vivir sin ella, tan acostumbrados estamos a su presencia en nuestras vidas. Pero esas otras posibilidades existen. Y son valiosas. Lo hemos comprobado en vida propia.
domingo, 18 de enero de 2026
AL ROJO VIVO Por Dr Leiza De Los Santos
Con piedras del India Muerta
hice un fogón escondido
en donde solo yo escucho
la fuerza de sus latidos.
Pa mantenerlo encendido
al fuego ,como un amigo
el viento sopla la llama
adentro del pecho mío.
DE DÓNDE VENGO Por Dr Leiza De Los Santos
A veces me preguntan de dónde vengo.
De qué gente ,de qué familia ,de qué pago soy criollo.
Les voy a enseñar lo que para mi es un tesoro.
Que guardo en el corazón.
Que me nutre, que me fortifica, que me da ánimo cuando siento ganas de aflojar.
Solo una décima nomás ....
Una muestra de lo que cantaba mi abuelo con su guitarra , Jerónimo Cornelio De los Santos Fernández ,allá por 1900, de un tema compuesto para recibir el año 1900. El cambio de Siglo.
" Pero lo que no vendrá
si por desgracia se fuere
es un hombre que supere
a ese gran Gaucho Oriental.
A esa especie de chajá
en el campo centinela
a ese Centauro que vuela
sobre el corcel incansable
y gana a golpes de sable
las libertades que anhela " .
Qué mérito puedo tener yo con lo que hago, con mis cosas, si vengo de semejante ejemplo en mi sangre .
Qué fácil se me hace todo ,ante la duda , si solo necesito mirar hacia atrás y hacia adentro para ver con claridad el rumbo cierto.
Y qué difícil, y cuanta responsabilidad implica caminar sintiendo que semejantes Gigantes de mi familia me están observando.
Desde adentro de mi sangre para ayudarme y desde arriba para vigilarme que no tuerza el camino.
Cuando tomo mate solo, no tomo nunca solo ,los siento conmigo.
Cuando vuelvo a los pagos viejos siento su espíritu rondando cerca mío, flotando como un aura protectora.
Ojalá los sienta siempre conmigo.
Para ellos y desde ellos
TIERRA MIA
Salgo a dar testimonio de ti
y a defenderte
y vuelvo a ti
y bebo en ti
y recobro mi fuerza .
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