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viernes, 10 de julio de 2015

ORLANDO TOCCE. LA BOHEMIA DE UNA NOCHE HERÍDA. Por Julio Dornel.

                            Escritor y periodista Julio Dornel
La presencia del Prof. Orlando Tocce en esta ciudad la ubicamos en la década del 60, cuando comienza su vinculación con el liceo local y los integrantes del equipo Frontera Chuy, que integraban entre otros Jesús Perdomo, Wilkins Machado y Rondan Martínez, generando avances importantes en el área cultural de la frontera. El relato de Perdomo marca su presencia en Chuy, cuando “en enero de 1964 nos encontrábamos en el domicilio de los maestros Pancho y Melita disfrutando de una exquisito asado a las “llamas”, cuando el Profesor Orlando Tocce señala con preocupación que se aproxima el 19 de junio, fecha del bicentenario de Artigas y todavía no se había programado ningún evento alusivo”. Destacamos esta circunstancia para confirmar la participación del Prof. Tocce, en lo que fue meses más tarde, la mayor manifestación popular que se vivió en Chuy al conmemorar dicho acontecimiento con la participación de toda la población. La vinculación de Tocce con el arte dramático y áreas escénicas de los eventos realizados en Chuy, nos hace pensar que merece el reconocimiento popular que todavía se le ha negado. Con la esperanza de avivar recuerdos, recogemos una nota periodística de Enrique “Gallineta” Silva, relacionada con el primer encuentro que mantuvo con el artista. “Lo conocí en un viejo “boliche” de barrio, yo andaba tras un vino flaco, trasnochando sueños perezosos, con el alma desatada por un vuelo nocturnal y errante que iba tarde a posarse en las guitarras “lerdas” de otros vuelos parecidos. El hacía lo mismo con su noche larga, herida de bohemia y candilejas, con su vino pobre, estirado y digno, con su alma extensa, derramada en lunas transitadas por múltiples orillas. Después de un par de tintos, pasamos a ser parte de ese mundo mágico, misterioso de los mostradores donde a cierta hora somos todos conocidos de siempre, perdidos entre el aliento azul de la Taberna. Y acodado ahí, en la sucia madera de la barra, comenzamos la charla interminable, tal vez distinta, como en otro idioma, ese de la sensibilidad que hace posible que los seres con vocación de pájaro sean capaces de viajar en el viento como una rota servilleta de papel llena de voces y luego regresar a su centro para volver a ser los hombres de siempre, los hermanos del mundo, los simples y encontrarnos nuevamente como los ríos para estar juntos. Así conocí a Orlando, docente practico, amigo diáfano, actor y humano. Y allí me habló de mis versos, -los conocía- me dijo incluso que había estado charlando con los gurises sobre POEMA A LAS TRES y otros. Me habló de la necesidad de hacer cosas…para eso están las tablas me dijo, me habló también de las carencias a pesar del esfuerzo propio y de los chicos, me habló de la CULTURA que es un muerto que anda y a nadie le interesa. Y allí lloró por su teatro. Después de un largo silencio compartido me contó de los grandes actores..sus discípulos, esa loca frescura que llega improvisando, cuando se pierde el texto, para terminar diciendo cualquier cosa…y sonrío como nunca. De pronto quedo serio y me habló de Margarita Xingú con un dejo de paz y de nostalgia; me dijo de Alberto Candeau y de China Zorrilla, de Chejov y de Florencio sanchez, y cuando se iba volvió a llorar. Yo me quede sin conocer y sin saber mil cosas, sin saber si pudo con la nieve, porque la ausencia de mantas era dura y junio era un gran sultán acechando las ruinas del insomnio, hasta entrar como un duende por todas las tragedias de su noche”. Se interroga finalmente Silva: “Tampoco sé si pudo con el último drama, ese que el destino no quiso que estrenara, pero que vimos todos en la antesala de su casa: EL TEATRO.

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