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domingo, 15 de mayo de 2016

DOÑA PILAR: UNA MADRE FRONTERIZA. Por Julio Dornel



El día de las madres ha servido para que los medios recuerden el pasaje de ilustres mujeres que se metieron en la mejor historia por sus valiosos aportes humanitarios. Por lo general cuando queremos recordar el pasaje de grandes mujeres van desfilado por la memoria,  nombres ilustres  que por distintos motivos se han ganado un lugar en la historia de la humanidad. Sin embargo están las mujeres anónimas que desde lejanos y pequeños pueblos también han contribuido  con sus actividades al desarrollo zonal y a la felicidad de sus semejantes. Por este motivo recogemos hoy una mujer fronteriza del siglo pasado que se metió muy hondo en el más popular de los deportes, para evocar el día de las madres. Los pocos vecinos del pequeño rancherío de las primeras décadas del siglo pasado no sabían lo que era el fútbol cuando nació doña Pilar Armendáriz. Tampoco ella imaginaba en su juventud, que el destino la uniría sentimentalmente a Vidal Decuadra y que esa relación le regalaría a la frontera cuatro jugadores de fútbol: tres para Peñarol y uno para Nacional. Allí estaba siempre doña Pilar para atender los quehaceres de la casa,  y a todos los jugadores de Peñarol, pese a los inconvenientes que podía generar en aquellos años la sociedad machista. Los domingos por la tarde doña Pilar y sus muchachos reiteraban el ritual futbolístico, marcando su presencia para alentar el cuadro de sus amores. Mujer de gran temperamento, pero con un gran sentido de solidaridad, aportando siempre su apoyo generoso cuando alguien lo necesitaba. En primer término el orgullo de madre y luego el orgullo de “peñarolense” para disfrutar durante muchos años del “fútbol de los Decuadra” que tanto contribuyera a los triunfos del equipo. Por todo esto y mucho más doña Pilar ha dejado un recuerdo inolvidable que jamás podrá borrarse de la memoria de quienes tuvieron la oportunidad de conocerla. Atendía en forma simultánea las tareas propias del hogar, con manteles largos en los días de triunfo y una paciencia ejemplar en la educación de sus hijos, sin reclamar horarios, sueldos ni vacaciones. Nadie tuvo tanta importancia en el Club A. Peñarol desde los primeros años de su fundación como doña Pilar Armendáriz. Fue desde el primer momento el alma mater de los “carboneros”, participando directamente en los éxitos y derrotas de la institución. Hincha apasionada, impetuosa y casi “agresiva” cuando las circunstancias adversas perjudicaban los intereses carboneros con resultados injustos. Implacable, pero respetuosa con los adversarios y con los árbitros. Allí estaban sus tres hijos en las formaciones titulares; El “petizo” Elver, el “Yaco”, y Julio “Chirimino”. Doña Pilar fue siempre el aliento permanente que tuvo Peñarol desde su fundación en 1933, disfrutando de sus triunfos o arrimando su palabra de consuelo y cariño de madre en los momentos amargos de la derrota. Estuvo en el primer clásico del fútbol fronterizo convertido por uno de sus hijos (el “Yaco”) aquel lejano 21 de junio de 1933. Ninguna mujer estuvo tan vinculada al fútbol de esta frontera como Doña Pilar, en una época romántica y sentimental, cuando los vecinos se daban cita obligatoria en las tardes de fútbol, para reencontrase por la noche en las reuniones bailables del Club Social Luz y Vida. Partidos inolvidables disputados con mucha “garra” como consecuencia de la eterna rivalidad que venía de la capital del país. Así era doña Pilar Armendáriz, símbolo olvidado del glorioso pasado de los carboneros fronterizos, que supo disfrutar de los triunfos y sufrir con las derrotas de sus muchachos. Es posible que doña Pilar todavía no haya tenido el reconocimiento que se ganó por su dedicación a la causa aurinegra y por lo que significó en el seno de una de las familias más tradicionales de esta ciudad. Un recuerdo para doña Pilar Armendáriz en el Día de las Madres.

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